Las Llaves

¡Que sí, que le quiero! ¡Y tú con tus tonterías! ¡No quiero escucharte! ¡Seguro que es por pura envidia, por eso metes las narices donde no te llaman! ¡Déjame en paz ya, mujer! ¡Ocúpate de tu vida!

No es que Lucía alzara la voz: es que pegaba unos gritos que hasta don José Luis, el vecino del bajo, que tiene ya oído selectivo tras décadas de bricolaje en su trastero, se volvió intrigado. Si él se acercaba, mala señal: Lucía estaba montando uno de sus numeritos de categoría superior.

Y razones no le faltaban o eso creía ella.

Porque, para Lucía, estar enamorada era su estado natural del alma. Apenas tenía pausas entre amores; tan breves, que sólo lo notaban quienes la conocían de toda la vida, como su madre y su hermana. Pero su madre ya no estaba, y su hermana Marta no estaba por la labor de hacerle de paño de lágrimas.

Lucía sentía que, sin esa chispa en el cuerpo, simplemente vegetaba: se le perdía la mirada, no ataba pensamientos, y sus nervios hacían que sus compañeras del trabajo le soltasen con recelo:

¿No deberías tomarte una tila, Lucía? Últimamente andas rarísima.

Lucía apretaba los labios, rechinaba los dientes y pensaba cosas poco amables de aquellas mujeres tan normales.

¡Como si a ellas no les fuera bien! Ellas con sus maridos en casa, los niños revoloteando ¿Y ella? Ni casa, ni marido a la vista. Sí, tenía un hijo, pero ni de lejos era para presumir. Ni siquiera comparado con sus primos: los dos hijos de Marta, Diego y Alba, eran la envidia del barrio. Diego jugaba en el equipo infantil del Atleti y sacaba sobresalientes; y Alba, con menos de diez años, ya se había recorrido media España con su grupo de baile y canto. Lucía, de pequeña, fue de actividad en actividad, pero ninguna cuajó. Se aburría rápido y cambiaba de aficiones sin pensar.

Porque, como ella decía, la vida hay que vivirla escuchándose a una misma. Nadie te va a servir la felicidad en bandeja: ¡Toma, Lucía! ¡No te cortes! ¡Esto para ti!

Esta filosofía la tenía clara desde niña, cuando veía a Marta empollando y se burlaba:

Anda, Martita, estudia, estudia A ver, ¿quién se va a casar contigo luego? ¿No decías tú que una mujer no tenía que ser más sabia que un hombre? ¡Ni novios te miran!

Mejor, ahora no quiero Y no te inventes cosas, la abuela nunca dijo eso.

Claro que lo dijo, yo me acuerdo. Mujer lista no presume si quiere a un hombre, eso decía, ¿no?

Lo tuyo son excusas para no peinarte y colarte en la disco, anda, déjame leer en paz.

Salía Lucía corriendo escaleras abajo con la ropa de los domingos, mientras Marta se acurrucaba con un libro. Dos horitas de silencio eran fiesta mayor en casa.

Marta, claro, la quería. No tenía más hermana. Sabía muy bien cómo era Lucía: caótica, emocional y despistada pero mala no. Al contrario, le sobraba dulzura. Siempre llegaba a casa con animales recogidos de la calle. Sus padres terminaron por rendirse y permitieron tener un par de gatos y un perro, siempre que Lucía se hiciese cargo totalmente. Lucía asumió la responsabilidad y jamás pidió ayuda para los paseos o para limpiar.

Lu, mamá dice que hay que ir a casa de la abuela a limpiar.

Ve tú, ¿vale? Tengo cosas.

¿Qué cosas?

Da igual. Importantes. Manchitas está cojeando. Tengo que llevarlo al veterinario.

Lleva una semana igual, mujer.

¡No importa! La abuela puede apañarse sola, y Manchitas no.

Cogían cada una por su lado, Marta para ayudar a la abuela, Lucía al veterinario o más probable, a una cita. Y claro, la escusa era el gato.

El cole lo acabaron cada una a su manera: Marta con matrícula, Lucía pues normalita.

A la hora de elegir trabajo, Lucía no dudó: pastelera. De pequeña, se pegaba a la vitrina de las pastelerías soñando con tartas y merengues. Lo que más le gustaba, sin embargo, era moldear flores de plastilina imitando los pasteles.

