Una mujer de verdad

¡Isabel, ¿dónde estás?! ¡Tráeme las aceitunas! ¿Vas a tardar mucho más?

Está claro que a mi marido se le había agotado la paciencia, ya había levantado la voz, pero Isabel estaba liada. Se afanaba con la máscara de pestañas, dándose en el ojo izquierdo, a ratos parando el cepillo de esa nueva y carísima máscara y admirando el resultado. El ojo derecho de Isabel, tras el trajín de rímel, delineador nuevo y esas sombras que le recomendó su amiga Paloma “solo faltaría que te pintes así para una gala en el Casino de Madrid” estaba al doble de tamaño de lo que la naturaleza dictó, hasta daba un poco de respeto. Pero Isabel, por supuesto, no pensaba quedarse ahí.

No tenía ni un minuto para mirar las aceitunas, que se quedaban a remojo en la bañera.

Todo por culpa de lo que pasó hace solo una semana: mi marido, ese mismo Luis que ahora lidiaba en la cocina cerrando tarros de aceitunas para el invierno, me soltó de repente su voluntad:

¡Quiero que seas una mujer de verdad!

Y me dejó en la mano su tarjeta con todo el ahorrillo del año.

Decir que me quedé helada sería poco.

Lo primero que me vino fue el cabreo. Era lógico: si Luis había logrado ahorrar algo a espaldas del presupuesto familiar, es porque quizá no entregaba el sueldo entero y vete a saber en qué más mentía. Y claro, ¿quién aclara eso ahora? Te pone la cabeza como un bombo. ¡Menudo panorama!

Sin embargo, la segunda idea fue más fuerte. Y sin abrir la boca siquiera, me senté como un fardo en la banqueta de la cocina y me olvidé del cocido que se me estaba desbordando en la vitro.

¿Qué significa eso de ser una mujer de verdad?

Vaya tela

Me daban ganas de chillar y de reventar la vajilla nueva, esa que acababa de regalarme mi suegra y que yo había soñado tener como un coche de alta gama. Carísima, de esas que sólo ves en el escaparate y te pones a babear. Y, de pronto, ¡zas!, la suegra va y te la regala. Cuando me eché a llorar acariciando los platos, ella se reía:

¡Ay, Isabelita! ¡Qué tontita eres, hija! Yo, por ti, lo que haga falta. ¡Vosotros vivid!

Nunca llegué a entender lo que la movió, pero no quiso explicaciones. Me abrazó, abrazó a su hijo, y achuchó a los nietos antes de irse para su casa. A mi suegra no le gustaba mucho quedarse en ningún sitio; siempre decía que el campo y los bichos requerían vigilancia.

Yo tampoco me lo discutía, la verdad. Llevaba los niños los fines de semana, velaba porque se comportaran y siempre estaba maquinando cómo darle alguna alegría a esa mujer que me había acogido en la familia sin un solo reproche.

Y razones para quejarse de mí no le faltaban. Si hasta mis parientes hacían lo posible por buscarme pegas, ¿qué podía yo esperar de una mujer ajena, a la que apenas conocí antes de casarme? Cuando Luis me llevó a conocer a su madre, yo ni quería salir del coche, mirando a mi hijo dormido y preguntando:

¿De verdad hace falta pasar por esto? ¿Y qué le voy a decir? ¿Y ella, a mí? ¡Nos va a echar, fijo!

Pero, ¿por qué piensas eso? decía Luis, flipando.

Porque cuando nació Pablo, mi tía me echó de casa. Me soltó que era una deshonra, que ya no era de la familia. ¡Y luego dices que tu madre me va a recibir con abrazos! ¿Con un crío en brazos? ¡Qué ilusa eres, Isabel!

No adelantes condenas. Igual te sorprende, ¿no?

Sorprenderme era lo último que quería. Pero no me dio por volverme atrás; había que apechugar. Así que agarré a mi hijo y seguí a Luis hasta la puerta.

Teresa Rodríguez, la madre de Luis, me sorprendió de verdad. Fue seca al saludarnos, me miró de arriba abajo, pero luego extendió los brazos:

¿Te fías? Lo acuesto en mi cuarto. Con lo que se habrá cansado el pobre viajando

Sin saber cómo, le puse a mi hijo en brazos. Pablo ni protestó, solo abrió un poco los ojos, abrazó el cuello de Teresa, que se puso a canturrearle y calmó al chiquillo hasta dormirlo otra vez.

En cuanto aprendió la palabra abuela, Pablo se la soltó a Teresa. Y ella ni rechistó ya se capturó mi corazón.

Lo tuve siendo aún joven, solo había cumplido dieciocho. De su padre lo sabía todo el pueblo, no paraban de cuchichear si Paco Mendoza acabaría casándose con la Isabel Sánchez, o solo la pasearía como a tantas otras. De Paco se sabía que no era trigo limpio. Y aunque era consciente, yo lo esquivaba siempre que podía, sin querer ni mirarlo.

Pero era muy lince, Paco. Sabía como camelarse a una. Y donde no llegaba la labia, metía el miedo y la presión. Los cotilleos callaban a muchas, pero yo no me callé.

