La rebelión tardía
¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? La voz de Beatriz sonaba calmada, prácticamente sin emoción, y justamente esa tranquilidad daba más miedo que cualquier grito. ¿Amas lo que esto significa para todos nosotros?
María se encontraba de pie junto a la ventana, contemplando la calle. Afuera caía una llovizna otoñal y los transeúntes se apresuraban con sus paraguas, sin mirarse entre sí.
Sé lo que significa para mí respondió finalmente.
Para ti repitió Beatriz esa palabra como quien la sopesa en la palma de la mano. Siempre igual: para ti. ¿Y nosotros?
Sois personas adultas.
Mamá, tienes sesenta y un años.
Sé cuántos tengo.
Beatriz se dejó caer en el sofá. Era un sofá antiguo, de la otra casa, de la vida anterior. María lo miró y pensó en cuántas veces se había planteado tirarlo y nunca lo había hecho. Por costumbre. Por pena. Como si tirar ese sofá fuera deshacerse de algo vivo.
¿Has pensado en lo que va a decir la gente? preguntó su hija.
No admitió María. No lo he pensado.
Y era verdad.
***
Todo comenzó en marzo, cuando María Sánchez Fernández, antigua profesora de literatura española y ahora jubilada que daba alguna clase en el taller infantil de la biblioteca, fue a visitar a su amiga Gloria a Ávila.
Gloria llevaba ya ocho años viviendo allí. Se había mudado tras enviudar, comprado una casita a las afueras, plantado un huerto y, según sus propias palabras, por fin respiraba. María la visitaba una vez al año, normalmente en verano, pero esta vez algo la empujó a marchar en marzo. Algo dentro le dijo: vete ya. No esperes.
Marzo en Ávila era húmedo y silencioso. Todavía había nieve en los descampados, y en las lomas la tierra oscura despuntaba. Las murallas devolvían el reflejo de un cielo pálido. María caminaba por una calle estrecha pensando que hacía mucho que no sentía esa calma. No vacío: calma. Tan solo allí notó la diferencia.
Gloria la recibió en la puerta, con zapatillas de estar por casa y un abrigo viejo.
Por fin dijo. Ya he calentado albóndigas.
Se sentaron en la cocina, bebieron té, y Gloria le hablaba de sus vecinos, del huerto, de que pensaba comprarse una cabra.
¿Una cabra? María alzó la ceja.
Claro. Leche natural, puedo hacer queso. Leí que no es tan complicado.
Gloria, nunca has visto una cabra en persona.
Pues por eso mismo, para conocerlas sonrió Gloria y rellenó su taza. ¿Y tú? Estás apagada, perdona que te lo diga.
María miró sus manos, ya ajadas, con venas marcadas.
Estoy bien.
Bien no es respuesta. ¿Te pasa algo?
Nada. Todo como siempre.
Justo eso es lo malo replicó Gloria. Cuando todo es como siempre, eso sí es un problema.
María no contestó. A través de la ventana se colaba la luz azul de un anochecer aún temprano, y una farola se encendía al fondo de la calle.
Al día siguiente, Gloria la llevó al mercado. No al supermercado, sino al de toda la vida, donde señoras vendían encurtidos y calcetines de lana. Allí, frente al puesto de setas secas, María vio a José Luis.
Al principio no lo reconoció. Habrían pasado treinta y cinco años, y él había cambiado mucho. Pero el gesto de la cabeza, la forma de meterse las manos en los bolsillos seguían siendo igual. Ella se detuvo.
Él también.
¿María? dijo, dudando.
José.
Eso fue todo al principio. Después, Gloria se escabulló prudentemente hacia los calcetines y ellos dos se quedaron allí, en pleno mercado, rodeados de aromas a setas y tierra mojada.
¿Vives aquí? preguntó María.
Desde hace dos años. ¿Y tú?
De visita. Estoy con una amiga.
Ya veo.
Pausa. Pero no era incómodo. Más bien al contrario: ninguno sentía prisa.
No has cambiado dijo él.
No es cierto.
Bueno, solo lo justo.
María se echó a reír, algo que no esperaba.
***
José Luis Romero era compañero suyo de carrera. No amigo íntimo, ni novio. Solo eso: compañero en magisterio, cinco años en la misma clase. Luego sus caminos se separaron, como pasa. Él se fue a otra ciudad, ella se quedó en Madrid, se casó, tuvo hijos. Supo por conocidos comunes que él también formó familia, tuvo una hija. Y nada más.
Y ahora estaba allí, frente a ella.