Y, como siempre, hicieron caminos distintos.

Marta se mudó con la abuela, que estaba pachucha y vivía cerca del campus. Así las dos tenían paz y descanso. Con el tiempo, Marta presentó a Sergio allí mismo, y la abuela soltó:

¡Quedaos a vivir, hijos! Aquí cabemos todos.

La boda fue simple y alegre, y pronto Marta y Sergio se quedaron con el piso, como la abuela quería. Así lo dejó escrito: la habitación de la abuela, la pequeña que tenían en una antigualla de edificio, sería para Lucía. El piso, para Marta y su familia.

La abuela llegó a conocer a su bisnieto Diego antes de partir. Luchó durante un año contra las secuelas de un ictus, pero al final la salud la venció. Marta la despidió llorando: había sido madre y abuela para ella.

Los padres de las chicas no pusieron pegas al reparto: Marta lo merece, fue su frase.

Lucía tampoco se planteó protestar: estaba sumergida en otro romance, y en aquel momento, ni le importaba el reparto. ¡Ella tenía el amor!

Bueno llamarlo amor igual era mucho decir. Ella vibraba de ilusión, su novio más bien tenía otras prioridades. A él le parecía arreglado que Lucía fuera a su casa, le cocinase, le limpiara, pero que nunca se quedara a dormir.

Soy un artista solitario, Lucía. Lo entiendes, ¿no?

Con pose dramática, le pedía que limpiara su taller, le enseñaba una especie de retrato mal hecho y la despachaba rápido:

Es que el arte requiere sacrificios, cariño Venga, anda, que mañana es otro día.

Ese retrato fue el único regalo que conservó Lucía, sobre todo después de decirle que estaba embarazada. La reacción de él fue tan fría, que los sueños de Lucía se rompieron en mil pedazos.

¿Un niño? ¿Pero tú estás loca?

Y todo terminó. Su mundo hecho trozos, el orgullo enterrado. Sólo pidió llevarse el retrato.

Esa obra la rompió en cuanto llegó a casa.

Y nunca supo qué fue de aquel tipo: ni le interesó. Bastante tenía con criar sola a Pablo. Buscaba en su hijo el genio del padre; no encontró nada parecido. Pablo era tranquilo, callado, le tiraba más el ajedrez que los lienzos. Él mismo se apuntó al club del barrio después de clase.

¿No es aburrido? le preguntó Lucía.

Para nada, mamá.

El único que comprendía esa pasión era su prima Alba. A él le encantaba la forma en que le escuchaba mientras compartían sus sueños.

¿Tú también la oyes? susurraba Alba, fascinada.

Muy bajito pero sí.

Yo también Ven, juega conmigo.

Y bailaban por la habitación, imaginando músicas que sólo ellos sabían nombrar.

Pero la decisión de con quién podía pasar tiempo Pablo no era de él, sino de su madre, que a cada enfado vetaba a la familia de Marta. Pablo, impotente, trataba de resistir a base de rabietas y huelgas de hambre, hasta que al final Lucía, harta, soltaba:

¡Haz lo que quieras, quejarte es lo único que sabes hacer!

No supo nunca, hasta mucho después, que Marta la ayudó todo lo que pudo tras el nacimiento de Pablo. Un día, después de descubrir cómo la abuela dejó el piso, Lucía rompió toda relación.

¡No es justo! ¡Soy igual de nieta que tú!

¡Lucía, yo no le pedí nada! Si quieres, vendemos el piso y partimos a medias. ¡No quiero pelear!

¡No! No necesito limosnas ¡A ti siempre te quiso más la abuela! ¡Por eso te lo dejó todo!

Eso no es así ¿Y papá? ¿Y mamá?

¿Eso es quererme? No sentís nada por mí ¿Tú te crees que me importa el piso? ¡A mí lo único que me importa es saber que me quieren!

Y con esas, la ofensa se instaló entre las hermanas como una mala hierba, sacando a flote recuerdos de agravios viejos, muñecas con vestidos de distinto color, pintalabios que le regalaron a Marta, la independencia, el buen trabajo, los hijos espabilados de Marta todo era símbolo de la mala suerte, del no es justo.

