8 de septiembre
Hoy aún no puedo quitarme de la mente lo que nos sucedió ayer a Clara y a mí cerca de las afueras de Medina del Campo. Nos habíamos escapado del bullicio de la ciudad, paseando entre los trigales dorados que se extendían más allá del horizonte. Caminábamos despacio, de la mano, riendo y lanzándonos miradas cargadas de esa ternura que sólo se tienen los enamorados. Íbamos tan despreocupados, tan absortos el uno en el otro, que no nos dimos cuenta de lo que había oculto entre la maleza.
El grito de Clara me pilló completamente desprevenido y de inmediato di un paso al frente, dispuesto a enfrentar cualquier supuesta amenaza. Pero no fue ni una persona ni un animal peligroso: entre las hierbas yacía una yegua.
O, mejor dicho, lo que quedaba de ella. Apenas era más que huesos recubiertos de piel reseca y desgastada, tan tensa sobre los costillares marcados que parecía a punto de desgarrarse. Tenía costras negruzcas por todo el cuerpo y las moscas no cesaban de zumbarle alrededor. La escena era tan horrible que tuve que respirar hondo para no apartar la mirada al instante.
¡Qué pena de animal! exclamó Clara, y hasta el viento pareció detenerse por un instante.
De pronto, la yegua se movió, aunque fue apenas un temblor en sus costados.
Sentimos un escalofrío tan intenso que la piel parecía erizársenos hasta la coronilla. Ni un segundo tardamos en dar media vuelta y correr hacia el camino rural, con el corazón latiendo a mil. Por suerte, nadie ni nada nos perseguía.
Ya en la tierra apisonada, fuimos recobrando la calma poco a poco. Clara, con la voz ahogada, dijo:
Está viva
Viva, pero parece un fantasma le respondí, con tristeza.
Se ha movido, Juan. Algo hay que hacer.
El pensamiento de que quizás dentro le estuviera royendo otro animal no fue menos macabro. Clara se quedó en el camino mientras yo, con cierta aprensión, regresaba entre la hierba. No había nada más allí, sólo la yegua, que al notar mi presencia volvió a mover la cabeza muy débilmente y lanzó un resoplido apagado.
Tenía los ojos cubiertos por una especie de membrana rojiza, y parecía no poder ver. La mandíbula inferior colgaba lánguida, sin fuerza para cerrarse. No movía ni patas ni cola; apenas las orejas respondían débilmente al viento o al sonido de mis pasos, aunque quizás fuera imaginación mía.
Era una visión devastadora. Tardé unos segundos en buscar alguna explicación de cómo había acabado allí, tirada, se diría, durante días. Ni la hierba estaba aplastada a su alrededor. Al volver junto a Clara y contarle, me preguntó angustiada qué podíamos hacer.
Sólo me vino a la cabeza que, en Pozal de Gallinas, a unos pocos kilómetros, había una pequeña finca con caballos que alquilan para rutas. Decidimos llamar, y, por suerte, la pareja encargada entendió la urgencia de nuestro relato a pesar del nerviosismo con el que intentábamos explicarles lo que habíamos visto.
Media hora después, una furgoneta con remolque levantaba polvo por el camino. Les hicimos señales y, al ver la yegua, su cara lo dijo todo: horror y compasión. Subir a ese pobre animal al remolque entre cuatro resultó casi imposible; ni siquiera así lográbamos levantar más que unos pocos centímetros un cuerpo tan agotado. Eché a correr hacia mi calle y llamé a todos los vecinos que quedaban en casa esa tarde.
Entre ocho, usando una manta gruesa a modo de camilla, conseguimos levantarla. La yegua chilló un poco y movió una pezuña con lo poco de fuerza que le quedaba, pero no se resistió. Al fin, subimos el maltrecho cuerpo y cerramos la portezuela del remolque, viéndolo partir sobre ruedas hacia otro destino.
En las cuadras de Pozal la estaban esperando la veterinaria y un par de ayudantes. Con sumo cuidado la sacaron del remolque y comenzaron a atenderla de inmediato. La veterinaria, una mujer paciente y decidida, tomó muestras, auscultó el cuerpo, ausenció costras, e inició un tratamiento intensivo. Poco después llegó la Guardia Civil para tomar testimonio. Sospechaban de abandono, pero ya nos advirtieron: es muy poco probable que den con el responsable. El mal ya estaba hecho.
