Mamá está agotada

Mamá está cansada

Lucía gritaba tanto a la cajera del supermercado que a la pobre mujer le temblaban las manos.

¿Pero vais a tardar mucho más? ¡Si no sabéis trabajar, quedaos en casa!

Perdón dijo la mujer mayor, pasando los productos aún más rápido, aunque ya casi volaban por la cinta.

Lucía insistió su marido, Juan, tocándola suavemente en el codo, ya vale vámonos.

Su mujer se giró con furia:

¿Y tú no puedes callarte? ¿Te ha preguntado alguien?

Juan bajó la vista, avergonzado, y calló. Como siempre.

***

En casa olía a pollo asado con comino y ajo. Carmen, la suegra, removía una olla de sopa en la vitrocerámica.

¡Ay, ya habéis llegado! He cocinado una sopita de fideos con pollo. Sentaos, os sirvo un plato.

Ya le he dicho mil veces que no se meta en mi cocina siseó Lucía. ¿Es que vive aquí ya, o está de visita?

Carmen se quedó blanca y dejó la cuchara.

Solo quería ayudar, hija

No necesito que me ayude nadie, yo puedo sola.

De repente, corrió hasta ellas un niño de siete años, Mateo:

¡Mamá, hola! Violeta, la del segundo, dice que soy un flojo. Pero yo no soy flojo, ¿verdad?

No me molestes ladró Lucía, ¿no ves que estoy ocupada?

El niño se quedó quieto. Buscó la mirada de la abuela, pero ella apartó los ojos.

Lucía se fue a su habitación, cerrando la puerta de golpe.

***

Así era siempre.

Todos los días eran iguales. Lucía se despertaba enfadada, se acostaba enfadada, y mientras tanto gritaba a todo el que se le cruzaba: a su marido, a la suegra, a su hijo, a las dependientas, a los compañeros, a los desconocidos.

A veces, muy de vez en cuando, pensaba: ¿Pero qué estoy haciendo?. Pero la idea se hundía al instante en una oscura profundidad sin salida.

Juan aguantaba; ya estaba acostumbrado. Diez años casados le habían enseñado: mejor callar y desaparecer.

Trabajaba en dos sitios, llevaba dinero a casa, hacía todo lo que ella pedía. Por las noches, después de que Lucía se durmiese, salía a la cocina, se hacía un té y se quedaba mirando a la nada. Pensando.

Carmen había llegado hacía tres meses para ayudar con Mateo, mientras los padres trabajaban.

Carmen aceptó, y ahora recibía cada día las miradas de Lucía, llenas de enfado.

Mateo Mateo solo vivía. Corría, jugaba, preguntaba cosas. Pero cada vez que acudía a su madre, chocaba contra un muro.

Al principio lloraba. Luego dejó de hacerlo. Se iba con su abuela y se sentaba junto a ella en silencio. Así era más tranquilo.

***

Un viernes ocurrió lo de siempre.

Lucía llegó del trabajo especialmente furiosa: el jefe se había puesto a gritar, una compañera la había dejado en mal lugar y en el metro alguien le pisó el pie.

Justo antes de su llegada, Mateo volcó un zumo sobre el nuevo sofá beige comprado a plazos.

El niño se quedó de pie ante el vaso vacío y la mancha roja extendiéndose.

¡¿Pero qué has hecho?! chilló Lucía desde la puerta. ¿Sabes cuánto ha costado ese sofá?

Ha sido sin querer, mamá. Por favor, no me grites. Me das miedo…

¿Que te doy miedo? Lucía se puso aún más furiosa. ¡Solo sabes romper y fastidiar! ¡Por tu culpa no se puede vivir!

Mamá, lo siento

¡Fuera a tu cuarto! ¡No quiero verte!

Mateo se fue. Lucía siguió gritando a la nada hasta que se quedó sin voz.

***

Aquella noche no pegó ojo. Se fue a la cocina y se sentó junto a la ventana. Fuera chispeaba una lluvia fina y persistente.

Se quedó mirando las gotas deslizándose por el cristal. Pensaba en lo harta que estaba de todo. Solo deseaba que todo terminase, que la dejaran en paz. Que llegara el silencio.

No se dio cuenta de cuándo se quedó dormida sobre la mesa.

Despertó tiritando. Serían las cuatro.

Todo estaba en calma. Juan dormía, Carmen dormía, Mateo dormía.

Se levantó, fue al baño. Al volver pasó junto a la habitación de su hijo. La puerta entreabierta. Asomó la cabeza, solo por ver si estaba tapado.

Mateo dormía hecho un ovillo, abrazado a la almohada. Encima de la mesilla, una libreta escolar abierta, la portada sin logos, solo garabateada con tanques.

Lucía casi se iba cuando vio la palabra:

Mamá.

Cogió la libreta y se sentó en el borde de la cama. Empezó a leer.

Era un diario.

La primera entrada era de septiembre.

Hoy mamá ha vuelto a gritar. Papá ha dicho que está cansada. Yo he intentado abrazarla, pero se apartó. Debe de ser porque soy malo.
Lucía tragó saliva. Pasó la hoja.

Octubre. Hoy es el cumpleaños de la abuela. Le he hecho una tarjeta muy bonita con flores. Iba a dársela por la mañana, pero mamá volvió a gritarle a papá, y se la he guardado debajo de mi almohada. A lo mejor se la doy cuando mamá no esté.
Siguiente.

Noviembre. He roto el coche que me regaló papá. A posta. Pensé que si rompo mis cosas, mamá no gritaría. Pero ha gritado igual. Me ha dicho que no sé valorar nada. Y que soy tonto.
A Lucía le temblaban las manos.