Quedaron esa tarde en una tasca del centro. Gloria, con total naturalidad, le restó importancia.
Ve, claro le dijo. Yo me quedo con la serie. No me mires así, no hago planes.
No pienso que hagas planes.
Tú siempre piensas bromeó Gloria. Ve tranquila.
El local estaba casi vacío. Mesas de madera, lámparas de luz cálida, fotos antiguas de Ávila en las paredes. Pidieron té y tarta de manzana y hablaron largo rato, recordando a antiguos amigos, riéndose de todo aquello que entonces parecía tan importante.
Él le contó:
Mi mujer falleció hace tres años.
Lo siento dijo María.
Bah, ya no sé. Lo asumes, o simplemente aprendes a vivir diferente.
Te entiendo.
¿Y tú?
María dudó qué responder. Su marido, Jaime, la dejó hace nueve años por otra mujer. Sin grandes discursos. Un día lo dijo y simplemente se fue. María le dio muchas vueltas, tratando de entender en qué se había equivocado, repasando los años uno a uno. Después se cansó y se limitó a vivir. Hijos, nietos, el taller de la biblioteca, Gloria en Ávila cada año.
Depende del día dijo.
Él asintió, sin pedir más explicaciones. Y eso era de agradecer.
***
María volvió a casa, en Segovia, pensando que solo había sido un encuentro agradable entre antiguos conocidos. Suele pasar.
Pero una semana después, José le escribió por WhatsApp, habiéndola localizado a través de Gloria. Hola. ¿Llegaste bien?.
Ella respondió. Poco a poco la conversación se hizo diaria. Era extraño, porque María no solía chatear mucho. Su hija Beatriz se quejaba de que nunca contestara a los mensajes, que veía el móvil y lo dejaba olvidado. Pero ahora se descubría esperando respuesta.
José escribía con sencillez, sin adornos. Contaba cosas de su vida en Ávila, que trabajaba restaurando arte sacro. Le preguntaba por sus talleres y por sus nietos. Mandaba fotos: una iglesia nevada, una gata tumbada al sol, un vaso de té sobre una mesa de madera.
Beatriz lo notó al mes.
Mamá, no sueltas el móvil.
Estoy leyendo.
Decías que el móvil daña la vista.
Pues me equivocaba.
Beatriz la miró de reojo, pero no preguntó.
En abril, José propuso ir a Segovia.
Tengo que ir a ver un taller de restauración le escribió. Si no te importa, podríamos vernos.
Si no te importa. María sonrió ante lo escrupuloso que era.
Ven, claro respondió.
Se encontraron en el Azoguejo, donde está el acueducto. Hacía un viento frío de abril, pero la luz anunciaba ya la primavera. María llevaba su mejor abrigo, gris, casi nuevo.
Él la esperaba apoyado en la barandilla, mirando el acueducto. Cuando se volvió, tenía las manos en los bolsillos, como en el mercado.
Hola saludó.
Hola.
Pasearon por la ciudad, hablaron de cualquier cosa. De restauración, del taller infantil. María le contó cómo un niño de ocho años escribió una redacción donde decía que los libros son ventanas, pero al revés, porque miras hacia dentro y no hacia afuera. José se detuvo.
Eso es muy certero. Ocho años, dices.
Sí. Un chaval listo.
Se nota que te gustan los niños. Trabajas bien con ellos.
¿Por qué lo dices? Si no me has visto.
Porque hablas de ellos como quien habla de algo que le importa.
María lo miró. Él contemplaba el puente.
Después tomaron café en una terraza, y ella recordó que hacía mucho no estaba así, tan tranquila, sin prisas ni cuentas pendientes. Era una sensación buena, casi olvidada.
Al marchar, él dijo:
Querría volver a visitarte. Si te parece bien.
Me parece.
***
Beatriz se enteró en mayo. No porque María se lo contara, sino porque llamó en un momento inesperado y la pilló fuera, y tardó en contestar al móvil. Cuando María devolvió la llamada, estaba distraída, y Beatriz sospechó.
¿Dónde estabas?
Paseando.
¿Sola?
Pausa. Una minúscula, pero Beatriz captaba todas las pausas.
No.
Y entonces vino la conversación. Primero tensa, después cada vez más directa.
¿Quién es él? preguntó Beatriz.
Un antiguo compañero. Te hablé de que me encontré a un conocido en Ávila.
No dijiste que era un antiguo compañero.
Exactamente.
Mamá, tú…
Sé cuántos años tengo, Beatriz.
