La traición disfrazada de amistad

Traición bajo la apariencia de amistad

Ese invierno parecía empeñado en desplegar toda su magnificencia sobre Madrid. Nieves intensas caían desde hacía días, cubriendo plazas y callejones del barrio de Chamberí con un manto blanco que recordaba a los paisajes de un cuento de hadas. Copos suaves bajaban en remolinos, posándose sobre los tejados antiguos y las aceras empedradas. El aire, frío y nítido, confería a la ciudad un aura especial, casi mágica.

En el piso de Clara y Álvaro reinaba el contraste: dentro todo era calor y sosiego. Al otro lado de las amplias ventanas, la nevada seguía embelleciendo las calles de Madrid; dentro, el recogimiento creaba una atmósfera única. La lámpara de sobremesa proyectaba un resplandor tenue que envolvía el salón en un círculo mullido y dorado, disipando la frialdad del exterior.

Nos acomodamos juntos en el sofá, bajo una manta de lana que, con el radiador encendido, parecía ser todo el abrigo que uno necesitaba en este mundo. En la televisión, una comedia familiar española reproducía escenas sin demasiada trascendencia: solo para reírse un rato y relajarse. Clara se sumía en sus pensamientos, sonriendo ocasionalmente. Por mi parte, asentado a su lado y con el brazo echado sobre el respaldo, contemplaba distraídamente el espectáculo hipnótico de los copos cayendo tras el cristal.

De repente, sonó el móvil. Dudé en atender, como si no quisiera interrumpir ese rato de calma compartida, pero la llamada volvió a insistir. Saqué el teléfono del bolsillo y suspiré:

Otra vez Pablo le dije a Clara. Lleva toda la tarde insistiendo.

Sin apartar la mirada de la pantalla, Clara respondió con la serenidad que la caracteriza:

Seguro que vuelve a invitarte a su casa de campo. El famoso chalet que se compró en La Sierra. Está como obsesionado con celebrarlo. Y parece que la palabra no no entra en su vocabulario.

Respondí a la llamada, tratando de parecer animado:

¡Pablo, hombre! ¿Qué tal?

¡Álvaro! ¿Pero cuándo te animas a venir? Te lo dije, tenemos que celebrarlo. Todo preparado: la chimenea encendida, la mesa puesta, la cuadrilla esperando… Venga, tráete a Clara, ¡vamos a pasar un buen rato!

Dudé un momento antes de contestar. Eché una mirada a Clara, que negó suavemente con la cabeza. No necesitaba palabras; ambos sabíamos que no nos apetecía en absoluto una noche de juerga, música alta y discusiones interminables. Queríamos disfrutar del silencio, refugiados en nuestro propio universo, sin obligaciones, sin prisas.

Di unos segundos, ideando una excusa creíble:

Pues mira… Clara se ha marchado a casa de su madre unos días. Yo solo no voy, ya sabes. Además, seguro que aparece alguien que se pone tonto… Y paso de discutir por tonterías. En serio, otro día nos apuntamos.

Silencio breve al otro lado. Pero Pablo insistió con cierto asombro:

¿Cómo que se ha ido? ¿Cuándo vuelve?

Mañana por la tarde dije, fingiendo resignación. Se lo ha decidido de repente. Y eso que teníamos planes, ir al cine, dar un paseo por El Retiro, igual una escapadita a la pista de hielo… Pero nada, ya será en otra ocasión.

Pablo meditó antes de contestar, noté que le costaba disimular cierta satisfacción:

Bueno, pues ya avisarás cuando esté de vuelta. ¡Tengo muchas ganas de veros!

Seguro acepté rápido. A ver si el fin de semana que viene. Si no surge nada, claro.

Colgué y dejé el móvil sobre la mesa baja; sentí un alivio inmediato. Me volví a mirar a Clara.

¡Vaya, de la que me he librado! reí. ¡Qué pesado! Yo se lo he dejado clarísimo y sigue. ¿A qué ir? ¿A ver cómo se emborrachan todos? ¡Si Pablo no sabe pasarlo bien de otra forma! Prefiero mil veces esto, contigo.

La abracé con suavidad, notando cómo todo el ambiente de serenidad regresaba. Afuera, la nieve seguía bailando; dentro, la película, nuestro refugio y la calidez de casa nos protegían de cualquier estrépito indeseado.

