El abuelo ya no está
Lucía acababa de regresar de otro viaje de trabajo, con las sienes palpitando; ni siquiera había llegado a deshacer la maleta cuando sonó el móvil. El nombre de su madre, Teresa Jiménez, brillaba en la pantalla, y el tono de su voz vibraba con un nerviosismo extraño, inquietante, como los relojes desbocados de los sueños.
Lucía, agotada todo el cansancio del trayecto entre Madrid y un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, las piernas aún con la sensación de balanceo del tren nocturno, no le dio importancia.
Lucía, hija, ¿ya estás en casa? susurraba Teresa, su madre.
Hola, mamá. Sí, acabo de entrar por la puerta. Ni me he quitado los zapatos… ¿Ha pasado algo?
Menos mal, menos mal que ya estás en casa…
Lucía percibió la vacilación, la historia a medio contar, como si su madre arrastrara del rabo al gato invisible de las leyendas populares, incapaz de encontrar el principio del hilo. Quizá otra vez esas historias de vecinas, cotilleos de escalera, pensó, y por dentro rodó los ojos. No estaba allí, entre los pliegues cálidos de su piso, para escuchar murmullos.
Solo quería hundirse en la cama, escapar a los mundos oníricos, porque en el tren había sido imposible pegar ojo. En el compartimento contiguo viajaban unos jóvenes, cantando toda la noche viejas canciones bajo la luz difusa, rasgando una guitarra ronca.
Y entre las melodías susurraban su nombre:
«A la orilla del río, la morena,
salía Lucía, tan alta y tan buena…»
Cualquier otra noche lo habría encontrado entrañable. Pero hoy solo deseaba que la guitarra se quedase muda, que el silencio la envolviera como una manta de lana.
Mamá, déjame descansar un poco de la carretera, me lavo la cara y luego te llamo, ¿vale?
Temo que no va a ser posible, suspiró Teresa, en un tono que empezó a congelar el aire.
¿Por qué no? Lucía notó el cambio. El mundo se tornó irreal, envuelto en una de esas nieblas espesas de la meseta.
No vas a poder descansar. No hoy…
He estado días fuera; tengo derecho, pienso. No espero visitas, ni pienso ir a ver a nadie. ¿O hay algo que no me hayas dicho? Espero que no se te haya ocurrido venir a Madrid sin avisar, mamá…
Lucía… El abuelo ya no está.
Lucía palideció, apretando el teléfono como si éste atara la realidad y la separara del sueño. Se sentó en el sofá, el suelo oscilando bajo sus pies.
No lo había esperado, este mensaje, como un giro imposible en una pesadilla.
Esta mañana fue la señora María Fernández, la vecina, a llevarle leche, como todos los días. Llamó a la puerta, pero se lo encontró en el umbral, la mano en el pecho, el silencio apoderado ya de todo. Seguramente pasó la noche así, sola la casa y las estrellas… Tenemos que ir al pueblo, a enterrarle. Los vecinos ayudan. Lucía, ¿me escuchas?
Apenas pudo emitir una suerte de «Ajá» entrecortado. Afuera, Madrid seguía girando, completamente ajena.
Llamó a algunos familiares, pero todos dijeron que no iban. Que si no había herencia, para qué gastar dinero ni tiempo. Ya sabes, la casa esa del abuelo, de esas que apenas valen un duro… Teresa se interrumpió, suspirando. Los relojes de Dalí seguían derritiéndose en las paredes de la casa de Lucía.
A mí tampoco me apetece ir al pueblo, sinceramente. Además, tu abuelo me dejó claro que no quería verme nunca más en su casa, ni siquiera para el último adiós. Y yo le prometí que cumpliría su voluntad. Así que solo quedan tus manos, hija. Tú sí podrías ir. ¿Lo harás, cariño?
De nuevo se instaló el silencio. Lucía alargó la mano hacia la mesita, donde reposaba la última carta del abuelo, aún sin abrir desde hacía semanas, cubierta de polvo y de olvido.
Durante medio año había sumado tres viajes por el país, enviándola la empresa siempre a ella, como si fuese la única capaz de sobrevivir a las mareas laborales de la gran ciudad. Los cónsules del cansancio la perseguían, y los demás empleados encontraban excusas para no salir de Madrid.
