¿Pero cómo ha podido hacerme esto? ¡Ni siquiera me preguntó! ¡Ni se le ocurrió consultarme! ¿Tú te crees? Se planta en mi casa como si fuera la suya y aquí se pone a hacer y deshacer a su antojo. ¡Ni pizca de respeto! Madre mía, ¿qué he hecho yo para merecer esto? Toda la vida volcada en ella y así me lo paga ¡Si es que ni me considera como persona! Marta se quitó las lágrimas rápidamente con el dorso de la mano . Anda que no, que ahora va y resulta que mi vida no le gusta ¡Ya podría mirarse la suya antes de hablar! Encerrada en su pisito de Vallecas, se piensa que ha pillado la felicidad por los pelos. Ni pareja decente, ni un trabajo de verdad teletrabajo de esos raros. ¿De qué vive esa chica? ¡Y encima pretende darme lecciones! Yo esas cosas que ahora se le ocurren, las viví hace siglos y las he superado desde hace años.
Al pensar esto, Marta no pudo quedarse quieta y se levantó de su butaca. Se fue directa a la cocina, puso el hervidor y se asomó a la ventana.
Desde allí veía todo Madrid reluciendo bajo las luces navideñas y, claro, volvió a llorar:
Todo el mundo como debe, preparándose para Nochevieja… y aquí estoy yo, sin nada que celebrar. Más sola que la una…
El pitido de la tetera la sobresaltó, pero ella ni se dio cuenta, sumida en sus recuerdos.
Marta tenía veinte años cuando su madre, a los cuarenta y cinco, dio a luz a su hermana pequeña.
Ella no entendía nada, ¿para qué quería su madre ese lío a esas alturas?
No quiero que te quedes sola del todo le dijo la madre , ya verás qué bonito es tener una hermana. Algún día lo entenderás.
Sí, lo entiendo respondió Marta en su momento, sin mucho entusiasmo , pero que conste que yo no voy a estar pendiente de la niña. Tengo mi vida.
Ya no tienes solo tu vida sonrió su madre.
Y vaya si tenía razón. Cuando la niña tenía tres años, la madre falleció. El padre se había ido todavía antes.
Todo el peso de la familia cayó sobre Marta, que acabó haciendo de madre para Lucía. Hasta los diez años, la niña la llamaba mamá.
Nunca se casó Marta. La verdad es que no fue por Lucía, simplemente nunca apareció ese hombre que consiguiera conquistarle de verdad. Tampoco es que lo hubiera buscado mucho: era casa, trabajo, Lucía… casa, trabajo, Lucía, y así día tras día.
La muerte de los padres la obligó a madurar de golpe y su vida giró, por completo, en torno a su hermana: la cuidó, la sacó adelante, la apoyó con los estudios.
Hoy Lucía ya es adulta, vive sola, y se va a casar dentro de poco.
Suele venir mucho a ver a Marta. Las dos son uña y carne, aunque son diferentes en todo: edad, carácter, forma de ver la vida.
Por ejemplo, Marta es muy cuidadosa con el dinero y nunca tira nada. Su piso, en plena calle de Alcalá, es como el trastero del barrio: guardando de todo, desde batas que usaba hace diez años cuando estaba mucho más delgada, hasta recibos de la compañía de luz de hace veinte años.
En la cocina puedes encontrar tazas desportilladas, cacerolas viejas sin asas, sartenes que ya ni se usan. Pero tirarlas, ni hablar. Por si acaso…
Hace mucho que ni siquiera ha pintado las paredes. No es que no tenga euros, es que piensa: Mientras el papel aguante
Tanta costumbre de ahorrar, de volcarlo todo en la hermana, ha dejado su marca.
Lucía es todo lo contrario: alegre, espontánea, nada apegada a lo material. Vive con lo justo. Nada de guardar trastos. De hecho, tiene una norma: Si algo no lo he usado en un año, fuera.
Por eso su casa está siempre despejada, luminosa. Se respira diferente.
Muchas veces le ha propuesto a Marta:
¿Por qué no te echo una mano y te hacemos una reforma? De paso revisamos las cosas, porque pronto ya no te va a caber ni el aire.