Silencio.
¿Esto qué es? ¿Solo paseáis?
Por ahora sí.
Por ahora…
María no explicó más. Hay cosas difíciles de explicar, no por falta de palabras, sino porque ninguna encaja: o demasiado solemne, o demasiado trivial.
Su hijo Álvaro lo tomó de otra manera. Vivía en Madrid con su mujer y dos niñas, llamaba cada quince días. Cuando María, medio entre risas, le comentó que había conocido a alguien, Álvaro preguntó tras un silencio:
¿Es buena persona?
Sí.
Pues adelante contestó.
Nada más. Tiempo después, María reflexionó sobre cuál reacción era mejor, la de Beatriz o la de Álvaro. Nunca lo decidió.
***
El verano cambió el ritmo de María. José venía a Segovia, ella iba a Ávila. Paseaban por mercadillos, museos, cafés. Un día él la llevó al taller donde trabajaba: un espacio con ventanales altos y aroma a aceite y madera. Había imágenes religiosas alineadas: algunas ennegrecidas, otras ya limpias, con vivos colores.
¿No te da miedo tocar algo tan antiguo? preguntó.
Al contrario. Hay algo reconfortante en saber que estuvo aquí antes que tú y estará después.
¿Crees en todo eso?
Él meditó un instante.
No sé si es fe. Es más una sensación: todo esto importa, sin importar lo que digan otros.
María miró el rostro de una Virgen en restauración. Se veía sereno, iluminado.
Mi marido decía que perdía el tiempo en el taller infantil soltó de pronto. Que por ese sueldo no valía la pena.
¿Y tú?
Yo durante mucho pensé que tenía razón. Aprendí a pensarlo casi hasta la jubilación.
José no dijo nada. Solo la miró. Su silencio bastó.
Esa noche, sentados en su casa, bebiendo infusiones, María se sintió en paz como hacía años. No porque no hubiera problemas: Beatriz casi no llamaba si María se iba a Ávila. Un silencio medido. Y su nieta Lucía, de ocho años, preguntó una vez: ¿Abuela, cuándo vuelves?. Y esa voz trajo una punzada de culpa, como tantas veces, aguda y familiar.
Pero allí, en la cocina, esa punzada se hizo pequeña, no desapareció.
¿En algún momento pensaste en mudarte? preguntó José.
María alzó la vista.
¿Mudarnos?
Aquí. O a cualquier sitio. Simplemente mudarte.
Habló con cautela, mirando su taza.
¿Me estás hablando de vivir juntos?
No es exactamente una propuesta. Solo pregunto si alguna vez lo has pensado.
María reflexionó.
No, la verdad. Bueno, sí, hace mucho. Pero me parecía imposible.
¿Por qué?
Los hijos. Los nietos. El piso, el taller, todo está en Segovia.
Pero los hijos son adultos.
Eso no cambia nada.
Él asintió.
Tienes razón. Solo quería saberlo.
Solo quería saberlo. María comprendió que esa pregunta ya no se iría. Se instalaría dentro, en silencio.
***
En agosto, Beatriz apareció en casa. No por una ocasión especial, simplemente vino con maleta y cara apretada.
Mientras tomaban té, Beatriz miraba por la ventana. Luego preguntó:
¿Lo dices en serio?
¿El qué?
Todo esto. José. Mudarte.
No lo sé admitió María.
Mamá, ¿no crees que esto no sé, es raro? A tu edad.
¿A mi edad o a la tuya?
A la edad de nuestra familia. Papá sigue vivo, él…
Papá lleva nueve años con otra mujer, Beatriz.
Da igual, estuvisteis treinta años casados.
No da igual contestó María. Eso sí cambia las cosas.
Beatriz apartó la taza.
¿Has pensado en lo que dirá Lucía? ¿Cómo se lo explicamos?
Lucía tiene ocho años.
Precisamente. Lo entiende todo.
Entenderá lo que le expliquemos.
¿Y qué le explicamos?
María estudió a su hija. Beatriz se parecía mucho a su padre: la misma boca recta, las mismas cejas oscuras. De niña era entrañable; ahora, inquietante.
Le diremos que la abuela ha conocido a una buena persona. Es suficiente.
¿Y después?
Después veremos.
Siempre dices después veremos cuando no quieres hablar.
No. Lo digo porque no sé qué pasará. Es la verdad.
Beatriz guardó silencio largo rato. Luego dijo, suavemente:
Me da miedo que te arrepientas.
También puedo arrepentirme de no hacerlo.
