— Intentamos llevar sus pertenencias a la sala de objetos perdidos —comentó el agente—, pero… Su gato es muy guerrero. No nos dejó acercarnos. Por favor, recoja sus cosas y al gato. Bastante trabajo tenemos ya…

Intentamos llevar sus cosas a objetos perdidos comentó el policía. Pero… su gato es realmente un luchador. No nos dejaba acercarnos. Llévese ya sus pertenencias y al gato, por favor. Bastante trabajo tenemos ya…

En cada estación siempre hay salas de espera. En unas son grandes y luminosas, en otras, pequeñas y apretadas. Algunas tienen butacas cómodas, otras bancos de madera tan duros que parecen de piedra. Todas son diferentes, pero comparten lo mismo: el ineludible pasar del tiempo esperando.

Casi cualquier persona que viaja en tren termina llegando antes de la hora, por miedo a perderlo, y luego el tiempo parece no avanzar mientras esperan. Las maletas y bolsas se apelotonan a los pies, el reloj no se mueve, y acabas reprendiéndote mentalmente por ser tan previsor.

Así estábamos aquel día: la gente sentada, evitando mirarse unos a otros. Algunos hojeaban El País, otros se sumergían en un libro, la mayoría refugiados en las pantallas de sus móviles. Había quien devoraba rápidamente bocadillos preparados en casa. Y a ellos precisamente se acercaba él…

La sala quedaba en la planta baja, con una entrada directa desde la calle. Seguramente el aroma de la comida, escapando de bolsas y mochilas, fue lo que le atrajo.

Era un gato grande y desgreñado, de un gris nada común. Llevaba un collar con un número de teléfono.

La mayoría le apartaba con la mano. Las madres que estaban dando la merienda a sus hijos reaccionaban mal:

Anda, vete de aquí, gato sucio, lleno de pulgas. Me vas a contagiar al crío.

El gato suspiraba y se apartaba. En realidad, nunca pedía nada. Solamente se sentaba cerca y miraba, miraba, miraba…

Tenía un hambre atroz. Pero no sabía pedir.

Solo unos días antes lo habían traído a la estación. Su dueño había muerto de repente, y los familiares habían decidido vender el piso. Uno tuvo la brillante idea de resolver el problema: lo llevó en un transportín y lo soltó en la estación, murmurando:

Aquí no te va a faltar comida y se largó.

¿Pero cómo pedir ayuda? ¿Cómo hacer entender a la gente que tenía hambre? El pobre gato no sabía.

Así que solo se sentaba cerca y fijaba su mirada limpia en los ojos de quien fuera. Aspiraba los olores, que mareaban de anunciar ternura y pan.

A las personas, irritadas ya de esperar el tren, no les apetecía lidiar también con un gato abandonado. Solo querían largarse de allí y olvidarse de la sala, como si fuera un mal sueño…

Ese día, llegué al andén con tiempo de sobra. El viaje de negocios era corto: una noche en el tren, trabajo al día siguiente en la oficina y, al terminar, vuelta a casa. Todavía quedaban cuarenta minutos para salir. Observaba aburrido a los demás pasajeros y noté al gato justo cuando una madre le gritó y amagó con la mano.

El gato se apartó, como de costumbre, y se sentó más lejos. Ya estaba acostumbrado a los gritos y amenazas.

Me fijé en el collar y pensé que seguramente se habría escapado y alguien estaría angustiado buscándolo. Saqué de mi mochila las croquetas que me había preparado mi mujer para el viaje. Al abrir el táper, el delicioso olor me dio hambre.

Mmm… qué rico… murmuré mirando al gato. Miz, miz, ven aquí, pequeño. Te doy un poco.

El gato no parecía confiar mucho. Dudaba, sin moverse.

Venga, ven, no tengas miedo insistí No te voy a hacer daño.

El gato al final se acercó, con cautela, y me miró atento. Le puse una croqueta sobre una servilleta de papel. El gato maulló quedamente y se la fue comiendo poco a poco, sin dejar ni una miga.

Se nota que eres casero… le dije.

Vi el número del collar y lo marqué. Aparecía como apagado.

Maldije en silencio. Faltaban veinte minutos para que saliera el tren y aquello era más complicado de lo que pensaba.

¿Y ahora qué hago? ¿Qué hago? repetía por lo bajo, mirando a mi alrededor.

Me sentí impotente, y le llamé a mi mujer. Le expliqué todo de forma apresurada y le pregunté:

¿Qué hago? Es evidente que vivía en casa. El teléfono está apagado. Anda por la estación mendigando comida y todos lo echan.

Siempre igual que tú se rió Siempre metido en líos con animales. ¿Qué te importa ese gato?

Es que… insistí Todos lo apartan y ni siquiera sabe pedir de comer.

¡Ay! respondió. ¿Estás en la sala de espera?

¡Sí! me iluminé.

Dime el número del collar.

Antes de ir al andén, llevé al gato hacia la pared y le dejé todo el táper con las croquetas.

Espera aquí le dije acariciando su cabeza Mi mujer vendrá a ayudarte.

El gato me miró, el único que en días le había alimentado, acariciado, hablado con calma. Me topó la mano con la cabeza y maulló bajito.

Así está bien le animé Aguarda aquí. Ella vendrá seguro…

Al día siguiente, mi mujer tuvo mil cosas que hacer. Solo ya de noche logró llamarme.

Bueno, ¿qué tal? le pregunté. ¿Encontraste a los dueños? ¿Le diste de comer?

Pasé la tarde entera buscando contestó y por el número conseguí saberlo todo: el dueño ha muerto. Los herederos lo llevaron y lo abandonaron…

No dije nada.

