Tres años de reformas sin recibir visitas

Tres años de reformas sin invitados

Dejé la taza en el alfeizar y sentí cómo Carmen se giró un instante desde la cocina. Noté su pausa detrás de mí, aunque yo mirara de frente al ventanal del salón. El silencio era de esos que te cortan la respiración.

Has dejado la taza en el alfeizar dijo por fin. No lo preguntó. Lo afirmó.

Sí, Carmen. He dejado la taza en el alfeizar.

La superficie está barnizada. El calor deja marca.

Ya lo sé.

¿Entonces por qué?

Me volví. Carmen tenía cuarenta y ocho años y parecía justo eso. Estaba en el umbral de la cocina con una camiseta gris de estar por casa. Sostenía el nivel como quien sostiene el móvil. Siempre llevaba el nivel en la mano los fines de semana.

Porque no tengo dónde más ponerla respondí. La mesa está cubierta con plástico. La otra silla está bocabajo. El suelo del pasillo aún no ha secado tras la imprimación. Llevo tres años tomando el café de pie, junto a la ventana, Carmen. Tres años.

Miró la taza. A mí. De nuevo la taza.

Voy a poner un salvamanteles.

No hace falta.

Pero quedará marca.

Que quede.

Entrecerró los ojos. Así me mira cuando no está seguro de si bromeo. Muchas veces ya ni yo lo sé.

Por favor, Leo

Ya está le dije bajito, el silencio engulló la palabra como una piedra. Ya está, Carmen.

No lo entendió al momento.

¿El qué?

Que recojo mis cosas.

El silencio fue largo. De la calle subía el claxon de un coche, que se apagó enseguida. Carmen, despacio, dejó el nivel sobre la encimera.

¿Por el alfeizar?

No. No es por el alfeizar.

Terminé el café y puse la taza, decidida, firme, impenitente, sobre la madera brillante.

Carmen tenía cuarenta y cinco. Era contable en una agencia pequeña. Leía antes de dormir, en la oficina tenía un cactus diminuto llamado Félix. Y llevaba años sin invitar a una amiga a casa. Años. Tres, para ser exactos.

Se fue al dormitorio.

Tres años antes, al comprar juntos este piso de dos habitaciones en una quinta planta de un edificio de ladrillo en Chamberí, sentí felicidad real. Aquella emoción física, profunda. Recordaba perfectamente cuando Carmen y yo nos plantamos en medio de las habitaciones vacías con el gotelé desconchado y los suelos pintados, y yo miraba los plátanos fuera y pensaba: ya está, este es nuestro hogar.

Carmen también era distinta entonces. Medía paredes con metro, hacía esquemas en una libreta y tenía esa chispa en los ojos que tanto me gustaba: la de quien sabe lo que quiere y puede hacerlo con sus propias manos.

Mira, Leo me explicaba desplegando hojas cuadriculadas con bocetos, aquí abrimos la cocina al salón, dejamos un espacio diáfano. Ponemos baldas de obra, de suelo a techo. ¿Ves? E iluminación por zonas, con regulador.

Quedará bonito decía. Yo lo creía de verdad.

Lo haremos todo nosotros, poco a poco, sin prisa. Bien hecho. De una vez y para siempre.

“Aquí hay algo más”, debí entender entonces. No era sólo ahorrar dinero en albañiles.

El primer medio año fue hasta divertido. Vivíamos entre reformas, cocinando en una vitro portátil, porque el gas todavía no iba. Dormíamos sobre un colchón en el suelo. Comíamos con menaje desechable, sin fregadero. Incómodo, sí, pero tolerable. Hasta romántico.

Después, todo empezó a desplazarse. Suavemente, como el suelo cediendo bajo los cimientos.

Carmen se entregó a la reforma cada fin de semana, y algunos días laborables si libraba. Dirigía obras para ganarse la vida, sabía más sobre materiales que cualquier profesional. Eso era magnífico El problema no estaba ahí.

Lo difícil era que no sabía parar.

Al principio no me di cuenta. Creo que la primera señal la noté ocho meses después, tomando algo con mi amiga Lucía.

