Llevamos a mi cuñada y a su hijo de vacaciones… y me arrepentí mil veces: nuestra aventura en la cos…

Llevé a mi cuñada y a su hijo de vacaciones. Me arrepentí mil veces.

Todo comenzó una tarde de verano en Madrid, cuando mi esposo y yo decidimos, como cada año, escaparnos con amigos hacia la costa del Cantábrico. Somos un grupo de fieles aventureros: elegimos un rincón salvaje de la playa de Galicia, montamos nuestras tiendas bajo los eucaliptos y dejamos que la sal y el viento nos despeinen. Durante el día nadamos en el mar frío, nos tumbamos a tostarnos entre charlas y siestas, y al caer la noche, el sol se convierte en brasas en el horizonte mientras cantamos habaneras y tocamos la guitarra, bebiendo un buen trago de vino de Rueda. Este año, mi cuñada Lucía se sumó a la expedición, junto a su pequeño de algo más de dos años. Nos debatimos¿les llevamos o no?

No tuvimos fuerzas para negarnos, y pronto comprobamos que el niño apenas nos desafiaría Lucía, en cambio, era tema aparte. Desde la salida en coche, todo fue raro, como en un sueño confuso: Lucía quería parar cada poco en las gasolineras de la autovía para estirar las piernas y tomarse otra caña en cada área de servicio. Llegamos cuando la luna ya rozaba el agua y los amigos habían tenido tiempo de zambullirse desnudos y reír como si no existiera el reloj.

Por fin, todos reunidos bajo las luces temblorosas de las linternas, Lucía se plantó y explotó:

¡No pienso dormir aquí!
¿Por qué? ¡Te dijimos que veníamos de camping! le espetó mi esposo con voz somnolienta.
Creía que eso quería decir buscar alojamiento al llegar, no quedarme en mitad de este descampado, como si fuésemos pastores del Quijote.
¿Y para qué íbamos a traer sacos y tiendas? susurré mientras deshacíamos los nudos de las mochilas.
Pensé que solo hacían el paripé del campamento murmuró Lucía.

No hubo miramientos: alquilamos una habitación barata en una pensión del pueblo más cercano. Mi marido se transformó de veraneante en taxista: trayéndola y llevándola cada noche, llevándola a cafés y de paseo a la plaza mayor, cuidando al niño porque Lucía, agotada de no hacer nada, necesitaba tomarse un respiro de su descansada vida.

En realidad, todos hicimos de canguros en turnos oníricos, cuidadosamente vigilando al chiquillo mientras este se ponía las botas de navajas y empanada y después, como un gato marino, dormía la siesta en la tienda, indiferente al griterío de las gaviotas. Nada que ver con su madre, siempre desvelada y quejosa, como una sombra de la realidad. El año que viene, tenemos claro que Lucía se queda en Madrid, pero el pequeño, si sus padres lo permiten, será nuestro invitado de honor. Está hecho para la vida salvaje, casi parece salido de una fábula gallega.

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