Hace ya muchos años, recuerdo aquel especial Fin de Año en el que Lucía decidió sorprender a su madre. Quería que todo fuera una auténtica sorpresa, así que no avisó a nadie de su llegada. Caminó, con la bufanda tapándole casi el rostro, hasta la casa familiar en Segovia y llamó discretamente a la puerta. Apenas tuvo tiempo de apartarse cuando su hermana pequeña, Carmela, salió disparada a recibirla. El día se les escurrió entre las manos envuelto en risas, partiendo verduras para la ensalada y ayudando a su madre a preparar la que siempre fue la debilidad de Lucía: carne asada al estilo castellano.
Lo presentía, hija le confesó su madre entre risas. Esta mañana fui a la plaza, compré huevos y pensé, por si acaso, mejor traigo una docena más. Pero, la verdad, pensé que a lo mejor no vendrías sola. ¿Sigues sin hablar con nadie desde lo de Luis?
No, mamá Mejor cambia de tema contestó Lucía, encogiéndose de hombros. Justo entonces, su móvil vibró brutalmente sobre la mesa, haciéndole dar un respingo.
Aquella mañana, Lucía pensaba en voz baja, mientras daba los últimos retoques a un interminable informe anual. Siempre le pasaba en esas fechas: entre balances y cuentas, no podía disfrutar de la Navidad. Pero, al menos, el director le había prometido que si la revisión de la comisión al día siguiente no encontraba errores, tendría vacaciones hasta el 12 de enero. Lucía se aplicaba a fondo: este año tenía unas ganas tremendas de volver a casa y abrazar a su madre y a Carmela.
Le faltaba el regalo para su madre, pero el de Carmela ya lo tenía desde hacía días, un móvil precioso. Por si acaso, había comprado el billete del tren con antelación, local inferior en un compartimento. “Si no me conceden las vacaciones, lo devuelvo”, pensó, pero en el fondo deseaba con todas sus fuerzas ese reencuentro.
Esa noche soñó algo extraño: atravesaba un bosque nevado y, en medio de la nada, se encontró con una niña pequeña, de unos cinco o seis años, sentada sobre un tronco, hojeando un libro.
¿Te has perdido?, preguntó Lucía.
La niña le contestó con soltura:
No me he perdido, solo que todavía no me han encontrado. Y tú, espabila, que hoy por la tarde te espera tu destino. ¡Despierta, no vayas a dormirte y olvides entregar ese informe!
Lucía abrió los ojos de golpe, el sueño evaporado en un instante. Miró el reloj. ¡Dios mío, casi me duermo! Hoy sí que no puedo permitírmelo, que a las nueve tengo la última revisión y el informe está por fin perfecto, pensó mientras se preparaba a la carrera.
En quince minutos ya estaba lista. Decidió que el café sería en la oficina. Se envolvió en su abrigo, bajó a la calle y corrió hacia la parada del autobús, agradeciendo tener el trabajo a solo cinco paradas.
Encontró asiento e, instintivamente, echó un vistazo a los demás pasajeros. Pero al mirar al frente, se le heló la sangre: ¡la niña de su sueño estaba en el bus! La niña la miró y le guiñó un ojo justo antes de desaparecer, empujada por la multitud. Lucía pestañeó, y la niña ya no estaba.
“Serán imaginaciones mías, debo estar agotada”, suspiró, y se refugió en su trabajo.
Ya en la oficina, todos estaban metidos de lleno en la vorágine del cierre de año. Llegó la auditoría, entregó el informe y resultó impecable. El jefe, don Fernando Martínez, la felicitó con un gesto solemne y le entregó un sobre:
Como prometí, hasta el 12 de enero eres libre. Y esto por tu esfuerzo. ¡Feliz Año Nuevo, Lucía!
¡Muchas gracias, don Fernando! Igualmente dijo ella, emocionada.
Con la prima, le compró a su madre un mantón fino y a Carmela una blusa muy bonita. Llenó la cesta de turrones, dulces y una botella de cava. A las siete y media de la tarde, corriendo y casi sin aliento, subió al tren. En su prisa resbaló contra una mochila frente al compartimento y cayó de bruces al suelo.
Casi se pone a llorar, pero enseguida notó unas manos cálidas que la ayudaban con delicadeza.
Perdóname, ha sido culpa mía. No me dio tiempo a meter mi mochila dentro
El dueño de la voz, de sonrisa afable y ojos chispeantes, le tendió la mano. Lucía se ruborizó:
Nada, nada No es nada.
