En la puerta se encontraba un desconocido.
Siempre recordaré cómo me gustaba Alba desde el instituto. Le escribía notas y buscaba maneras de llamar su atención como fuera.
Pero a Alba le gustaba Sergio, un chico alto y rubio que jugaba al voleibol con ella en el equipo del colegio.
A mí, que era torpe y además tenía malas notas, Alba ni siquiera me miraba.
No tardó mucho Sergio en empezar a salir con Lourdes, una chica de la otra clase.
Terminamos el bachillerato y yo, otra vez, intenté ganarme la atención de Alba.
Incluso le propuse matrimonio en la fiesta de fin de curso
Pero su respuesta fue tajante: «¡No!». Ni siquiera quería considerarme como pareja.
Después de la universidad, Alba consiguió trabajo como contable. Su jefe era un atractivo moreno, diez años mayor que ella.
Alba admiraba su profesionalidad, su clase, su inteligencia.
Empezaron a surgir sentimientos entre ellos y a Alba no le importaba que su jefe estuviera casado y fuese padre de un niño pequeño.
Valentín Ortega le juraba una y otra vez que se divorciaría y que la única mujer a la que amaba era ella.
Pasaron años y Alba se acostumbró a pasar fines de semana y festivos sola. Seguía esperando el tan ansiado divorcio y soñaba con una vida juntos.
Hasta que un día, vio a Valentín en El Corte Inglés, acompañado de su mujer.
La esposa de Valentín estaba embarazada y él la sujetaba de la mano con ternura. Después, cargó con las bolsas y se marcharon juntos al coche.
Alba, con lágrimas en los ojos, presenció esa escena idílica.
Al día siguiente, decidió presentar su renuncia.
Se acercaba Nochevieja y Alba no tenía ganas ni de comprar turrones, ni de adornar la casa, ni de celebrar nada.
Pero una tarde volvió del trabajo y notó la casa fría. Resultó que la caldera había dejado de funcionar. Alba vivía en una pequeña casa a las afueras de Valladolid.
Intentó conseguir a un técnico, pero con las fiestas todos pedían un dineral, sobre todo si había que ir hasta las afueras.
Desesperada, llamó a su amiga Marisa. El marido de Marisa trabajaba justo en ese sector y quizás pudiera ayudar.
Marisa le prometió que llamaría enseguida a su marido.
Un par de horas después, alguien llamó al timbre.
Era un desconocido; bueno, hasta que me fijé y supe quién era ¡Era yo, Álvaro, compañero del instituto!
Buenas, Alba, ¿qué pasa por aquí?
Eh ¿Cómo lo has sabido?
Me ha llamado el jefe, me dijo que viniera cuanto antes a esta dirección, que estabas pasando frío. ¿Has vaciado el agua del circuito para que no se congelen los radiadores?
No, es que no sé hacerlo.
Anda que Así te puedes quedar sin calefacción. Menos mal que no hace mucho frío.
Enseguida vacié el circuito, me peleé un rato con la caldera, y luego me marché.
En apenas una hora, volví con las piezas necesarias para el arreglo.
Pronto la casa de Alba empezó a calentarse y tras lavarme las manos, le pregunté:
Alba, tienes el grifo perdiendo y la bombilla parpadea ¿Tu marido no puede arreglarlo?
No tengo marido…
¿Cómo es eso? ¿Aún buscando al hombre perfecto?
Qué va ya no busco a nadie confesó de repente.
¿Entonces por qué me rechazaste en su día? le sonreí.
No contestó
Dejé arreglado el grifo, cambié la bombilla y me fui a casa.
Esa noche, Alba recordó la infancia, la juventud, y a aquel chico regordete al que nunca hizo caso.
Mucho había cambiado; ahora era un hombre alto y delgado, de ojos castaños. Pero mi sonrisa seguía siendo la misma de entonces.
Ni siquiera tuvo tiempo de preguntarme si estaba casado.
Y llegó el 31 de diciembre. De repente, alguien sonó a la puerta.
Alba fue a abrir no esperaba a nadie.
En la puerta estaba yo, Álvaro, vestido con mi mejor traje y sujetando un ramo de flores.
¡Alba! Te lo vuelvo a preguntar ¿Te casas conmigo o vas a esperar al príncipe azul hasta la jubilación?
Alba rompió a llorar y asintió feliz.
A la segunda fue la vencida Esta vez, mi propuesta fue aceptada.
Aquel invierno, por fin, aprendí que a veces lo que más deseas está donde menos lo esperas, y que la vida siempre da segundas oportunidades.



