Carmen Fernández se enteró de que su marido se veía con la vecina de la casa de campo justo cuando fue a su casa a pedirle sal para encurtir los pepinos.
La puerta la abrió Paco. Su Paco. En calzoncillos de cuadros y una camiseta interior más vieja que la bandera de España.
¿Paco? fue lo único que consiguió articular.
Él se quedó blanco, luego rojo, y después blanco otra vez.
Carmen ahora te lo explico todo
Por detrás apareció Gloria, la vecina, viuda desde hacía un montón de años. Llevaba una bata que, sinceramente, estaba clarísimo que era lo único que llevaba puesto.
¿Paco, quién es? preguntó, y en cuanto vio a Carmen, puso cara de no haber roto un plato. Ay, vaya
Los tres se miraron unos segundos. Luego, Carmen se dio media vuelta y salió disparada hacia la verja. Casi corriendo.
¡Carmen, espera! gritó Paco, saliendo tras ella, olvidando por completo que iba medio en bolas.
Toda la calle peatonal, donde se alineaban las doce casitas de verano, salió a la ventana.
El señor Francisco Fernández de toda la vida, presidente de la comunidad de propietarios, corriendo detrás de su mujer en calzoncillos.
Esto sí que es un espectáculo murmuró Manolo, el vecino de al lado.
Carmen se metió en casa y cerró la puerta con llave. Paco aporreaba la puerta.
¡Carmen, abre! ¡Déjame explicarte!
¿Cuánto tiempo? gritó ella desde dentro.
¿Qué?
¿Cuánto tiempo lleváis con esto?
Paco se quedó mudo. Luego, con voz bajita, contestó:
Dieciocho.
Carmen cayó resbalando detrás de la puerta hasta el suelo. Dieciocho años. Justo los que acababa de cumplir el pequeño, Sergio.
La verja chirrió y entró Gloria. Ya venía vestida y peinada, como si no hubiera pasado nada.
Carmen, sal. Tenemos que hablar.
Vete, víbora.
Carmen, somos gente mayor. Nada de dramas.
Carmen respiró hondo, salió y se sentó en el porche. Gloria se sentó a su lado. Paco miraba el suelo como sólo saben hacerlo los hombres pillados.
Dieciocho años dijo Carmen. ¿Y cómo ha sido esto?
¿Te acuerdas que tuviste la espalda fatal? ¿Los dos meses ingresada?
Claro que se acordaba. Operación, rehabilitación a cámara lenta. Paco dejó secar los pepinos, y los tomates fueron comida de caracoles. Ella entonces se preguntó cómo había sobrevivido él sin ella.
Yo le ayudaba continuó Gloria. Con el huerto, con la cocina y bueno
Y se lió la cosa gruñó Paco.
¡Leche! ¡Dieciocho años! Carmen se levantó. ¡Dieciocho años tomándome por tonta!
Nadie te toma por tonta respondió Gloria, también poniéndose de pie . Tú tenías tu vida, nosotros la nuestra.
¿Cómo que vuestra vida? ¡Si es mi marido! ¡El padre de mis hijos!
¿Y? ¿Dejó de serlo en algún momento? ¿Acaso tus hijos han pasado hambre? ¿Tu huerto está mal cuidado?
Carmen amago con la mano, pero Paco la sujetó.
Carmen, no
¡Ni me toques!
Se soltó y volvió a meterse en casa. Para entonces ya tenía medio vecindario haciendo corrillo cotilla en la calle.
¡Venga, que se ha acabado el culebrón! gritó Paco. ¡Aquí no hay nada que ver!
Pero nadie se movía ni de broma. Lucía, la del número tres, hablaba a voces:
Yo ya me lo imaginaba, se les veía el plumero.
¿Pero qué dices? saltó su marido . ¡Si un topo ve más que tú!
¡Topillo serás tú! ¡Yo de todo me entero!
Por la tarde, Carmen salió al porche. Paco iba y venía como alma en pena.
Vamos, Carmen, dime algo.
¿Qué quieres que te diga? ¿Divorcio?
¿Divorcio? Pero si tenemos ya sesenta años.
¿Y qué pasa? ¿A partir de los sesenta ya no se divorcia nadie?
Carmen, no digas tonterías. ¡Cuarenta años juntos!
Sí, y dieciocho de esos con Gloria.
He vivido contigo. Solo que bueno, con ella iba de vez en cuando.
¿De vez en cuando?
Eh dos veces por semana.
Dos veces por semana durante dieciocho años, Paco. Eso no es de vez en cuando, eso es una agenda.
Se sentó frente a ella.
Carmen, entiéndeme. Te quiero. Pero lo de Gloria es distinto.
¿Mejor?