¿Ya casi termináis? Quiero ver vuestra casa, me prometiste potaje.

Enseguida, le respondí. Carmen dice que para Nochevieja seguro.

La Nochevieja la pasamos en modo reforma. Ningún invitado, porque en mitad del salón había un caballete y los ladrillos de pladur aún sin rematar. Solo nosotros dos en la cocina, que ya casi estaba lista. Casi.

Leo, el año que viene fiesta en condiciones propuse llenando las copas de cava.

Claro dijo Carmen. Cuando termine el techo del salón y ponga el parquet, montamos algo.

El techo terminó en marzo. Pero entonces vio que el fontanero instaló mal las tuberías del baño y había que rehacerlas. Después el bloque del balcón: la espuma de poliuretano había cedido y detectó tres milímetros de hueco con un calibre.

Aún me reía por entonces. Bromeaba con mis amigas: Mi mujer pelea contra tres milímetros. Reíamos juntos. Era gracioso.

En mayo pusimos el parquet en el salón, con las ventanas abiertas. Yo pasaba las tablas y barría el polvo con aspirador. Carmen se aplicaba como un cirujano. Era meticulosa y no dudaba en levantar piezas ya puestas si el ajuste no era perfecto.

Pero si no se nota le dije una vez.

Yo sí lo noto, respondió sin mirarme.

Ahí sentí por vez primera que algo iba mal. No fue dolor, simplemente una pausa interna, como si entendiese algo importante pero aún no supiera el qué.

Terminamos el parquet en junio. Precioso, roble claro, líneas limpias, geometría impecable. Pasé la mano y murmuré:

Ha quedado muy bien.

Falta darle barniz respondió. Un alemán, resistente a rayones. Ya he elegido marca.

¿Cuándo?

La semana próxima.

Pero esa semana descubrió que un rodapié tenía medio milímetro de holgura. El barniz podía esperar.

Fue por entonces cuando llamé a Lucía para vernos. Nos sentamos en una terraza con tés helados, y ella preguntó:

¿Ya casi, no?

Pronto dije. Y callé.

¿Ha pasado algo?

No… Lucía, creo que Carmen no va a acabar nunca.

Todos son iguales, lo dejan para el final.

No es eso. No es que lo deje. Es como si no quisiera terminarlo. Mientras haya obras, justifica todo. Así no invita a nadie, no coloca los muebles, no… No vive.

Lucía me observó seria.

¿Se lo has dicho?

Lo intento. Pero siempre me convence de que falta poco y todo quedará perfecto.

Y tú, ¿quieres perfección?

Guardé silencio.

Quiero un hogar. Al fin dije. Sólo eso.

Esa noche, Carmen traía muestras de pintura para las paredes. Espolvoreó veintitantos cuadraditos de blanco sobre la mesa. Todos blancos, pero distintos.

Si te fijas, este es cálido, con matiz crema; este es frío, con fondo gris; este otro tiene un punto azul. Es clave con luz natural. Me decanto por este.

Miraba los papeles y sólo veía blanco. Uno tras otro.

Carmen murmuré, me da igual.

Me miró como si hubiera dicho una insensatez.

¿Cómo que te da igual? Es nuestro piso.

Exacto. Viviremos aquí. Gente real en una casa real. Ya está.

La gente lo nota, aunque no se dé cuenta.

Bien, cedí cansado. Elige tú.

Siempre era ella la que elegía. Al principio me parecía práctico: dominaba la materia. Pero empezó a no pedirme opinión. Si decía “me gusta este azulejo”, contestaba con datos técnicos que el otro era mejor. Si quería el sofá en un rincón, me mostraba en su app que rompía el espacio. Si decía “prefiero esto”, respondía: “pero lo correcto es así”.

Dejé de decir me gusta. ¿Para qué?

Ese segundo otoño, en octubre, Alfredo un viejo amigo de Salamanca llamó a Carmen. Venía de paso, podía dormir una noche con nosotros. A mí me hizo ilusión. Compré buen embutido, saqué la vajilla, limpié.

Carmen informó de que Alfredo no podía quedarse: Estamos reformando el dormitorio.

