Falleció Catalina Los hijos vinieron de Madrid al pueblo para el velatorio.
Menos mal que al menos ahora han aparecido susurraban las vecinas. La han acompañado en su último viaje.
Al acabar el velatorio, los hijos y sus familias ya empezaban a preparar las maletas para volver a la ciudad. De repente, entró en la casa tía Lidia, la hermana de Catalina.
Tía Lidia, ya es hora de irnos dijo el hijo mayor. Hay que cerrar la casa. Usted también debería irse.
¿Irme? se sorprendió Lidia. Pero si estoy en casa. Yo de aquí no me muevo.
Todos la miraron boquiabiertos.
Rita y Demetrio se habían casado y mudado con la madre de él.
La boda fue muy sencilla; prefirieron ahorrar lo poco que tenían para otras cosas en vez de gastarlo en un piso.
Hasta entonces vivían separados: Demetrio con su madre, y Rita en una residencia universitaria. Rita no había vivido nunca en su casa: su madre era aficionada a la fiesta y los bares, y la chica se había criado prácticamente sola.
De su padre ni sabía nada.
La madre de Demetrio decidió darles algo de libertad: pidió unas semanas de vacaciones y se marchó a casa de su hermana Catalina, en un pueblo de la provincia de Salamanca.
Allí solía descansar a menudo. Catalina vivía sola. Había enviudado pronto y sus dos hijos apenas iban a visitarla, ¿llamadas? Pocas, con excusas de trabajo y responsabilidades
Catalina a veces se sentía herida. Pensaba que una simple llamada no costaba tanto.
No pedía nada: lo que podía, lo hacía sola, a veces pedía ayuda al vecino o a su sobrino cuando iba con su madre, Lidia.
Demetrio era muy apañado. Iba a menudo, antes de casarse. Ahora Lidia temía que él también se olvidara de su tía, como los hijos de Catalina. Aquellos ni siquiera llevaban a sus mujeres a ver a la madre, solo las presentó en la boda; “son muy de ciudad”, decía Catalina, “y aún no me han dado nietos, dicen que es pronto”.
¡Lidita, qué alegría verte! exclamó Catalina. ¡Mi hermana!
Siempre se llevaban bien. De niñas, inseparables, hasta que Lidia se fue a Madrid, se casó y se quedó allí. Catalina en cambio nunca dejó el pueblo. Ambas viudas el mismo año, nunca volvieron a casarse.
Te quedas de anfitriona mientras, ¿eh? dijo Lidia. Tengo libres solo unos días. ¿Por qué no ha venido Demetrio? Podrían haber venido él y su novia. O estarán de viaje de novios
No, están ahorrando. Fue una boda discreta, solo firmaron los papeles y ya. Además, Rita casi no tiene familia. Es buena chica, pero su madre siempre andaba de juerga, así que hace tiempo que vive sola. Me dio pena llevármelos, preferí marcharme yo, que se acostumbren y se conozcan, que disfruten ese primer mes sin mí. Ya pensaba que nunca se casaría, con treinta años Menos mal. Que sean felices.
Se habrán acostumbrado el uno al otro. Pero qué lástima, podrían haber venido contigo. ¿Para qué quedarse en la ciudad de luna de miel? Que venga la chiquilla, quiero verla. Llama, la casa es grande, hay sitio para todos, y si no les gusta, se van.
Rita y Demetrio llegaron al pueblo al cabo de un par de días. Tía Catalina se alegró muchísimo. De sus propios hijos, apenas tenía noticias.
Estoy feliz, hijos. Los míos ni caso me hacen siempre están ocupados dijo Catalina, suspirando.
Rita disfrutaba en el pueblo. Recordaba cuando iba a casa de su abuela de pequeña. La abuela falleció cuando Rita tenía quince años. Tuvo que trabajar y estudiar a la vez, pero esas vacaciones la llenaban de nostalgia
Catalina trabajaba en la huerta. Lidia descansaba y cocinaba para todos. Demetrio arregló la valla del corral, y reparó el tejado del granero. Rita se pasaba el día en la tierra, feliz.