Clara se arrimó a mí, tranquila, absorbiendo el calor de mi cuerpo y el compás de mi respiración. La luz cálida, el lento avance de la película en blanco y negro, y el tictac del reloj en la pared conformaban ese marco tan plácido que tanto valoramos en la rutina.

A mí también me basta con esto dijo ella, levantando la vista para encontrarse con la mía. Terminamos el filme y a la cama. No necesitamos nada más.

Sonreí y la apreté contra mí. Ya me estaba viendo, pasadas unas horas, apagando la luz, metidos bajo el edredón, mientras de fondo llegaba el eco del viento metiéndose por las calles. Pero entonces volvió a sonar el móvil. Vi el nombre de Pablo y resoplé con fastidio, intuyendo problemas.

Pablo, ya te he dicho que…

El tono de la voz de Pablo me sobresaltó; serio, casi tenso:

Álvaro, estoy en la Sala Diamante, aquí con un par de colegas antes de subir al chalet. Y… está Clara. Con otro. Están tomando copas, se les ve… muy juntos. Yo no quería meterme, pero… tenía que avisarte. ¡A ti te ha dicho que se iba con su madre! Así que… te lo está ocultando.

Me quedé helado. Miré a Clara, luego a la pantalla del móvil, preguntándome si no era una broma.

¿Pero estás seguro? ¿No habrás confundido? Yo sé perfectamente dónde está mi mujer.

Absolutamente afirmó con rotundidad. Va pasada, se le nota. Se ríe a carcajadas, tiene pinta de que le da igual mi presencia. Yo le he dicho de decírtelo. ¿Quieres hablar con ella?

Cerré los ojos, tratando de recomponerme. Todo era tan absurdo pero una duda insidiosa iba creciendo.

Déjame hablar con ella dije, conectando el altavoz.

Entre la música de fondo y las voces distorsionadas del local, se coló una voz femenina y sí, sonaba a Clara. El corazón me hizo un vuelco.

¿Hola? dijo algo titubeante, como si no captara bien la situación.

Engullí saliva, repasando el rostro de Clara, sentada a mi lado y visiblemente sorprendida, con los ojos abiertos de par en par.

Clara, ¿eres tú? Soy Álvaro. ¿Qué pasa?

La respuesta fue una risa breve y socarrona. Después, un tono más descarado:

Ay, Álvaro, qué pesado eres. ¡Déjale a uno vivir! Me tienes aburrida con tus manías. Yo quiero disfrutar. Estoy harta de la vida aburrida de casados. Voy a hacer lo que me dé la gana.

Clara se levantó sobresaltada del sofá, pálida. Se llevó la mano al pecho, como si quisiera frenar el temblor que la recorría.

¡Esto es una locura! musitó casi inaudible. ¿Cómo puede alguien hacerse pasar por mí? ¿Y cómo conoce mi nombre? ¿Qué está tramando Pablo?

¿Dónde estás? pregunté al altavoz, en un esfuerzo por mantener la calma.

¿Qué más te da? replicó con descaro. Aunque sea tu mujer, no tengo que dar explicaciones. Haré lo que me dé la gana.

Otra vez risas, copas tintineando, y luego la voz de Pablo:

¿Lo ves, Álvaro? Lo que te he dicho…

Ya no pude más. Le interrumpí bruscamente, con la voz alterada y la ansiedad controlando por un hilo:

Basta. Mañana lo aclaramos. No me llames más.

Apagué de golpe la llamada. Si Clara no estuviera a mi lado, me habría tragado el engaño.

Ella se sentó sin fuerzas junto a mí, sin comprender. La voz de esa mujer era idéntica. ¿Pero quién la había preparado así?

Menuda tomadura de pelo murmuró. ¿Qué ganas de hacer este teatro?

Me mesé el pelo, sumido en la confusión, mordiéndome las dudas.

No lo sé respondí, pero la imitación era tan perfecta hasta el tono, las risas. No puede ser casual.

Y Pablo tan seguro de sí mismo Si yo hoy no llego a estar aquí, tú habrías pensado que que de verdad estaba en esa discoteca.

La miré, percibiendo su desasosiego, y la atraje hacia mí con firmeza.

No lo habría creído del todo le aseguré, acariciándole los hombros. Sé cómo eres. Esto es una farsa, o quizá una broma pesada… Pero pienso descubrirlo. Incluso si tengo que pedir las grabaciones del club. Voy a llegar hasta el final.