Ella se giró.
Eso es filosofía. Pero no consuela.
A veces yo tampoco me consuelo confesó María. Pero vivo con ello.
Beatriz partió en el tren de la tarde. Se abrazaron, fuerte, como siempre. Y en ese abrazo había algo cálido y tenso, como si las dos temieran romper algo irremplazable.
***
Llegó septiembre duro y frío. María llevaba seis años jubilada pero el taller literario le daba un sentido, una rutina. Acudían niños los martes y viernes, leían, hacían ilustraciones, improvisaban pequeñas obras. Era una sala modesta, con estanterías bajitas y cojines viejos.
La directora de la biblioteca, Carmen Méndez, de sesenta y cinco años, sabía lo de José. No porque María se lo contara, sino porque se te nota que piensas más en ti, le dijo una vez.
¿Te pasa algo? preguntó Carmen, casi como un hecho.
Sí.
¿Bueno?
No estoy segura todavía.
Bueno, basta con que pase algo. Las dos somos como ríos que fluyen sin saber a dónde.
María se echó a reír.
En septiembre, José propuso ir juntos a Salamanca unos días. Había una exposición de manuscritos antiguos. María accedió. Pidieron dos habitaciones, recorrieron museos, pasearon por la ciudad dorada. Una noche, cenando junto al río, él dijo:
Quiero que tengas claro algo.
¿Qué?
No tengo prisa, ni presión. Si sientes presión, no viene de mí.
María asintió.
Lo sé.
No es cortesía, es la verdad. Tengo sesenta y tres años, ya no soy un chaval en busca de algo. Me basta saber que estás aquí.
Ella tardó en responder. Afuera, el Tormes y las luces doradas.
Es difícil de asumir confesó María.
¿Por qué?
He aprendido que detrás de todo lo que decimos había siempre un propósito, una expectativa.
Aquí no la hay.
Lo sé, pero es nuevo para mí.
Después terminaron el vino y se marcharon por la ribera. Hacía frío, y María se subió el cuello; él caminaba a su lado, sin cogerle el brazo, solo cerca; y eso estaba bien.
***
En octubre llegó la charla temida y esperada con Beatriz.
María llamó por teléfono y, antes de que su hija pudiera interrumpirle, dijo:
Voy a contarte algo. José me propuso mudarme a Ávila. Vivir juntos. Lo estoy pensando.
El silencio fue largo.
¿Lo dices en serio?
Sí.
¿Os conocéis solo siete meses?
Ocho.
¡Mamá! ¡Ocho meses! ¿Sabes lo que es eso?
Sí. Ocho meses.
¡Eso no es nada! No sabes de él apenas nada.
Sé lo suficiente.
¿Qué sabes? ¿Que te gusta? ¡La gente cambia, mamá, todo cambia!
Beatriz.
¿Qué?
Tu padre también cambió. Y estuvimos treinta años juntos.
Silencio pesado.
No es justo susurró Beatriz.
No busco justicia. Solo honestidad. Contigo y conmigo.
Álvaro también llamó esa noche, tras hablar con su hermana.
¿De verdad piensas mudarte?
Estoy pensándolo.
¿Y cómo es el sitio? ¿Él qué tal?
Es bueno. Tiene casa pequeña pero decente, es responsable.
¿Vas a vender el piso?
No. Lo alquilaré.
¿Y si?
Álvaro.
¿Qué?
Si algo sale mal, volveré. Pero prefiero no vivir pensando en por si acaso.
Pausa.
Vale dijo él finalmente. Pero llama más.
Lo haré.
Tras esto, María pasó largo rato ante la ventana. Afuera llovía poco. Una farola balanceaba su luz. Pensó que, con sesenta y un años, era la primera vez que tomaba una decisión totalmente suya. No por abandono ni por necesidad. Solo porque quería.
Era una sensación extraña, casi desconocida.
Abrió la conversación de WhatsApp y escribió a José: Sigo pensando. Dame un poco más de tiempo.
Él respondió: Todo el que necesites.
***
Gloria llamaba cada semana, con su neutralidad habitual. Ni animaba ni frenaba, solo preguntaba qué tal y le contaba de su cabra, que al final compró.
¿Cómo se llama? quiso saber María.
Quiteria.
¿En serio?
Claro, es muy altiva, pues le pegase rió. María, eres imprevisible.
¿Eso es bueno o malo?
Bueno, mujer, por supuesto.
Oye, ¿tú crees que si tuviéramos treinta años dudaríamos tanto?
