Doña Catalina Jiménez, le presento. Esta es Lidia, nuestra nueva compañera. Trabajará en su departamento.
Catalina levantó la vista de la pantalla y vio a una chica de poco más de veinte años. El cabello castaño recogido en una coleta ordenada, el rostro abierto y una sonrisa tímida. Lidia pasaba el peso de un pie a otro, abrazando una carpeta fina de papeles contra el pecho.
Encantada, dijo la joven, inclinando ligeramente la cabeza. Estoy tan contenta de que me hayan aceptado. Prometo que me esforzaré muchísimo.
El jefe, don Álvaro Serrano, ya se volvía para salir, pero se detuvo en la puerta.
Doña Catalina, lleva usted veinte años en logística. Ponga a Lidia al tanto de todo: el sistema, las rutas, el trato con los transportistas. En un mes debe gestionar su sección sola.
Catalina asintió, observando a la recién llegada. Veintitrés años, pensó, podría ser mi hija si yo hubiera tenido hijos. A sus cincuenta y cinco años, ya estaba acostumbrada a esa vida: sin familia, solo el trabajo, un piso con geranios en la ventana y su gato Peluso.
Siéntate le indicó al escritorio contiguo. Vamos, te explico.
La primera semana Lidia confundía los códigos de las agencias de transporte y se olvidaba de rellenar los datos en el registro. Catalina corregía con paciencia, explicaba otra vez, le dibujaba esquemas en hojas sueltas.
Mira, aquí has puesto Valencia, pero la carga va a Valladolid. Son cientos de kilómetros de diferencia, ¿entiendes?
Lidia se sonrojaba hasta las orejas, pedía disculpas y corregía de inmediato. Y volvía a equivocarse, aunque en otra cosa.
A mediados de la segunda semana, la cosa mejoró. Lidia aprendía rápido, apuntaba cada palabra de Catalina en una pequeña libreta desgastada con gatos dibujados en la portada.
Doña Catalina, ¿por qué no trabajamos con ese transportista? Los precios son más bajos.
Porque ya incumplieron plazos dos veces. La reputación es más importante que el ahorro, acuérdate.
Lidia asentía, anotando. De repente preguntó:
¿Hace usted misma esas empanadillas? Huele de maravilla desde su táper.
Catalina sonrió de medio lado. Al día siguiente, trajo un táper más grande con empanadillas de espinacas. Lidia las devoraba en el descanso del mediodía como si fueran un manjar único.
Mi abuela las hacía así decía Lidia, recogiendo con cuidado las migas. Se fue hace dos años. La echo mucho de menos.
Catalina le apoyó la mano sobre los delgados dedos. Lidia no se apartó, al contrarioagradeció con una sonrisa.
Después vendrían bizcocho de manzana, pastas de requesón, mielitos que Lidia alababa como los mejores del mundo. Catalina se sorprendía horneando de más para tener con qué agasajarla. Un calorcito inesperado y antiguo se instaló en su pecho.
Doña Catalina, ¿puedo pedirle un consejo? No es de trabajo.
Adelante.
Mi novio me ha pedido matrimonio. Pero solo llevamos seis meses. ¿Cree que es pronto?
Catalina interrumpió su tarea. Miró durante un rato los ojos inquietos de Lidia.
Si dudas, es que es pronto. Cuando llegue la persona correcta, no tendrás que preguntar.
Lidia pareció aliviada, como si Catalina le hubiera quitado un gran peso de encima.
Al final de la tercera semana, la muchacha ya negociaba sola con los transportistas, comprobaba rutas y detectaba errores ajenos. Catalina la observaba, orgullosa en silencio. Había hecho un buen trabajo. Había criado una profesional.
Usted es como una madre para mí dijo una vez Lidia. Mejor aún. La mía siempre me reprende, usted siempre me anima.
Catalina pestañeó y se giró hacia la ventana.
Anda, deja de decir tonterías. Ponte a trabajar.
Pero la sonrisa no se le borró en todo el día.
Durante ese mes, Lidia floreció. Catalina veía cómo hablaba con seguridad, cómo tramitaba los pedidos sin pestañear y se movía con soltura por la base de datos. Había superado cualquier expectativa.
…En la reunión del viernes, don Álvaro parecía más serio de lo normal. Sentado a la cabecera de la mesa, giraba un bolígrafo entre los dedos y guardó unos momentos de silencio antes de hablar.
La situación es difícil, miró alrededor. El mercado está flojo, tres clientes grandes se han ido a la competencia. La dirección ha decidido reducir personal.
Catalina cruzó una mirada con sus compañeros. Todos entendieron lo que reducir significaba: despidos.
A lo largo del mes se decidirá un candidato por cada sección prosiguió don Álvaro. Por ahora, seguimos como siempre.
Terminado el encuentro, Catalina volvió a su mesa y miró de reojo a Lidia, que tecleaba pero tenía las manos inmóviles sobre el teclado.
Cincuenta y cinco años. Catalina hizo cálculos. Su sueldo era de los más altos, tenía mucha antigüedad, por lo que la indemnización sería respetable. Desde la perspectiva de la empresa, era la candidata perfecta para el despido. Duele, claro; pero podría sobrellevarlo. Pronto llegaría la jubilación, tenía ahorros y la hipoteca liquidada hacía tiempo.