Se dio cuenta de que iban juntos en el mismo compartimento. El muchacho era alto, de rostro amable. A Lucía le vino al instante la frase de la niña soñada: esta tarde encontrarás tu destino. No pudo evitar pensar: ¿será acaso él?
El joven Alonso se llamaba le ayudó con la maleta y la invitó a sentarse. Charlando ella supo que viajaba a Segovia por asuntos de trabajo, solo un día.
Tendré que pasar la noche en el tren y, si todo va bien, regreso a Madrid a tiempo para las uvas. ¿Y tú?
Voy con mi madre y mi hermana. Hace meses que no las veo.
¿Y tu pareja?
No, aún no he encontrado a nadie con quien me apetezca pasar el Año Nuevo contestó Lucía entre risas, y su rubor la delataba.
Yo igual: de momento, sigo esperando a la persona adecuada.
“Yo soy tu destino, como dijo la niña”, estuvo a punto de soltar ella, pero se mordió la lengua y su rubor aumentó.
Cuando te sonrojas te pones como una manzana la bromeó Alonso. Te hace guapísima.
Carmela, avergonzada, replicó:
No puedo evitarlo, es cosa de familia. Me confundo con nada.
¡Mejor tómalo con humor! dijo Alonso. ¿Te apetece un poco de té? Mi madre me preparó una empanada de manzana magnífica para compartir.
Justo entonces apareció una mujer mayor con un niño de seis años. La mujer, doña Pilar, llevaba a su nieto a Valladolid para ver a su madre. Como ella no tenía vacaciones, la abuela les daba la sorpresa de Fin de Año.
Al final, acabaron compartiendo dulces y meriendas, y todos juntos inmigraron conversación y risas.
Más tarde, Lucía y Alonso salieron al pasillo. Pasaron por una gran estación, toda decorada con luces y guirnaldas.
Lucía, ¿podemos intercambiar nuestros números? Si no te importa
Por supuesto.
¿Cuándo regresas?
El día diez.
Entonces tienes tiempo Lucía, me resulta tan fácil hablar contigo, como si nos conociéramos de toda la vida.
A mí igual. Aunque dicen que estas confianzas de tren se terminan al llegar al destino. Cada uno por su camino
Bueno, veremos qué nos depara. ¿Vamos a dormir?
Al amanecer, el tren llegó a Segovia. Lucía no avisó a su familia; guardaba la ilusión de la sorpresa. Sabía dónde guardaban la llave para estos imprevistos.
Pararon taxis frente a la estación. Ella y Alonso se despidieron con cariño.
Espero que encuentres a esa persona especial este año le deseó ella.
Ojalá tú también la encuentres, Lucía.
Se sonrieron y se despidieron.
A Lucía le cayó en gracia Alonso; hubiera querido pedirle que se quedara a recibir el año juntos, pero se contuvo. Se centró en el siguiente paso: sorprender a su madre y a Carmela.
Al llegar a casa, pulsó el timbre sin que nadie supiera que estaba allí. Su madre abrió la puerta, y en ese instante Carmela se abalanzó sobre ella entre gritos de alegría.
El día pasó volando entre preparativos para la cena familiar. Mientras con Carmela picaron la ensalada, la madre freía la carne, esa receta tradicional por la que Lucía sentía devoción. Y entre bromas, la madre repitió:
Sabía que vendrías, te lo juro. Hasta compré huevos de más, pensé que igual no venías sola. ¿Sigues sin contactar con nadie desde Luis?
No, mamá Prefiero hablar de otra cosa.
De pronto, el móvil vibró. Lucía miró la pantalla y se estremeció: ¡era Alonso!
Hola ¿Has conseguido regresar a casa? preguntó emocionada.
Te soy sincero, no. Y bueno, no conozco a nadie en Segovia. ¿Me invitarías a tu fiesta de Fin de Año? dijo, casi rogando.
Lucía no pudo evitar reír de felicidad.
Bueno, déjame que consulte con la jefa de la casa Mamá, ¿te importaría que viniera un amigo a cenar? No tiene a nadie aquí.
Pero, ¡por supuesto! ¡Así equilibramos el ambiente femenino!
¿Oyes? ¡Coge la dirección! le dijo a Alonso, guiñando un ojo a su madre.
Aquel sueño tuvo razón: la niña misteriosa estaba en lo cierto al despertarla aquella mañana. Lucía entregó su informe, volvió a casa y, esa tarde, encontró su verdadero destino.







