No hay marcha atrás

No hay vuelta atrás

Dejé la taza sobre la mesa y observé a mi esposa, Lucía. Estaba junto al espejo del recibidor, ajustándose el cuello de su camisa nueva. Era una camisa estrecha, de cuadritos pequeños, de esas que suelen llevar jóvenes de veinticinco años, no hombres como yo, que estaba a punto de cumplir los cincuenta el mes siguiente.

Lucía, ¿vas al trabajo o tienes algún plan distinto?

Al trabajo, claro. ¿A dónde iba a ir si no?

Solo preguntaba. Antes no te ponías esas cosas.

Me giré y me crucé con su mirada. Algo en ella era distinto, se notaba una distancia, una ligera impaciencia. Como si tuviera prisa por seguir su rutina y yo le estuviera obstruyendo el paso.

La gente renueva el armario, ¿no? Es lo lógico.

No he dicho nada.

No dices nada, pero miras.

Me puse el abrigo. No el gris, el de siempre, que llevaba colgado ya siete años, sino el nuevo, azul oscuro y corto. Lucía me siguió con la mirada, luego cogió la taza de café y fue a la cocina. Afuera el mes de marzo comenzaba con días grises y húmedos. En el alféizar de la ventana brillaba un geranio, al que ella regaba cada martes. Sus hojas eran perfectas, densas y olían a hogar, un poco ásperas. Apoyó la frente contra el cristal y pensó, quizá, en la última vez que habíamos salido juntos, en octubre. Fuimos al teatro. A ella le había gustado la función, pero yo volví a casa en silencio.

Veinticinco años. Había dejado hace tiempo de contar cuántos días eran.

Lucía trabajaba como contable en una pequeña empresa de reformas en las afueras de Madrid. El ambiente era tranquilo, nada cambiaba demasiado. Todos la respetaban, la llamaban por su nombre y apellidos incluso quienes tenían más edad. Era organizada, precisa, jamás llegaba tarde ni se iba antes de tiempo. En casa todo seguía un orden metódico. Cada domingo cambiaba el mantel de la mesa de la cocina, siempre de lino claro a rayas finas, perfectamente planchado. Su bata era suave, de rizo color leche tostada, la misma que cuidaba desde hacía tres años. Por las noches leía y tomaba té con mermelada de grosella negra casera, la que preparaba en agosto. Su vida estaba tan perfectamente encajada como un vestido bien hecho: sin nada sobrante, todo en su sitio.

Los cambios en Lucía comenzaron en febrero. Primero se apuntó al gimnasio. No sería nada especial si no fuera por la manera en que lo anunció durante la cena. No dijo he decidido cuidarme, sino me he hartado de ser una ruina. No di importancia. Leí alguna vez sobre la crisis de los cincuenta en los hombres: gimnasios, dietas, la urgencia de demostrar que aún no todo está perdido. Mejor así, la salud nunca está de más.

Después apareció un perfume distinto, con un aroma dulce y sintético. No era como el de antes, que tenía toque a madera, leve y discreto. Éste se quedaba flotando en el recibidor mucho rato después de que ella saliera. Un día cogí el frasco en el baño solo por mirar el nombre: algo inventado, extranjero, frasco negro y plateado. Lo devolví donde estaba.

Luego la camisa nueva, después otra más. Más tarde unos vaqueros caros, ajustados y desgastados en las rodillas, que encontré al rebuscar en el armario. Los colgué de nuevo sin decir nada.

En marzo empezó a llegar tarde del trabajo, primero una vez por semana, luego más a menudo. Siempre se trataba de alguna reunión con compañeros, un proyecto complicado, una visita a un amigo. Yo la escuchaba y asentía. Me gustaba confiar, veinticinco años construyen ese gesto automático. Crees porque, si no, ¿de qué sirve?

Pero por dentro sentía un tirón leve, silencioso, como la costura vieja de una camisa que tira cuando la mojas en agua fría.

En abril noté que Lucía miraba el móvil distinto. Antes lo dejaba en la mesa y se iba. Ahora lo guardaba siempre en el bolsillo. Si sonaba, salía al pasillo. Una noche entré en la cocina y de golpe puso el móvil boca abajo, preguntándome si necesitaba ayuda con la cena. Nunca antes lo había hecho.

