«¡Tienes la piel colgando!» — Un hombre de 60 años me pellizcó el costado delante de los invitados, así que traje un espejo y le mostré lo que le colgaba a él.

«¡Te cuelga la piel!» exclamó un hombre, de sesenta años, pellizcándome el costado ante los invitados, con el descaro propio de un sueño traslúcido. Crucé el salón flotando y traje el espejo antiguo: sólo así logré mostrarle qué era lo que realmente pendía.

Inés, ¿pero qué es eso que tienes ahí? preguntó Santiago, relamiéndose tras su tercer chupito de orujo casero. Sin más, alargó la mano y me pellizcó el costado como quien comprueba la madurez de un melocotón en La Boquería.

Ahí, justo encima del cinturón de mi falda, donde la tela quedaba algo tensa al sentarme. Lo hizo sin pudor, alto y claro, mientras los reflejos de la lámpara bailaban sobre el mantel como lucecillas en la feria de San Isidro.

Santi, ¿pero qué haces? intenté apartar suavemente su mano, como quien espanta una mosca tardía de octubre, pero él insistía, convertido ya en personaje de una zarzuela absurda.

Sus dedos, gruesos como chorizos de León fritos en exceso, volvieron a apretar mi cintura. No me dolía el gesto, sino la punzada aguda de la humillación.

Fíjate tú Santiago se giró hacia nuestro vecino Álvaro, que calibraba a esas horas su tenedor ante un plato de merluza en escabeche, siempre se lo digo: Inés, deja el pan antes de dormir. Y ella siempre me viene con que es la edad, las hormonas.

Santiago río, y su barriga ondulaba como una gelatina temblorosa en el escaparate de una pastelería de Atocha, amenazando con reventar los botones de la camisa de los domingos.

¿Hormonas? ¡Eso es vaguería paternal! resumió orgulloso, recorriendo con la mirada la mesa de gambas y callos.

Basta, Santiago susurré severa, notando como el rubor me ascendía cuello arriba, quemándome las mejillas en la niebla de ese extraño sueño.

Álvaro soltó una risita incómoda, hundiendo la vista en el plato como quien encuentra el Guernica oculto entre manchas de salsa alioli. Su esposa, Carmen, se limitó a recolocar la servilleta, fingiendo que nada ocurría en esa escena de esperpento onírico.

¿Y qué pasa, qué? Santiago, ya embalado, saboreaba la atención. ¿No se puede decir la verdad? ¡Que te cuelga la piel!

Volvió a señalarme el costado, como quien palpa masa para comprobar su levado. Aquí, míralo, en vallecicos como los de un shar-pei. Eso es feo, Inés.

El silencio se pegó al ambiente como el aliento a los cristales en invierno. Solo rompía el zumbido del frigorífico, lejano, como nave en alta mar.

Todo esto, por ti, eh, que lo hago añadió, cruzándose de brazos y reclinándose en la silla. Una mujer tiene que cuidarse. Para que al marido le agrade la vista, eso es ley natural.

Lo observé con atención nueva, como si tras treinta años de matrimonio lo viese por vez primera.

Sesenta y dos años.

Su barriga, colgando sobre el pantalón, era una nube de tormenta a punto de descargarse sobre la campiña de Castilla.

El segundo mentón le descendía en cascada hacia el cuello y luego, sin escalas, hacia los hombros caídos, borrando cualquier rastro de geografía varonil.

La calva brillaba bajo la luz blanda de la lámpara, como una empanadilla barnizada en la víspera de Reyes.

¿Así que agradable a la vista? Pregunté. Mi voz, extrañamente calma, rozaba el absurdo.

Dentro de mí, algo hizo clic, como la palanca oxidada de una esclusa en el Manzanares.

Ya no había ni vergüenza ni ganas de aplacar tensiones, ni la paciencia acostumbrada. Sólo una lucidez transparente.

¡Claro! Santiago se golpeó el pecho, produciendo un sonido sordo. Yo sí que mantengo la forma.

¿Qué forma? pregunté sin pestañear.

