FIDELIDAD INQUEBRANTABLE El día del funeral de su esposa, Fedor no derramó ni una lágrima. —Mira…

AMOR DE UNA SOLA PERSONA

En el día del entierro de su esposa, Isidro no derramó ni una sola lágrima.

Fíjate bien, ya lo decía yo, nunca quiso a Eulalia susurraba a su vecina Teresa.

Calla, ¿qué importa ya eso? Los niños han quedado huérfanos con un padre así respondió a media voz Leonor.

Ya verás, seguro que acaba casándose con Mercedes afirmaba Teresa.

¿Mercedes? ¿Por qué ella? Si la que le interesaba era Glafira, ¿no te acuerdas cómo se escondían en los pajar? Mercedes ahora tiene su familia, hace tiempo que olvidó a Isidro contestó Leonor.

¿Y tú cómo lo sabes?

Pues claro. Mercedes está casada con uno que trabaja en la diputación, tiene estabilidad, ¿para qué querría a Isidro con sus críos? Ella es mujer sensata. Ahora, a Glafira no le va nada bien con ese Matías Ya verás cómo reavivan lo suyo insistía Teresa.

A Eulalia la enterraron rápido. Los niños iban de la mano, apretados y callados.

Luisito y Paloma acababan de cumplir ocho años, gemelos. Eulalia se casó con Isidro por un amor inmenso, aunque nunca llegó a saber si él sentía lo mismo por ella. Y tampoco lo sabían los vecinos del pueblo.

Se rumoreaba que Eulalia se había quedado embarazada y por eso Isidro, por obligación, tuvo que casarse. Clavelita, la primera, nació a los siete meses, vivió poco, y luego Eulalia no pudo tener hijos durante mucho tiempo.

Isidro era callado, ausente, de pocas palabras. La gente lo apodaba El Lobo Solitario. No regalaba ni palabras ni gestos de cariño. Si alguien conocía ese silencio, esa soledad, era Eulalia.

Pero, después de tantas oraciones lanzadas al cielo, Dios se apiadó de ella. Solo él supo cuántas noches rezó esa mujer, hasta que el destino le concedió los gemelos.

Luisito heredó el carácter dulce de la madre; Paloma, el hermetismo del padre. Cerrada como una caja fuerte, para todos impenetrable. Y así también era con Isidro, con quien hablaba poco, pero a quien a su manera, se parecía. Era su sombra, ronda­ba cuando serraba madera o arreglaba herramientas; él le enseñaba cómo era la vida, le explicaba en silencio.

Luisito, por su parte, ayudaba a su madre en todo. Barriendo, acarreando cubos de agua; pequeño, pero siempre dispuesto. Eulalia quería a sus hijos, pero a Paloma nunca la comprendió del todo. A Luisito, en cambio, lo tenía pegado al corazón.

En el lecho de muerte, Eulalia le habló con ternura:

Hijo, pronto me iré. Quedarás al mando. Cuida de tu hermana, nunca la maltrates. Eres el protector, eres un niño, pero estás obligado a defenderla, porque es más frágil y necesita de tu apoyo le indicó con voz temblorosa.

¿Y papá?, ¿él nos cuidará? preguntó Luisito.

No lo sé, hijo. El tiempo lo dirá.

Entonces, no te vayas, ¿cómo viviremos sin ti? lloraba el chico.

Ay, hijo mío, ojalá dependiera de mí contestó Eulalia, hundida en sus pensamientos.

Por la mañana, ya no estaba entre ellos.

Isidro se quedó a su lado, sujetándole la mano, encorvado, ennegrecido por la pena, sin lágrima alguna. Ese fue todo su luto.

La vida se acomodó poco a poco a la ausencia. Paloma intentó tomar el papel de ama de casa, esforzándose por limpiar y cocinar en la casa de adobe, aunque era aún una niña. La hermana de Isidro, Natalia, venía al jornal y le enseñaba a Paloma el arte del hogar.

Tía Natalia preguntó Paloma un día, ¿Papá va a casarse ahora?

No lo sé, hija. Tú sabes bien que tu padre no dice una palabra de más.

Natalia tenía también su familia, su marido Basilio, y sus hijos. Una familia alegre y unida.

¿Y si aquello, nos llevas contigo a tu casa? insistió Paloma.

Qué cosas tienes. Tu padre os quiere, no dejaría que os faltase nunca aseguró la tía.

No obstante, en el pueblo ya corrían rumores de que el viejo amor entre Isidro y Glafira se había reavivado.

Esa Glafira ha perdido la cabeza, otra vez con Isidro soltaba Teresa entre suspiros, se ha olvidado de su propia familia.

Vaya necedad de mujer corroboraban las demás junto a la tienda de ultramarinos.

El presidente de la cooperativa, don Maximiliano, acabó con el corro de chismosas.

Idos ya, mujeres, siempre criticando, sin conocer a nadie de verdad reprochó el hombre.