Mi amiga Alicia, con quien compartí tantos años de juventud, fue muy directa:

¿Y no ves lo evidente? Crisis de los cincuenta, lo de siempre. Por mi parte, el mío se compró una moto a los cuarenta y ocho y durante meses no se la quitaba. Al final se cansó y la vendió.

Lucía no es así.

Todos no son así hasta que resultan serlo.

No me comas más la cabeza.

No te la como, sólo quiero que observes.

Intenté observar. Y cuanto más atención ponía, menos comprendía lo que veía. Mi mujer comía en casa, dormía, hablaba de su trabajo o de la fontanería del baño. Todo igual. Y al tiempo, todo distinto. Se había vuelto extraña. Sin ser cruel, ni distante. Simplemente, parecía tener otra vida en la cabeza y sólo usaba las palabras que tocaban.

Una noche me atreví a hablar, sentados con el té y unas galletas.

Lucía, ¿te encuentras bien?

Sí, claro.

Te noto ausente.

Levantó la mirada de la taza.

Estoy cansada. Hay estrés en el trabajo.

Vale, solo preguntaba.

Todo va bien repitió, cogiendo una galleta.

En mayo había calor temprano. Lucía plantó petunias en el balcón. Las compraba cada año en el mismo puesto del Mercado de la Cebada, a una señora mayor. Eran rojas y blancas. Las regaba cada mañana, vigilaba el crecimiento de las flores. Era de esos pequeños placeres que no piden nada a cambio.

Algunos días, en mayo, llegó cerca de medianoche anunciando cenas de trabajo. Yo no discutía. La oía moverse en el baño, la madera crujía bajo sus pasos. Luego dormía poco y mal.

Una de esas noches no aguanté:

Lucía, ¿tienes a alguien?

Guardó silencio unos segundos, demasiado largos para un simple no.

¿Por qué lo preguntas?

Sólo pregunto.

No te montes películas.

De acuerdo respondí. Y no volví a preguntar.

Algo se había corrido por dentro, como un mueble arrastrado hasta un lugar inapropiado. La casa parecía igual, pero era todo más incómodo.

En verano, Lucía empezó a quedarse a dormir en casa de una amiga. Yo le preparaba la camisa y callaba. Pensé que quizá Alicia tenía razón y era solo una crisis. Pasaría. Veinticinco años no se tiran así a la basura.

A mediados de julio se sentó frente a mí en la cocina. Llevaba la camisa de cuadros que tanto recordaba desde marzo. Cruzó los dedos sobre la mesa y estuvo mirando por la ventana. El geranio relucía en el alféizar. Yo, con el té en la mano, ya intuía lo que estaba a punto de decir. Tal vez lo sabía desde hacía tiempo.

Tenemos que hablar.

Adelante.

Me voy.

Dejé la taza. El té seguía humeando.

¿Con quién?

Pausó un instante.

Se llama Paula. Tiene veintidós años. Nos conocemos desde hace medio año.

Alguien regaba plantas en el balcón vecino, el agua caía con un sonido sosegado.

Así que desde febrero respondí.

Más o menos.

Cuando empezaste a comprar camisas nuevas.

Por favor

No te reprocho. Solo estoy aclarando las fechas.

Me miraba incómoda, con gesto de disculpa. Esperaba lágrimas, un grito, algo que le hiciera sentir en lo correcto.

No lo entiendes dijo al fin. Quiero sentir que sigo vivo. Que me queda algo por delante. Míranos. Somos como dos ancianos.

Tienes cuarenta y nueve años, Lucía.

Justo eso.

No entiendo lo que significa justo eso.

Se levantó. Caminó por la cocina, dejó la taza en el fregadero. Un movimiento de más, para no cruzar mi mirada.

Vivimos como vecinos. Todo el rato lo mismo. Mantel, geranio, té a la misma hora. Esto no es vida, es estancamiento.

Es un hogar susurré. Lo que construí durante veinticinco años.

Lo sé. Y te lo agradezco de verdad. Pero ya no puedo.