Lucía insistía la voz de su madre desde otra dimensión, como si el móvil fuese una radio caprichosa. No quiero que la gente piense que hemos abandonado al viejo. No era fácil, pero era familia. Y tú con él siempre has tenido una relación especial. ¿Qué le digo yo a María Fernández? ¿Vas a ir al pueblo?
Sí, mamá. Iré… Solo…
Lucía se acercó a la carta, la acarició con dedos inseguros y la devolvió a su lugar.
No lo entiendo, mamá. El abuelo estaba bien la última vez que le vi, en Nochevieja. Alegre, lleno de energía. No se quejaba de nada.
Hija, yo qué sé… murmuró Teresa, con esa resignación castellana anterior a todas las guerras. Tenía su edad. Muchos no llegan ni a los sesenta y pico, y él había pasado de los ochenta, ya era mucho. Que la tierra le sea leve.
El vértigo se apoderaba de la estancia. Lucía adoraba a su abuelo, quizás la única en la familia que conservaba aún ese vínculo. El resto hacía tiempo que cruzó la línea de los silencios.
Por otra parte, entre Teresa y su suegro ardían viejos resquemores, la herida aún supurando desde la muerte de Andrés, el padre de Lucía. El abuelo nunca perdonó a Teresa que Andrés acabara como muchos hombres que trabajan demasiado, callados hasta el último aliento.
Dicen que fue ella la que le convenció para dejar la docencia y buscarse la vida en turnos eternos, siempre con el anhelo de una casa más bonita, de una vida mejor en euros nuevos. Andrés viajaba, volvía con regalos, pero un día dejó de regresar.
Aquel entierro desgarró a Castilla entera: el llanto del abuelo no fue llorar, fue aullar como un lobo que presiente el invierno final.
Y después, el abuelo decretó el exilio para Teresa. Solo la nieta le robaba cartas o palabras, a escondidas de la tecnología y de los grupos de WhatsApp, porque el viejo detestaba móviles e internet con pasión prehistórica.
Por eso, seguramente, todos lo tomaban un poco por loco. ¿Quién, en el siglo XXI, escribe cartas a mano?
Las ancianas cuchicheaban en los bancos de la plaza.
Es que perdió a la mujer, luego al hijo… ¿Cómo no va a perder la cabeza?
En los últimos meses, la rareza creció: el abuelo hablaba a menudo solo. O no estaba solo, según decía: charlaba con un gato. Un gato que nadie veía jamás en la casa ni en los caminos de tierra.
Lucía, deshecha, cedió finalmente a las lágrimas; quería haberle visto este verano, pero la vida y las obligaciones le aplastaban. Su jefe, amante de la economía:
Por ley, Lucía Jiménez, puedo mandarte a donde haga falta. Si no te gusta, la puerta está abierta. ¿Dónde vas a ganar como aquí, eh?
La realidad cortaba como una navaja de Albacete, pero la nómina en euros era buena.
***
El entierro en el cementerio chico sucedió en una secuencia irreal: los hombres bajando el ataúd, las flores, las palabras que flotaban y el olor a tomillo seco, como en una viñeta. Lucía miraba cómo la tierra cubría el cajón y no conseguía comprender. ¿Así desaparece un mundo? ¿Tan fácil?
Las conversaciones del duelo, el vino peleón, los recuerdos del abuelo en esas palabras, pensó Lucía, seguiría existiendo, suspendido en la memoria de unos pocos.
Cuando se quedaron solos, la soledad fue una sábana de aire frío.
Tenía que hacer algo. Empezó a limpiar las habitaciones, sacudiendo el polvo y la pena. El suelo de madera crujía como si la casa suspirara. Afuera, el huerto no tenía ya la paciencia meticulosa del anciano: los bancales esperaban, las ramas floridas de los manzanos y las frambuesas balanceándose bajo el aire de la tarde.
¿Quién cuidaría ahora de todo eso?
Lucía llamó a su madre.
Has obrado bien, hija. Era un hombre al fin y al cabo.
Solo que, en verdad, lo que tenía eran demasiadas penas. Mejor no guardar rencores…
No se los guardo. Pero, ¿cuándo vuelves a Madrid? Las casas viejas dan miedo por la noche…
No hoy ni mañana. He pedido unos días en el trabajo; quiero quedarme a descansar. Quizás encuentres un hueco para venir tú, hay algo aquí que también es tuyo. La tumba de papá…
Ay, Lucía. Ya sabes que no me gustan los cementerios, y tengo el jardín aquí abandonado. Además, empieza mi serie favorita…
Lucía sonrió. Su madre, siempre huyendo del dolor con la excusa perfecta.