Regresaba un día del centro había ido a ver a la tía y regresé tarde. Tocaba andar por los campos porque solo llegaba autobús al pueblo vecino; el conductor no quiso ir más allá.

¿Llevar el bus solo por ti? ¡Vamos, mujer! Anda, que hay buen tiempo, camina y ya está. Yo me vuelvo pa casa.

No había más remedio, así que me puse a andar.

El coche de Paco me alcanzó al poco.

¿Qué haces sola y tan tarde? Venga, súbete y te llevo.

No, Paco, gracias. Camino de sobra quise esquivarlo, pero era tarde

Llegué a casa con el vestido hecho trizas y llorando. Ni entré donde dormía mi madre enferma; me fui directa a la ducha, intentando quitarme el escozor y la vergüenza, llorando, maldiciéndome por bajar la guardia y rezando que mi madre no notara nada. El médico fue claro: el corazón de mamá andaba mal y debía evitar disgustos.

Un susto, y puede pasar de todo. ¿Me ha entendido?

Vaya si lo entendí. Fuera de mamá no tenía a nadie. La tía estaba pero, entonces, yo aún no lo sabía. Llevaba huevos y leche al mercado, echaba una mano en lo que podía, porque pensé que ser familia era ayudar cuando la necesitasen.

Mi madre nunca supo lo que me pasó. Cuando murió, yo estaba embarazada de cinco meses. Partió tranquila, en sueños, dejándome sola en este mundo.

La tía vino ayudando un poco, pero enseguida saltó:

Te lo has querido tú sola, así que tú sola te apañas. No cuentes conmigo. ¿Por qué no denunciaste antes? ¡Ya podías estar casada! Pero, nada, Isabel, no me metas en esto. Bastantes problemas tengo yo.

Ni me enteré del todo de lo que me decía, a duras penas contenía el llanto. Cuando, al fin, asumí que no podría esperar ayuda de nadie, fui al cuartelillo.

¡Ay, Isabel, cómo no lo contaste antes! ¡Esto, yo le meto un puro que no puede ni respirar! el guardia estaba indignado.

Fueron a por Paco y lo metieron entre rejas.

Al hablar, resultó que el tipejo tenía niños por todas partes. Siete críos le contaron. Al principio, las madres callaban, pero acabaron hablando.

La madre de Paco, tras la sentencia, me maldijo en la calle, deseando que el niño viniera enfermo o directamente ni naciera.

Pero los del pueblo no me dieron de lado. Esa misma noche le pintaron las puertas de su casa y al poco se tuvo que ir.

Mi hijo nació fuerte y sano, sin rastro de la mala sangre de Paco, igualito a los Sánchez: la nariz y las orejas de mi padre, a quien apenas recordaba, y los rizos y los ojos castaños de mi abuela.

Los vecinos me ayudaron con todo y, con algo de dinero de mamá, tiré adelante. Pero tener un hijo es sólo el principio, salir adelante sola, otra historia.

Pronto la tía apareció de nuevo, esta vez acompañada de los tíos maternos con los que nunca tuve trato.

A ver, Isabel. Tienes que irte. La casa es de todos. Mientras vivía tu madre, nada… pero ahora, la necesitamos. La vamos a vender.

¿Y yo?

Te toca parte. Nadie te echa sin nada, pero… tú sabrás qué haces.

Ya ves tú, con ese dinero en el pueblo ni el peor caserón, así que habría que marchar a la ciudad. Allí, sola… daba miedo. La tía ni miraba al niño, se acercó a la cuna y, murmurando, se apartó con mala cara.

No me paré a escucharle. No era asunto suyo decidir quién debía vivir o no. ¡A mi hijo nadie me lo quitaba!

Cuando ya me había resignado, los vecinos trajeron noticias: en el pueblo de al lado se vendía media casa. La dueña, Mercedes, viuda y los hijos fuera, ya mayor, no podía con todo. El guardia del pueblo vino con la propuesta.

Isabel, vente este finde, la conoces y ves si te interesa.

¡Muchas gracias! no pude menos que abrazarle.

A Mercedes no tardé ni cinco minutos en caerle bien.

No te asustes, que soy tranquila, sólo me molesta el desorden. Si tienes paz, nos entenderemos. Si sales a trabajar, te ayudo con el niño. Pero si es para irte de fiesta, olvídate, que ya no estoy para esos trotes.

¿Y trabajo hay por aquí? Me hacía falta.

Claro, mi amiga busca una dependienta en el súper. ¿Quieres que te recomiende?

¡Por supuesto!

Fue en ese súper donde conocí a Luis. Vino a ayudar a su madre, y esta lo mandó de compras. Yo le embolsé lo suyo y, sin darme cuenta, le conté mi vida: Pablo, Mercedes, mi historia…

Luis no me interrumpía, solo escuchó. Al despedirse, ya sabía que mis ojos como cerezas no lo iban a dejar en paz.

Tardó en volver, y es que, ¿cómo contarle a aquélla que te hace tilín, que tu vida es un berenjenal? Que tu mujer se largó dejando dos hijos, uno de apenas tres meses y que no te queda otra que ser padre y madre. Que la abuela solo puede cuidarles un rato porque el abuelo también está enfermo.

