Sofía yacía en el sofá, la mirada fija en el techo blanquecino mientras la preocupación la mantenía despierta. ¿Cómo lograr conciliar el sueño cuando tu niña está enferma? Se recriminaba por haber llevado a su pequeña al colegio infantil; quizás con un par de días más en casa no se habría contagiado de aquel virus…
Sintió un nudo en el pecho, la angustia le oprimía, dejándola sin aire. Se levantó lentamente y se acercó a la ventana. El cielo, gris y cubierto de nubes, se cernía sobre el barrio de Vallecas. Era el tercer día en que una lluvia fina y persistente caía, impregnando el ambiente de ese tono otoñal, monótono y melancólico. Sofía suspiró hondo. En la cama, Carlota se removió, gimió entre sueños y rompió en tos. Sofía se precipitó, tocó la frente ardiente de la niña: no necesitaba termómetro para saber que la fiebre había vuelto a subir. Encendió la lucecita de la mesilla y, aun resignada, sacó el termómetro y se lo colocó bajo la axila.
¡Cuarenta! Madre mía ¿Qué hago, Dios mío?
Carlota abrió los ojos.
Mamá, tengo mucho calor
Tranquila, cariño, enseguida aguanta, mi vida
Despertó Mario, su marido, que se sentó a su lado. Sofía, nerviosa, preparaba otra dosis de antipiréticos, pero la fiebre no cedía. Al amanecer, el parpadeo azul de la ambulancia iluminó el patio: madre e hija fueron trasladadas de urgencia al hospital.
La enfermera, con una ternura triste, acarició la mano de Sofía mientras le ponía una vía con suero a la niña.
No se preocupe, ahora ayudamos. Todo saldrá bien.
Sofía solo pudo soltar un suspiro tembloroso.
Poco después, Carlota mejoró. Abrió los ojitos y pidió agua. En ese momento, Sofía reparó en que, desde la otra cama, dos ojos grandes, de un azul intensísimo, la observaban con asombro. Eran de una niña menuda, casi transparente, de unos seis años, con el pelo rubio y despeinado caído sobre los hombros delgados. Llevaba unos leotardos con agujeros en la puntera y una camiseta desgastada; bajo la cama, en vez de zapatillas, unos playeros con fundas de plástico azules.
Hola.
Hola… ¿Llegasteis anoche?
Sí, llegamos de madrugada.
¿Cómo os llamáis?
Yo soy Sofía, y ella, Carlota. ¿Y tú?
Me llamo Inés.
¿Llevas mucho tiempo aquí?
Sí. Me dan el alta pronto, el viernes.
¡Eso aún queda! Hoy es lunes
¿Está tu mamá contigo?
No… Mi mamá se murió cuando yo era chiquitita Y luego, mi padre empezó a beber y también murió. Me llevaron al centro de menores.
Inés suspiró como una anciana.
Allí vivo… Pero aquí me gusta más. Nos dan de comer bien y los mayores no nos pegan
Se levantó y comenzó a ponerse los playeros.
Pronto es la hora del desayuno. ¿Os traigo algo?
No hace falta, cariño, gracias, ya lo busco yo
Sofía la vio marcharse, con un dolor punzante oprimiéndole el corazón. La mujer de la cama vecina la siguió con la mirada, y después, moviendo la cabeza, musitó: Es una chica buena, muy dulce y cariñosa. Qué vida más dura le ha tocado
Sofía no llegó a contestar pues sonó el teléfono.
¿Dígame?
¿Cómo estáis, hija? ¿Y Carlota?
Mamá, estamos ingresadas.
¡Ay Dios mío! ¿Qué ha pasado?
No te preocupes, mamá. Subió la fiebre de Carlota, pero ya está mejor, la controlaron. Creen que es bronquitis. Ahora duerme.
La madre sollozó:Pobrecita, mi niña. ¿En qué hospital estáis? Voy para allá. ¿Qué llevo?
Mamá, olvidé mis zapatillas y la pijamita rosa de Carlota. Y Mamá, aquí hay una niña del centro. ¿Puedes traerle champú y jabón? Y ¿te quedan cosas de Sonia?
¿Qué niña, hija?
Luego te lo explico Tráele alguna camiseta, una batita, unas mallas Y, sobre todo, unas zapatillas de andar por casa para una niña de seis años, ¿vale?