Ay, que no tiro nada, ni en broma, y no quiero cambiar nada tampoco. Ni hablar de reformas contestaba Marta.
Pero mírate la entrada, por favor ¡Si esos papeles pintados deben de tener más años que la Puerta de Alcalá! Entras y parece un sótano. Y ese cúmulo de cosas es agotador, te chupa la energía y ni te das cuenta. Así te vas a poner mala le insistía Lucía.
Pero no había manera, Marta siempre decía que no.
Hasta que un día, Lucía se lió la manta a la cabeza y decidió darle una sorpresa a su hermana. Pensó que así, viéndolo hecho, tal vez entendería la diferencia entre el antes y el después.
Eligió el recibidor, donde había pocos muebles y trastos, y una semana antes de Nochevieja, cuando Marta tenía un turno largo en la biblioteca municipal (trabajaba por turnos), Lucía y su novio Ignacio fueron a casa de Marta (tenían copia, las dos siempre compartieron llaves) y cambiaron el papel, pusieron uno verde con detalles dorados luminosos, mucho más alegre.
Luego lo pusieron todo como estaba, porque Lucía no se atrevió a mover ni a tirar las cosas de su hermana. Cuando todo estuvo listo, se marcharon.
Marta llegó a casa sin sospechar nada y, al entrar, salió corriendo. Pensó que se había equivocado de piso.
Miró el número de la puerta. Calle de Alcalá, tercer piso, puerta B. Perfecto. Volvió a entrar.
Y entonces lo entendió todo.
¡Lucía!
¿Cómo se había atrevido?
Marta marcó enseguida el móvil de su hermana y la puso de vuelta y media. Ni dejó hablar a Lucía y colgó.
Media hora después, Lucía apareció en la puerta.
Pero, ¿quién te ha pedido que hagas nada? Marta la recibió enfadadísima.
Marta, si solo quería hacerte una sorpresa. Mira cómo ha quedado: limpio, claro ¡Hasta parece más grande! intentó justificar Lucía.
¡Pues no vuelvas a hacerte la dueña en mi casa! Marta estaba en un sinvivir.
Y así, entre reproche y reproche, no dejaba de lanzar pullas. Al final, Lucía ya no aguantó más:
Pues nada, si así quieres vivir, en tu basurero. No pienso volver a pisar esta casa.
¿Te escuece la verdad, eh? ¿Por eso te marchas?
No, es que me das pena susurró Lucía antes de irse.
Y se fue. Y no llamó en toda la semana. Jamás habían estado tanto tiempo sin hablarse. Y encima la Nochevieja a la vuelta de la esquina. ¿De verdad iban a despedir el año cada una sola?
Marta salió al recibidor y se sentó en la banqueta.
Es verdad Se ve todo más espacioso, pensó, imaginando a Lucía e Ignacio empapelando con esmero, intentando dejarlo perfecto, esperando su cara al llegar. ¿Y por qué me puse tan cabezota? Ha quedado muchísimo mejor. Se nota en el alma también, como más alegre. ¿Y si resulta que Lucía tiene razón?
De repente sonó el móvil
Marta Lucía estaba llorando , perdóname. No quería molestarte, de verdad Quería darte una alegría
Ay, tonta, no estoy enfadada. Y no tienes que pedirme perdón por nada. Tienes razón y ha quedado precioso el papel. Y cuando pasen estas fiestas, igual me ayudas a vaciar un poco el piso. Si te apetece, claro
¡Claro que sí! ¡Será un placer! Pero ¿y hoy? Es una noche especial y no me imagino entrar al Año Nuevo sin ti
Yo tampoco, Lucía
Pues venga, arréglate, que aquí ya está casi todo listo: el arbolito natural, las luces, las velas, ¡como a ti te gusta! Y ni te molestes en cocinar, que ya lo tengo todo hecho. Que te conozco y sé que te lanzas al súper en cuanto pueda. Yo hasta el último minuto he estado segura de que nos arreglaríamos Así que tú solo vístete tranquila, Ignacio pasa a recogerte.
Marta volvió a mirar Madrid desde la ventana. Ahora las luces le parecían diferentes. Bonitas, cálidas, como si la abrazasen.
Y pensó: Gracias, mamá Gracias por darme a mi hermana.