Mientras la escuchaba, caí en la cuenta de que apenas la conocía. Quizá nunca supe quién era, solo me acostumbré a ver lo que quería ver.

¿Cuándo te llevas tus cosas?

No parece que esperase esta pregunta.

No hoy. Ya las iré sacando poco a poco.

Perfecto.

Me levanté, tiré el resto del té, puse la taza junto a la suya, limpié manos y marché al salón. Abrí la ventana; afuera olía a asfalto caliente y tilos de la arboleda. Respiré hondo, pensé en regar mañana las petunias, comprobé mentalmente si quedaba aceite en la nevera.

En esos momentos, los detalles domésticos te salvan mejor que cualquier palabra.

Las primeras semanas sin ella fueron extrañas. No pesadas; me levantaba, comía, iba al trabajo, regaba las plantas. Pero algo en el sonido del piso había cambiado, un silencio demasiado denso. Las cosas suyas del baño ya no estaban, el perchero se veía vacío. Cogí un nuevo gancho, colgué mi bolsa para tapar el hueco.

Alicia vino el primer sábado. Trajo una empanada de atún y se quedó hasta tarde.

¿Cómo vas?

Tirando.

¿En serio?

Sí. Mal, pero tirando. ¿Captas la diferencia?

Perfectamente Alicia calló. ¿Te dio explicaciones normales al menos?

Las suyas. Que éramos ancianos, que era todo un marasmo.

Ese marasmo era suyo, no tuyo.

Serví más té. Fuera ya oscurecía, en la cocina la lámpara iluminaba la mesa, la empanada estaba sobre la tabla, cálida. Me di cuenta de que crear hogar se me da bien. Pero ahora no hace falta para dos.

Paula tiene veintidós años.

Lo sé.

No es celos. Es solo… matemáticas. Cuando yo tenía veintidós, Lucía ya era adulta. Ahora está con alguien con la edad que yo tenía.

Quiere recuperar un tiempo que no puede regresar.

El tiempo no vuelve.

Ya lo aprenderá.

No respondí. Sabía que en mi interior había algo aún por comprender. No era dolor, sino desubicación. Como si el mueble desplazado me impidiera moverme con libertad por mi propia vida.

En el trabajo nadie lo supo, yo no tenía prisa en contarlo. Notaban que estaba más callado, pero ya antes de esto no solía ser locuaz. Una compañera joven, Carmen, un día me preguntó si iba todo bien. Le dije que sí, solo algo cansado. Me trajo un café de la máquina, ese gesto tuvo el poder de alegrarme el día.

Agosto fue una especie de letargo. Ni bueno ni malo, simplemente el tiempo suspendido. Volví a hacer mermelada, como todos los veranos. Guardaba la espuma en el mismo bote, la comía con pan blanco. Este año la grosella salió dulce y enorme. Las filas de botes alineados me daban consuelo, me demostraban que la vida continuaba aunque pasaran cosas.

Lucía llamó una vez para recoger lo que quedaba. Vino un sábado de mañana. Abrí la puerta. Recogió calladamente un par de cosas, libros, herramientas, una carpeta con papeles. En la cocina se quedó mirando el geranio.

¿Cómo estás?

Bien.

No te guardes rencor.

No te guardo. Solo vivo.

Asintió y se fue. Cerré la puerta, escuché sus pasos en la escalera. Fui a la cocina, me hice unos huevos revueltos con eneldo y me senté a comer. Limpié el plato, regué las petunias, ya en las últimas. Se acercaba septiembre.

El divorcio fue en octubre, sin dramatismo, casi burocrático. Encontré una buena abogada, joven y rápida, que lo hizo todo sencillo. La casa era mía antes del matrimonio. Ella no puso pegas. Tal vez en la nueva vida uno prefiere no arrastrar lo anterior.

Salí del juzgado y me quedé en las escaleras. Lloviznaba en Madrid, el cielo plomizo. Recogí el cuello de mi abrigo y fui andando al mercado a comprar una barra de pan con semillas de amapola. En casa preparé té, corté el pan y me senté a mirar por la ventana cómo el otoño hacía lo suyo con los árboles.