No mejor. Distinto. Contigo tengo casa, hijos, rutina. Con ella descanso. Me olvido de todo.
¡Ah, que te vas de vacaciones! Anda que Yo aquí, embotando pepinillos.
¡Por eso! Siempre liada: encurtidos, mermelada, tomate frito Y a mí, a veces, solo me apetece sentarme, beberme una caña y hablar.
¡Como si conmigo no pudieras hablar!
Contigo hablamos de los hijos, de los nietos, del cultivo. Con Gloria hablamos de la vida, de libros.
¿Pero Gloria lee? Carmen abrió los ojos.
Conocía a Gloria de toda la vida, más de pueblo imposible.
Lee. Le encanta la poesía.
Carmen casi se echa a reír. Paco y la poesía
¿Y ahora qué?
No sé. Lo que tú me digas.
¿Yo? ¿Y tú qué?
Yo Carmen, con sesenta y dos años, ¿qué opciones hay? Vivir tranquilo y ya.
¿Pero con quién? ¿Conmigo o con ella?
Paco no respondió. Y de pronto:
¿Y no puede ser con las dos?
Carmen lanzó la primera cosa que pilló, un tarro de pepinillos. Dio en la pared.
¡Vete a freír monas!
Paco se marchó. Obviamente, a la casa de Gloria.
Aquel fue un insomnio de los grandes. Cuarenta años juntos. Dos hijos, nietos. La casa de campo hecha a base de sudor y discusiones por el plano. Y dieciocho años de engaño.
Bueno ¿engañó? Él no prometió fidelidad. Simplemente vivía. Con una y con la otra.
Por la mañana vino Charo, la del número cinco, con una empanada de atún.
Carmen, ánimo.
Gracias.
Si quieres, mi Paco le suelta un sopapo a tu Paco.
No hace falta, que no estamos en el colegio.
¿Y tú qué harás? ¿Lo vas a echar?
Por ahora nada.
Yo lo pondría en la calle. ¡Menudo traidor!
Charo, ¿y tu hombre no va mucho a la casita de Lucía del tres?
Charo se puso colorada.
¿Eso quién te lo ha dicho?
Yo los he visto entre las frambuesas.
¡Eso no es lo que parece!
¿Entonces?
¡Revisaban el huerto!
¿Abrazados?
Charo se fue dando un portazo.
Por la tarde apareció Manolo.
Doña Carmen, ¿hace falta que le pase la mula a la parcela o le echo una mano con algo?
No, gracias.
Es que Don Paco dijo que venía esta tarde a recoger unas cosas.
¿Cosas? ¿Sus calzoncillos de cuadros?
Bueno yo transmito el recado.
Muy bien, muchas gracias, Manolo.
Y se fue.
Por la tarde, Paco vino. Cabizbajo.
Vengo por mis cosas.
Adelante.
Entró en casa. Carmen fue detrás.
Oye, Paco, ¿y por qué Gloria? ¿Qué tiene?
Él se quedó quieto.
No sé. Con ella es fácil.
¿Y conmigo difícil?
No difícil. Pero tú siempre lo sabes todo: cuándo encurtir los pepinos, cuándo plantar papas, cuánto dar a los nietos. Ella pregunta. Yo me siento importante.
Carmen se sentó en la cama.
Mira, Paco, yo no lo sé todo. Por ejemplo, no sé cómo se sigue viviendo cuando tu marido se lía con la vecina dieciocho años.
Carmen
No sé qué cara ponerle a los hijos. Ni cómo se explica a los nietos que el abuelo ahora vive con la tía Gloria.
¡No hace falta explicar nada!
Sí hace falta. Mañana viene Alejandro con la mujer y el niño. ¿Qué les digo?
Diles que hemos discutido.
Paco se sentó.
Carmen, ¿y si hacemos como si nada ha pasado?
¿Perdona?
Sí, seguimos como siempre. Aquí no ha pasado nada.
Claro. Gloria ahí al lado, tú cruzando la verja cada tarde ¡Ni que fuéramos ciegos!
¿Tú qué propones, entonces?
Carmen se asomó a la ventana. Al otro lado, Gloria regaba los pepinos, con la misma bata.
Mira, vive donde quieras, pero lo de los nietos lo explicas tú.
¡Carmen!
Y los pepinillos, este año, aférrate tú.
¡No tengo ni idea!
Pues Gloria seguro que sí, la poeta. Que lo arregle ella.
Paco se fue con su petate. Otra vez, las persianas del vecindario se levantaron por el chisme.
De madrugada, Carmen oyó ruido. Alguien merodeaba el huerto y farfullaba. Salió. Paco estaba junto al invernadero.
¿Qué haces tú aquí?
Mirando los tomates. Mañana viene un calor de morirse. Hay que abrirlo.
