¡Íñigo, el maletero! ¡Que se ha abierto el maletero, para el coche! – gritaba Marina, aunque ya ente…

Querido diario,

Hoy ha sido un día realmente agridulce, y aún me cuesta ordenar los pensamientos. Todo empezó en esa carretera interminable de Castilla, de camino al pueblo para pasar las fiestas con la abuela de Álvaro. Íbamos los cuatro apretados en el viejo SEAT, cargados de bolsas, mantas y regalos, esas cosas que uno prepara con toda la ilusión para la familia. Habíamos ahorrado durante semanas para comprar jamón ibérico, turrones de Jijona, vino de Rioja, y por fin esa mantita suave que tanto le hacía falta a la abuela Carmen. Todo iba preparado en el maletero, bien puesto encima de las maletas para que no se machacaran.

Pero las cosas no podían salir tan perfectas. De repente, justo antes de pasar por Aranda, Lucía empezó a gritar desde el asiento de al lado: ¡Álvaro, el maletero! ¡Se está abriendo, para el coche!. Y, aunque él frenó enseguida al ver mi cara de angustia, ya sabíamos que habíamos perdido la mayoría de las cosas. Por el retrovisor vimos cómo se desparramaban bolsas y cajas, desapareciendo entre los coches que venían detrás. Era imposible detenerse del todo; la autovía estaba llena, la gente saliendo de Madrid para pasar la Nochevieja fuera. No había modo de recoger nada sin arriesgar la vida. Lo que se perdió, se perdió.

Los niños, Mateo y Leonor, se echaron a llorar al vernos tan contrariados. Intenté animarlos con frases que ni yo misma me creía, aunque Álvaro, siempre pragmático, se giró y me dijo: No le des más vueltas, Marina, lo importante es que estamos todos bien. Ya compraremos otras cosas si hace falta. Vamos a seguir, que ya anochece y empieza a nevar. No pude evitar dejar caer unas lágrimas en silencio. Había puesto tanto empeño en todo ¿Por qué siempre me pasan estas cosas? A ratos, intentaba distraerme, pero la tristeza volvía. Pensaba en la manta para la abuela, en los dulces, en el vino Otra vez será, me repetía, aunque no aliviaba mucho.

Llegamos a la aldea ya de madrugada, cuando la nieve caía con fuerza y solo se oía el eco de nuestros pasos. Pensé que la abuela Carmen estaría ya dormida, pero al acercarnos a la casa, vimos la luz encendida en el soportal y su silueta, junto a la de su vecina Pilar, saliendo corriendo a recibirnos. ¡Por fin, hijos míos! ¡Que Dios os bendiga, qué alegría que habéis llegado bien!, gritaba la abuela entre besos y abrazos. Nos rodeó con su batita y lloraba de emoción, preguntando por los niños. ¿Dónde están mis Mateo y Leonor? Aquí, abuela, todos bien, solo ha sido un pequeño susto, respondió Álvaro, intentando quitar hierro al asunto.

Carmen se puso seria y nos confesó que todo el día había estado rezando y preocupada por nosotros. Tuve una visión, Marina. Soñé que vuestro coche se salía de la carretera, y desde entonces no me he quedado tranquila. Pilar y yo hemos rezado a la Virgen del Pilar, a San Antonio y a San Nicolás para que llegarais sanos y salvos. El Señor nos ha escuchado, lo importante es que estáis aquí.

Yo asentía, sintiéndome como una niña ante la fe inquebrantable de las abuelas. Tanto Álvaro como yo coincidimos en que, si alguien había encontrado nuestras cosas y les hacían falta, que las disfrutasen; igual era justo lo que necesitaban. Eso bastó para que el ánimo mejorara, y pronto estuvimos todos frente al fuego riéndonos y charlando.

La víspera de Año Nuevo la celebramos como siempre: la cocina llenísima de platos caseros, patatas de la huerta, tomates en conserva, bacalao al pil pil y codornices asadas. Y cómo no, las empanadillas famosas de abuela Carmen, que los niños no dejaban de llevarse a la boca mientras jugaban con los primos junto al brasero. Los preparativos para los Reyes Magos nos distrajeron lo suficiente; todos mirábamos el reloj esperando la magia de la medianoche y la llegada de los regalos bajo el árbol, decorado con espumillones y viejas bolas de cristal.

No muy lejos de allí, en otra aldea casi olvidada de Burgos, en una casita donde apenas se oía más que el viento, se encontraban las hermanas Esperanza y Virtudes, junto al vecino don Basilio. Tres mayores que se resistían a la soledad y al frío gracias a su compañía, aunque cada día costaba un poco más. Don Basilio salía cada mañana a por leña y esa tarde, al regresar del monte, reparó en una bolsa semioculta bajo la nieve junto a un seto. Curioso, la abrió, y se quedó asombrado al ver el jamón, los dulces, y sobre todo, una manta blanca y cálida como la nieve caída.

Entró deprisa en la casa, les mostró la manta y los manjares. Las hermanas, casi sin palabras, encendieron la estufa y pusieron la mesa. No pensaba volver a probar turrón tan bueno en mi vida, exclamaba Virtudes. Y a mí me parece un milagro – respondía Esperanza seguro que es el Señor quien nos ha hecho este regalo.

Don Basilio asentía con sabiduría: Hay que dar gracias, tal vez este año nos ha tocado algo bueno por fin. Quién sabe, puede que vivamos aún otra Navidad juntos.

Hoy, mientras los fuegos artificiales iluminan la noche del pueblo y escucho reír a mis hijos, entiendo lo importante: lo material va y viene, pero estar juntos, sanos y en paz es el verdadero regalo. Quizás perder aquellas cosas nos libró de algo peor, tal vez la vida tiene maneras misteriosas de protegernos. No hay que lamentarse por lo perdido; sólo agradecer que hemos podido conservar lo que realmente importa.

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¡Íñigo, el maletero! ¡Que se ha abierto el maletero, para el coche! – gritaba Marina, aunque ya ente…