La abuela siempre tuvo un nieto favorito: una historia de distancias, herencias y reconciliaciones f…

La abuela tenía un nieto favorito

¿Y para mí, abuela? preguntaba Aurora en voz baja.
Tú, Aurora, ya eres muy apañada. Mira qué mofletes tienes, hija.
Las nueces son para la inteligencia, para Jacobo, que tiene que estudiar, que él es el hombre, el sostén.
Y tú, anda, ve a limpiar el polvo de las estanterías. Una niña debe acostumbrarse al trabajo.
¿Hablas en serio, Aurora? Si ya no le queda mucho. Los médicos han dicho que un par de días, quizá ni eso…

Jacobo estaba en el umbral de la cocina, retorciendo entre los dedos las llaves del coche. Su cara era un poema.

Totalmente en serio, Jaco. ¿Quieres un té? Aurora ni siquiera se giró, mientras seguía cortando meticulosamente una manzana para su hija. Siéntate, preparo uno recién hecho.

¿Té ahora, Aurora? el hermano avanzó hacia el centro de la habitación. Ella está ahí acostada, llena de tubos, resoplando…

Te llamó esta mañana. ¿Dónde está Aurorita?, decía. Me ha dado un vuelco el corazón. ¿De verdad no vas a ir?

Es la abuela. Es la última oportunidad, lo entiendes, ¿verdad?

Aurora colocó cuidadosamente las rodajas de manzana en el plato antes de mirar a su hermano.

Para ti es la abuela. Para ella, tú eres Jaco, su luz, su único nieto y esperanza.
Yo… para ella nunca existí.

¿De verdad piensas que necesito esa despedida?

¿Qué se supone que tengo que decirle? ¿Qué debo perdonarla? ¿O ella a mí?

Olvídate ya de esas tonterías de la infancia Jacobo dejó caer las llaves sobre la mesa. Vale, no te quería igual que a mí. ¿Y qué?

Es mayor, Aurora, tiene sus rarezas. Pero se está muriendo. No sé puede ser tan… dura.

No soy dura, Jaco. Simplemente, no siento nada por ella. Ve tú. Quédate con ella. Le importas mucho más tú que yo.

Tú eres su tesoro, su sol. Así que ilumínala hasta el final.

Jacobo la miró, dio media vuelta y salió en silencio, cerrando la puerta de un portazo.

Aurora suspiró, cogió el plato de manzanas y se fue con su hija.

***

En la familia siempre había estado todo bien delimitado. Los padres sí querían a ambos hijos por igual a Aurora y a Jacobo.

La casa rebosaba vida y risas, olía siempre a rosquillas y a rutas improvisadas al campo.

Pero Carmen Jiménez, la abuela, era de otra pasta.

Jaco, ven aquí, mi niño musitaba la abuela cuando iban los fines de semana. Mira qué tengo guardado para ti.

¡Nueces de Castilla, las he pelado yo! Y bombones La Casa. Deliciosos.

Aurora, con siete años, miraba cómo la abuela sacaba la preciada bolsita del aparador antiguo.

¿Y para mí, abuela? preguntaba tímida.

La abuela le lanzaba una mirada fría.

Tú, Aurora, ya estás bien. Mira qué mofletes tienes, hija.

Las nueces son para la cabeza, para Jacobo, que le hace falta para los estudios. Él es el hombre, el sustento.

Y tú, vete a limpiar el polvo de las estanterías. Una niña ha de aprender a trabajar.

Jacobo, colorado de vergüenza, recogía la bolsa y salía con sigilo hacia el pasillo, mientras Aurora se iba a limpiar el polvo.

No le dolía. Curiosamente, la pequeña Aurora aceptaba todo eso igual que la lluvia.

La abuela quiere a Jacobo. Hay cosas que son así, como la tormenta.

Normalmente, su hermano la estaba esperando en el pasillo.

Toma le pasaba la mitad de los bombones y un puñado de nueces. Pero no los comas delante de ella, que si no empieza otra vez…

Te hacen más falta que a mí sonreía Aurora. Para la inteligencia.

