-Una buena mujer. ¿Qué haríamos sin ella? —Y solo le pagas dos mil euros al mes. —Elena, si le hemos…

Es una buena mujer. ¿Qué haríamos sin ella?
Y tú solo le pagas dos mil euros al mes.
Aurora, mujer, si le hemos puesto el piso a su nombre.

Manuel se levanta despacio de la cama y va, cansinamente, hacia la habitación contigua. Bajo la luz tenue de la lámpara nocturna, entorna los ojos y echa un vistazo a su esposa.

Se arrodilla a su lado, escucha su respirar. Parece que todo está bien.

Se pone en pie y camina despacio hacia la cocina. Abre un cartón de leche, va al baño y después regresa a su habitación.

Se tumba de nuevo. El sueño no llega.

Noventa años tenemos Aurora y yo. ¿Cuánto hemos vivido ya? Pronto nos iremos con Dios, y a nuestro alrededor no queda nadie.

Sus hijas ya no están. Teresa murió antes de cumplir los sesenta.

Tampoco está ya Javier. Demasiadas juergas en su vida… Solo le queda su nieta, Beatriz, que vive en Alemania desde hace veinte años. Ya no se acuerda de sus abuelos. Seguramente sus hijos ya sean mayores

Sin saber cómo, se queda dormido.

Un roce le despierta.

Manuel, ¿estás bien? el hilo de voz de Aurora suena casi imperceptible.

Abre los ojos. Su mujer se inclina sobre él.

¿Qué haces, Aurora?

Te miraba estabas tan quieto.

¡Sigo vivo! Vete a dormir.

Oyó sus pasos arrastrados y el clic del interruptor en la cocina.

Aurora Andrés fue a por un vaso de agua, pasó por el baño y regresó a su cuarto. Se tumbó en el colchón.

Cualquier mañana me despertaré y él ya no estará. ¿Y entonces qué? O quizá me vaya yo primero.

Manuel ya ha encargado nuestros funerales. Jamás habría pensado que eso se pudiera arreglar por adelantado, pero claro, ¿quién iba a hacerlo si no?

Beatriz, la nieta, se ha olvidado de nosotros. Solo la vecina, Isabel, entra de vez en cuando. Ella tiene la llave de casa. Manuel le da mil euros de nuestra pensión al mes, para compras y cosas necesarias. ¿Para qué queremos ya el dinero? Si desde el cuarto piso nosotros ya no podemos ni bajar.

Manuel se despierta cuando el sol le da de lleno en la ventana. Sale al balcón, observa el verde del laurel que asoma a lo lejos. Una sonrisa se dibuja en su rostro.

Mira, hemos llegado hasta el verano.

Va a ver a su esposa, que está pensativa sentada en la cama.

¡Aurorita, deja de estar triste! Ven, quiero enseñarte algo.

Ay, hoy no tengo fuerzas musita Aurora, mientras se levanta. ¿Ahora qué te traes entre manos?

No protestes y ven.

La ayuda sosteniéndola por los hombros y juntos llegan al balcón.

Mira, el laurel está muy verde. Y tú decías que no llegaríamos a ver el verano. Pues aquí estamos.

Es verdad y qué sol más bonito.

Se sientan juntos en el banco del balcón.

¿Te acuerdas cuando te invité al cine? En aquellos tiempos del instituto. Ese día también los laureles estaban verdes.

¿Cómo iba yo a olvidarme? ¿Cuántos años habrá pasado?

Setenta y pico setenta y cinco ya.

Se quedan mucho rato recordando viejos tiempos. Uno se olvida de muchas cosas al hacerse viejo, de lo que hizo ayer incluso pero la juventud no se olvida nunca.

Nos hemos puesto a charlar y aún no hemos desayunado dice Aurora, levantándose.

Aurora, haznos un té tierno. Ya me tienes aburrido con tanto poleo.

Sabes que no deberíamos

Venga, solo un poco y una cucharadita de azúcar.

Manuel bebe el té suave acompañado de un trozo de pan con queso, y recuerda los desayunos de antes: té fuerte, dulce, con bollos o tortitas.

Entra la vecina y les sonríe cálidamente.

¿Qué tal estáis?

¿Qué vamos a estar? Ya ves, con noventa años bromea Manuel.

Bueno, ¡si tienes humor, no puede ser tan grave! ¿Necesitáis algo?

Isabel, cómpranos carne, por favor le pide Manuel.

Eso no deberíais tomarlo.

Pollo sí podemos.

Está bien, os haré sopa con fideos.

Isabel recoge la mesa, friega los platos y se marcha.

Aurora, vamos al balcón invita Manuel, nos calentaremos un poco al sol.