¡La de hombre! se yergue todo lo que su espalda le permite. Gimnasia todas las mañanas, pesas cinco minutos, vivo en tensión.

Intentó meter tripa. No mejoró la imagen: la barriga se agitó débilmente, como gelatina asustada, y luego, ufana, regresó a reposar sobre el cinturón.

Un hombre debe ser un águila, no un saco de patatas sentenció.

¿Águila, tú? me levanté lenta, deslizando la silla como una barca en el Guadalquivir.

¿A dónde vas? ¿Te has sentido ofendida o qué? gritó tras de mí, sirviéndose otro chupito. ¡La verdad no ofende, Inés! ¡Hay que adelgazar y no poner morros!

Salí al pasillo, donde el aire olía a ropa vieja y crema de calzado. Allí pendía nuestro viejo espejo, ese que fue de mis padres: marco ovalado, de madera maciza, tan inmortal como esas tortillazas de mi infancia.

Lo descolgué. Pesaba cinco kilos tal vez más, pero lo llevé como si flotara, sin sentir apenas el peso, más liviano que un suspiro de siesta.

Regresé al salón, portando el espejo como escudo medieval. O mejor: como sentencia irrevocable de un tribunal de sueños.

Los comensales quedaron congelados con los cubiertos en alto; Carmen, boquiabierta, un trozo de pepinillo asomando entre sus labios.

Santiago, levanta ordené con voz tan baja como imperativa. Nadie osó contradecirme.

¿Para qué? inquiere, sincero, pero al ver mi rostro pétreo obedece, rengueando. Bueno, ya está ¿Bailamos?

No me acerqué, aspirando el aroma a ajo y anís. Vamos a admirar al águila.

Le planté el espejo bajo las narices.

Toma.

Él sujetó la pesada moldura, las manos temblorosas. Algo se quebraba en la lógica del sueño.

¿Has perdido el juicio, Inés? su voz sonaba ya menos segura, cruzada por un relámpago de inquietud.

Mira ordené, como cuando regañamos a los gatos. Mira bien.

Dudó ante su reflejo: la imagen vibraba en sus manos torpes.

Sí, sí, soy yo. ¿Y?

Ahora baja la mirada toqué el cristal justo sobre su torso perlado de sudor. ¿Ves esto?

¿El qué? aún fingía resistencia.

¡Te cuelga la piel! anuncié, imitando su anterior tono jocoso. Pero no cuelga, Santiago, ¡apenas reposa!

¡Inés! trató de dejar el espejo; la cara se le incendió en un granate imposible.

¡No lo sueltes! apreté el marco contra él. Eso, encima del cinturón, ¿acaso son abdominales de hierro?

Álvaro bufó y empezó a toser en la servilleta.

No, querido, es tu flotador sentencié sin piedad. Por si naufragamos en la grasa.

Santiago se puso del rojo de un tomate de huerta a pleno agosto.

¿Y eso? ahora señalé sus flancos abultados. ¿Son alas de águila o “orejitas” de cerdo antes del cocido de Nochebuena?

¡Basta ya! siseó, deseando evaporarse. ¡La gente mira, déjame!

¡Que miren! subí el tono. Tú eras el gran defensor de la estética, ¿no?

Me retiré un paso.

Vamos a analizar esa estética tuya proseguí. Gírate hacia la luz.

Que no quiero murmuró; luego calló ante la mirada general.

¡Gírate! exclamé con tal firmeza que las cucharillas temblaron en las tazas.

Él, hipnótico, pataleó un poco y giró. El perfil que devolvía el espejo parecía la sombra hinchada de un hidalgo flemático. El cuello, apenas intuído; un pliegue triple corría por la nuca, como la piel de un shar-pei.

Carmen ya no se escondía: reía, sollozando sobre la servilleta.

¿Y aquí, bajo el mentón? proseguí despiadadamente. Ese bulto ¿es la despensa de un pelícano? ¿Guarda ahí las anchoas para el invierno?