¿Edad? Nada, ni eso. Pero cuanto más viejas, más pensamos y pesamos todo. A veces es sabiduría y, a veces, puro miedo disfrazado de madurez.
Parece que Carmen te está influyendo bromeó María.
¿Eso es un piropo?
Es un hecho.
María colgó pensando que quizá Gloria tenía razón. El miedo que se esconde detrás de la sensatez. Antes temía decidir y equivocarse. Ahora, a dejar pasar el momento y arrepentirse. Pero este miedo era diferente, no iba sobre José, iba sobre ella misma.
Sobre haber sido siempre esposa, madre, maestra, y no saber del todo quién era sin esos papeles.
Quizá el taller infantil fue lo primero que eligió realmente para sí en muchos años.
Y ahora esto.
***
A finales de octubre, ocurrió algo sorprendente. Llamó su exsuegra, madre de Jaime, doña Petra. Tenía ochenta y dos años, vivía sola en Segovia, y María la visitaba de vez en cuando, por humanidad.
Beatriz me lo ha contado dijo sin rodeos.
¿El qué?
De tu amigo. Que igual te vas.
María se quedó callada.
¿Y usted qué opina?
Que ya te lo has ganado aseguró la anciana. Mi hijo no te valoró y yo lo veía, aunque nunca lo dije. Ahora te lo digo.
Doña Petra…
No me interrumpas, ya a mi edad puedo hablar claro. Vete si quieres. Los nietos no se perderán. Beatriz está asustada, teme perderte, pero esa ya no es tu carga.
Sí que me necesitan.
Te ven como abuela, como madre, como la que siempre está. ¿Como persona?
María calló.
Ah, eso mismo murmuró Petra. Vete. Llámame de vez en cuando.
Tras esa charla, María permaneció mucho tiempo asomada a la ventana de la cocina. Las ramas ya desnudas, las hojas caídas. Silencio invernal.
Pensó que cada uno la miraba de una forma: Beatriz como madre, Álvaro como garantía, Carmen como colega con instinto, Petra inesperadamente como persona.
¿Y José? ¿Qué veía?
No lo sabía. Pero intuía que él la veía, simplemente a ella, a María, no a su papel. Quizá porque ellos no compartían ese pasado.
***
Noviembre trajo la primera nevada y una llamada inesperada de Lucía.
La nieta llamó sola, algo poco habitual: normalmente Beatriz le daba el teléfono al final de la charla. Aquella mañana de domingo, un número nuevo:
Abu, soy yo.
¿Lucía? ¿Desde dónde llamas?
Del iPad de mamá. Abu, ¿te vas a ir?
María se sentó.
¿Has oído hablar a los mayores?
Un poco. Mamá hablaba con el tío Álvaro. ¿Te vas?
Aún no lo sé, Lucía.
Si te vas, ¿vas a venir a vernos?
Por supuesto.
¿Lo prometes?
Lo prometo.
Pausa. Luego Lucía preguntó:
¿Es bonito donde te vas?
Mucho. Hay iglesias blancas y nieve en invierno. Y un río.
¿Como aquí?
Algo diferente, más pequeño.
Vale. Silencio. Abu, ¿mamá te tiene miedo de que enfermes y no lleguemos a tiempo?
A María le dolió algo en el pecho, más fuerte de lo que creía.
Dile a tu madre que estoy bien y pienso seguir bien.
Ella lo sabe, pero tiene miedo.
Lo sé. Yo también.
¿De qué?
María lo consideró.
De muchas cosas. Pero está bien, todos tenemos miedo.
Tú dijiste que los valientes también tienen miedo, pero hacen cosas igual.
Sí que lo dije.
Siempre me acuerdo de lo que dices presumió Lucía. Bueno, me voy, que mamá me ve.
Lucía.
¿Sí?
Te quiero.
Y yo a ti. Adiós.
***
A mitad de noviembre, María se fue a Ávila. No un fin de semana, una semana entera. Cogió maletas, avisó a Carmen, pidió a una vecina cuidar el buzón.
José la esperó en la estación. En el coche, él hablaba de restauraciones mientras ella miraba por la ventanilla los campos helados, idénticos a los de marzo cuando vino a ver a Gloria. Como si todo hubiera cerrado un círculo.
Vivieron juntos esa semana en la casa pequeña de José, con suelo de madera y ventanas antiguas que vibraban con el viento. María cocinó algunos días, él limpiaba. Por la mañana tomaban café juntos en la mesa de la cocina, viendo la nieve caer lenta y horizontalmente.