Falso. En ese cuarto sólo faltaba colgar unos cuadros. Lo sabía perfectamente.

¿Qué reformas?

El suelo no está bien, huele algo a barniz. No va a dormir tranquilo.

No hay olor.

No quiero que alguien vea la casa así, Leo.

¿Así cómo?

Sin acabar.

Y la tierra se me movió bajo los pies, de verdad. En ese instante lo comprendí: le avergonzaba su propia obra porque no era todavía el ideal de su cabeza. Hasta mentiría a un amigo por ese perfeccionismo.

Bien dije, sin añadir nada.

Alfredo merendó en la cocina, después cenó fuera con Carmen y durmió en un hostal. Yo cené solo.

Esa noche no concilié el sueño fácilmente. El techo, pintado a la perfección, me pareció más frío que nunca. Era el mejor techo del barrio. Y hacía dos años que no entraba nadie más bajo ese techo.

Ese invierno, mi madre enfermó de una gripe tonta, pero yo empezaba a ir más a menudo a su piso para cuidarla. A veces me quedaba a dormir. Carmen ni se quejaba: estaba demasiado centrada en otra fase de la reforma.

Un día, al volver antes de tiempo, la encontré en el pasillo, sentada en el suelo con una lupa, examinando la junta del rodapié.

¿Pasa algo?

Hay una ranura respondió sin mirar.

No pregunté cuántos milímetros tenía. Ya sabía que era inútil.

¿Has comido?

No me acuerdo.

¿Desayunaste?

Algo sé que tomé.

Preparé macarrones. Cuando vino, le serví.

Gracias.

De nada.

Cenamos en silencio. Nevaba fuera. Sobre la mesa, en vez del mantel de diario, había un catálogo de herrajes del armario empotrado que llevábamos un año debatiendo.

Carmen le dije suavemente.

¿Sí?

Háblame de cualquier cosa. Menos de reformas.

Me clavó la mirada. Como si le pidiera que hablara latín.

¿De qué?

No lo sé. ¿Cómo fue el día? ¿En qué piensas? ¿Qué te da alegría o tristeza?

Lo intentó de verdad. Noté que buscaba cualquier cosa que no fuera relacionada con asimetrías o materiales.

No sé murmuró al cabo. Quizá nada.

Después pensé largo en la oscuridad: ¿en qué momento la persona a mi lado se volvió un conjunto de funciones, un engranaje técnico, alguien distinto de aquel que me hablaba sobre constelaciones durante los viajes? ¿Qué fue de las Pléyades?

Al tercer año dejé de decir a las amigas que la reforma acababa pronto. Era mentira. La reforma acababa y volvía a empezar. Carmen encontraba alguna imperfección, pensaba una solución mejor, o cambiaba de idea: el azulejo comprado no aguantaría el deterioro, la pintura secaba mal, la bisagra de la puerta chirriaba.

Me compré una lamparita para la mesilla: simple, con pantalla de tela. La puse discretamente. Carmen la vio.

¿Eso?

La he comprado.

¿Para qué? Íbamos a poner focos empotrados.

Quiero leer antes de dormir.

Esos focos serán mejores.

¿Cuándo?

Sin respuesta.

Eso es sentencié. Los focos cuando estén. Ahora quiero luz para hoy.

La lámpara aguantó una semana, luego apareció en el trastero ante una versión metálica con mejor haz de luz, según Carmen. Volví la mía a la mesilla. Y otra vez ella la movió. Otra vez la coloqué en su sitio.

Silencio. Ni discusión.

La lámpara como pequeña victoria y pequeña tragedia. Porque en una casa normal, aquello no sería ni discusión ni triunfo. Sólo una lámpara.

Aquella primavera, en abril, escribí a Lucía. Sin previo aviso, a mediodía:
“¿Te apetecería irte unos días a una casa rural? Sin maridos, sólo nosotras.

Respondió al tirar del móvil: ¡Sí! ¿Cuándo?

Nos fuimos en mayo, cuatro días a una pensión modesta, cerca de Ávila. Pedí unas vacaciones. Carmen puso cara extrañada, pero no protestó: justo iba a empezar la siguiente reforma del baño.

