Cómo Carmen se convirtió en madre gracias a su buen corazón
Carmen entra en el portal y, al llegar a la puerta de su piso, se encuentra una caja. La mujer la observa, extrañada. Dentro, acurrucados, están un perro y un gato. Ambos la miran asustados y tiemblan de nervios.
¿Pero esto qué es? ¿Y vosotros quiénes sois? pregunta Carmen, como si los dos abandonados pudieran contestarle.
En ese momento, se abre la puerta del piso de al lado y asoma la vecina, doña Rosa.
Ay, Carmencita, buenas tardes. ¡Quién lo iba a decir! Pilar, la del segundo, se ha ido de este mundo, y su sobrina, al final, no ha sabido qué hacer con sus animales.
Se los ofreció a todo el mundo, pero nadie los quiso. Yo ya tengo gato y no soporta a otros, y otros vecinos tienen alergia A ver si tú y Pedro os animáis. No tenéis niños, sois jóvenes y os va bien en el trabajo.
La verdad es que no pensábamos tener animales, y menos de repente dos se desconcierta Carmen.
Mejor no separarlos. Están muy acostumbrados el uno al otro, les costaría mucho. Hasta dormían juntos, fíjate Pilar sacaba al perro a pasear, y el gato se iba solo al jardín, pero no dan casi trabajo.
Venga, anímate suplicaba doña Rosa con voz lastimera.
¿Y si nadie los coge? pregunta Carmen. ¿Qué les pasará?
Dicen que los llevarán a sacrificar. Ya tienen hasta todo preparado. El piso está prácticamente vendido, y los nuevos no quieren saber nada explica la vecina.
En ese instante, sube por la escalera el portero y se acerca a Carmen. También señala la caja:
¿No te animas a quedártelos? Son tranquilos, no comen mucho. Además, ya son mayores. No les queda tanto Nadie los quiere, qué pena. Pilar los adoraba.
Bueno, está bien. No soy capaz de pensar que acabarán así. ¿Cómo se llaman? Vivimos aquí solo desde hace dos años, apenas tratamos con los demás responde Carmen. El portero sonríe y entra la caja al recibidor.
El perro se llama Max, y el gato Ramón. Mil gracias deja sobre la consola un billete y una correa. Al menos, para lo primero. Muchas gracias, de verdad
Carmen cierra y se quita el abrigo. Luego se sienta y habla con sus inesperados invitados:
Bueno, chicos. Pedro se va a quedar sorprendido A ver si no nos echa a todos de casa Pero seguro que se lo toma bien, es buenazo les dice con cariño.
No os preocupéis, que aquí no os haré daño. ¡Cómo se les ocurre llevaros a sacrificar! Qué barbaridad
El gato, como si entendiese, sale con cautela de la caja y empieza a explorar. El perro queda sentado, sin moverse un rato, observando los movimientos de Carmen y de su amigo peludo.
Carmen se dirige a la cocina y mira en la nevera. No hay nada de pienso, claro. Así que prepara arroz y añade trocitos de pollo, pensando que ambos podrán comerlo.
Para su sorpresa, el gato, tras inspeccionar todo, llega a la cocina y muestra interés por el plato. Carmen llama también a Max.
Max no baja la guardia, pero cuando ve al gato comer con apetito, se acerca y mira a Carmen con ojos tristes.
A la tarde llega Pedro, el marido de Carmen, y efectivamente, se queda de piedra, aunque deciden buscar, por si acaso, un hogar mejor para los animales, tal vez una casa con jardín.
Carmen y Pedro llevan casados cuatro años. Hace solo dos que compraron ese piso. Se quieren mucho y llevan una vida tranquila, apenas con discusiones. Solo la ausencia de un hijo ensombrece su felicidad.
Con lo tiquismiquis que eres tú, y no querías animales se ríe Pedro.
Bueno, yo pensaba que algún día tendríamos un niño. Y mira, aquí están No puedo ni pensar en lo otro. Perdóname a Carmen se le humedecen los ojos.
Ya, bueno, a mí me encantan los animales. Qué se le va a hacer, los cuidaremos. Mañana pregunto en el trabajo si alguien los quiere, igual hay suerte la abraza Pedro.
Desde ese día, la rutina familiar cambia. El gato y el perro se acostumbran enseguida. Resulta que antes vivían justo en el piso de arriba, así que todo les suena familiar: el edificio, el patio, la distribución.
Sois unos campeones, mis chicos les dice Carmen. Parece que siempre habéis vivido conmigo.
Ahora ella saca al perro tres veces al día y el gato sale al jardín saltando por la ventana, y vuelve igual, lo cual es muy cómodo para Carmen.
