A menudo, él viajaba por asuntos de trabajo y yo ya me había acostumbrado a esas ausencias movedizas, como si fueran trenes nocturnos que pasan y se desvanecen en la neblina de la madrugada en Madrid. Solía responderme cuando ya había oscurecido, regresaba agotado, balbuceando algo sobre reuniones interminables bajo la luz amarillenta de una oficina cualquiera en la Gran Vía. Jamás revolvía entre los secretos de su móvil, ni lo hostigaba con preguntas. En mi propio lenguaje de sueños, confiaba en él, más por costumbre que por certeza.
Un día improbable, mientras doblaba prendas tan ligeras como el humo en nuestro dormitorio, él se sentó de golpe sobre la colcha, sin siquiera quitarse los zapatos, y sus palabras flotaron en el aire como un eco:
Quiero que me escuches y no me interrumpas.
En ese instante sentí cómo los relojes de la casa se derretían, y supe que algo se había roto por dentro sin hacer ruido. Con voz lejana, confesó que había conocido a otra mujer.
Le pregunté su nombre, aún sin saber si era de noche o de día. Dudó algunos segundos suspendidos, después lo susurró: trabajaba en una consulta cerca de su despacho, entre las calles laberínticas de Chamberí. Era más joven, mucho más próxima al sol. Le pregunté si estaba enamorado, y él contestó que no era capaz de saberlo, sólo decía que con ella se sentía menos cansado, como si caminaran por un Madrid sin tráfico ni semáforos. Le pregunté si pensaba marcharse. Él me miró sin parpadeo y soltó:
Sí. No quiero fingir más.
Aquella noche de relojes blandos durmió en el sofá. Salió temprano en la mañana; dos auroras después, no había regresado. Cuando volvió llevaba el olor frío de la calle y ya había hablado con un abogado. Me dijo que quería el divorcio veloz, “sin escenas”. Empezó a enumerar lo que iba a llevarse: los discos de vinilo, la bicicleta; lo que me dejaría: los recibos de la luz, los suéteres solitarios. Yo le escuchaba sin voz. En menos de una semana, la casa ya no era mi casa.
Los meses siguientes fueron como caminar por un cuadro de Dalí: todo era pesado y líquido. Solía resbalar entre papeles, facturas en euros, decisiones dilatadas; lo que antes era compartido ahora caía sobre mí como una sábana mojada. Salía más, no porque quisiera, sino porque necesitaba huir de los espejos y los muebles. Aceptaba invitaciones por no quedarme atrapada entre las paredes. Una de esas noches de calles húmedas, mientras esperaba en una fila para tomar café en un bar minúsculo de Malasaña, conocí a un hombre. Empezamos a hablar de cosas absurdamente simples: la lluvia, el gentío, el tiempo detenido de los semáforos.
Nos mirábamos como si el otro tuviera la respuesta de un acertijo imposible. Un día, sentados en una mesita diminuta, él me confesó su edad: tenía quince años menos que yo. No hizo comentarios raros, ni le puso humor. Me preguntó la mía y simplemente siguió hablando, como si en los sueños eso no importase nada. Me invitó a salir de nuevo y acepté, sumida en una rara corriente de lógica onírica.
Con él todo era distinto, extraño, real como un cuadro cubista. No hacía promesas de azúcar, ni juramentos vacíos. Se interesaba por cómo estaba, escuchaba en silencio mis historias sobre el divorcio, sin cambiar el tema mientras afuera la vida seguía invisible. Un día me confesó, mirándome a los ojos, que le gustaba y sabía que yo venía de pasadizos complicados. Le dije que no quería repetir errores, ni depender de nadie. Él me contestó:
No busco salvarte, ni que seas un trofeo en mi estantería.
Mi antiguo marido lo supo por otros que hablaban más de lo que viven. Tras meses de silencio, sonó mi teléfono. Me preguntó si era cierto que ahora salía con un hombre más joven. Le respondí que sí, y que qué importaba en estos sueños desordenados. Me preguntó si no sentía vergüenza. Le dije que lo vergonzoso era su traición. Colgó sin despedida y el teléfono quedó mudo para siempre.
El divorcio fue la consecuencia de su huida hacia los brazos de otra. Sin embargo, sin buscarlo, acabé junto a alguien que entiende mis silencios y me valora con la lógica extraña de este sueño castellano.
¿Será esto un regalo del destino, o sólo otra imagen fugaz en la mente de una soñadora en Madrid?