Leí en una columna de psicología: La ruptura real ocurre mucho antes de la separación oficial. Tenía razón. Algo empezó a romperse el día que advertí el silencio de su parte al volver del teatro, ese teléfono boca abajo. Lo que pasa es que preferimos no ponerle nombre.

Noviembre fue frío y con nuevo compás. Me apunté a clases de acuarela, algo que siempre había querido hacer pero posponía. Cada miércoles iba a un estudio pequeño cerca de casa donde nadie me preguntaba de mi vida. Dibujaba mal, todo torcido o fuera de sitio, pero el proceso me hacía sentir paz.

La profesora, una señora mayor de pendientes de plata, me dijo una de esas tardes:

Se atreve poco con el color. Más libertad, el papel aguanta.

Pensé que ese consejo valía para muchas cosas.

Alicia llamó cada semana, a veces venía. Hablábamos del trabajo, de libros, de política. Poco a poco, la mención de Lucía se hizo menos frecuente. Me di cuenta de que eso me producía cierto alivio sereno. No por indiferencia, sino porque la vida encontraba sitio entre los huecos que antes ocupaba el pasado.

A veces surgía la pregunta que nos hacemos los hombres de mi edad cuando la mujer decide marcharse con alguien más joven: ¿en qué he fallado? Nunca encontraba respuesta que fuera justa. Había cuidado mi casa, fui fiel, no provoqué escenas, trabajaba, no exigía demasiado. Quizá mi error fue pensar que bastaba con eso.

Pero incluso ese pensamiento se iba desvaneciendo. Porque, siendo sincero, no sabía qué habría preferido hacer diferente.

El invierno trajo nieve a Madrid. Compré unas botas nuevas, cómodas, de tacón bajo, color borgoña. Una compañera me felicitó por mi elección. Es una tontería, pero lo recordé durante todo el día.

En enero llamó Alicia con una voz entre preocupada y extraña.

¿Estás sentado?

Aquí, en la cocina. Dime.

¿Has sabido algo de Lucía?

No, hace meses que no.

Le ha dado un ataque al corazón. En una discoteca.

Apagué el fogón.

¿De verdad?

Muy en serio. Me lo contó Clara del antiguo trabajo. Cayó en la pista y llamaron a una ambulancia.

¿Y está?

Sigue viva, sí, ingresada, pero fue fuerte.

Me quedé callado mirando la nieve. Afuera los niños hacían un muñeco.

¿Y cómo ha llevado estos meses?

Por lo visto, muy animada. Con la chica joven iban a todas partes: fiestas, discotecas, trasnoches. Y seguía entrenando como si tuviera veinte años. Su cuerpo no aguantó.

Ya.

¿Vas a hacer algo?

No lo sé, Alicia.

Colgué. Permanecí de pie junto a la ventana. Sentía una mezcla entre inquietud, cansancio y, en el fondo, un minúsculo alivio por estar donde estaba: en casa.

A la mañana siguiente llamé al hospital, pregunté si podía visitarla y me dijeron que sí.

Por la tarde preparé una bolsa: agua mineral, unas manzanas, un poco de bizcocho casero. Aquella tarde, el hospital olía como todos: a calefacción central, a colonia desinfectante y a una ansiedad sorda propia de los pasillos.

Pregunté por su habitación. Una enfermera joven, de cara cansada, me indicó la puerta.

Abrí despacio. Había cuatro camas, solo una ocupada. Lucía estaba junto a la ventana. Estaba cambiada, o tal vez no supe verla antes. Había adelgazado, la cara gris y el cuello con arrugas que antes no notaba. No era la mujer renacida, sino una mujer cansada, superada por lo último que la vida le había traído.

Me vio, y tardó en reaccionar.

Andrés.

Hola, Lucía.

Dejé la bolsa en la mesa, acerqué una silla y me senté.

No pensaba que vendrías.

He venido.

Me observó con la carga de mil cosas en sus ojos, pero ya no quise descifrarlas.

¿Cómo estás realmente?

Mejor Ayer fue peor, hoy mejor. Me dicen que mínimo una semana así.

Bien, reposa.

Paula no vino. Le avisé cuando me ingresaron. Dijo que vendría. No vino.

