A mis 55 años me enamoré de un hombre quince años más joven que yo, solo para descubrir una verdad que me dejó patidifusa historia para enmarcar.
Justo cuando empezaba a creer en los nuevos comienzos, bastó un instante para que todo se viniera abajo como un castillo de naipes.
Aunque llevaba décadas en este piso en Chamberí, de repente el salón me parecía tan ajeno como un bar de Noruega.
Me planté delante de la maleta abierta, preguntándome cómo demonios había acabado allí.
¿Cómo hemos llegado a esto? murmuré contemplando una taza rota con el mensaje Para siempre jamás, antes de dejarla a un lado, con dramatismo digno de Almodóvar.
Le pasé la mano al sofáAdiós, domingos de café y discusiones eternas sobre cuál pizza era más auténtica, si la napolitana o la de la esquina.
Los recuerdos zumbaban en mi cabeza como moscas un día de agosto en Sevilla. No había manera de espantarlos.
En el dormitorio, la soledad tenía cuerpo propio. El otro lado de la cama me miraba como una suegra entrecerrando los ojos.
No me mires así gruñí No todo ha sido culpa mía.
Lo de embalar se convirtió en una búsqueda de objetos que aún tuvieran algún sentido. Mi portátil asomaba en la mesa, cual faro en día de galerna.
Al menos tú sigues aquí le susurré, acariciando la tapa como si me leyera el pensamiento.
Allí estaba mi novela inacabada, dos años luchando por sacarla adelante. No estaba terminada, pero era míabastaba eso para demostrarme que no todo estaba perdido.
Entonces llegó el mensaje de Lucía:
Retiro creativo. Islas Canarias. Reinvención. Rioja.
Por supuesto, vino bufé con una risa floja.
Lucía siempre tenía el don de convertir cualquier drama en un plan irresistible.
La idea era loca, pero quizá, ¿no era justo lo que necesitaba?
Miré la confirmación del vuelo a Gran Canaria. Mi vocecita interna, más torpe que la de mi madre, no paraba.
¿Y si no me gusta? ¿Y si me miran raro? ¿Y si caigo al Atlántico y me comen los tiburones?
Pero luego me llegó otro pensamiento.
¿Y si me encanta?
Inspiré hondo y cerré la maleta. Venga, a la aventura.
Pero no estaba huyendo. Solo iba hacia algo nuevo.
La isla me recibió con un aire templado y el susurro de las olas, como si quisiera invitarme a meterme en el agua sin pensarlo demasiado.
Cerré los ojos un segundo, dejando que el salitre me abriera los pulmones y, de paso, las ganas de vivir otra vez.
Eso sí que era justo lo que necesitaba.
Pero la tranquilidad duró lo que una tapa de croquetas en un bar concurrido. Al llegar al retiro, el silencio de la isla fue reemplazado por música alta y carcajadas pegajosas.
La mayoría eran veinteañeros y treintañeros despatarrados en pufs de colores, con copas en la mano más cargadas de adornos que de líquido.
Esto está más cerca de una verbena que de un convento mascullé entre dientes.
El grupo junto a la piscina reía tanto que hasta una paloma salió volando espantada de una palmera. Se notaba que aquí lo del retiro era de puro postureo.
Momentazos creativos, sí, seguro, Lucía pensé con escepticismo.
Antes de poder retirarme discretamente a mi esquinita, apareció Lucía, con un sombrero torcido y una copa enorme de sangría en mano.
¡Inés! chilló como si no hubiésemos estado chateando ayer. ¡Qué ilusión verte!
Empiezo a arrepentirme respondí torciendo la boca, aunque tuve que admitir que esbocé una sonrisa.
¡Anda ya! se rió soltando un manotazo en el aire.
Aquí ocurre magia, créeme. Te va a encantar.
Bueno… yo esperaba algo más… tranquilo dije arqueando una ceja.
¡Tonterías! Tienes que mezclarse y empaparte de energía positiva. Por cierto, me sujetó del brazo, tengo que presentarte a alguien.
Antes de que pudiera protestar, ya estaba arrastrándome por la muchedumbre como si fuese mi madre el primer día de primaria.
Nos plantamos frente a un tipo que, lo juro, parecía recién salido de una portada de novela de verano.
Piel morena, sonrisa relajada, camisa de lino blanca abierta justo hasta el límite de lo legalmente permitido.
Inés, este es Javier dijo Lucía, con un entusiasmo digno de una celestina moderna.
Encantado, Inés saludó, con una voz tan suave como la brisa marina al atardecer.
Igualmente balbuceé, esperando que mi nerviosismo pareciera coquetería y no úlcera.
Lucía brillaba, convencida de haber organizado los esponsales de la década.
Javier también escribe. Cuando le hablé de tu novela, no paró hasta rogarme que te presentase.
Me puse color tomate. Bueno… aún no está terminada.
Eso da igual dijo Javier.
Trabajar dos años en un libro me parece admirable. Me muero por saber más.
Lucía se deslizó con una sonrisaseguramente a por otra ronda de sangría.
La odié diez segundos, pero después, entre el aire canario y el magnetismo de Javier, acepté dar un paseo.
Dame un minuto dije, sorprendiéndome a mí misma.
Revolví en la maleta buscando el vestido más veraniego, ese que guardaba por si las moscas y nunca usaba.
Ya que me lanzaban a lo loco, al menos, que fuera con estilo.
Cuando regresé, Javier me esperaba sonriendo.¿Lista?
Asentí, fingiendo que tenía bajo control los nervios, aunque las mariposas en el estómago parecían avispas.
Pues, ¡guíame!
