El veneno de la envidia

El veneno de la envidia

Javier, me da miedo… susurró Lucía, estrujando nerviosamente una servilleta entre las manos, la voz traicionera vibrando al final. Levantó la mirada hacia mí, con los ojos llenos de un temor sincero. Otra vez esos mensajes

Sacó el móvil a trompicones del bolso, lo desbloqueó con manos temblorosas y me lo tendió. Leí atentamente los textos: Gracias por una noche maravillosa; Ya te echo de menos; ¿Cuándo nos volvemos a ver?; Enseguida coincidiremos otra vez; Te espero después del trabajo en nuestro sitio. Fruncí el ceño, notando cómo se marcaba la arruga entre las cejas.

¿Cuándo te han llegado? pregunté con calma, devolviéndole el teléfono.

El último fue hace cinco minutos, justo cuando pedimos la cena respondió Lucía, tragando saliva, con el gesto abatido. Y no es la primera vez… Siempre tiene que ser cuando estamos juntos. Es como si alguien nos siguiera… Alguien que sabe dónde estamos en cada momento.

Me recosté en la silla, pasándome la mano por la barbilla. Mi mirada aguda trataba ya de barajar todas las posibilidades.

Enséñame todos los mensajes. Y las fechas ordené, en un tono firme, sin sombra de nerviosismo.

Lucía abrió el chat y fue deslizando los mensajes hacia arriba. Yo repasé cada frase, atento a las horas y palabras. El rostro impasible, pero la mente alerta, como quien acecha a un enemigo invisible. Además había otras frases: No puedo dejar de pensar en ti, ¿Recuerdas nuestra última charla? Espero la continuación, Sabes dónde encontrarme si cambias de idea. Cada aviso, cada sugerencia, reforzaba la sensación de que alguien intentaba instalarse en nuestra vida, como una sombra que estiraba los hilos del destino para romper nuestro lazo.

Esto no tiene sentido respondí al fin, con una determinación fría en la voz. Alguien intenta hacerte creer que tienes una relación oculta… y lo hace con precisión matemática, justo cuando estamos juntos. Demasiado perfecto.

Ella suspiró, los hombros desplomándose bajo el peso de la preocupación. Lucía tenía veinticinco años, era diseñadora gráfica en un pequeño estudio y soñaba desde hacía tiempo con encontrar a alguien con quien construir algo real, sin aspirar a dinero o estatus, sino a cercanía y apoyo sincero. Siendo abogado, de treinta y cinco, me veía como alguien fiable, atento, capaz de escuchar de verdad. Eso le daba tranquilidad, algo raro y valioso para ella.

Llevábamos medio año juntos. En ese tiempo, Lucía aprendió a confiar en mi manera lógica de abordar los problemas, mi humor y mi interés auténtico. Yo jamás la presionaba, pero tampoco ocultaba que quería algo serio. Y ella, cada vez más, se sorprendía pensándose preparada para dar ese paso, aunque no quisiera correr.

No entiendo quién puede estar haciendo algo así murmuró con voz quebrada. No tengo admiradores secretos, ni doy pie a que nadie se aproveche. Y esas expresiones: nuestro rincón, nuestra última charla… Como si alguien construyese una historia que nunca ha existido. Alguien que juega con nosotros.

Déjame indagar la interrumpí. En mi voz vibraba una decisión irrevocable. Conozco gente que puede averiguar quién se esconde tras esos números. Esto es demasiado preciso para ser mera casualidad.

Los siguientes días estuve ocupado investigando el asunto. Lucía intentaba no pensar en nada, sumergida en su trabajo y encuentros con amigas. Aprovechaba cualquier excusa para distraerse, reír y, por un momento, ahogar la ansiedad que le recorría el corazón como una serpiente helada. Sin embargo, cada vez que tomaba el móvil sentía un nudo en el pecho hasta comprobar que no había ningún mensaje nuevo, y aunque suspirara aliviada, la inquietud volvía enseguida, más fuerte si cabe.

Cinco días después la llamé por la noche.

Lucía, ya sé quién es anuncié con gravedad, la voz desprovista de ternura. Los mensajes se enviaban desde tarjetas prepago, compradas a nombre de otra persona. Al final, averiguamos el rastro. Es Ana.

Lucía se congeló. Casi se le cae el teléfono. Ana, su amiga desde la universidad. Veintiocho años, divorciada, madre de dos hijos. Compartieron secretos y complicidades, apoyándose siempre en los peores momentos. Pero desde hace meses la relación se había vuelto tensa: Ana se quejaba constantemente de estar sola, de que a ningún hombre le interesa alguien con hijos. La vida decía era un bucle de problemas y desengaños.

¿Ana? balbuceó, totalmente rota. ¿Por qué iba a hacerme esto? ¿Cómo ha podido?

Lo sabes de sobra contesté, suave, pero con amargura contenida. Por pura envidia. Eres joven, te va bien, tienes pareja y sientes que recuperas tu vida. Ella lleva tiempo frustrada y, al parecer, esperaba que tú empezaras a darme explicaciones, que yo sospechara y se rompiera todo.

Semanas atrás habíamos coincidido los tres en un cumpleaños en el barrio de Chamberí. La sala estaba envuelta en música y conversaciones, bandejas de jamón y copas de cava en las manos de los invitados. Lucía, con un vestido verde agua, era el centro de muchas miradas. Yo no me separaba de su lado: le tendía el cava, le ofrecía tapas, la integraba en los grupos.

Sois como sacados de una revista de moda comentó Ana con una sonrisa forzada, observándonos desde unos pasos atrás, los brazos cruzados sobre su jersey beige. Vestido, pareja todo perfecto.

Gracias respondió Lucía con sinceridad, ha sido una buena elección.