La habitación era sencilla, con muebles viejos, una colcha chillona y una ventana por la que entraba olor a bosque húmedo. Todo imperfecto, rallado, con muescas. Y sentí, de golpe, que era feliz allí. Sencillamente feliz. Tan feliz que al tumbarme sobre la cama de flores y mirar la grieta en el techo, me puse a llorar.

Lucía no preguntó, sólo se acostó en la otra cama.

Vivo en un museo le dije mirando el desconchón. En un museo precioso, impecable, muerto.

Lucía reflexionó.

¿Se lo has dicho?

Claro.

¿Y?

Responde que falta poco, que todo irá a mejor. Siempre falta poco.

¿Vais a terapia?

No irá. Carmen cree que la terapia es para problemas de verdad. Ella cree que sólo es reforma.

Nos quedamos calladas. Entraba el olor del bosque, el fresco, la colcha horrible. Me di cuenta: eso era lo que faltaba. Ventila, bosque, grietas, cosas que se compran porque sí. Vida.

Al volver, la casa olía a masilla. Carmen me recibió en la entrada ansiosa por enseñarme el apaño del baño.

Ahora la hornacina está simétrica. Antes la derecha era centímetro y medio más ancha.

Ya lo veo.

He pensado días cómo hacerlo para no romper el azulejo.

Bien hecho.

Fui al dormitorio, me puse cómoda y me tumbé. Techo impecable.

En junio tuvimos la conversación que recuerdo palabra por palabra. Domingo, ocho de la tarde. Carmen pintando algo en el trastero. Yo preparaba la cena, escuchando el roce de la cinta de carrocero.

¡Carmen! grité.

¿Qué? respondió desde dentro.

La cena en veinte minutos.

Vale.

La mesa quedó puesta. Pasaron veinte minutos, luego cuarenta. Fui al trastero.

Se enfría.

Cinco minutos.

Nunca salía en esos cinco minutos.

Cené solo. Recogí, fregué. Carmen emergió cerca de las once. Vio la mesa vacía.

He perdido la noción del tiempo.

Lo sé.

¿Te caliento algo?

Hazlo tú.

Fui al dormitorio. Abrí un libro, o fingí leerlo. Cuando entró, pregunté sin apartar la vista:

Carmen, ¿eres feliz?

Larga pausa.

Bueno… sí. Supongo.

¿Seguro?

¿A qué viene eso, Leo?

Simplemente lo pregunto.

Se tumbó a mi lado en la cama. En silencio. Al final dijo:

Cuando acabe el trastero paso al balcón. Lo aíslo y ya estará todo el piso completado.

Cerré el libro.

Acabas de responder.

¿Cómo?

Pregunté si eres feliz y me hablas del balcón.

No contestó.

Buenas noches.

Buenas noches.

Y dejé la lámpara encendida. Durante mucho rato. Guiándonos sólo por la respiración mutua. Pensando que en otra vida o, mejor dicho, en otra versión de esta ahora estaríamos hablando de cualquier cosa: de la serie que vimos, de algo que dijo mi madre, de que han cambiado la carta en nuestro bar Hablando, nada más. Y en esta, silencio. Impecable.

Y esa conversación estuvo en mi cabeza como un eco al dejar la taza en el alfeizar aquella mañana. Era una conclusión largamente gestada. Solo le faltaba una taza para aparecer.

Hice la maleta metódicamente. Sin lágrimas. Cogí sólo lo mío de verdad. Unos cuantos libros. Neceser, ropa, la lámpara de tela. Documentación. El cargador del móvil. El cactus Félix, rescatado seis meses atrás porque en casa no quedaba ni una sola planta viva. Carmen no tenía nada contra el cactus. El cactus no dejaba marca.

Carmen miraba desde el quicio.

Carmen.

¿Qué?

Hablemos.

¿Sobre?

Sobre que te vas.

Sí.

¿Por la taza?

Por favor, Carmen. Sabes perfectamente por qué.

No lo sé. De verdad.