Una noche ella preguntó:
¿No te resulta difícil vivir de nuevo con alguien?
¿Cómo dices?
Eso. Han pasado años desde que viviste con alguien.
Él pensó.
Solo me sentía agobiado cuando no podía vivir como quería. Esto es diferente.
¿Cuándo vivías así?
Mucho tiempo trabajé en la obra. Hacía falta el dinero, la familia Luego, tarde ya, empecé restauración. Me decían que era una locura.
¿Y tú?
Lo intenté igual. Sonrió. Mi mujer me apoyó. Ella era así, apoyaba.
Cuéntame de ella pidió María.
Él guardó silencio.
Ana. Era serena, sin hacer ruido. Entraba en la habitación y todo se calmaba.
¿La echas de menos?
Sí respondió sin drama. Pero eso no impide seguir adelante. ¿Tú me entiendes?
Sí.
¿Te pasa lo mismo?
María pensó en Jaime. Con él sentía inquietud muchas veces, no calma. Echaba de menos una imagen que quizá nunca existió.
De otra manera dijo. Pero entiendo.
Permanecieron en silencio, cómodo, sin palabras.
***
El jueves, al quinto día, llamó Beatriz.
María salió al porche. Había dejado de nevar, el cielo estaba limpio, las primeras estrellas asomaban.
¿Sigues allí? preguntó su hija.
Sí.
¿Cuánto tiempo más?
Hasta el domingo.
Pausa.
Mamá, pregunto de verdad: ¿lo haces por demostrar algo? ¿A ti misma, a nosotros?
María contempló las estrellas.
No. No es eso.
¿Entonces?
Simplemente por vivir. De otra manera.
¿Antes no vivías bien?
Bien, sí, pero no como quería exactamente.
¿Y qué te faltaba?
María recapacitó. Había tenido de todo: piso, hijos, trabajo que amaba, amigas. No le faltaba nada grave.
Pero sí aquella sensación de estar al margen de una vida correcta, planificada con esmero, pero no suya del todo.
Me faltaba a mí misma soltó.
¿A ti?
Justo.
Beatriz no respondió en un largo rato.
¿Vas a ser feliz? preguntó, sin ironía.
No lo sé aún. Pero quiero intentarlo.
Vale concedió su hija. Vale.
No era una aceptación, pero tampoco una pelea.
***
El domingo, cuando María tenía las maletas listas en la entrada, José preguntó:
¿Has decidido?
Casi.
¿Eso es bueno o malo?
Significa que me falta un poco. Solo un poco más.
Él asintió.
Tienes miedo a equivocarte.
Sí.
¿Quieres que te diga una cosa?
Dímelo.
Hay errores que se asumen fácilmente y otros nunca sabrás si no te lanzas. Para mí, los segundos son peores.
María lo miró.
¿Lo dices a propósito?
¿El qué?
Decir exactamente lo que yo pienso, y no me atrevo a confesar.
Él se rió, y tenía una cara amable al hacerlo.
No, sale solo.
María volvió tarde a Segovia. La casa la recibió con su silencio familiar, el olor de siempre, la luz habitual de la ventana de enfrente. Deshizo la maleta, puso agua para té y se sentó ante la mesa.
Sobre ella estaba el libro que leía antes de irse, con un marcapáginas a la mitad. Lo abrió y leyó una frase sobre cómo cada quien porta siempre su soledad y eso no es destino, solo un hecho con el que se puede convivir.
Cerró el libro.
Cogió el móvil y escribió a José: Iré en enero. Para largo. Veremos.
Él contestó: Te espero.
***
Diciembre pasó extraño. María seguía en la biblioteca, el taller, visitando a Petra. Todo igual, pero por dentro, diferente. Había resuelto algo, otras cosas seguían abiertas. No era inquietud ni paz: algo intermedio.
Beatriz llamó a principios de diciembre.
¿No has cambiado de opinión?
No.
¿Alquilarás el piso?
Sí, ya busco agente.
Vale. Una pausa larga. Mamá, pregunta seria: ¿no crees que a veces nos puede el entusiasmo por lo nuevo y luego?
Beatriz.
¿Sí?
Tengo sesenta y un años. No soy una ilusa. Ya comparé suficiente en la vida.
Eso no evita ilusionarse.
No, pero reduce el número de veces que una se engaña.
¿Y si él no es como parece?
Eso siempre puede pasar. La vida está llena de y si. ¿Tú supiste a ciencia cierta antes de casarte?
Tenía veintisiete.
¿Y?
Silencio.