¡Anda ya! bufaba Jacobo. Está un poco loca, ¿sabes? Venga, cómelos rápido.

Se sentaban juntos en las escaleras del desván y devoraban todos aquellos prohibidos a carcajadas. Jacobo siempre compartía. Siempre.

Incluso cuando la abuela le daba dinero para helado a escondidas de su madre, él corría a buscar a su hermana:

Oye, nos llega para dos Frigopíes y hasta para un sobre de cromos. ¿Te vienes?

Jacobo era su pilar. Su cariño rescataba cualquier carencia de la abuela tanto, que Aurora ni la notaba.

Pasaron los años. Carmen Jiménez fue envejeciendo. Cuando Jacobo cumplió dieciocho, ella anunció muy solemne que le dejaba en herencia su segundo piso en el centro de Madrid.

El sustento de la familia debe tener su propio hogar declaró en la reunión familiar. Para que lleve a su esposa, y no ande de alquiler en alquiler.

Mamá solo suspiró. Conocía el carácter de su madre y no discutió. Pero esa noche, cuando todos se fueron a dormir, entró en el cuarto de Aurora.

Hija, no te preocupes. Tu padre y yo lo vemos todo. Hemos pensado usar lo que habíamos ahorrado para el coche y para ampliar la casa y dártelo a ti.

Así tendrás para la entrada de tu propio piso, para que todo sea justo.

No hace falta, mamá Aurora la abrazó. Jacobo necesita el piso más que yo, que se casa ya con Sonia. Yo aguanto por ahora en la residencia.

No, Aurora. No puede ser así. Tu abuela tiene sus manías, pero nosotros somos tus padres. No vamos a favorecer a uno sí y dejar a la otra. Así que hazme caso.

Aurora no aceptó el dinero.

Jacobo se fue a vivir al piso regalado justo después de casarse y, de repente, la casa familiar se hizo más grande.

Aurora ocupó la antigua habitación de su hermano, la llenó de libros, de pinturas, y por primera vez sintió lo que era no tener que dividir el cariño en bueno y malo.

La relación entre hermanos no se resintió ni un poco por el tema de la herencia. Más bien al revés: Jacobo sentía una culpa extraña.

Aurora, ven a casa cuando quieras le decía al recibirla. Sonia ha hecho bizcocho. Y la abuela Bueno, ya la conoces. Ayer me llamó para asegurarse de que su dinero no lo gastase en tus caprichos.

¿Y qué le dijiste?

Que me lo gasté todo en recreativas y gin-tonics Jacobo rió. Pasó tres minutos resoplando y al final me soltó: ¡Eso es culpa de Aurora!

Por supuesto sonrió Aurora. ¿Quién si no?

***

Cuando Aurora se casó con Óscar y tuvo una niña, el tema de la casa volvió a salir. Mamá entonces demostró una vez más su diplomacia.

Escuchad, hijos dijo. Tenemos un piso grande. Jacobo tiene su piso. Aurora, tú y Óscar alquiláis por ahora.
Propongo: vendemos nuestro piso, compramos un estudio y un piso de dos habitaciones. Nosotros nos vamos al estudio y tú y Óscar al otro.

Mamá intervino Jacobo, renuncio a mi parte del piso familiar. Así de claro. Yo ya tengo lo de la abuela, no necesito más.

Que Aurora se quede todo, necesita espacio ahora que ha nacido la niña.

¡Eso es mucho dinero, Jaco! ¿Estás seguro? Óscar se sorprendió.

Seguro. Aurora y yo siempre compartimos todo. Ella ya tuvo suficiente indiferencia de la abuela. No hablemos más. Lo he decidido.

Aurora lloró esa vez. No por los metros cuadrados, sino porque su hermano era, sin duda, la mejor persona que conocía.

Vendieron la casa de sus padres y todos quedaron contentos.

Mamá venía a menudo a echarles una mano con la nieta. Jacobo, con Sonia y sus hijos, venían todos los fines de semana.

Carmen Jiménez vivía sola. Jacobo le llevaba la compra, arreglaba lo que se rompía, y escuchaba una interminable lista de dolencias y quejas sobre la maldita Aurora.