Claro, hija, lo que haga falta.
Al día siguiente, Carlota reía y jugaba con su nueva amiga. Sofía, aprovechando un momento, asaltó a una enfermera en el pasillo.
Perdona, ¿a Inés nunca la visita nadie?
No. Vendrán a recogerla cuando le den el alta.
¿Se puede bañar?
La enfermera sonrió con tristeza:Debe, pero no hay manos suficientes.
Por la noche, era un placer ver a la niña bañada, con el pelo limpio y una pijama nueva, y aquellos zapatos rosas con perritos bordados, relucientes. Inés brillaba de alegría. Guardó todos los regalos bajo la almohada. Las zapatillas, bajo el colchón.
¿Por qué escondes las cosas, Inés? preguntó Sofía, extrañada.
Para que no me las quiten
Sofía no supo qué decir, solo soltó un suspiro.
Cuando apagaron la luz, Inés cerró los ojos, soñando que paseaba por una calle soleada y llena de árboles junto a Carlota, de la mano. Al otro lado, iba también Sofía, sujetándola con cariño. Ella deseaba tener madre y padre, que la arroparan, la besaran antes de dormir, que le pusieran una pijama calentita, que su padre la alzara hasta el techo mientras reía a carcajadas. Quería que todos fueran felices; que ella pudiera ayudar, lavar los platos, cuidar de Carlota, aprender las letras y los números. Solo quería ser querida. Solo quería una mamá.
Suspiró. En el centro de menores nadie la maltrataba, pero la educadora, doña Carmen, siempre regañaba. Los niños insultaban, le quitaban la ropa y la comida. Un día, por tirar el plato de puré en la cocina, le castigaron encerrándola en el cuarto de la limpieza, oscuro y sucio. Víctor, el mayor, se burló:A ver cuánto aguantas con las ratas. Inés tenía pavor de las ratas, sentía que en cualquier momento una enorme se le lanzaría encima. Lloró mucho, de espaldas a la puerta, helada y asustada. Por la noche, agotada, se sentó en el suelo frío y allí se resfrió. Por eso tosía, por eso estaba en el hospital…
Al recordarlo, los ojos de la niña se llenaron de lágrimas, que rodaron silenciosas por sus mejillas. Sollozó bajito Y de repente, notó unos dedos acariciándole la cabeza. Abrió los ojos.
Tía Sofía
Mi vida, no llores Todo saldrá bien, ya verás.
La mujer, movida por una compasión arrolladora, la abrazó fuerte.
No llores mi niña, tranquila
Se sintió tan a gusto Era como si fuera su propia madre quien la rodeaba, quien la acariciaba
Tía Sofía
¿Qué pasa?
Ojalá fueses mi mamá
Las lágrimas brotaron de los ojos de Sofía. Ya había decidido. Fue el corazón, no la razón. Solo quedaba hablarlo en casa
Su madre, al saberlo, la apoyó sin dudar. También la suegra, que había crecido huérfana, estuvo de acuerdo. Solo Mario se mostró reticente:
¿Estás loca? ¿Sabes lo que significa esto para toda la vida?
Por supuesto. Y también sé que, si no lo hago, la conciencia me pesará para siempre. ¿Lo entiendes?
Él apartó la mirada.
Quiero verla.
Perfecto.
Aquella tarde salieron juntos al vestíbulo. Mario abrazó y besó a Carlota.
Mi tesoro, cómo te he echado de menos
Se volvió hacia su esposa, quien, sin apartar los ojos de él, le dijo:Mira, Mario, te presento a Inés.
La niña asintió y levantó sus ojos inmensos hacia el hombre.
Hola.
¡Hola! Encantado de conocerte.
Igualmente.
Algo se removió en el alma de Mario. Miró a su mujer, los ojos cargados de emoción. Él asintió lentamente.
Poco tiempo después, un coche se detuvo ante el centro de menores donde vivía Inés. Bajaron Sofía y Mario. Los niños pegaban la cara al cristal.
¡Inés, Inés, que han venido a por ti!
Feliz, Inés salió a su encuentro. Su corazón pequeño latía fuerte, lleno de alegría:
¡Buenas, Inés! ¡Venimos a llevarte a casa! ¿Te apetece?
El pecho de la niña vibraba de felicidad: ¡Sí, mamá…!