Paré un instante. La miré. Estaba en la puerta, alta, sin nivel en la mano por primera vez, y tenía esa expresión desorientada que no recordaba en ella desde hacía demasiado.

Carmen, le dije, llevamos aquí tres años.

Sí.

Ni una sola cena con amigos. Ni una. En tres años.

Porque la casa sigue…

Porque la casa no estará nunca “lista”. ¿Lo comprendes?

No respondió.

Siempre encontrarías algo que hay que rehacer. Eres así. No está mal, pero yo no puedo seguir viviendo en una obra eterna.

Pronto…

No. Suavemente, pero firme. No es cuestión de esperar más. Es que llevo tres años sintiéndome invitado en mi propia casa. Paseando de puntillas, evitando ralladuras, retirando mi lámpara, sin recibir a nadie porque te avergüenzas del “no acabado”. Yo…

Se me quebró un poco la voz. Paré, respiré.

Yo quiero vivir. Vivir de verdad. Con arañazos en el suelo y manchas de café en la madera. Con amigos los domingos. Tu chaqueta vieja colgando de la silla. Con las cosas propias de una casa real. Pero aquí no ha habido casa de verdad.

Tardó en reaccionar. Musitó:

¿Dónde vas?

A casa de mi madre, de momento.

¿Mucho tiempo?

No lo sé.

Cerré la maleta. Cogí a Félix y me fui hacia la puerta, poniéndome la chaqueta cuidadosamente, sin mirar el parquet perfecto.

Leo, me dijo a la espalda.

¿Sí?

No sabía que era así de grave.

Lo sabías. Simplemente no lo pensabas.

La puerta se cerró con ese clic preciso, tan propio de esta casa.

Me quedé solo.

Me instalé en el salón, me senté en el sofá el que elegimos tras tres meses de comparar tapicerías. En este buen sofá, al fin, miré lo que habíamos construido.

El piso era precioso. De verdad. Las paredes, del tono exacto que Carmen quiso. El parquet, sin la más mínima junta fuera de sitio. El techo, sin cortes ni manchas. Los estantes de obra, rectos y sólidos. Ninguna rendija en el balcón. Azulejos alineados al milímetro.

Y sin embargo sentía algo que no era orgullo. Era una especie de náusea, pero más arriba del estómago.

En la estantería quedaban algunos libros, no todos. Miré los lomos y me esforcé por recordar la última vez que la vi leer, sencillamente leer, sin esconderse tras un libro antes de dormir.

Me levanté. En la cocina, la taza seguía allí. Donde la dejó. Ni rastro en la madera. El café frío hace rato.

Lave la taza, la dejé en la rejilla. Fui al dormitorio. Me tumbé sobre la cama, vestido, cosa que nunca hacía. Miré al techo.

Perfecto.

Permanecí así un rato, o dos. El tiempo perdió sentido. Fui al trastero. Latas de pintura, rollos de malla, cajas de imprimación, herramientas. Todo en su sitio. Encontré la muestra de azulejo que en su día llevé a la obra para cotejar partidas. La giré un poco entre las manos. La devolví a su sitio.

En el trastero no sobraba nada. Menos yo.

Más tarde calenté algo de la nevera, lo comí sin notarle el sabor, fregué los platos. Silencio absoluto. Antes, siempre pasaba algo: una herramienta, crujidos, olor a barniz Ahora nada. Un vacío impoluto.

Encendí la tele. Vi veinte minutos de algo sin enterarme de nada. Apagué.

Tomé el móvil. Me fijé en su nombre en la agenda. No llamé. Pensé.

Pensé, no en cómo recuperarla, sino en lo que decía: lo de los amigos, la lámpara, que vivía tres años en su propia casa como invitada. Invitada. Aquello me dolió especialmente.

Recordé a Alfredo. Mentí sobre el dormitorio. ¿Por qué? Ni lo supe entonces. Me decía: la casa no está lista, sería incómodo. Mentira. Se podía vivir perfectamente desde hace más de un año. Sólo que no era como yo la imaginaba. No era el ideal que me prometí construir.

Me prometí una casa perfecta. La construí. Pero nunca la alcancé, porque la perfección no se toca. Es como el horizonte: andes lo que andes, siempre permanece lejos.