Pero si te has ido.
Sí, pero los tomates son míos. ¡No los abandono!
Ajá
Abrió el invernadero y volvió a saltar la verja.
Por la mañana, Alejandro llegó con su familia.
Mamá, ¿dónde está papá?
En casa de la vecina.
¿De visita?
Vive allí.
Alejandro se quedó boquiabierto.
¿Cómo?
Carmen se lo contó todo sin rodeos.
¿Dieciocho años? ¡Pero si eso
Sí, hijo. Cuando nació Sergio, ya.
Alejandro fue a hablar con Gloria. Se oyó gritos, portazos y volvió.
Papá dice que os quiere a las dos.
Menuda suerte la mía.
Mamá, no te pongas así. Igual sí os quiere.
Alejandro, ¿tú podrías querer a dos mujeres?
Yo, ni borracho Pero papá es especial.
Eso que no te quepa duda.
El nieto entró corriendo:
Abuela, ¿por qué el abuelo vive con la tía Gloria?
Porque la ayuda con el huerto, cariño dijo Carmen.
Alejandro rompió a reír.
Mamá, eres una crack.
De noche, otra vez ruidos. Carmen bajó y Paco regando los pepinos.
¿Te falta un tornillo o qué?
¡Que hay sequía! ¡Se me muere el huerto!
Pues riega el de tu nueva familia.
¡Pero ese es el huerto de Gloria!
¡Pues riega el suyo!
¡Pero este me da pena!
Carmen cogió la manguera.
Venga, ayudo. Si no, aquí nos amanecemos.
Regaron los dos. En silencio. Sentados en el banco, mirando la luna.
Paco, dime la verdad, ¿a quién quieres más?
Carmen, ¿pero qué pregunta es esa?
Una normal. ¿A quién?
Paco pensó un rato.
A las dos. Pero de forma diferente.
¿Cómo es eso?
Tú eres como mi mano derecha. La de toda la vida, insustituible. Sin ti, estoy perdido. Ella es como una fiesta. Poco, pero me alegra.
¿Y si yo no estuviera?
¡No digas tonterías!
Si estuvieras solo, ¿te casarías con ella?
Pues no creo.
¿Por?
Porque entonces ella sería la mano derecha, ya no habría fiesta.
Vamos, que las necesitas a las dos.
Pues parece que sí.
Se quedaron allí, mirando las estrellas.
Paco, ¿y si yo también me monto mi fiestecita?
Paco se puso de pie.
¿Cómo? ¿Con quién?
Igual acepto la ayuda de Manolo. Se le da bien lo de las parcelas
¡¿Manolo?! ¡Te vas a enterar!
¿En serio? Tú cruzas la verja y no pasa nada, pero si yo
¡Pero Carmen, tú no eres así!
¿Tú que sabes? Igual me aficiono a la poesía.
¡Venga ya!
Paco se sentó.
Carmen, pero en serio, ¿qué quieres?
¿Y qué quería? ¿Volver al pasado? Eso nunca.
Quiero vivir tranquila. Seguir encurtiendo pepinos y cuidando nietos.
¿Y?
Y nada. Vive donde te dé la gana.
¿Eso es todo?
¿Te apetece la casa de Gloria? Adelante. ¿Prefieres la de siempre? Pues también. Pero ni una mentira más.
¿Y si Manolo se presenta?
No lo hará. Manolo tiene lo suyo con Natalia de la nueve.
¿Cómo lo sabes?
Paco, anda ya. Aquí todo se sabe. Solo que nadie dice nada Como yo.
Por la mañana, Paco regresó con la maleta.
Carmen, ¿seguro que puedo volver?
A dormir al cobertizo. Infla un colchón y apáñate.
Dejó su petate y salió a por un colchón inflable.
Las persianas, más arriba aún. Gloria regaba los pepinos como si leyera el Quijote.
Alejandro apareció en el porche.
Mamá, ¿ha vuelto papá?
Está inflando un colchón en el cobertizo.
¿Y tú eres una santa o qué?
No, hijo. Tonta. Cambiar a estas alturas, imposible.
Una semana más y Paco entró al fin en casa. Un mes más y Carmen ni notaba ya las idas y venidas de Paco por la verja. Al año, la anécdota era un cuento viejo.
Ahora los chismes iban de Lucía, la del tres, que se fugó con Pedro del cinco, y Charo acabó con el marido de Lucía. Así la vida.
Carmen seguía encurtiendo pepinos. Paco levantaba un nuevo invernadero. Gloria, libro en mano, al otro lado del seto.
¿Qué es el amor? Cuarenta años juntos, hijos, casa, jardín.
Y asumir, por fin, que la perfección no existe. Ni siquiera en el amor.
Sobre todo en el amor.