La diagnóstica fue demoledora: la yegua apenas comía ni bebía, y sufría una infestación parasitaria grave. Un ácaro le había destrozado la piel, dejándola cubierta de pústulas que ardían y provocaban un picor insufrible. Se frotaba contra cualquier cosa, abriéndose heridas y perdiendo el apetito, hasta convertirse en ese espectro. Además, el tercer párpado estaba hinchado y posiblemente tuviera un tumor. Los dientes, igual de maltrechos. Todo parecía ir en su contra.
Empezó entonces una rutina que convirtió la cuadra en un hospital de campaña: sueros intravenosos, inyecciones, vendas frescas, y la yegua tumbada, inmóvil, la mayoría de días. Los dueños la arropaban, limpiaban las costras y le hablaban con dulzura a cualquier hora, incluso en medio de la noche. Durante un tiempo hubo que alimentarla como a un potrillo, con biberón; el veterinario venía todos los días y, poco a poco, la mejoría apareció.
Las costras comenzaron a caer, los dientes se limaron y con el tiempo recobró las ganas de comer. Volvía la vida a sus ojos nublados, aunque apenas veía y dependía de las caricias y el sonido de voces familiares para orientarse. Al cabo de unos días, consiguió moverse de un costado a otro, y le sosteníamos la cabeza para que pudiera comer por sí misma. Pero, aunque el resto del cuerpo revivía, sus patas seguían sin obedecerle.
El veterinario nos explicó que la larga agonía había atrofiado los músculos. Había que ejercitarlos, pero para ello necesitaba un arnés especial y la fuerza de muchos brazos para mantenerla en pie. Ocho personas hacían falta, nada menos. Los vecinos se turnaban para ayudar y, entre todos, construimos un ingenio de mantas y cintas que permitía izarla un momento cada día.
El progreso era lento, desesperante a veces, pero visible. Semana tras semana, la yegua fue lográndolo: primero mantenerse en pie, luego dar unos pasos inseguros, después pasear unos metros en el patio adoquinado, siempre rodeada de manos dispuestas a sostenerla. Cada tarde, el olor de la paja y la alfalfa fresca le recordaba con nostalgia las praderas en libertad y nos hacía soñar a todos con que, algún día, podría volver a galopar.
Finalmente, la veterinaria consideró posible la operación ocular: retiraron el tejido enfermo y, aunque el postoperatorio fue duro, la yegua levantó el cuello y buscó con la mirada los rostros de quienes la habían salvado. Por primera vez desde aquel día entre los campos, parecía realmente feliz de ver el mundo de nuevo.
Los días en el retiro terminaron. Ahora resplandece en la dehesa junto a otras dos yeguas. La diferencia es abismal: tiene el lomo redondeado, una melena lustrosa, y sólo unas pequeñas calvas y un andar todavía prudente revelan por lo que pasó. Ha labrado amistad incluso con el joven potro revoltoso, al que domina con un gesto sereno.
A veces observo cómo mira hacia la verja, atenta a los niños que vienen a montar. Fue la propia yegua la que, un día, relinchó y golpeó el suelo con impaciencia al ver la silla de montar. Su propietario, entre risas, la ensilló sin perder la cautela. Ella no protestó, aunque llevaba tiempo sin cargar el peso de una persona.
Dieron un pequeño paseo alrededor de la pradera, jadeando ambos, hombre y animal, bajo el sol de Castilla. La yegua, revitalizada y orgullosa, parecía saborear cada paso, cada soplo de aire, como si supiera que la vida le había dado una segunda oportunidad.
Y me quedé pensando, mientras volvía a casa, que el cariño y la tenacidad pueden cambiar cualquier destino. Ahora sé que, bajo el mismo cielo que nos vio encontrarnos, esa yegua jamás volverá a estar sola. No mientras haya quienes, aunque sólo sean unos vecinos más o unos enamorados de paso, estén dispuestos a tender la mano.







