La gente presume de cosas sofisticadas. Frigoríficos inteligentes que te responden. Coches que pitan…

La gente tiene cosas de lujo.
Frigoríficos inteligentes que te regañan mientras te miran de reojo.
Coches que pitan si respiras más fuerte de la cuenta.
Aparatos para el jardín que cuestan más que la entrada de mi primer piso de alquiler.
¿Y yo?
Yo tengo un cortacésped viejo con la pintura saltada, un cable de arranque más testarudo que una cabra montesa, y el alma resistente de una abuela de pueblo.
Entró en mi vida como suelen entrar las herramientas imprescindibles: por casualidad y por pura necesidad.
Mi ex lo compró hace años por cuatro duros en el mercadillo del barrio. En aquellos tiempos aún éramos nosotros, aún creíamos en el para siempre, y pagábamos los recibos a tiempo. Cuando llegó el divorcio, partimos lo que pudimos.
Él se fue con lo vistoso, lo que queda bien en fotos de Instagram.
Yo me quedé con lo que hace que la vida siga su curso.
Un par de cacharros básicos de cocina.
Una aspiradora que rugía como si le quedaran dos telediarios.
Y el cortacésped, porque al césped le daba igual la pena que tuviera mi cuenta bancaria.
No me lo quedé por nostalgia.
Me lo quedé porque, sinceramente, no me podía permitir otro.
Entonces ocurrió eso que sólo el tiempo sabe hacer:
La vida de mi ex se fue deshilachando como las hojas secas bajo el vientomalas decisiones, excusas cada vez más creativas, ideas más raras que un pulpo en un garaje. Me llegaban las historias de rebote, contadas por conocidos con ese tonito de querer no romper nada delicado.
Él perdió lo grande.
Perdió lo de posturear.
Perdió lo que impresionaba.
Yo, mientras tanto, ahí seguía con mi cortacésped.
Y los años fueron pasando.
Once años encargándome yo del asunto.
Once años aprendiendo a hacerlo todo sin una segunda mano al lado.
Once años convirtiéndome en la que arregla, la que se apaña, la que lo saca adelante.
Eso sí: lo de tener trastero o garaje cubierto ni soñarlo.
Nada de cobertizo chic en el patio.
Ni un triste tejado donde refugiar al cortacésped.
Así que la pobre máquina se pasa el año fuera, a la intemperie, bajo el cielo madrileño, dejándose morder por las heladas y las lluvias.
Aquí, el invierno no es Canadá, pero tampoco es para ir sin chaqueta.
Hace ese frío que resquebraja el plástico y hace que el metal sufra.
Ese viento que te corrige la postura y ese granizo que da para conversar con el vecino.
Cada año me preparo para lo peor.
Cada primavera, salgo nerviosa, como si me presentara ante una amiga de la universidad a la que hace años que no veo y no sé si me va a reconocer.
Le quito las capas de polvo y tierra.
Saco hojas muertas de esos rincones imposibles.
Reviso la gasolina como una enfermera comprobando el pulso.
Y, después viene lo de siempre: aprieto ese botoncillo blandito, ese corazoncito de goma que empuja el combustible al motor.
Hace un ruidito.
Una promesa minúscula.
Y entonces, el ritual:
Coloco los piesnotas de talla 37, ni de lejos son botas de mecánico, pero funcionan.
Agarro el mango.
Tiro del cable.
Nada.
Tiro otra vez.
Sigue sin responder.
A la tercera, ya le hablo a la Virgen del Rocío o a quien pase por ahí:
Por favor, hoy no. No este año.
Porque si no arranca, no es sólo una molestia.
Es gastar dinero que no tengo.
Es otro problema más.
Otra de esas señales que te recuerdan que la vida puede torcerse sin avisar.
Y, entoncescomo si le molestara mi falta de fe
ruge de repente.
Nada de modosita ni educada.
Arranca con ese bramido de aquí sigo. Vamos a ello.
Cada santa primavera.
Once primaveras seguidas.
Tras el agua, la helada, el barro, las olas de calor y cuanta aventura le lanza el cielo, ella despierta y hace su trabajo.
Y cada vez que lo hace, me entra una ternura absurda aquí en el pecho.
No porque sea un cortacésped.
Porque es una prueba.
La prueba de que lo viejo y lo imperfecto también se levantan.
Que la resistencia no es cuestión de postureo.
Que sobrevivir es más cabezonería que brillo.
De esto, la gente no presume.
Presumen de lo grande.
Del nuevo coche, nueva casa, vida nueva.
Pero a veces, la victoria es más chiquitita:
Una máquina que no se rinde.
Una mujer que sigue adelante por puro empeño.
Un césped que se corta porque alguienyoelige encargarse de ello, una vez más.
Tengo 50 años.
La espalda reclama más de lo habitual.
La paciencia la tengo en crisis.
El presupuesto sigue pareciendo una partida de Jenga.
Pero cuando el cortacésped arranca, ahí me tienes: sonriendo como una tonta, manos al mango, el pelo imposible, escuchando cómo ruge esa máquina como si me animara.
Ella no sabe nada de mi historia.
Pero forma parte de ella.
Así que sí,
quiero a mi cortacésped.
No porque sea lo último en tecnología,
sino porque nunca me falla.
Y en este mundo donde todo parece desmontarse, la fidelidad es casi un pequeño milagro. Así que cada primavera, mientras los demás corren detrás de lo último, yo camino despacio sobre mi césped recién cortado, mirando las huellas que deja ese trasto testarudo. Y pienso que quizá la vida no va de brillar sin mancha, sino de resistir con dignidad, aunque la pintura se caiga a trozos. Hay lujos que no se compran ni con todo el oro: la confianza de saber que, aunque venga el invierno más duro, aunque el mundo se caiga a pedazos, algoalguien, inclusosiempre está dispuesto a arrancar contigo.

Y por si acaso, siempre le doy las gracias con una palmadita cariñosa al terminar, como quien saluda a una vieja aliada en la batalla diaria. Quizás no gané la carrera del postureo. Pero aquí sigo, con mi máquina leal, la hierba a mis pies y la certeza callada de que algunas victorias solo se celebran en silencio, mientras el motor, cabezón, se apaga poco a poco bajo el cielo de la tarde.

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MagistrUm
La gente presume de cosas sofisticadas. Frigoríficos inteligentes que te responden. Coches que pitan…