Vale dijo ella al fin. Vale, mamá.
¿Me ayudas a preparar cajas para mudarme?
Pausó.
Claro que sí. Por supuesto.
***
María pasó la Nochevieja en casa de Beatriz, con Lucía y el yerno, Javier. Fue también Álvaro desde Madrid con su familia. Todo bullicioso, niños correteando, adultos hablando a la vez.
Lucía se sentó junto a ella murmurándole detalles de cada plato.
Esta ensalada la hizo mamá. Pero este postre es comprado, aunque ella dice que lo hizo.
No deberías contarme esos secretos.
No son secretos, solo información.
Antes de las uvas, cuando los niños ya dormían en el sofá, Beatriz dijo de pronto:
Mamá se va a Ávila en enero.
Lo anunció en tono neutro.
Javier asintió. Álvaro miró a su madre.
¿Por mucho? preguntó Álvaro.
Veremos contestó María.
Él sonrió suavemente.
Lucía abrió los ojos medio dormida.
¿Abu, te vas?
Sí, Lucía.
Me prometiste visitarnos.
Te lo prometí.
Vale dijo la niña y se durmió.
María la miró y se le vino la certeza: la vida es eso. Un niño dormido. Hijos que bromean. El sofá viejo que aún no tira. Y alguien al otro lado, en Ávila, diciendo: Te espero.
***
El quince de enero, María llamó a Carmen.
Carmen, dejo el taller.
Silencio corto.
¿Cuándo?
En febrero. Tienes tiempo de buscar sustituta.
¿Te vas fuera?
Sí.
¿A Ávila?
Sí.
Ah. Pausa. ¿Con él?
Con él. Y conmigo.
Buena respuesta dijo Carmen. Nos costará sustituirte. Pero lo haremos.
Gracias.
Suerte, María. De verdad.
En su último día, los niños le regalaron una postal enorme. Un niño, el que habló de las ventanas, le dibujó una con cortinas y abajo escribió: Para que mires hacia dentro.
María dobló la postal y la guardó en el bolso.
***
El veintitrés de enero llegó a Ávila con sus maletas. José la ayudó a entrar. Dejó el equipaje en la habitación pequeña que él preparó para ella. En la ventana, una maceta de geranio.
¿De dónde ha salido?
La compré. Pensé que hacía falta una planta con flor.
Una elección acertada.
Ella miró al jardín, cubierto de nieve, silencioso. Valla baja, otro huerto detrás, tejados de fondo.
¿Qué tal? preguntó él.
No lo sé aún. Pregúntame en un mes.
Lo haré.
Ella volvió la mirada.
José.
Dime.
Gracias por no correrme prisa.
Él meditó.
Gracias por venir.
***
Pasaron tres meses. María se fue adaptando despacio. Ávila era pequeña y tranquila, y eso traía sosiego y dificultad: todos se conocían, y ella era la nueva.
Gloria la puso en contacto con varias mujeres locales. Una, Carmen Manso, le propuso ayudar en un club de lectura del centro cultural. Eran diez personas, leían y debatían.
No sé si seré capaz.
Bah, pruébalo. Si te gusta, sigues. Si no, no pasa nada.
Le gustó.
Con Beatriz hablaban cada semana, a veces más. Poco a poco, su hija preguntaba ¿cómo estás?, ¿y José?, ¿y el club?. Era un acostumbrarse lento, como quien cambia la vista a otra luz.
Lucía le envió una carta de verdad, por correo, con dos iglesias y un río dibujados. Abu, iré a visitarte en vacaciones, mamá dice que en Semana Santa. Gloria me ha contado cosas de Quiteria. ¿Es la cabra?. María respondió también por carta.
***
Un atardecer de abril, llegó Beatriz, sola, sin Lucía. Solo para pasar el día.
Entró en casa y miró todo con atención. El suelo de madera, el geranio, la cocina.
José ofreció té y se fue al taller, discreto.
Se quedaron solas.
Aquí se está bien dijo Beatriz, sorprendida.
Sí.
Un poco pequeño.
Pero muy tranquilo.
¿No echas de menos Segovia?
Claro que sí. Os echo a todos de menos. Y el taller. Y el paseo del acueducto.
¿Y aun así?
Sí.
Beatriz giró su taza.
¿Él es buena persona? preguntó. No con suspicacia, solo por saber.
Sí.
¿Eres feliz?
María lo meditó.
No sé si la palabra es felicidad. Es estar bien. Bien de verdad.
Beatriz asintió.
Vale.
