Te cuento, mira. Fue mi jefe quien me acabó soltando que mi marido me estaba poniendo los cuernos.
Yo estaba casada y trabajaba en una pequeña empresa de Madrid. Mi jefe, Fernando, era un hombre soltero, separado, y la verdad, llevaba tiempo tonteando conmigo. Yo siempre le había dejado claro los límites, nunca de manera borde pero sí firme, sobre todo porque ya empezaba a ser evidente en la oficina. Un par de veces le dije en plan: Basta ya, tengo pareja y esto ya me está incomodando. Él me dijo que lo entendía y seguimos con nuestras cosas.
Pues un día me llama a su despacho, cierra la puerta y me dice que tiene que hablar conmigo de algo personal. Lo primero que me pregunta es si mi marido seguía yéndose de viaje los fines de semana. Yo le digo que sí, que como siempre. Y entonces va y me suelta, así, del tirón:
He visto a tu marido con otra mujer.
Me explica que su segundo, Pablo, había salido con amigos a un bar una noche y que él se pasó después, y que allí vieron a mi marido. Que se estaban besando. Al principio no me lo creía, pero entonces saca el móvil y me enseña un vídeo.
No era un vídeo muy nítido, la verdad. Bastante oscuro, grabado desde lejos, la música a tope… pero reconocí a mi marido al instante: la ropa, sus gestos, la forma de moverse, el perfil. No había margen de duda. Sentí una rabia, una vergüenza y una impotencia que no te imaginas. Salí corriendo de su despacho directa a casa. Esa misma noche lo enfrenté. Al principio lo negó, claro. Luego acabó reconociendo que había sido un error. Pero no se fue de casa.
Los siguientes seis meses fueron horrorosos. Yo ya no quería estar con él, pero él se negaba a irse. El piso era de alquiler y él decía que tenía el mismo derecho que yo a quedarse. Empezó a amargarme la existencia: ponía la música a todo volumen a las siete de la mañana, traía gente sin avisar, dejaba todo sucio, soltaba comentarios hirientes, se reía de mí. Cada discusión era peor que la anterior. Apenas dormía y vivía con ansiedad todo el día.
Un día, revisando el contrato de alquiler, vi que justo estaba a punto de terminarse. Y en ese momento me cayó la ficha: este piso no es mío, no tengo por qué aguantar esta situación. Me puse a buscar habitación por mi cuenta. Hice las maletas, firmé un alquiler nuevo y me largué. Nada de despedidas. Recogí lo esencial y cerré esa etapa.
Fernando, mi jefe, durante todo ese tiempo estuvo pendiente. Al principio solo como apoyo, preguntando si estaba bien o si necesitaba algo. Poco a poco fuimos hablando más, primero mensajes y luego cafés. Yo no quería nada, solo tranquilidad. Y él lo respetó. Estuvimos así meses, hasta que la cosa fue a más, pero sin prisas.
Después encontré otro trabajo bastante mejor, con mejor sueldo y un puesto más altonada que ver con Fernando. Así que dejé la empresa. Y fue entonces cuando nuestra relación cambió. Ya no era mi jefe, éramos dos personas saliendo.
Hoy, justo, cumplimos un año juntos.
De mi exmarido no he vuelto a saber. Perdí un matrimonio, sí pero gané paz y a un hombre bueno.