Me llevó por rincones de la isla donde no llegaba la música ni el postureo: una playa escondida con columpio en una palmera, un sendero secreto hacia un acantilado perfecto para hacer fotos y que tus amigos te odien… Sitios que no salen en la Lonely Planet.
Vaya don tienes me reí.
¿Para qué? preguntó, sentándose en la arena.
Para conseguir que una se olvide de que aquí no pega ni con cola.
Él sonrió aún más.Quizá no estés tan fuera de sitio como crees.
Charlamos y me reí más en esa hora que en los últimos seis meses. Compartimos historias de viajes y pasión por la literatura; hasta mencionó lo mucho que esperaba leer mi novela, con un entusiasmo tan auténtico que quise creerle.
Cuando bromeó que colgaría mi autógrafo en su pared, sentí un calorcillo en el pecho que creía extinto.
Pero entre risas, algo no encajaba del todo. No sabía por qué, pero había un resquemorcomo cuando pides tortilla y te la sirven con cebolla.
Era tan perfecto que daba cosica.
Al día siguiente amanecí rebosante de ganas. Mi cabeza giraba ideas, convencida de que rompería con el famoso bloqueo del escritor.
Hoy sí susurré, aferrando mi portátil como escudo contra las dudas.
Pero al abrirlo, el corazón me pegó una paliza.
La carpeta con mi novelados años de curro, noches sin dormir, litros de caféhabía desaparecido.
Busqué por todo el disco duro como si fuese Sherlock, pero nada. Un agujero negro.
Esto es broma, ¿verdad? mascullé.
El portátil seguía allí, pero mi tesoro, nada de nada.
Tranquila, no te pongas histérica intenté convencerme apretando los dientes.
Seguro que lo guardaste en el drive o algo…
Sabía que era mentira. NO lo había hecho.
Salí disparada a buscar a Lucía.
Por el pasillo, oí voces amortiguadas en la habitación de al lado. Me paré, con un sobresalto.
Me acerqué y escuché.
Solo falta ofrecerlo a la editorial correcta dijo la voz de Javier.
Me quedé helada.
Abrí un poco la puerta y los vi: Lucía se inclinaba, conspiradora.
Tu manuscrito es oro puro susurraba Lucía, endulzando la voz como si vendiera churros.
Lo publicaremos a mi nombre. Nunca sabrá lo que pasó.
El mundo se me cayó encima. Javier, ese Javier que me hacía reír y en quien empezaba a confiar, era parte del timo.
Antes de que pudieran verme, escapé corriendo a mi cuarto.
Recogí la maleta, tirando la ropa dentro sin orden ni concierto.
Esto tenía que ser mi nuevo renacer susurré mordiéndome los labios.
No lloré. Ya no creía en segundos actos.
Al salir, el sol canario fue un insulto en la cara. Ni me giré.
No lo necesitaba.
Meses después, la librería estaba a reventar y el runrún de la gente era como música de verbena.
De pie, con un ejemplar de mi novela entre las manos, intenté enfocarme en las caras sonrientes.
Gracias a todos por venir dije con firmeza, disimulando el huracán emocional que tenía por dentro.
Este libro… es fruto de años de trabajo y de un viaje que jamás sospeché.
Los aplausos me calentaron un poco el corazón. Orgullosa, sí, pero no olvidaba el calvario.
Cuando la cola de firmas se deshizo y el último lector desapareció, me dejé caer en un rincón.
Entonces la vi: una nota doblada, pequeña, sobre la mesa.
Tienes que firmarme un libro. Café en la esquina, si tienes un hueco.
La caligrafía era inconfundible.
El corazón me dio un vuelco.
Javier.
Me quedé mirando la nota, dividida entre las ganas de gritarle y la necesidad de entender.
Pensé en tirarla a la papelera, pero, en vez de eso, cogí mi abrigo y fui al café.
Lo vi nada más entrar.
Tienes valor para dejarme una nota dije, sentándome enfrente, desafiante.
¿Valor o desesperación? respondió torciendo una media sonrisa.
No estaba seguro de que vendrías.
Yo tampoco admití.
Inés, necesito explicarte lo que pasó en la isla…
Al principio no entendí las intenciones reales de Lucía. Me juró que era para ayudarte. Cuando me di cuenta de la verdad, cogí el USB y te lo envié yo misma.
Me quedé callada.
Lucía decía que tu humildad te impediría publicar. Que necesitabas un empujón, un susto bueno.
Pensé que podría ayudarte.
¿Un susto? ¡Un robo! le solté enfadada.
No lo vi claro hasta que fue demasiado tarde. Cuando quise arreglarlo, ya habías desaparecido.
¿Así que lo que oí fue un malentendido?
Exacto. Cuando entendí el juego sucio de Lucía, te elegí a ti.
Dejé que el silencio se asentara entre nosotros. Espero la furia, el dolor, pero lo que sentí fue alivio.
Las intrigas de Lucía quedaron atrás; mi libro era mío, publicado en mis términos.
¿Sabes? Siempre te tuvo envidia decía Javier en voz baja.
Desde la universidad, se sentía opacada por ti.
Esta vez quería brillar… y nos utilizó.
¿Y ella?
Ha desaparecido. Se borró de todo; no pudo enfrentar las consecuencias cuando me negué a apoyarla.
Hiciste lo correcto.
¿Eso significa… un segundo intento?
Una cita. Solo una dije levantando un dedo. No lo estropees.
Su sonrisa se ensanchó.
Trato hecho.
Al salir, me descubrí sonriendo. Esa cita fue solo el principio. Luego otra. Y, antes de darme cuenta, volví a enamorarme. Pero esta vez, no estaba sola.
De aquello tan feo salió algo sincero: una historia de segundas oportunidades, comprensión, perdón… y sí, amor con sabor a salitre.