Miré las manzanas y luego a Lucía.

Lo suponía.

¿Cómo?

Me lo imaginaba.

Cerró los ojos largo rato, luego musitó:

He sido una tonta, Andrés.

Puede.

No, seguro. Miraba a esa chica y pensaba que yo era joven de nuevo. ¿Lo entiendes?

Lo entiendo.

Y acabé haciendo el ridículo, mientras hiciera falta dinero.

No contesté. Afuera el día era claro, las ramas desnudas se retorcían contra el cielo azul de enero.

Andrés, quiero pedirte perdón.

No hacen falta discursos. Céntrate en recuperarte.

No, tengo que decirlo: me equivoqué. Comparé, debía haber valorado. Tú construías hogar, y yo lo llamaba marasmo. Fue injusto.

Miré sus manos sobre la sábana. Esas manos no cambiaron tanto como el rostro.

Andrés, quiero volver.

La palabra flotó densa en la habitación.

¿Me escuchas?

Te escucho.

Quiero volver a casa. Me he dado cuenta de que sin ti eso era la vida, y lo que buscaba, un espejismo.

Me levanté. Caminé hacia la ventana. En la rama de un fresco estaba posada una paloma.

Pensé, sin excusas ni compasión falsa: ¿qué siento ahora por ella? Buscaba algo cálido donde antes hubo amor. Solo hallé calma. Ni fría, ni hostil, simplemente calma. Como cuando una vieja herida por fin sana.

Lucía dije sin girarme, estarás bien. Te cuidarán, saldrás adelante.

Te hablo de volver.

Lo sé. Lo escucho. Y me alegro de haberte visto. Pero yo no puedo volver.

Se le quebró el gesto.

¿Por qué?

Intenté responder sincero y sin dureza:

Porque te tengo compasión. Ahora mismo, aquí, siento por ti algo bueno, humana preocupación. Pero eso no es suficiente para vivir juntos. ¿Lo entiendes?

Podríamos intentarlo

No. Hay cosas que no regresan, Lucía. No porque no quiera, sino porque ya no existen. Como un pozo seco.

Por favor.

Estoy aquí, te he traído manzanas, agua, lo que necesitabas. Eso es real. Pero volver ya no es posible. No por reproche, sino por verdad.

Asintió en silencio. Me puse el abrigo y me dirigí a la puerta.

Avisaré a las enfermeras para que te vigilen. Llama a nuestro hijo. Tiene que saberlo.

No tenemos mucha relación

Aun así, llámale. Es tu hijo.

Cogí el bolso, abrí la puerta.

Son de la variedad reineta, muy buenas. Cómelas.

Salí cerrando despacio.

Recorrí el pasillo oliendo a hospital, bajé al vestíbulo. Afuera no nevaba ya. Era una luz clara de invierno. Caminé hasta la parada, subí al autobús y me senté junto a la ventana. Madrid corría detrás de los cristales: árboles desnudos, farolas encendidas, gente con bolsas.

Pensé en lo difícil que es reconstruirse después de que tu pareja se vaya con alguien joven: no es la marcha en sí, es el después, tener que reinventar desde cero. No vengarse, no esperar, no mirar atrás. Crear una vida propia, aunque sea paso a paso.

Miré el móvil. Quizá volvería a llamar. Yo contestaría, preguntaría por su salud, le recordaría que se cuidara, porque no puedo hacerlo de otro modo.

Pero volver, no.

Sabes, Andrés, me dije en voz alta, y el eco resonó claro, eso no era marasmo. Era vida. Solo que no la suya.

Apuré el té, fregué la taza y fui al salón, encendí la luz cálida, la del rincón, la que prefiero para leer. Busqué la página señalada en mi libro, continué justo donde lo había dejado. Afuera caía una nieve muy fina. El geranio, aún fuerte, adornaba mi ventana. El mantel, bien colocado, en su sitio.

Todo, por fin, en su lugar.

***

La lección es sencilla: la paz que uno logra cuando deja de buscar lo que nunca volverá, es la que verdaderamente dura. Ahora la casa es solo mía y eso, inexplicablemente, me hace sentirme vivo.

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