Vamos allá.

Vuelve Isabel y asoma la cabeza.

¿Echabais de menos el sol, eh?

Aquí se está estupendamente, Isabel dice sonriente Aurora.

Os traigo enseguida la papilla y empiezo la sopa para la comida.

Es buenísima mujer afirma Manuel, mirándola marchar. ¿Qué haríamos sin ella?

Y le sigues pagando solo dos mil euros al mes.

Aurora, si le hemos dejado el piso. Eso ni lo sabe.

Pasaron toda la mañana al balcón. A la hora de comer, la sopa de pollo estaba deliciosa, con trozos de carne y patata chafada.

Siempre hacía así la sopa para Teresa y Javier de niños recuerda Aurora.

Ahora, en nuestra vejez, nos cocinan personas ajenas suspira Manuel.

Manuelito, parece nuestro destino. Cuando ya no estemos, nadie va a llorar por nosotros.

Basta, Aurora, no hay que estar así. Vamos a dormir un rato.

Dicen por algo: El viejo y el niño, lo mismo. Todo igual: sopa pasada, siesta, merienda.

Manuel duerme un poco, inquieto. Quizá sea el tiempo. Va a la cocina: Isabel les ha dejado zumo en dos vasos.

Con mucho cuidado y con ambas manos, los lleva al cuarto de Aurora, que observa la ventana absorta.

¿En qué piensas, Aurorita?

Ella bebe un sorbo.

¿Tampoco puedes dormir?

No, será el tiempo.

Desde esta mañana me siento rara Aurora niega despacito. Siento que me queda poco. Entiérrame bien, Manuel.

Aurora, no digas tonterías. ¿Qué sería de mí sin ti?

Uno de los dos se irá antes, seguro.

Vamos, basta. ¡Al balcón!

Pasaron la tarde allí. Isabel les trajo tortitas de queso. Después de cenar, se sentaron a ver la tele, como cada noche. Las películas nuevas se les escapan, prefieren comedias antiguas o dibujos.

Hoy solo aguantaron un dibujo. Aurora se levanta, agotada.

Me voy a acostar ya.

Pues yo también.

Déjame mirarte bien pide Aurora, de repente.

¿Para qué?

Para mirarte, nada más.

Se miran largamente, quizás pensando en aquellos años jóvenes, con todo aún por vivir.

Te acompaño hasta la cama.

Aurora le da el brazo a su esposo y caminan despacio.

Él la arropa con esmero y vuelve a su habitación.

Un peso inmenso en el pecho no le deja dormir.

Cree no haber dormido nada, pero el reloj marca las dos de la madrugada. Se levanta y va al cuarto de Aurora.

Ella está con los ojos abiertos.

¡Aurora!

Le toma la mano.

¡Aurora, aurora!

De pronto siente que le falta a él el aire. Regresa torpemente a su habitación, saca los papeles preparados, los deja en la mesa.

Vuelve junto a Aurora y la observa largo rato. Después se tumba a su lado y cierra los ojos.

Sueña con ella, joven y hermosa como hace setenta y cinco años. Ella camina hacia una luz mientras él la alcanza y le da la mano.

Por la mañana, Isabel entra en el dormitorio. Allí los ve a los dos, juntos, con la misma sonrisa serena en el rostro.

Al cabo de un rato, llama al SAMUR.

El médico que llega niega con la cabeza, conmovido.

Han partido juntos. Se querían de verdad…

Se los llevan. Isabel se deja caer agotada en la silla junto a la mesa. Allí ve los papeles, el testamento a su nombre.

Inclina la cabeza y rompe a llorarIsabel, con manos temblorosas, acaricia el sobre sellado por Manuel, y durante un momento, el modesto salón se llena de un silencio sagrado. No hay lágrimas, solo una presencia serena, como si aún flotaran en el aire los ecos de sus risas y memorias compartidas al sol.

Sale al balcón; el laurel reluce verde y brillante bajo la luz fresca del día. Siente, más que nunca, que Manuel y Aurora se han fundido con ese verano tan esperado, quedándose, de algún modo, eternamente sentados al sol.

Isabel sonríe, emocionada y agradecida. Recogiendo su delantal, acaricia el marco de la puerta y, antes de marcharse, susurra al vacío habitado:
Gracias por enseñarme lo que es amar así.

Luego cierra la puerta despacio, dejando en aquel piso iluminado el rumor de dos almas juntas que, sencillamente, supieron esperar a la primavera.

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-Una buena mujer. ¿Qué haríamos sin ella? —Y solo le pagas dos mil euros al mes. —Elena, si le hemos…