Doña Rosa está feliz de que Carmen haya adoptado a los dos y ayuda como puede, llevándole huesitos para Max y restos de cena para Ramón.
Por las noches, Pedro y Carmen se matan de risa cuando ven al gato jugar con nuevas pelotitas y al perro dormirse feliz en su camita.
Los dos duermen juntos, abrazados. Se nota que se quieren mucho y la pareja entiende que no deben separarlos.
A los pocos meses, Carmen y Pedro deciden no buscar nuevos dueños: tanto los quieren, que no pueden imaginar la casa sin ellos.
Los fines de semana, la madre de Carmen, que vive cerca, suele venir de visita. Al principio se sorprende por la adquisición de su hija, pero pronto les toma cariño.
Me lo llevaría a Ramón, pero vivo en un tercero y le gusta estar al aire libre le dice a Carmen.
Pero Carmen le responde tajante:
No, mamá. Tú vienes cuando nos vayamos de vacaciones. Así cuidas de ellos y de las plantas; así nos echas una mano de verdad.
Llega el verano y la pareja se va a la Costa del Sol. Carmen llama a su madre todos los días, preocupada por los peludos.
Todo va de maravilla tranquiliza la madre. Comen fenomenal, duermen juntos, salimos a pasear al patio. Disfrutad vosotros, que aquí está todo bajo control.
Al volver, Carmen se conmueve viendo el recibimiento: Max salta y mueve la cola, emocionado. Ramón, después del revuelo de su amigo, va directo a Pedro y se restriega mientras ronronea.
Vaya, nos quieren estos dos, ¿eh? celebra Pedro. Carmen acaricia a Max y va directa a servirles la cena.
Desde entonces, Carmen se levanta temprano, sale a pasear a Max y da de desayunar a sus dos compañeros al volver.
Poco después, Carmen, muy nerviosa, le anuncia a Pedro que al fin está embarazada. Es una noticia muy esperada y motivo de inmensa alegría.
La madre de Carmen le dice:
¿Ves? Por algo te llegaron Max y Ramón. Es como si te pusieran a prueba, hija, y el cielo te ha premiado con lo que más deseabas Ahora toca prepararse para la maternidad.
Sí, mamá, aunque no creo en señales ni cosas así responde ella, sonriendo. Pero la verdad es que con estos dos ya llevo un buen entrenamiento: limpiar, cuidar, querer Son como niños.
¿Quieres que me lleve a los animales al principio, cuando nazca el bebé? propone la madre.
¡No, mamá, ni hablar! Podemos con todo. Mejor ven tú a pasear al niño por el parque mientras duerme, o a cuidarle en casa si lo necesito.
Se abrazan.
El embarazo de Carmen va sobre ruedas y da a luz a un precioso niño en el hospital de La Paz. Pedro está eufórico, igual que Carmen y toda la familia.
Max, ya mayor, apenas ladra y mantiene su carácter tranquilo.
Ramón tampoco da guerra, y, en cuanto llega el buen tiempo, casi vive en el patio, subido al nogal o tumbado disfrutando del sol.
La familia, por fin, está completa y en armonía.
Las vecinas del barrio, alentadas por doña Rosa, no tardan en contar la historia de cómo Carmen se convirtió en madre gracias a su buen corazón, por toda la calle.
Ella la relata como una verdadera anécdota, la prueba de que el universo sí responde a nuestros buenos gestos
¿Y tú qué opinas? ¿Tiene razón doña Rosa? Déjanos tu comentario y dale a me gustaCarmen sonríe, mirando a su hijo dormido en el sofá, con Max estirado a sus pies y Ramón ronroneando enroscado junto a la cabecita del pequeño. Siente un calor dulce en el pecho mientras se da cuenta de que la vida la ha sorprendido recorriendo caminos insospechados. Porque el amor, piensa, llega en todas las formas, en cajas olvidadas delante de la puerta, en hocicos húmedos y ronroneos silenciosos, en abrazos de madre y caricias compartidas.
Cuando por la noche apaga la luz, Carmen susurra bajito mientras acaricia la cabecita de Max:
Gracias por elegirme. Gracias por enseñarme a ser madre antes de serlo.
Y allí, en ese pequeño hogar lleno de patitas, juegos y sueños, Carmen descubre que la familia no es cuestión de sangre, sino de corazón. Y así se duermen todos, juntos y en paz, con la certeza luminosa de que cada bondad regresa multiplicada, acabando de tejer, sin saberlo, la felicidad que tanto habían esperado.