Pero Lidia… A la chica le había cambiado el carácter. Nunca charlaba en la pausa del café, no pedía más bizcocho, y, cuando Catalina le dirigía alguna pregunta, Lidia la miraba como desde lejos.
Lidia, ¿qué te pasa? Catalina se sentó en el borde de su mesa. ¿Estás preocupada por los despidos?
La joven se estremeció y forzó una sonrisa.
No, estoy bien. Solo un poco cansada.
Pero Catalina veía que no era cierto. Pobrecilla. Recién empieza y ya con este marrón encima. No había justicia.
Dos semanas pasaron entre rumores y tensión. Los compañeros cuchicheaban, hacían conjeturas sobre quién caería. Lidia trabajaba callada, muy seria. Catalina captó un par de veces su mirada peculiar, pero pensó que la culpa era del ambiente general.
Aquella tarde de jueves, Catalina vio parpadear en el correo interno: Doña Catalina Jiménez, pase al despacho del director.
Se levantó, se ajustó la chaqueta. Ya está, pensó. Veinte años en la empresa y, ahora, toca irse. Estaba preparada para esa conversación.
Abrió la puerta y se quedó paralizada en el umbral.
En la butaca frente a don Álvaro estaba Lidia. La espalda recta, la carpeta sobre las rodillas, el rostro imperturbable.
Pase, siéntese, indicó don Álvaro. Tenemos que tratar un tema importante.
Catalina se sentó, alternando la mirada entre el jefe y Lidia. La chica no le dirigió la palabra.
Lidia ha trabajado mucho dijo don Álvaro, sacando unos papeles. Y ha encontrado varios fallos graves. En su trabajo, doña Catalina.
Catalina contuvo el aliento. Su mente no conseguía unir las piezas: Lidia, la carpeta de gatos, la palabra errores. Aquella misma Lidia que comía sus empanadillas y le pedía consejo.
He analizado los datos de los últimos ocho meses Lidia por fin habló, mirando solo a don Álvaro. Descubrí once discrepancias importantes en la documentación: códigos equivocados en rutas, errores en los albaranes, confusiones en las fechas.
Abrió la carpeta y sacó tablas con líneas resaltadas en amarillo. Catalina reconoció su caligrafía en algunas anotaciones.
Creo que puedo gestionar la sección con más eficacia continuó Lidia, fría, profesional, como exponiendo un reglamento. Doña Catalina es muy veterana, pero la edad pesa. A la empresa le conviene más mantenerme a mí: cobro menos, produzco más. Es lógica pura.
Don Álvaro se apoyó en el respaldo, tamborileando con los dedos.
¿Tiene algo que decir, doña Catalina?
Catalina se levantó, cogió los papeles, revisó los destacad os. Errores que ni siquiera eran tales.
No voy a justificarme, Catalina devolvió las hojas. En veinte años he aprendido que nadie es perfecto todo el tiempo. Lo importante es el resultado: las mercancías llegan, los clientes están contentos, el dinero entra.
¡Pero esos errores pueden provocar caos! Lidia se adelantó, dejando asomar, por primera vez, algo humano en la voz. ¡Yo solo pienso en la empresa!
Don Álvaro sonrió, cansado.
¿Sabe, Lidia, qué tipo de empleados sobran? Los que están dispuestos a pisar a un compañero para ascender.
Lidia palideció.
Esos errores los conozco, continuó él. No son tales. Es experiencia: Catalina sabe sortear atascos burocráticos, acelerar procesos cuando el sistema se traba. En el papel parece un fallo, en la práctica es maestría. Le falta experiencia para entender esa diferencia.
Lidia se aferró al asiento.
Cumplirá dos semanas de preaviso. Después, márchese, zanjó don Álvaro, cerrando la carpeta. Espero su carta antes de terminar el día.
Por favor, la voz de Lidia se quebró. No quería… Necesito el trabajo, tengo la hipoteca, acabo de empezar…
Debió pensar antes. Puede irse.
Lidia recogió la carpeta, los papeles se esparcieron por el suelo. Se agachó llorando, recogiendo los folios. Salió cerrando la puerta suave, casi sin ruido.
Así es, doña Catalina, negó despacio don Álvaro. Casi te adelanta la niña. La has acogido como a tu propia hija.
Catalina callaba. Un vacío triste le ocupó el pecho.
Seguirás aquí hasta que esto cierre. Con gente como tú no se puede prescindir, ¿entendido?
Asintió y salió del despacho.
Lidia estaba en su mesa, mirando al monitor. Al pasar Catalina, la joven le lanzó una mirada encrespada y furiosa desde debajo de las pestañas mojadas.
Catalina no se giró. Se sentó, abrió el programa de gestión. Las empanadillas en su táper se quedaron intactas hasta el anochecer.
Aquel día, mientras contemplaba la ciudad desde su ventana y acariciaba a su gato, Catalina comprendió que la vida no siempre devuelve lo que das. Pero mantener la rectitud y la humanidad, incluso cuando no se agradece, es lo que mantiene el corazón en paz. Ningún acto de bondad se pierde, aunque otros no lo vean: la diferencia radica en nuestra propia dignidad y en la capacidad de seguir adelante sin rencor.