¡Soy un hombre! gimoteó Santiago, débil, con el timbre de un chiquillo. ¡A mí se me permite!

¡Ah, sí! reí, fría, hermética. ¿Que cuando a mí, tras dos hijos y treinta años de cocido, me sale un solo pliegue es laziness, desidia, vergüenza y te cuelga la piel?

Me acerqué, mirándole directo a los ojos.

Pero cuando tú, que no levantas ni el mando de la tele, te transformas en flan tembloroso, ¡eso es hombre en su punto!

De un tirón le quité el espejo; sus manos temblaban, cansadas.

Quedó solo, derrotado, con la camisa medio abierta el botón despegado decidió rodar bajo el aparador. Todo su aire de águila se disolvió como humo de puro en terraza al atardecer.

Era sólo un hombre gordo y mayor, consciente por fin de que el rey iba desnudo.

Y más bien relleno.

Siéntate ordené, posando el espejo junto al aparador, como quien coloca un tótem irrefutable.

Cayó en la silla y ésta crujió bajo su peso, como tronco viejo en vendaval surrealista.

Y que no vuelva a oír un comentario, ni medio comentario sobre mi cuerpo, Santiago arreglé mi peinado reflejándome en el espejo.

Me giré y le susurré, clara como la brisa que irrumpe en una cocina tras noche larga:

Si insistes, colgaré el espejo frente a tu sitio y verás a tu pelícano masticar cada bocado.

Álvaro, ya sin miedo a ser descortés, se carcajeó mientras se sorbía los mocos del llanto.

Santiago pinchó una seta en vinagre, masticando despacio y mirando el plato como quien desea evaporarse en la inconsciencia.

La tensión flotaba y luego, sin avisar, desapareció, como si alguien hubiese abierto por fin la ventana de un piso en Lavapiés y entrara la primavera.

Me senté en mi sitio de señora de la casa y me serví una porción grotescamente grande de tarta de San Marcos. La misma que horneé ayer, capa a capa, y que pensaba negarme para no engordar.

El relleno se resbaló tentador entre los bizcochos, crujió la base bajo el tenedor.

Inés, póngame un trozo también, grande, pidió Carmen tendiéndome su plato. A la porra la dieta, sólo se vive una vez.

Y otro para mí guiñó Álvaro sirviéndose un poco de tinto de verano. Que creo que me están creciendo alas, será mejor alimentar el vuelo.

Santiago alzó los ojos un momento. Me miró con una cauta, renovada reverencia, como el niño que teme al genio de la lámpara. Luego volvió a posar la mirada en el pastel. Lanzó una ojeada furtiva al espejo, en cuya esquina se reflejaban sus dos pies uno con calcetín negro, el otro azul marino.

Águila, sí. Pero de salón.

Perdona, Inés gruñó al fin, sin dejar de mirar el mantel. Lo he soltado sin pensar. Ya sabes, el vino y la lengua ligera.

Come, Santi, come dije saboreando el bocado más dulce del siglo. Te hará falta energía.

Me miró interrogante.

Para levantar las pesas expliqué, dulce. No olvides que eres deportista.

La charla derivó en precios, vacaciones en la sierra y el tiempo en Madrid, tonadas típicas del crepúsculo casero.

Mas ahí, alrededor de esa mesa, las cosas se recolocaron en un orden nuevo y definitivo.

El gran crítico de la estética doméstica se deshinchó de pronto, tal que globo olvidado en verbena, y sólo quedó el hombre corriente: lleno de miedos, gorduras y ternuras.

Y os aseguro que ese pastel supo a gloria.

El más sabroso en veinte años.

Desde entonces, el espejo sigue allí, inmóvil en el salón, testigo mudo de la verdad. Santiago, al pasar, siempre recoge el vientre y endereza un poco los hombros.

De mi piel colgante no ha vuelto a mencionar jamás.

Temerá despertar al pelícano.

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MagistrUm
«¡Tienes la piel colgando!» — Un hombre de 60 años me pellizcó el costado delante de los invitados, así que traje un espejo y le mostré lo que le colgaba a él.