En su cabeza resonaba: Tú vuelas alto, Lucía. Tú sí sabes soñar, ¡no como ella! Tú eres la que conoce las claves para la felicidad, las llaves. ¿Acaso Marta sabe lo que es eso? ¡Para nada!

A Marta, de vez en cuando, también le dolían cosas viejas, pero en ella el resentimiento era mucho más leve, hilillos que el viento puede romper de un soplo. Pero Marta no quería dejar morir esa unión, aún tan frágil.

Los padres se fueron uno tras otro, sin esperar mucho más. Marta consolaba a su hermana entre sollozos:

La vida no pregunta, Lucía. Hicimos todo lo que pudimos.

No es justo repetía Lucía.

Cuando Marta renunció a la herencia de los padres para que Lucía se quedara con el piso familiar, hubo calma un tiempo.

Pensé que te quedarías también con éste soltó a la salida del notario.

Las dos esperaban a Sergio en la acera.

¿Por qué piensas así? Seguimos siendo hermanas.

¿Para qué? Si nunca me entiendes.

¿Seguro que eso importa tanto?

¡Claro que importa! Si la gente no se entiende ¿de qué sirve estar juntos?

Para seguir intentándolo, Lucía, para no rendirse. Si tú lo sabes mejor que nadie.

¡Ya, lo sé! En tu vida todo es fácil: el marido, la casa, los chiquillos. Yo siempre sola.

¡Ni hablar! ¿Y Pablo qué?

Pablo va a su aire. Ni le veo…

Porque le gusta estar aquí, yo feliz

¿Ves? ¡Tú le tienes más tiempo! Seguro que piensas que soy mala madre.

¡No digas tonterías, Lucía!

En esto llegó Sergio a buscar a Marta, encontró a su mujer llorando y solo contestó, abrazándola:

Tiene un carácter tremendo, no ha aprendido todavía.

No digas eso, Sergio. No quiero que le pase nada malo Yo la quiero, es mi hermana.

Pues menos mal, hija. Al menos la quieres. Igual algún día se da cuenta de verdad.

Aunque no lo entienda, la seguiré queriendo, Sergio ¿Quién si no?

Un mal acuerdo es mejor que un buen pleito, y Marta, como podía, intentaba mantener la paz. El vínculo ya casi invisible, pero no muerto.

Los hombres iban y venían en la vida de Lucía, dejando más dudas y huecos que otra cosa. Siempre acababa igual: Mira, Lucía, que lo nuestro sin compromisos, ¿eh? Ya lo teníamos claro

Y ella lo aceptaba al principio, pero siempre se olvidaba de las reglas, se implicaba de más, y acababa incomprendida.

En cada relación, Lucía se amoldaba al nuevo: si era aficionado a la caza, aprendía de galgos y permisos; si era pescador, cocinaba cebo y hacía moscas. Pero nadie parecía querer esas llaves que ella tanto ansiaba entregar.

Mientras tanto, Pablo se quedaba largas temporadas en casa de su tía. Marta y Sergio lo trataban como a uno más y los niños compartían todo. Por la noche, los chicos jugaban hasta tarde con Alba animando desde la puerta.

Marta informaba a su hermana:

Tu hijo es un genio, ¡tendría que estar en un colegio de ciencias!

Pero si está bien ahí, va con Diego. Así sé cómo va todo y te tengo a ti cerca.

Se le hace largo el viaje cuando está contigo

Que se quede contigo un tiempo. Ya sabes cómo estoy. Parece que ahora sí va bien.

Vale, ya lo sabes, aquí tienes un sitio.

Gracias ¡Alejandro es un cielo! A Pablo le ha caído genial, por fin veo la luz, Marta.

¿Te ha pedido matrimonio ya?

No, pero va en serio. Lo importante es que me ayudéis. Este puede ser mi gran oportunidad.

Marta ocultaba sus reservas. Su nuevo cuñado le parecía arrogante y raro. Las bromas, siempre con tono ambiguo, hacían que ni los chistes se entendieran entre risas. Pablo cada vez pasaba menos rato en casa de Lucía, volcándose en la familia de su tía y con pocas ganas de regresar.

Marta intentó evitar líos, pero el tiempo puso todo en su sitio. Un día, al volver del trabajo, se encontró la casa con zapatos desperdigados. Vio a Alba asomar inquieta:

¿Qué pasa, cariño?