¿Te ha llamado alguna vez? preguntaba la abuela apretando los labios. ¿Alguna vez ha preguntado cómo está mi tensión?

Abuela, pero si nunca quisiste saber de ella respondía Jacobo, paciente. No le dirigiste ni una palabra agradable en veinte años. ¿Por qué habría de llamarte?

¡Yo quise educarla! proclamaba la anciana. ¡Una mujer debe conocer su sitio! Pero ella… Se quedó con el piso, echó a su madre…

Jacobo solo suspiraba. Explicarle algo era imposible.

***
Aurora sentada en la cocina, de vez en cuando recordaba detalles: la abuela apartando su mano de la mermelada, la abuela elogiando un dibujo ridículo de Jacobo y pasando de largo ante el diploma de Aurora por ganar una olimpiada de matemáticas.

La abuela, reina en la boda de Jacobo. Ausente en la de Aurora, alegando enfermedad.

Mamá, ¿por qué nunca visitamos a la abuela Carmen? preguntó su hija, asomándose a la cocina. El tío Jacobo dice que está muy enferma.

Porque la abuela Carmen solo quiere ver al tío Jacobo, cielo Aurora acarició a su hija. Así está más tranquila.

¿Es mala? inquirió la niña.

No Aurora reflexionó. Simplemente no supo amar a todos por igual. Solo tenía espacio en su corazón para uno. A veces pasa.

Por la noche volvió a llamar su hermano.

Ya está, Aurora. Hace una hora.

Lo siento, Jaco. Sé que es duro para ti.

Hasta el final te esperó, ¿sabes? mintió su hermano. Aurora lo sabía; mentía porque era bueno y quería unirlas aunque solo fuera en ese momento. Dijo: Que le vaya bien a Aurora.

Gracias, Jaco… Ven mañana. Nos sentamos, recordamos. Haré una tarta.

Claro… Aurora, ¿no te arrepientes? ¿De no haber ido?

Aurora no mintió.

No, Jacobo. No lo lamento. ¿Para qué fingir? Ni ella quiso verme, ni yo a ella.

Su hermano hizo una pausa.

Quizá tienes razón. Siempre has sido la más sensata. Bueno, hasta mañana.

El funeral fue sencillo. Aurora asistió solo por su madre y su hermano. Se mantuvo a un lado, vestida de negro, mirando el cielo gris, de esos que siempre cubren los cementerios cuando el dolor pesa. No lloró cuando bajaron el ataúd.

Su hermano se le acercó y la abrazó.

¿Cómo estás?

Bien, Jaco. De verdad.

Oye dudó un instante. Al vaciar su casa he encontrado una caja de fotos antiguas.

Salías tú también. Muchas, además. Había recortado tu imagen de las fotos familiares y las guardaba aparte.

Aurora frunció el ceño.

¿Por qué?

No lo sé. Igual sí sentía algo y no sabía expresarlo. O pensó que, si te daba tu lugar, a mí me tocaba menos. Las personas mayores son raras.

Quizá sí Aurora se encogió de hombros. Pero ya no importa.

Caminaron juntos bajo el mismo paraguas, Jacobo alto y firme, Aurora delicada a su lado.

Aurora, he estado pensando… Voy a vender ese piso. Me compro un piso grande para nosotros, uno pequeño para los chicos, y lo que sobre… ¿Montamos un fondo o lo donamos a un hospital infantil? Así el dinero de la abuela al menos servirá para algo bueno.

Aurora miró a su hermano con una sonrisa genuinamente cálida por primera vez en días.

¿Sabes? Sería la mejor venganza contra Carmen Jiménez. La más dulce del mundo.

Entonces, ¿trato hecho?

Hecho.

Y cada uno se fue por un camino distinto. Aurora condujo por la ciudad, escuchando música, sintiendo una calma completa dentro de ella.

Tal vez su hermano tenía razón. Que parte de ese dinero sirviera para curar a algún niño era lo más justo. Y que en la memoria, lo importante es cuánto amor eres capaz de dar, incluso cuando no sobra.

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MagistrUm
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