¡Me voy para que aprendas a valorar lo que tienes! Pásate una semana sola, aúlla a la luna sin hombre en casa, ¡quizá entonces empieces a apreciar mi cuidado! Nacho teatralizó cada palabra mientras metía a empujones un paquete de calcetines en una bolsa de deporte, casi tirando mi jarrón favorito de la estantería.
Yo lo miraba medio apoyada en el marco de la puerta, entre enfadada y a punto de reírme a carcajadas. Ahí estaba mi marido, treinta añitos, un niño grande, plantado en medio de MI pisoun estudio que yo compré antes de casarnosy amenazándome con su ausencia, convencido, no sé por qué milagro, de que la casa se iba a caer a trozos sin él y yo acabaría mustia como un geranio olvidado.
Y todo, como siempre, después de la tradicional visita dominical a su madre, Pilar. Mi suegra era un ejemplar único: los cumplidos te los soltaba como quien te echa sal en una herida, y sus consejos sonaban a orden de general del ejército tras ver botas llenas de barro.
Nacho llegaba de ver a su madre cargado de energía. Se notaba: labios apretados, mirada de scanner y olfateando rincones en busca de polvo.
Lucía, ¿por qué las toallas no están ordenadas por colores? arrancó sin quitarse ni los zapatos. Mi madre dice que así la casa parece un mercadillo y pierde toda la armonía del chi.
Respiré hondo.
Nacho, tu madre ha visto la armonía esa sólo en algún programa de la tele de los noventa. Las toallas están así porque así se llega mejor le respondí, removiendo el pisto en la sartén.
Se arrugó, vino hacia la cocina y señaló la tapa de la olla.
¿Otra vez las verduras a trozos? Mi madre dice que una buena esposa debería pasar todo por la batidora, que el cuerpo del hombre lo asimila mejor. No te quieres esforzar.
Nacho dejé la cuchara, tu madre no tiene dientes porque prefirió comprarse el tercer juego de café antes que ir al dentista, pero tú tienes muelas, así que mastica.
Nacho se puso rojo, infló el pecho para soltar otra de las perlas de doña Pilar, pero no le salió nada.
¡Eres una desagradecida! bufó. Y mi madre es doctora en economía doméstica, ¡que lo sepas!
Nacho, tu madre toda la vida fue portera en una residencia de estudiantes y eso de doctora se lo ha inventado porque le suena bien le solté con media sonrisa helada.
Se quedó con la boca abierta, buscando argumentos, pero nada. Parpadeó, apretó los dientes y agitó la mano en el aire, como espantando una mosca invisible.
Sinceramente, parecía un pingüino desorientado.
Ahí fue cuando decidió darme una lección.
¡Se acabó! Estoy harto de tus impertinencias proclamó cerrando su bolsa. Me voy a casa de mi madre, una semana. Y cuando vuelva quiero ver todo recogido e incluso una disculpa. Por escrito.
Portazo. Silencio.
La sensación fue extraña: un hueco, sí, pero sobre todo un descanso brutal. Y me ardía la rabia. Se había ido de MI casa para castigarme dejándome en paz y con todo el piso para mí. Genial, estratega de salón
Pero la vida me tenía reservada una sorpresa mucho mejor que cualquier rabieta de Nacho.
El lunes por la mañana me llamó el jefe.
Lucía Ramírez, tenemos urgencia en la sede de A Coruña. Tienes que irte mañana, tres meses, paga doble y una prima que te da para coche nuevo. No hay nadie más disponible.
Sentí que me salían alas. ¡Tres meses! Sin Nacho, sin Pilar al teléfono, delante del océano (aunque gallego), con sueldazo y todo.
¡Lo acepto! solté corriendo.
Pensé: El piso vacío tres meses, la luz y el gasto por las nubes Y, justo entonces, mi amiga Clara me llamó.
Luchi, qué marrón. Mi hermana viene del sur con marido y tres críos, está en obras, y el hotel es carísimo. Son de jaleo, pero pagan al contado y bien
Se me formó un plan diabólico en la cabeza.
Clara, ¡que se vengan! Mañana mismo. Yo dejo las llaves en portería. Solo una cosa: si viene un tío a hacerse el dueño, que le echen.
Esa noche recogí mis cosas, guardé lo de valor en una caja, lo llevé a casa de mi madre y preparé la casa. Nacho seguía sin cogerme el teléfono, ahí tan digno.
Por la mañana me subí al avión y, ese mismo día, mi estudio pasó a ser hogar de los González: padre, madre, los tres peques seguidos y Bruno, un labrador enorme, bonachón y más ruidoso que una tamborrada.
Pasó una semana.
Nacho, como supe después, sobrevivió como pudo los siete días dorados junto a mamá. Y es que a Pilar solo la aguanta uno en dosis homeopáticas: en la convivencia su amor asfixia.
Nachito, ¡no hagas ruido al masticar! le corregía en el desayuno.
¿Por qué tiras dos veces de la cisterna? ¡El contador que lo pago yo!
Siéntate derecho, que te me vas a encorvar como el tío Paco
A la semana, Nacho veía la luz. Se imaginaba que yo estaría ya arrepentidísima de perderlo. Volvería como el César, triunfador.