Diciembre. Dentro de poco es Navidad. Escribí una carta a los Reyes Magos pidiendo que mamá deje de gritar. Pero creo que ese regalo no lo pueden traer.
Enero. En el cole tuvimos que escribir qué queremos ser de mayores. Yo puse que quiero ser invisible, para que mamá no me vea y no me grite nunca. La profe se sorprendió y llamó a papá. Él vino, habló conmigo. Dijo que mamá de verdad es buena, solo que está cansada. Yo me acuerdo de cómo era antes. Me abrazaba. Se reía conmigo. Ahora ya nunca se ríe.
Las lágrimas caían sobre los cuadraditos, emborronando la tinta.

Febrero. Hoy derramé el zumo en el sofá. Mamá gritó todo el rato.
Cuando grita, siento que me muero por dentro. Primero los oídos, luego el corazón, después el alma. Me tumbé y cerré los ojos. Pensé: si me muero dormido, ¿mamá llorará? ¿O dirá que mejor así, un problema menos?
La libreta cayó de las manos de Lucía. Temblaba sin emitir un ruido, por miedo a despertar a su hijo. Por miedo a que la viera así. Por miedo a todo.

Se quedó así bastante rato. Veinte minutos, quizá una hora. Luego recogió la libreta, la dejó en la mesilla y salió.

Volvió a la cama, se tumbó al lado de Juan. Se quedó mirando al techo hasta el amanecer.

***

Por la mañana Mateo fue el primero en despertarse.

Abrió los ojos, se estiró, se sentó en la cama. Vio que la puerta estaba entreabierta y recordó lo de ayer. Suspiró.

Salió al pasillo, escuchando. Silencio. Raro. Normalmente mamá ya estaba en la cocina haciendo ruido y quejándose de que todos eran unos dormilones.

Asomó a la cocina.

Mamá estaba sentada a la mesa. No gritaba, no golpeaba nada. Solo miraba por la ventana. Delante tenía una taza de té ya frío.

¿Mamá? preguntó Mateo en voz baja.

Ella se giró. Tenía una cara extraña, ni enfadada ni cansada, algo nuevo que él no conocía.

Buenos días dijo Lucía muy suave. Ven, siéntate a desayunar.

Él se sentó. Su madre le puso un plato de gachas delante, y se sentó frente a él.

Mateo comía mirándola, esperando que en cualquier momento todo volviese a lo mismo. Pero no ocurrió nada extraño.

Mamá se atrevió al fin, ¿qué te pasa?

Nada.

¿Por qué no hablas?

Pienso.

¿En qué?

Lucía lo miró largo rato. Le acarició la cabeza, sin motivo.

Pienso en ti. En nosotros.

Mateo se detuvo con la cuchara a medio camino.

¿Te encuentras bien, mamá?

Sí, hijo mío. Mejor que nunca. Estoy empezando a curarme.

No entendió, pero asintió. Para él solo importaba que no gritara.

Venga, acaba dijo Lucía. Hay que ir al cole.

Mateo terminó el té, se marchó a vestirse. En la puerta se detuvo.

Mamá le dijo, bajito, ¿y esta tarde vas a volver a gritar?

Lucía se agachó a su altura.

Escúchame le dijo con firmeza. No sé si lo conseguiré. Pero voy a hacer todo lo posible para no gritar más. Para que nunca tengas miedo. ¿Lo entiendes?

Mateo asintió.

¿Y si no lo consigues? susurró.

Si no lo consigo, ven y dímelo: ¿Ya otra vez?. Y yo recordaré.

¿Recordarás qué?

Todo le besó en la frente. Anda, corre.

Mateo se fue.

Lucía se quedó en el recibidor, oyendo el ascensor. Después, solo silencio.

Salió Juan, despeinado y dormido.

¿Qué haces levantada tan pronto?

No podía dormir.

Él la miró con atención.

¿Todo bien?

Todo bien contestó ella. Ven, desayuna.

Fueron juntos a la cocina. Juan se sirvió un té

Oye, Juan preguntó de repente Lucía. ¿Por qué me quieres?

Él se atragantó.

¿Cómo?

¿Por qué me quieres? Si yo si soy un monstruo.

Juan dejó la taza en la mesa y la miró.

No eres un monstruo. Solo se te ha olvidado quién eres.

¿Y quién soy?

De muchas maneras Juan sonrió. Eres cálida, graciosa, tierna. Abrazas tan fuerte que me dejas sin aliento Yo me acuerdo de todo, Lucía. Eres tú la que lo ha olvidado

Ella guardó silencio.

Yo espero que vuelvas a ser tú añadió Juan. Lo que tarde, me da igual.

Lucía le tomó la mano y la apretó.

***

Aquel día, por primera vez, no gritó.

Mateo volvió del cole, tiró la mochila y la abrazó sin razón.

¡Mamá, hoy saqué un diez!

Muy bien le sonrió Lucía. ¡Estoy muy orgullosa de ti!

Se quedó parado, sorprendido.

¿De verdad?

De verdad.

Mateo sonrió con una felicidad inmensa, como hacía mucho tiempo.

Mamá, ¿sabes? Hoy en clase pensaba: a ver si cuando vuelva a casa me abrazas. ¡Y mira, sí lo hiciste!

Tonto Lucía lo abrazó fuerte. A partir de ahora te abrazaré cada día.

***

Ya por la noche, Lucía entró en la habitación de su hijo. Mateo dormía. Sobre la mesa, aquella libreta.

Lucía la cogió, abrió en la última página. Cogió un bolígrafo y escribió, debajo de sus palabras:

Hijo mío, te quiero muchísimo. Perdóname. Voy a esforzarme de verdad.
Mamá.

Rate article
MagistrUm
Mamá está agotada