Carmen lo había entendido. Yo no. O no quise hacerlo.

Di otra vuelta por la casa, encendiendo alguna luz. Al pararme en el salón, recorrí los estantes. Todo exacto: libros por orden, objetos decorativos milimétricamente alineados. Nunca nada al azar.

En medio de la tercera balda estaba aquel corazón de cristal naranja, dudoso y hecho a mano, que Carmen trajo un día cualquiera de El Rastro. Le pregunté: ¿para qué sirve? Me gusta. Yo no contesté, y el corazón se quedó. Una concesión menor.

Ahora lo cogí entre las manos. El cristal transmitía tibieza. O eso creí.

Reflexioné durante tres días. Sin hacer nada, comiendo lo justo, durmiendo mal. En el trabajo me equivoqué en una medición tonta, el encargado me preguntó si estaba bien. Sí, todo bien.

El cuarto día le escribí un mensaje.

Carmen, ¿podemos hablar?

Tardó una hora en responder: Cuando quieras.

La llamé.

Hola dije.

Hola.

¿Cómo estás?

Bien. Aquí con mi madre.

Pausa. Escuché el ruido de su respiración. Nunca se me ha dado bien empezar este tipo de conversaciones. Ella sí.

Carmen, he estado pensando.

Ya lo he notado.

¿Sabes lo que voy a decir?

Más o menos.

Carmen, sé que he dejado pasar algo… importante. Más bien, elegí mal en qué centrarme.

Silencio.

Hablabas de invitados. De la lámpara. Me acuerdo, ahora lo entiendo. No lo entendía antes. O no quería.

¿Por qué me dices esto?

Porque quiero que vuelvas.

Pausa larga.

Leo

No te lo pido ahora. Solo lo digo. Quiero que vuelvas. Y quiero probar otra forma de hacer las cosas. No sé si podré. Pero quiero intentarlo.

Largo silencio. Me imaginé a Carmen moviendo algo, quizá una taza, el cactus, qué más daba.

¿Sabes que con decir voy a intentarlo no basta? preguntó al fin.

Lo sé.

¿Sabes que no puedo simplemente volver y hacer lo de siempre?

Lo sé.

No estoy segura de que lo sepas. No te ofendas, te lo digo con sinceridad. Ahora tienes miedo y eliges las palabras adecuadas. Pero no es cuestión de decidir querer ser distinto. No es “clavar un clavo”.

Lo sé.

¿Entonces qué sugieres, en concreto?

Pensé.

Propongo quedar primero. Hablar tranquilos. Sin teléfono.

Vale respondió tras pensarlo. Quedemos.

Nos vimos en un café, neutro, lejos de casa. Un local corriente, sillas inestables, la carta, escrita a tizas. Carmen llevaba su abrigo beige de siempre, algo cansada.

Pedimos café. La miré como hacía años no la miraba: sin pensar a la vez en ninguna junta ni en ningún plano.

¿Cómo está tu madre?

Mejor. Ha comprado flores nuevas y cuida las macetas. Está contenta por tenerme con ella.

Me alegro.

Silencio.

Leo. Quiero que entiendas algo: esto no va de reformas, ni de hacerlo todo bien. Eso está bien. El asunto es que has desplazado el objetivo. La casa es para vivir, no el objetivo de todo.

Sí.

¿Estás de acuerdo porque lo entiendes o por quedar bien?

Lo entiendo.

¿Y cómo lo sé?

Tomé la taza, la sostuve un instante y la dejé en la mesa.

No puedes admití. Ni yo sé cuánto cambiaré. Pero ahora sé que esto no puede seguir igual. Cuando te fuiste, la casa se quedó en simple caja bonita.

Carmen me estudió.

Caja bonita repitió.

Sí.

Me alegro de que lo veas.

¿Volverás?

Miró por la ventana. Llovía como sólo llueve en Madrid en primavera, y frente a la droguería alguien alineaba macetas de tulipanes rojos, algo despeluchados.

Voy a intentarlo dijo. Pero con condiciones.

Dime.