Mañana vuelvo por la mañana añadió.

No te preocupes intenté tranquilizarla Yo sé que tú lo vas a ayudar.

Sí, claro, como si te notara calmado… protestó Tienes el corazón delicado, ¡no te pongas nervioso! Ahora llamo a la niña y a su marido, iremos también.

Colgué y me forcé a tranquilizarme. Total, intentaba convencerme gatos callejeros hay por todas partes, no podemos salvarlos a todos… Pero la angustia no se me quitaba; el destino de aquel gato gris me importaba más de lo que quería admitir.

Esa noche dormí fatal. Soñé que acariciaba al gato, le hablaba, y él me observaba y asentía…

A la mañana siguiente, mi mujer me informó: revisaron toda la estación, preguntaron a los limpiadores: el gato había desaparecido.

Una extraña culpa se apoderó de mí. No podía entenderlo, pero ahí estaba.

Corrí a la estación de vuelta…

Esa misma tarde regresé a mi ciudad. En vez de ir a casa, dejé las cosas junto a un pasajero y me fui en busca del gato.

Lo peor que podía pasar era no encontrarlo, o hacerlo demasiado tarde.

Hora y media estuve revisando la estación, luego di vueltas por los contenedores y los matorrales cercanos.

Ya casi medianoche, se me unió mi mujer, despotricando y protestando.

A las dos de la madrugada, los dos, ya agotados, nos sentamos a la entrada.

Tengo las piernas destrozadas suspiró ella.

Sí, ¿qué vamos a hacer?

Descansamos un poco y seguimos. ¿Dónde has dejado las cosas?

Me llevé las manos a la cabeza:

En la estación… junto a un señor. ¡Pero hace mucho que se iría!

Pues primero a por las cosas, a ver si siguen allí y las metemos en el coche, luego reanudamos la búsqueda.

Al pasar por la sala, nos paró una patrulla de la Policía Nacional.

¿Son sus pertenencias? preguntó el agente.

Sí, sí, son nuestras respondimos a la vez.

¿Y por qué las dejaron?

Buscábamos a un gato repetimos.

¿Un gato? se sorprendió el policía señalando el equipaje ¿Este de aquí?

Sobre la maleta estaba tumbado el gran gato gris.

Íbamos a llevarlas a objetos perdidos añadió el agente pero el gato no dejaba acercarnos, se lanzaba como si fuera un perro.

No se había marchado; debía de haberse ido solo un momento. Llévenselo, por favor, que bastante trabajo tenemos ya…

Me acerqué poco a poco al gato. Al verme, el felino que había alimentado, acariciado y al que pedí esperar, maulló alegre y se estiró todo entero.

Me senté en el banco y pasé la mano por su lomo, suspirando aliviado. Mi mujer se sentó también.

Siempre igual, tú y tus líos dijo sonriendo y me besó en la mejilla Anda, coge las maletas y vámonos.

Yo cogí la maleta y la bolsa; ella, al gran gato gris y desaliñado. Él, alborotado y flaco, maullaba gozoso, la topaba con la frente, ronroneaba y quería lamerle la cara.

Ella reía, apartándolo suavemente de tanto entusiasmo.

Al llegar a casa lo primero fue bañarlo con agua tibia, secarlo bien con una toalla de rizo, quitarle el collar y ponerle un cuenco de caldo de pollo aromático.

Esa noche, el gato se coló silencioso en nuestro dormitorio y se acurrucó junto a mi mujer. Le tocaba con la pata, la arañaba cariñoso, como si quisiese comprobar que no desaparecía.

Ella le posó la palma sobre el lomo y susurró:

Duerme, pequeño, duerme. Ya estás en casa…

El gato empezó a ronronear suave y se durmió.

También yo me dormí. Soñé que los dos, mi mujer y yo, buscábamos de nuevo al gato por la estación.

Y él soñaba que todo ese tiempo había estado buscando a la persona indicada.

Mientras tanto, en la estación correteaba una gatita pelirroja. Miraba a los ojos de la gente y maullaba con desconsuelo. Nadie se detenía, apuraban el paso.

No tenían tiempo para pararse. Gatos y gatas hay miles, pensaban. No se puede salvar ni alimentar a todos.

Así es la vidaPero esa vez, una niña con mochila de unicornios se le acercó despacito, se agachó y, sin miedo, le ofreció un pedacito de su bocadillo.

¿Tienes hambre? le preguntó en voz baja.

La gatita olisqueó, primero desconfiada y luego, vencida por el apetito y la dulzura de la pequeña, aceptó el bocado. La niña rió bajito. Su madre, al ver la escena, se encogió de hombros, resignada, y sonrió también.

La sala de espera, por un instante, pareció menos fría.

A veces, basta con que una sola persona mire de verdad, y todo cambia.

Y mientras el tren anunciaba por fin su llegada, la niña y la gatita, pegadas la una a la otra, compartían aquel fugaz destello de ternura.

Así, en la estación donde el tiempo se detenía y los pasos eran siempre de ida, la esperanza encontró una vez más su caminoen la forma de un gato gris, una mano tendida, una niña y una promesa silenciosa: que siempre, en algún rincón, hay quien espera y quien busca, y que, a veces, los encuentros suceden justo cuando menos lo esperas.

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MagistrUm
— Intentamos llevar sus pertenencias a la sala de objetos perdidos —comentó el agente—, pero… Su gato es muy guerrero. No nos dejó acercarnos. Por favor, recoja sus cosas y al gato. Bastante trabajo tenemos ya…