Clara se calmó en mi abrazo, cobijada en el calor y la seguridad que intentaba transmitirle. Aspiró hondo, con el semblante aún serio.

Desde luego, ya te digo yo que no era yo. Pero ¿quién y para qué?

Me encogí de hombros. Ya no tenía miedo, la determinación había sustituido la perplejidad. Le apreté la mano transmitiéndole que lo importante era que estábamos juntos en esto.

*****************************

El día siguiente, sobre el mediodía, Clara se encontraba en la cocina, tomando un té mientras revisaba sus correos del trabajo en el portátil. El móvil sonó, mostrando el nombre de Pablo en la pantalla. Ella dudó, incómoda tras la tensión de la noche anterior, pero la curiosidad la pudo.

Hola resonó la voz de Pablo, fingiendo cautela. ¿Hablaste con Álvaro después de aquello?

Clara apretó el teléfono, viendo la oportunidad de aclararlo todo. Tomó aire y contestó:

Sí. Discutimos. Me ha acusado de cosas raras y ni me dejaba explicarme. Dice que le he mentido.

Un silencio. Clara escuchó a Pablo suspirar antes de añadir algo casi satisfecho:

Vaya… Ya te lo dije, Álvaro nunca te ha valorado de verdad.

Clara sintió que en su interior ardía la indignación, pero quiso mantener la compostura para llegar al fondo.

¿A qué te refieres?

El tono de Pablo se volvió casi confidencial:

Que mereces algo mejor, Clara. Hace tiempo que quería confesártelo: te quiero. Y estaría encantado de cuidarte, de verdad. Si tú quisieras, dejaría a Álvaro por ti. Estaré aquí, esperándote.

Ella no respondió en seguida, dándole vueltas a lo escuchado. ¿Hasta cuándo lo habría planeado? ¿Sería él el artífice del montaje de anoche?

Inspiró hondo antes de contestar con claridad y firmeza:

Pablo, esto me parece fuera de lugar. Yo amo a Álvaro, y vamos a aclarar lo de anoche. No sigas entrometiéndote.

Perdona, quizá no debía decir nada repuso él, inseguro, pero enseguida recuperó su guion. Solo quería que supieras que puedes contar conmigo. Álvaro no te merece, y busca pretextos para dejarte. Solo me importa que estés bien.

Clara apretó el móvil casi con furia, resistiendo la tentación de gritarle:

Escucha, Pablo. Primero: ayer estaba en casa. Segundo: Álvaro y yo no hemos discutido, ni nada por el estilo. Y tercero: sé perfectamente que todo esto es obra tuya. Lo que no entiendo es tu propósito… Ahora sí.

Él calló unos segundos. Sentí la tensión al otro lado del teléfono, el forcejeo interno para buscar una coartada.

¿Qué…? balbuceó antes de recobrar fuerzas. ¿De qué hablas?

De que buscaste una chica para hacerse pasar por mí, la ensayaste para imitar mi voz, preparaste ese teatrillo. ¿Querías que nos separásemos? Pues ya está, lo has confesado.

Hubo un silencio largo. Por fin, Pablo exhaló bruscamente:

Sí, sí, lo preparé yo. ¡Porque te quiero, Clara! Porque veo cómo te trata y sé que contigo sería distinto. Nadie te cuidaría como yo.

Ella cerró los ojos un instante, tratando de contener la rabia fría que la invadía.

¿Feliz? ¿De verdad piensas que contigo sería más feliz? ¿Pero quién eres tú para juzgar mi vida? Ni aunque fueras el último hombre de España…

Hubo una pausa. Pablo susurró, aún aferrado a la esperanza:

Pensé que si os separabais, te darías cuenta de que Álvaro no es para ti, de que yo… Nadie puede compararse contigo, Clara. Yo te mimaría, te haría feliz, sería el hombre que necesitas…

Clara, serena y firme, sentenció:

¿Tú? Jamás. Has traicionado nuestra amistad y la confianza. Por tus fantasías absurdas.

Cada palabra pesaba como una losa; no gritaba ni lloraba, sólo zanjó la conversación con determinación.

Lo siento, Clara farfulló Pablo, derrotado.