Una: un mes sin reformas. Ni un solo catálogo, ni una muestra. Vivimos.

De acuerdo.

Dos: el domingo llamamos a Lucía, a su marido y a Alfredo, si puede venir. Ponemos mesa, cenamos y hablamos. En esta casa. Como está.

Asentí.

Tres: si vuelves a elevar una rayita a la categoría de desastre, te lo diré. Y tienes que escucharme.

De acuerdo.

Esto no es sólo hablar. Es difícil.

Ya lo sé. Para mí es difícil. Pero lo intentaré.

Me miró como si buscara alguna certeza oculta entre mis palabras. Y dijo al final:

De acuerdo.

Volvimos paseando, aunque chispeaba aún. Caminábamos juntos, no de la mano, pero cercanos. Ella llevaba a Félix en su abrigo, yo con su bolsa. Ante el portal, levantó la vista.

Bonito edificio dijo.

Sí asentí.

Subimos en ascensor. Abrí y ella entró primero. Puso a Félix en el alfeizar, sin posavasos.

Observé el alfeizar barnizado bajo el cactus.

No dije nada.

Carmen fue a la cocina. Oí el agua corriendo y el clic de la tetera.

Me senté en el sofá. Miré los estantes. El corazón de cristal seguía desplazado de su sitio ideal.

No lo recolocaría.

El domingo llamamos a Lucía. Al escuchar su ¡por fin! con esa alegría que contagia, me sentí mejor. Alfredo no pudo venir; su marido trajo un buen Ribera, Lucía un roscón, y Carmen preparó ese potaje que llevaba años prometiendo.

La mesa en el salón, platos no del todo alineados. Cambié uno, y me frené. Así se quedó.

En la mesa había jaleo y el salón quedaba apretado. Lucía derramó el vino sobre el mantel. Todos exclamamos. Sentí un nudo, miré a Carmen.

Carmen sólo me miró, tranquila, sin preocupación.

Tomé una servilleta, sequé la mancha.

No pasa nada.

Lucía suspiró. Carmen sonrió apenas.

Tras la cena seguimos charlando y riendo mucho tiempo más. Cuando se fueron, pasaba la medianoche. Lavaba los platos con Carmen. El silencio no era aquel de meses antes.

El vino saldrá del mantel.

O no.

Da igual.

Carmen me miró y me pasa otro plato.

Leo.

¿Sí?

Hoy ha estado bien.

Sí. Muy bien.

Recogimos. El salón quedó con las tazas puestas, el corazón de cristal en la estantería, la mancha oscura sobre el mantel. Félix en el alfeizar.

Miré todo. Pensé en el lavado que tendría que hacer mañana antes de que el vino se secara. Pensé en la marca del tiesto sobre el barniz. Pensé en esa taza algo torcida.

Pero Carmen había reído dos veces esa noche: con la historia del gato de Lucía y cuando su marido se trabó en el brindis. Reía como antes, como la Carmen de siempre.

Entró en el dormitorio y se detuvo.

¿Vienes?

Sí, ahora voy.

Volví a mirar al salón. La mancha, el cactus, el corazón.

Apagué la luz.

Me tumbé junto a ella. Ya leía su novela a la suave luz de la lámpara de tela, en la mesilla.

Miré al techo:

Carmen.

¿Hmm?

¿Me escuchas cuando hablo de juntas y milímetros?

Bajó el libro, fijando en mí los ojos.

Te oigo.

¿Y en qué piensas entonces?

Vaciló.

En que en ese instante, estás muy lejos.

Sí admití.

Subió el libro con facilidad.

Me quedé dándole vueltas: no sé si lo lograremos. Tres años son muchos y hay heridas, como grietas disimuladas bajo la capa de pintura. Lo sé mejor que nadie.

Me quedé entre el sueño y el cansancio, pensando que mañana pondría a Félix sobre un platillo, por si acaso. No por la marca, sino por nosotros.

Abrí los ojos.

El techo, igual que siempre. Perfecto.

Al lado, Carmen pasó página con suavidad.

Volví a dormir sabiendo que Félix podía esperar. Y nosotros, tal vez, también.

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MagistrUm
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