Descansa, hija, déjalo ya, que en cuanto tenga vacaciones me pondré yo le decía Catalina.
No se preocupe, me gusta, me recuerda a mi abuela. Ustedes disfruten.
Las vacaciones pasaron volando. Los jóvenes volvieron a la ciudad, y Catalina se quedó sola. Todo arreglado, pero el silencio de las noches le pesaba. Decidió llamar a su hijo mayor.
¿Ha pasado algo, madre?
No, solo quería preguntarte cómo estabas. Si venís de visita.
Ahora no podemos, llama al pequeño, quizá él no haya ido todavía a la playa.
Al pequeño le llamó, pero la misma historia. Se iba de vacaciones y no tenía tiempo para su madre. “Bueno, al menos Demetrio prometió venir”, pensó Catalina.
Pasaron los años. Demetrio y Rita compraron un piso en Valladolid. No se olvidaban de su tía: la visitaban a menudo, la ayudaban en el campo y llevaban a sus hijos, que se pasaban el verano con las abuelas, Catalina y Lidia, ya jubiladas.
Catalina nunca tuvo nietos. El hijo menor tenía un niño, pero no era suyo; se casó con una mujer que ya tenía uno. El mayor, siempre absorto en su carrera, nunca encontró el momento adecuado y terminó por dejarlo pasar. Así son algunos hijos: nunca tienen tiempo para visitar a su madre, mucho menos para ampliar la familia. En cuatro años, dos veces la vieron: que esté contenta, que no la olvidamos.
Menos mal que Demetrio y Rita estaban ahí, junto a la hermana.
Así vivieron, hasta que Catalina enfermó. Se hicieron muchas pruebas, pero necesitaban dinero para otros tratamientos. Llamó a su primer hijo, y después al segundo, explicando la situación.
Madre, si nunca has ido a balnearios, ¿para qué empezar ahora? En casa se cura una. Mejor recupérate.
El viaje y el tratamiento se los pudieron costear Demetrio y Rita. Mandaron a las dos hermanas juntas para que Catalina no estuviera sola.
Cuatro años después, Catalina falleció. Los hijos volvieron de la ciudad para el último adiós.
Menos mal que han venido, por lo menos esta vez se decían los vecinos. Al menos la han despedido como Dios manda.
Cuando ya preparaban la vuelta, vieron que Lidia y la familia de Demetrio quedaban en la casa.
Tía Lidia, tenemos que marcharnos dijo el hijo mayor. Hay que cerrar todo, ustedes también deberían irse.
¿Irme? se burló tiernamente Lidia. Pero si esta es mi casa Yo aquí me quedo.
Todos la miraban con asombro.
¡Esta es la casa de mamá! exclamó el menor. Ahora es nuestra. Iremos pensando en venderla. Si necesitáis algún recuerdo, llevad un jarrón o una vajilla, pero el resto irá todo fuera.
Llevaos un recuerdo de vuestra madre, sí dijo Lidia, pero la casa me la dejó Catalina; me lo firmó cuando volvió del balneario.
¿Un balneario? ¿Un testamento? Pero somos sus hijos
¿Ahora os acordáis de que sois sus hijos? ¿Dónde estabais cuando estuvo enferma? Ni una vez vinisteis. Es fácil reclamar cuando ya es tarde.
Los hijos se marcharon, ni una explicación, ni despedida. Ya no tendrían ni a dónde volver ni a quién llamar.
Lidia se mudó a la casa de su hermana. Alquila su piso en la ciudad y ayuda a la familia de su hijo. Ellos sí van a verla, la ayudan, son una familia unida, aunque echan de menos a Catalina
Pero ella siempre está presente en su memoria y en su cariño.
La vida enseña que no basta con estar en los momentos importantes. Es el día a día, el tiempo y la atención lo que construye los lazos verdaderos. Al final, el amor y la presencia son el mayor legado.