No hay nada que sentir. Se acabó la amistad, no vuelvas a llamarme. Y olvida también el número de Álvaro. Por cierto, escucharás la grabación de esta conversación añadió, colgando de inmediato.

Dejó el móvil sobre la encimera y se acercó a la ventana. Las calles seguían blancas, calladas, como si nada hubiera ocurrido.

Cuando Álvaro entró en la cocina, captó enseguida la seriedad de su expresión.

¿Y bien? preguntó.

Clara lo miró y, con una media sonrisa amarga, contestó:

Ya está todo aclarado. Pablo lo organizó todo. Ha reconocido que me quiere y quería separarnos. Lo que no podía imaginar es hasta dónde llegaría su bajeza.

Me senté a su lado, le cogí la mano con fuerza y le transmití en silencio todo mi apoyo.

Así que nunca fue un amigo de verdad susurré. Mejor dejarlo atrás. Siempre tuve la sensación de que no era trigo limpio, pero preferí no darle importancia.

Y ahora por fin sabemos a quién podemos confiar. Y a quién no.

Su tono era sereno, algo más ligero incluso. Cerró los ojos y aspiró hondo el olor del té y la madera de nuestro piso, reconfortante como pocas cosas en la vida.

¿Sabes qué? me dijo, con una chispa de humor en la mirada. Esto hasta tiene su lado bueno. Ya tenemos excusa para no ir a esas reuniones. Nadie dirá nada si decimos que no queremos coincidir con él.

Un guiño, tierno y cómplice; ahora todo estaba claro. Ya no hacían falta disculpas educadas ni justificaciones incómodas. Lo verdaderamente importante éramos nosotros y nuestro pequeño universo.

Reímos juntos, completamente aliviados.

Eso: sesiones de peli, manta y té contesté, devolviéndole la sonrisa.

Y sin salir de casa añadió Clara, acurrucándose más aún bajo la manta, como buscando el último refugio cálido que ofrece la vida adulta.

Perfecto asentí, abrazándola con firmeza.

Allí, juntos en medio del invierno madrileño, con la ciudad silente al otro lado de los cristales y la luz amarilla rodeándonos, nuestro mundo interior se sentía a salvo. Ninguna máscara, ningún engaño, ninguna intrusión tenía cabida en nuestro rincón. Solo nosotros, sabiendo que lo único que importa es la confianza y la certeza de que el día siguiente seguirá siendo tan apacible y nuestro como ese.

******************************

Mientras tanto, Pablo se encontraba solo en su cocina, en Lavapiés, mirando la taza de café ya fría entre las manos. No recordaba ni cuándo había dado el último sorbo; todas sus fuerzas se consumían repasando en bucle la frase que Clara le había regalado como sentencia final: No vuelvas a llamarme. Nunca.

Sin embargo, en lugar de remordimiento, lo dominaba un resentimiento denso que se le agarraba en el pecho, impidiéndole respirar y cerrando los puños hasta clavarse las uñas.

¿Por qué ha salido todo mal? gritó, mientras barría con desesperación los restos de galletas de la mesa.

Recordó cada paso: la reunión con Marina, la chica que conoció en un bar del centro. Su parecido físico, su tono de voz tan similar al de Clara Cuando le expuso su idea, Marina aceptó encantada: le iban esas actuaciones. Recordaba la vibración eléctrica observándola fingir, repetir las frases estudiadas. Aquello le pareció la llave para que, al ver destruida la confianza de Clara en Álvaro, ella se acercara a él.

Pero ahora, solo había fracaso. Había perdido a Clara, a Álvaro, a todo. La amistad, los recuerdos, la complicidad arrasados por su ambición.

Miró por la ventana y vio la nieve sobre los tejados castizos. Todo era serenidad, impasible. ¿Por qué ellos sí y yo no?, se repetía. Yo sí la merecía. A mi lado habría sido feliz.

Sabía perfectamente que había cruzado una línea: tampoco intentaría volver, ni disculparse. Sería una derrota aún más amarga. Así, con una amargura en los labios, rompió la hoja donde había trazado punto por punto la planificación de la farsa y la arrojó a la basura.

En la calma del invierno madrileño, Pablo supo que mientras en otro piso Clara y Álvaro se refugiaban en su amor sincero, su esperanza ya solo era un vano pensamiento:

Ahora debería estar yo junto a ella. Todo eso debería haber sido mío.

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