Lo cierto era que Isidro y Glafira, en su juventud, se amaron con tal ímpetu que habría dado para escribir novelas. Hasta que Isidro tuvo que irse, destinado a una aldea lejana a trabajar en la siembra. Pasó allí dos meses, y durante ese tiempo, Glafira empezó a tontear con Matías Galindo.

Al volver y enterarse, Isidro le partió la cara a Matías y nunca volvió a dirigirle la palabra a Glafira.

Ella acabó casándose con Matías, que era un desastrado, amigo de la taberna y de otras mujeres. Glafira lloraba por no haber retado la fortuna de retener a Isidro, que era hombre de trabajo y abstemio, aunque jamás expresivo.

Por eso, al volver, todos pensaban que Isidro acabaría fijo con Eulalia, que para entonces renacía como las amapolas al sol. Era un decir, lo que hace el amor con la gente.

Eulalia siempre había estado enamorada de Isidro, en silencio, pues quién podía competir con Glafira. Pero así es la vida: salieron juntos y, un día, se casaron discretamente en el ayuntamiento.

Fue una boda sencilla. Isidro solo tenía consigo a Natalia, y Eulalia a su madre, una mujer mayor que la tuvo ya en la vejez. En el pueblo murmuraban, sospechando quién sería el padre, pero nunca lo dijeron en alto. Dolores, la madre de Eulalia, fue siempre alegre y de muchos amores, pero nunca se casó. Por eso, a Eulalia la miraban con pena. No era como su madre, pero ya se sabe que los hijos no cargan con las culpas ajenas.

Sentían compasión por Eulalia, sobre todo cuando se casó con Isidro.

Qué desgracia, si ese hombre no la quiere. Va a ser un calvario para la pobre decía Inés, la del molino.

Sin embargo, Isidro fue fiel hasta el final. Y en un pueblo no es fácil ocultar secretos. Quince años compartieron sin una pelea. Al final, la vida cobró su tributo: Eulalia cayó enferma el invierno anterior, de un mal incurable.

Una tarde de aquellas, Isidro volvía a casa por la vereda.

Isidrito, ¿puedo pasarme por tu casa? Traigo unas rosquillas para tus hijos y así charlamos un rato le propuso Glafira, alcanzándole nerviosa con un plato de dulces.

No, Glafira, gracias. Natalia ya les trajo bollerías ayer.

Pero esto es de corazón, Isidrito.

Y las de mi hermana también contestó serio.

Isidro, quedemos hoy al anochecer junto al molino suplicó Glafira.

¿A qué viene eso ahora?

¿De verdad has olvidado todo lo que hubo entre nosotros? se asombró ella.

Lo pasado ya es ceniza. Quiero a mis hijos. Quise a Eulalia respondió, la mirada perdida. Aunque ya no pueda traerla de vuelta.

El amor nunca muere intentó defenderse Glafira.

No la quise por despecho, la quise de verdad. Y ahora debes volver a tu casa.

Y partió calle abajo sin mirar atrás, hacia la casa donde lo aguardaban sus hijos. Glafira se quedó sola, envuelta en el aire polvoriento de la noche castellana.

Los años siguieron su curso. Los niños crecieron. Tía Natalia seguía ocupándose de sus sobrinos, y ya sabía bien que su hermano era hombre de amor para una sola mujer.

Paloma, he oído que andas con Gregorio Alarcón le espetó una tarde nada más cruzar el umbral.

Sí, ¿y qué? replicó Paloma, ya hecha una joven guapa, se dijo Natalia.

Nada, solo te lo pregunto. Que tengas cuidado.

¿Por qué?

Tú sabes No eres una cría contestó rígida la tía.

Tía Natalia, lo amo con todo mi corazón, para toda la vida.

Eso crees tú, pero

No lo creo, lo sé.

Puede que tú lo sepas, ¿pero lo sabe Gregorio?

Si Gregorio me traiciona, nunca más podré querer a nadie.

Eso sí puedo creértelo susurró Natalia, convencida.

Al anochecer, Luisito y Paloma esperaban al padre.

Papá está tardando se inquietó Luisito.

Es viernes.

¿Y?

Los miércoles, viernes y domingos va a la tumba de mamá.

¿Cómo lo sabes? Luisito alzó las cejas.

Eres un burro si aún no lo notas, no sabes lo que siente papá.

Salieron a escondidas, cruzando los huertos por una vereda, hasta el cementerio.

Mira allí señaló Paloma, viendo encorvado a su padre frente a la lápida.

Luisito aguzó el oído; lo oyó conversar.

Pues eso, Eulalia, que Paloma pronto se casa. Ya tengo el ajuar preparado, Natalia me ha ayudado. En fin, nos apañamos como podemos.

Perdóname, Eulalia mía, por no haberte dicho más palabras bonitas en vida. Te las dijo mi corazón, que ha hablado siempre más que mi boca susurró Isidro, con voz rota, y se encaminó cabizbajo hacia la salida.

Paloma miró a su hermano. En los ojos de Luisito, temblaban las lágrimas.

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