No te asustes, mamá Pablo tiene un moratón. Le pusimos hielo, pero no le baja.

A Marta le faltó tiempo para ir con él, que estaba tumbado en la litera, de espaldas.

Pablo, cielo, ¿qué ha pasado?

Nada

Nunca respondía así, y Marta entendió enseguida que era cosa grave. Subió y le abrazó, echando un ojo al morado.

¿Ha sido Alejandro?

Pablo rompió a llorar en sus brazos. Entre sollozos, Marta reconstruyó lo ocurrido. El prometido de Lucía, en mitad de una discusión, perdió los papeles, zarandeó a Lucía y cuando Pablo, lleno de rabia, se fue a defenderla, recibió un bofetón de adulto.

¿Quién eres tú para decirme nada, criajo?

Ése era el verdadero Alejandro, el de verdad, no el galán simpático. Pablo enmudeció de dolor y decepción.

Luego, haciendo la maleta rapidito, se fue a casa de su tía, donde sabía que le comprenderían. Marta, al saberlo, llamó enseguida a su hermana, pero Lucía no contestó. Así, lo único que pudo hacer fue pedir ayuda a Sergio y salir disparada a buscarla.

Encontró a Lucía hecha polvo, llorando en el portal. Alejandro ya se había largado a gritos.

¿Qué quieres que haga, Marta? ¡Le quiero!

¿A quién, Lucía? ¿A un hombre capaz de hacerle daño a tu hijo?

Si tanto te importa, quédate con él se ha ido con vosotros, ya ni me quiere. ¡Todo lo malo es por tu culpa! ¡Me has quitado todo!

¿El qué? ¿Mi vida? ¿Las llaves?

¿Qué llaves?

Ahí Marta frenó. Se vieron frente a frente, dos hermanas a grito pelado en el barrio. ¿Era para esto para lo que las educaron? ¿Por esto lucharon sus padres? ¿Valía la pena cargar con rencores hasta perderse?

Respiró hondo y, más tranquila, preguntó:

¿Qué llaves, Lucía? ¿De qué hablas?

Las llaves de la felicidad Tú las tienes. ¿Y yo?

Recién entonces Marta entendió algo profundo. Acercándose, la abrazó fuerte, como hacían de pequeñas.

Ven aquí Ay, Lucía, siempre tan sensible…

¿Ingenua? Eso piensas

No, mujer, no: sensible. Necesitas querer tanto como respirar. Pero no entiendo cómo has podido elegir a ese hombre antes que a Pablo No tiene sentido, Lucía, ¡Pablo te necesita!

¿Y si no quiere ni ver a su madre? Ya ni me habla, ni me mira. Todo lo tienes tú: la casa, el niño, la familia ¡Me has quitado la vida!

No es cierto, Lucía. Lo que pasa es que tú siempre quieres entregar tus llaves a otro, y yo prefiero llevar las mías encima.

¿Cuál es la forma buena?

Ni idea. Eso dirá la vida.

La mía dice que he perdido siempre ¿Y ahora qué? ¿Y si no me quiere nadie?

Yo sí. ¿No basta? Pablo también, aunque le cueste ahora. Empecemos por ahí. El resto llegará.

¿Y si no?

Entonces es que esas llaves no abrían tu puerta verdadera. ¿Quieres pasar la vida en el pasillo?

¡No!

¡Entonces muévete! ¿Vas a buscar a tu hijo?

No me va a perdonar

Pablo sabe mucho más de la vida de lo que crees, Lucía, pero no esperes que la conversación sea fácil. Está muy dolido

Me lo imagino

Así que, ¡venga! ¿Eres su madre o qué? ¡Sergio, pásale unos kleenex a tu cuñada! ¡Vamos, que los niños esperan!

Con el tiempo, Pablo tendría padrastro, un hombre sensato y paciente que sabría darle tiempo y cariño real, construyendo una relación mucho más sólida de lo que Lucía jamás pudo soñar.

El día en que Pablo se fue de casa para cumplir su sueño, les abrazó a todos en el andén, estrechó fuerte la mano de su padrastro y, haciéndose mayor de golpe, le dijo:

Cuida de mi madre, por favor.

El hombre, alto y con canas, le miró fijo y apretó la mano.

Y tú cuídate, chaval. Aquí te esperamos.

Lo sé.

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