Compró tres claveles mustiossímbolo del perdón, digo yoy se vino a casa.
En el portal ya se estaba imaginando mi cara de alivio y alegría. Metió la llave y no giraba. Frunció el ceño, le dio a la manilla: cerrado. Pulsó el timbre.
Del otro lado se oyeron pasos como de peña saltando a la plaza de toros, enseguida un ladrido que hizo temblar la puerta.
¿Quién es? trono de voz varonil.
Nacho dio un respingo.
Eh Soy Nacho, el marido, ¡abre!
Abren la puerta y aparece Pacocasi tan ancho como la entrada, en camiseta de propaganda y con una espátula, porque estaban haciendo tortilla. Al lado, asomaba Bruno, el labrador.
¿Marido? Paco, sorprendido. Lucía no está, se fue de viaje. Nosotros somos inquilinos, todo legal, aquí tienes el recibo. ¿Y tú quién eres, hulio?
¡Yo soy el dueño! chilló Nacho, fuera de sí. Es mi piso bueno, de mi mujer, pero vivimos aquí.
Escucha, amigo Paco lo palmeó, untándole la camisa de aceite, Lucía dijo que el marido se fue con la suegra, que la casa estaba libre. ¡Pues pa fuera, hombre, que estamos en familia! María, ¡saca la salsa!
Puerta cerrada.
Me empezó a sonar el móvil insistentemente al minuto. Yo estaba en un restaurante en la Marina, con vistas a la Torre de Hércules, comiendo navajas y tomando albariño.
¿Sí? contesté, bien tranquila.
¡Pero Lucía! ¿Qué has hecho? ¿Quién vive en nuestra casa? ¿Por qué no me dejan entrar? Vuelvo y ahí hay una feria montada
Nacho, baja la voz le corté en seco. Te fuiste. Dijiste que una semana, incluso para siempre, para que aprendiera. Pues aprendí. Vivir sola sale caro y aburrido, así que alquilé el piso. Contrato, tres meses.
¿Tres meses? ¿Y yo dónde vivo?
Pues con tu madre, como te gusta. Toallas de colores, puré de la batidora disfruta. Yo estoy en Galicia, tardaré en volver.
¡Te pido el divorcio! ¡Llamo a la policía!
Adelante. El piso es mío, el contrato es legal, pago mis impuestos, y tú ni siquiera estás empadronado aquí. Eres invitado y, francamente, ya te pasaste de visita.
Colgué.
Diez minutos y llama la señora Pilar, dramática:
¡Lucía! Pero, ¿qué clase de persona eres? ¡Has echado a Nacho a la calle! Eso roza la barbaridad. El Código de Familia dice que la mujer debe asegurar hogar y comida a su marido.
Señora Pilar la interrumpí saboreando el momento, también dice que los dos somos iguales ante la ley. Y en las escrituras de propiedad sólo sale mi nombre. Si su hijo quería educarme a base de ausencias, enhorabuena: sólo que la alumna superó a la maestra.
¡Eres una materialista! ¡El hombre tiene que tener su espacio! ¡Destruyes la familia! ¡Hablaré con el sindicato!
Llore al Sorteo del Niño, si quiere. Ah, y no olvide hacerle el puré, porque Nacho ya ni masticar sabe.
Colgó con un ruido como de fax encallado.
Los tres meses pasaron volando. Volví feliz, con corte nuevo, dinero de sobra y la cabeza clarísima de que lo anterior no me interesaba. La casa, impecable: Paco y María eran más limpios que yo, arreglaron hasta el grifo roto que Nacho llevaba un año dejando para mañana.
A las dos horas apareció Nacho. Tenía mala pinta: flaco, con la camisa arrugada, ojeras. Tres meses con su madre lo envejecieron.
Lucía mirando el suelo, ya está, ¿no? Lo entendí todo. Mamá también se pasó. ¿Empezamos de cero? He traído mis cosas
Se intentó colar y le paré con la maleta.
Nacho, no hay nada que empezar. Querías que aprendiese a valorar al hombre. Pues resulta que Paco me arregló el grifo en media hora, tú llevabas un año que ya lo vería. Nada más.
¡Pero soy tu marido! casi suplicando, rollo niño expulsado de la cancha.
Fuiste marido, ahora eres carga. Tu ropa la tienes abajo con el portero y dame las llaves.
¡No te atreverás! ¡Reclamaré la mitad de la reforma!
Las obras las hizo mi padre, con facturas y todo. Tú sólo pusiste pegatinas en la pared con tus quejas. Se acabó, Nacho. El espectáculo se terminó y el público se ha ido a casa.
Se quedó parado, procesando cómo su plan infalible se le volvió en contra. Cerré la puerta y el clac de la cerradura sonó a pistoletazo de salida en mi nueva vida.
Cuentan que Nacho sigue en casa de su madre. Ahora Pilar le fiscaliza hasta la hora en la que apaga la luz y con quién habla por WhatsApp. Anda encorvado, calladito y mirando siempre hacia el suelo, como temiendo pisar alguna mina de los cambios de ánimo de Pilar.