Ya quién pudiera. Yo, con dos niños, sólo puedo pensar en zapatos nuevos para ellos, no en vestidos Todo el dinero se me va en otras cosas.

Venga, Ana, no digas tonterías Lucía se le acercó y le tocó el codo suavemente. Tienes tu propio estilo, siempre te he admirado por eso.

Claro rió ella tensamente, mirando el suelo. Hay a quien la vida le sonríe y otras que tenemos que elegir entre la peluquería y las actividades para los niños

Desvió la mirada hacia una lámina en la pared, justo cuando salíamos a bailar. Recuerdo su mirada, amarga y nostálgica, como anhelando ese tipo de aventuras despreocupadas. Lo mismo ocurrió días después, en una cafetería frente a la lluvia otoñal de Madrid, cuando Lucía contaba ilusionada una excursión conmigo a la Sierra: paseos entre robles, picnic bajo las hojas doradas, barbacoas y hogueras bajo las estrellas.

Suena de maravilla… dijo Ana, removiendo el café tan fuerte que la cucharilla tintineaba. Romanticismo, naturaleza, príncipe azul

Estuvo genial sonrió Lucía, acariciando su taza de capuchino. Volveremos este invierno para probar las raquetas de nieve. Javier está empeñado en enseñarme. ¿Os animáis?

Eso si tengo tiempo. Yo sólo puedo entre pediatras, extraescolares, deberes, cenas, lavandería Para algunos la vida es una fiesta, para otros una realidad constante.

Venga, que sólo es una escapada, podemos ir todos con los niños propuso Lucía intentando animarla.

Pero Ana se apartó:

Mejor disfruta tú de tu tiempo libre.

Por aquel entonces, Lucía no le dio importancia a sus frases. Ahora lo entendía. Los pequeños gestos, los silencios, los cumplidos con doble filo eran semillas de una envidia dolorosa y vieja.

¿Y ahora qué? me preguntó Lucía con una mezcla de miedo y determinación.

Vamos a hablar con ella. Ahora mismo. Pongamos fin a esto dije, convencido.

Nos presentamos en casa de Ana. Ella abrió la puerta y, al vernos juntos, palideció hasta parecer de papel.

¿Qué ocurre? balbuceó, la voz ahogada.

Deja de fingir dije seco. Sabemos que enviaste los mensajes. Tenemos pruebas.

Ana se derrumbó contra la pared, el rostro crispado, lágrimas luchando por salir.

¡Sí, fui yo! ¿Y qué? ¿Pretendes que soporte cómo a ti todo te sale bien y yo me quedo con dos niños y sola? ¡Siempre has sido la favorita! Guapa, libre, sin cargas, mientras yo no soy más que un peso muerto

Gritaba con rabia, aunque las palabras no eran más que gritos de dolor acumulado.

No sabes lo que es sentirse invisible continuó entre sollozos. Cuando hablabas de Javier y tus planes, me moría de envidia. Yo sólo quería que te sintieras, aunque fuera un poco, como yo Que tu mundo perfecto se rompiera, aunque fuera por un segundo.

Para Lucía fue como una daga. La mujer que un día le pidió consuelo tras su divorcio, que compartía su café incluso sin dinero, se había convertido en desconocida.

¿Querías romper mi vida por envidia? ¿Por tu infelicidad? preguntó Lucía sin acusar, sólo llena de tristeza. ¿Buscabas que Javier desconfiara de mí?

¿Qué alternativa tenía? Ana rió amargamente. Toda la vida he sido segundo plato. Incluso en mi cumpleaños pasado nadie hablaba de mí, sino de tu ascenso, de tu vestido nuevo. Yo allí, en el rincón, con la tarta. Nadie me preguntó cómo estaba.

Lucía recordó sin esfuerzo aquel día. Entonces no vio las señales, pensando que Ana estaba simplemente cansada. Ahora comprendía el desgarro silencioso que su amiga llevaba dentro.

Nunca quise eclipsarte, Ana. Creí que éramos iguales dijo Lucía dulcemente.

¿Cómo no verlo de otra forma? Tú eres brillante y feliz; yo, la madre agotada, el lastre para los hombres, los jefes, incluso para ti

Di un paso adelante, colocándome entre ambas.

Basta mi voz sonó como una orden. Tomaste la peor decisión: dañar a quien te apreciaba en lugar de cuidar tus heridas. No lo merece ni la persona más frustrada.

Ana bajó la cabeza y rompió a llorar, arrastrando entre murmullos una disculpa.

Lo siento gimoteó. No quería herir a nadie. Pero la rabia y el dolor Me han desbordado.

Lucía vaciló. Noté la tormenta de emociones en su cara: tristeza, compasión, rabia y desilusión, todo a la vez.

Estoy dispuesta a creer que no fue pura maldad, sino angustia y envidia, dijo Lucía. Pero necesitas buscar ayuda. No puedo seguir siendo tu amiga si no eres capaz de alegrarte por mí sin sentirte atacada. Lo siento.

Ana, derrotada, asintió.

Gracias por escucharme. Y perdón, de verdad.

Salimos a la calle. Había refrescado: Madrid olía a hojas mojadas bajo la luz dorada de las farolas. Lucía se apoyó en mi hombro.

Me siento vacía Como si hubiera perdido una parte de mí.

Es normal la abracé, acercándola a mí. El dolor pasa. Y ahora sabes la verdad. No estás sola.

Lucía me miró, lágrimas secas y una chispa de esperanza en sus ojos.

Juntos, Javier. Pase lo que pase, seguimos adelante.

Echamos a andar bajo las luces del barrio. Y cada paso levantaba un poco el peso de la traición, confirmando que juntos podíamos con todo. Porque, al fin y al cabo, no hay mejor antídoto contra el veneno de la envidia que el calor de quién nunca te suelta la mano.

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