Al caer la noche, preparó infusión con hojas secas de menta, melisa y grosellero, el sabor de toda la infancia rural. Y antes de dormir, abrió por fin la carta del abuelo, que hablaba solo de una cosa: el misterioso gato.
Querida niña, ese gato negro, Sombra, resulta ser muy peculiar. Le gusta la leche, aunque dicen que a los gatos adultos les sienta mal. Ayer se tomó media botella entera. Tendré que pedirle a María que me traiga más. Sombra es muy esquivo; apenas lo veo de reojo. Solo siento siempre su mirada clavada por la espalda…
En los días que llevaba allí, Lucía no había visto ni rastro de ningún gato, pero a veces sentía ese mismo rumor de ojos detrás.
Decidió preguntar a la vecina.
¿Un gato negro? María Fernández se llevó la mano a la cabeza. Es cierto, tu abuelo hablaba con alguien hace como un mes. Decía: “Sombra, sal, no voy a hacerte daño…” Yo nunca vi ningún animal cerca, pero todos en el pueblo oímos contar historias. Al final, todos pensamos que deliraba el pobre hombre. Aquí nunca han faltado gatos, pero uno negro así, misterioso…
Lucía asintió, sin poder decidir si aquello era solo la trampa del duelo en la cabeza de un viejo, o algo más profundo que no alcanzaba a entender.
Esa tarde, de entre los ramajes, un par de ojos verdes la observaban, calculando la dimensión de su soledad. Sombra, agazapado, buscaba en los gestos de la joven algo familiar: tal vez el olor del abuelo, la promesa de pan y afecto. Aún no se decidía a mostrarse; los humanos traían recuerdos de palos y gritos.
Pasaron días, y la rutina del duelo fue recomponiéndose, hasta que una tarde en la que el cielo giraba, nueve días después, Lucía sorprendió por casualidad la presencia del gato. Atardecía, todo parecía espejo. Le habló en voz baja, como si en el sueño supiera ya su nombre:
¡Ah, así que tú eres Sombra! Ven, déjame conocerte antes de marcharme…
Sombra desapareció, mezclado entre los arbustos.
Tranquilo, no muerdo. Solo quiero saludarte…
Desde la tapia, la señora María, con una bolsa de empanadillas de espinacas (las llevaba para que Lucía se las llevase a Madrid), la observó hablar sola, y al no ver gato alguno, pensó que la juventud, como la vejez, también podía enloquecer con el filo del dolor.
Al día siguiente, la noche trajo tormenta. Las cortinas volaban y los truenos eran tambores de guerra. De pronto, Lucía oyó un golpe, dos ojos encendidos en la ventana. Un bulto negro atravesó la habitación, se escondió debajo de la cama.
Ya estás aquí, Sombra, amigo susurró.
Secó al gato, tiritando, y los dos, humano y animal, compartieron una larga noche de relámpagos y calor, mientras afuera el aguacero lavaba el mundo.
Por la mañana, Sombra rascaba la ventana; quería irse. Lucía lo miró, riendo:
Antes de que te vayas, desayuno, ¿vale? Y luego decides si quieres quedarte conmigo o ser libre. Me encantaría llevarte a Madrid; creo que el abuelo lo hubiese querido. Pero tú mandas, pequeña sombra.
Lo alimentó y preparó su equipaje. Al salir, Sombra la estaba esperando en la puerta, el rabo bien alto, las patas firmes. Eligió, al fin, ser gato de ciudad por la promesa del afecto.
Sabía yo que éramos del mismo equipo sonrió Lucía.
Entregó las llaves a María.
¿Ese es el famoso gato invisible? musitó, atónita la vecina.
Ya ve, la vida a veces es más rara de lo que parece.
Se despidieron. Subió al autobús, Sombra en brazos. Cuando la carretera se perdió y el cielo se llenó de nubes lentas, Lucía creyó ver en una de ellas el rostro del abuelo, una sonrisa torcida y cómplice, como si le guiñara un ojo desde el más allá.
Sombra también miró el cielo fijamente, con ese mirar antiguo de los gatos.
Y aunque quizás todo aquello fue solo un sueño extraño o así lo contaría Lucía más adelante, sabían que el abuelo seguía vivo en algún rincón singular de sus corazones, en la memoria de los que, contra todos los olvidos, se encuentran y se cuidan.