¿Vale significa?
Que está bien. Levantó la vista. Sigo con miedo, mamá. Por ti. Seguro que lo tendré siempre.
Lo sé.
Pero intento entender.
Eso basta.
Charlaron del trabajo, de Lucía, de que Javier quiere cambiar de coche. Una charla normal.
Luego Beatriz se preparó para irse. María la acompañó.
El aire de abril traía olor a tierra. Los árboles lucían el primer verdor, suave, casi translúcido.
Mamá le dijo su hija ya en la puerta del jardín.
¿Sí?
No lo comprendo del todo. Quizá nunca lo haré.
Lo sé.
Pero quiero que sepas algo.
¿El qué?
Beatriz dudó. Alzó los ojos, oscuros igual que los de su padre.
Siempre has estado. Siempre. Me acostumbré a que estabas, que podía llamarte y contestabas.
Sigo contestando siempre.
Ya, solo que es distinta la distancia. Tengo que acostumbrarme.
Te acostumbrarás.
¿Tú crees?
María reflejó: la cara de su hija le era conocida desde el primer día, desde el hospital.
Lo creo. Siempre te adaptas. Eres fuerte.
No tanto como tú.
Igual.
Beatriz sonrió suavemente. Luego la abrazó fuerte, como siempre. Se sostuvieron así, en silencio.
Beatriz cogió la maleta.
Te llamo al llegar.
Aquí estaré.
Echó a andar por la calle; María la vio alejarse. La espalda recta, el paso veloz: también era rasgo de su padre.
Antes de girar, Beatriz se volvió:
¡Mamá! gritó a la mitad de la calle.
¿Qué?
El geranio de tu ventana, está florecido.
Sí, florece.
Pues eso está bien afirmó su hija antes de marcharse.
***
María volvió a la casa. José estaba en la cocina calentando sopa. Ella se puso a mirar por la ventana un rato más: ya no veía a Beatriz. Una mujer mayor cruzaba la calle, despacio, con su carrito.
El geranio estaba en flor, rosa y vivo.
¿Todo bien? preguntó José sin mirar.
Bien contestó.
Pausa.
Ella es buena añadió María. Solo tiene miedo.
Normal. No es fácil tampoco para ella.
No.
Se alejó de la ventana. Cogió platos, los puso en la mesa, ya con costumbre.
José le llamó.
¿Sí?
¿Tú crees que he hecho lo correcto?
Él la miró.
¿Y tú?
Ella vaciló.
Creo que sí. Por primera vez, esto es solo mío.
Ahí tienes tu respuesta.
Sentados a la mesa, vieron Ávila en el último anochecer blanco donde asomaba el verde, y María pensó: esto es. No la felicidad como palabra, ni la decisión como meta. Es solo la comida, la ventana, el hombre al otro lado de la mesa con el que está a gusto.
¿Basta eso? No lo sabía.
Pero la sopa estaba caliente. El geranio florecía. En el bolso llevaba una postal de un niño que había dibujado una ventana para mirar hacia dentro.
***
Esa tarde llamó Lucía.
Abuela, dice mamá que ha estado contigo.
Sí, cariño.
¿Cómo estáis?
Bien. Hablamos mucho.
¿Ella lloró?
No. ¿Por qué lo dices?
A veces, cuando piensa que no la oigo, llora por ti.
María cerró los ojos.
Lucía.
¿Sí?
Dile que pronto iré a veros. Muy pronto.
Vale. Abuela, ¿ya es primavera allí?
Casi. Aún queda nieve.
Aquí hace mucho calor. Qué raro, ¿verdad? Misma España, distinto tiempo.
No es raro. Es normal.
¿Abu, nos echas de menos?
María miró la noche que caía. Las primeras estrellas.
Mucho. Siempre.
Vale dijo relajada. Eso es bueno. Que nos eches de menos.
¿Crees?
Claro. Si nos echas de menos, es porque nos quieres.
María no halló réplica.
Adiós, abuela.
Adiós, Lucía.
Guardó el móvil. Escuchó a José tararear bajito mientras fregaba. El geranio lucía oscuro en la penumbra. El perro del vecino ladraba: ya era parte del paisaje.
María pensó que Lucía tenía razón: cuando echas de menos, es porque quieres. Y viceversa. Amar es extrañar.
Eso es la vida. No perfecta como en los libros, sino llena de distancias y cercanías, con decisiones correctas o no, que simplemente acaban siendo tuyas. Propias.
Se levantó y fue a ayudar a José en la cocina.