No sabía cómo empezar. Así que rondaba el supermercado, pero no se atrevía a entrar.

No se dio cuenta de que yo tampoco lo olvidaba, y pregunté a Mercedes. Cuando por fin apareció en la tienda, yo ya me lo sabía todo.

¿Cuántos años tiene el mayor? lo dejé a cuadros.

Cumple tres pronto.

¿Y el pequeño?

Ya tiene un año.

Como el mío.

Is…

Enséñame a tus niños, luego veremos.

Y así empezó todo.

La boda fue sencilla, en familia. Después, nos fuimos todos al mar. Yo estaba feliz, era la primera vez que salía de viaje.

No podía quejarme: familia, marido, hijos… felicidad.

Pero no salió gratis. El hijo mayor se enfermó y pasé dos meses en el hospital con él, dejando a los más pequeños con mi suegra.

Después, apareció de pronto la madre biológica de los niños, reclamándolos. Ahí saqué la fiera. No cedí. Volví a mi pueblo, hablé con el guardia y luché hasta que los niños fueron míos legalmente.

La madre se esfumó otra vez antes siquiera de acabar el juicio. Cuando todo terminó, mi suegra me abrazó:

Ahora ya estoy tranquila por los niños.

El tiempo pasaba, los niños crecían y yo seguía: un poco temerosa, siempre dulce y risueña. Pero todos sabían que mi mansedumbre tenía un límite: como alguien tocase a los míos, saldría la fiera.

Y entonces, ¡zas!, va Luis y me suelta que no soy una mujer.

Esa noche no pegué ojo. Me paseé al baño mil veces, mirándome la cara con la luz encendida, dándole vueltas a qué tendría yo de diferente. Preguntar no quería; estaba dolida. Por la mañana, mandé cada crío con lo suyo y me fui a quejarme a Paloma.

¡Madre mía, Paloma, ¿y ahora qué hago?!

Ella era igual de despistada que yo. Pensó que lo mejor era consultar las revistas de mujeres: ¡Si lo ponen ahí, algo útil dirán!. A los veinte minutos, supimos que una mujer de verdad debe comer bien, vestirse bien, maquillarse bien… Todo bien, si no, mal asunto.

Di que el lacito que recomendaban ahí ni me lo pensé en comprar. Pero por la tarde, me fui de tiendas con Paloma. Volví con buen maquillaje, un camisón bonito, y unos zapatitos preciosos que ni me atreví a sacar delante de los niños.

Claro que Luis ni se dio cuenta de mis esfuerzos.

Estaba yo acabando de darme la sombra de ojos cuando entró él, la puerta se abrió de golpe y me clavé el pincel en el ojo. En ese momento, supe que igual yo no quería ser una mujer de verdad.

¡Isa, qué haces! Luis asustado al ver mis saltos por el baño, el ojo llorando y yo mascullando el dolor.

¡Todo por tu culpa! le solté medio llorando, medio enfadada. ¡Ser mujer, dices! ¿Y yo qué soy, eh?

Luis, pillando la indirecta, me abrazó para frenarme.

Ven aquí, loca. Déjame.

Y, mientras me limpiaba, murmuraba:

Un bruto soy, pero tú también te las traes. Sabes que no se me da bien hablar, y ni preguntas… te montas tú sola la película y te cabreas contigo misma.

¿Y por qué me diste dinero y lo de no ser mujer? intenté escabullirme.

Porque nunca te permites un capricho. Todo para los niños, para mí, hasta para mi madre. Pero para ti, nunca. ¡Ni un gusto! Pensé que te venía bien tener dinero para gastarlo como quisieras. Como esas mujeres que se van de tiendas y se olvidan del mundo.

Ahí me entró la risa floja, y tanto me duró que llegó a asustar a los niños, que al ver a mamá llorando de risa, montaron el berrinche. Me costó lo mío calmarles.

Por la noche, una vez acostada la banda, salí al porche, me lavé la cara y miré al cielo, riéndome bajito al acordarme de la que había liado.

¡Todos listos y a dormir! salió Luis, sentándose conmigo en los escalones.

¿Bien tapados?

¡Hombre! Esas aceitunas van a estar de premio.

Pues me van a venir de maravilla y le puse la mano en la barriga.

¡Pero bueno! ¿Y tú sin decir nada? se quedó boquiabierto, abrazándome.

¿Y cuándo te iba a decir nada, si entre aceitunas y tus manías para mí no queda ni tiempo?

Quise decir más, pero Luis no me dejó.

Me besó primero, para recordarme que una mujer nunca debe olvidar lo que es, y después me apretó más, para que tuviera claro dónde está mi sitio.

Junto a su corazón, un poco de lado. Ahí donde respira el alma.

Hoy he aprendido, al mirar mis manos y mi familia, que ser mujer de verdad no se lleva en los rímeles ni en los vestidos, sino en el valor de cuidar, luchar y querer a los tuyos. Todo lo demás es, como dicen aquí, cuento chino.

Rate article
MagistrUm
Una mujer de verdad