Fronteras de paciencia
¿Pero qué cara traes, hombre? ¿Te has peleado con Alba o qué? Me suelta Javi, con esa sonrisa pícara, al ver lo mustio que estoy. Bah, no te rayes. Las mujeres son así, hoy te la lían y mañana no pueden vivir sin ti, ¡ya verás!
Lo hemos dejado gruño, mirando mi café con el ceño fruncido, dando a entender que no me apetece nada seguir hablando del tema. Y mejor no me saques ese tema, ¿vale?
Javi se queda congelado, los ojos como platos y la boca medio abierta, como si acabara de ver una aparición. ¿Que lo habéis dejado? ¡No se lo podía creer! Con lo bien que me conocía y lo que había visto cómo me desvivía yo por Alba no era un rollo cualquiera, la tenía como si fuera la Virgen María, vamos.
Todavía se acordaba y me lo recordaba mucho de cuando bajaba hasta Sol sólo para comprarle a Alba un ramo enorme de rosas después de currar, o de aquellas veces que enseñaba a los colegas los pendientes de plata caros que le había regalado, o ese día que le llevé al nuevo restaurante ese con terraza y vistas a la Gran Vía. Cada viernes, plan gastronómico en algún sitio chulo; sábados, teatro o museo. Y mira que yo, antes, ni arte ni gaitas: era más de pesca en la sierra y fútbol en el Calderón. Pero por Alba, cambié todo el rollo de mi vida, sin dudarlo.
Me dejas flipando acierta a decir Javi por fin, como si aún no pudiera creer que el cuento se hubiera acabado. ¡Con todo lo que te has dejado en ella! Hasta de los colegas te habías apartado; ¡si hasta te habías puesto a mirar pisos para los dos! ¿Y ahora esto?
No lo hace por meterse, se le nota que le duele verme así. La verdad, yo mismo me siento como un estropajo usado.
Pues sí, ya está asiento sin mirar, haciéndome el absorto con el portátil para ver si así entiende la indirecta. Ni estoy trabajando ni nada, sólo por no tener que seguir hablando.
Por dentro, yo estaba de los nervios. Entiendo que Javi intente animarme, pero si de algo tenía ganas era de que me dejasen tranquilo, aunque fuese en la barra de un bar cualquiera. Encima no se podía ni tomar un café sin que alguien le sacara el tema a uno
La realidad era que aún no lo había encajado. Alba, de verdad, me había ganado. Todo lo que hice por ella me salió del alma, sin mirar gastos o renuncias por eso dolía tanto haber terminado fatal.
~~~~~~~~~~~~~~
Lo nuestro fue casualidad. Una de esas noches entre semana, Alba iba al súper de camino a casa. Tocaba llenar la nevera y no ir a comprar cada día. Iba tranquila, echando al carro cuatro cosas de las de siempre, legumbres, leche, fruta y poco más. Pero cuando llegó a caja tenía, de repente, tres bolsas enormes. Nada de coche, sólo quedaba el bus y a esas horas, con el mamotreto de compras, iba a llegar a casa hecha un guiñapo.
Intentó pedir un Cabify, pero la app estaba tonta y no encontraba ni uno libre. Lo volvió a intentar, nada.
Dejó las bolsas en el suelo, se quitó una gotita de sudor de la frenteque ni existía, pero el gesto lo tienesy miró alrededor. Todo el mundo a su bola, con prisa, carros arriba y abajo. Y ahí me vio. Yo tenía en la mano una botella de agua y un paquete de café, y seguramente le estaba mirando con toda mi cara de bonachón, porque noté que me sonreía por dentro.
Si quieres, te acerco le solté, dando un paso adelante.
Yo mismo noté que se sorprendía, que se le encogían un poco los hombros, pero también se le veía apurada ya de cargar con las bolsas.
Buf, qué corte empezó, pero en cuanto notó que los brazos le pesaban, aflojó un poco. Venga, pero ni se te ocurra pedirme café ni té, te aviso dijo, medio de broma.
Nos echamos a reír, y creo que la tontería ayudó a romper la tensión.
Bueno, no iba a invitarme, tranquila. Sólo acercarte y punto sonreí, cogí las bolsas como si no pesaran y salimos. Ni cinco minutos después estábamos en el parking, junto al Pez Gordo ese de Cuatro Caminos. Mi coche, nuevo y reluciente, nos esperaba.
Diez minutos de trayecto y nos echamos unas risas como si nos conociéramos de toda la vida. Le conté alguna anécdota absurda del curro, ella me siguió el rollo, y cuando aparqué en su portal sentí que no quería que se acabara ahí la noche.
Gracias, de verdad me dijo, abriendo la puerta y bajando la voz, por si algún vecino cotilla escuchaba. Ha sido un gusto, la verdad.
Digo lo mismo le contesté, y ahí sí estuvo el silencio ese que no sabes si cortar o aguantar.
Entonces sacó una libreta mona, arrancó una página y me anotó su número.
Bueno si quieres, llámame algún día. Si te apetece me pasó el papel y yo, ni corto ni perezoso, lo guardé en la camisa con la sensación de haber encontrado un premio.
Y sí. La llamé al día siguiente. No me lo pensé, ¿por qué esperar? Quedamos en un restaurante con música, de esos que están llenos un jueves cualquiera. Y sin darme cuenta, ya llevaba medio año con Alba. Era todo como debía ser: fluido, natural, nada de historias raras ni celos. Cada día traía un pequeño detalle, desde una caminata por el parque hasta cenas improvisadas en su casa. Yo empezaba a pensar en invitarla a vivir conmigo, ya ves. Mi piso, grandecito, tenía sitio de sobra. Estaba decidido: me hacía más feliz volver sabiendo que ella estaría esperándome.
Una noche volvimos a aquel restaurante donde fue la primera cita. Mesita junto al ventanal, ese ambiente medio íntimo que a Alba la ponía nostálgica. De repente, la noto callada, removiendo el postre en el plato sin ganas de comérselo.
No te lo he contado antes, porque ni yo pensaba que esto iría tan serio empezó sin mirarme a los ojos.
Se me heló la sangre. Pensé lo peor: ¿tendrá pareja? ¿será un lío raro?
Verás tengo un hijo. Mateo. Siete años. Es lo mejor que tengo en la vida, nunca lo voy a dejar de lado soltó de golpe.
Respiré fondo, tan aliviado que hasta me reí. Ni marido ni nada, sólo un niño.
No sabes lo que me quitas de encima contesté sincero. Yo pensando que me ibas a soltar que estabas casada o algo. Un hijo es estupendo, siempre he querido tener uno. ¿Hablamos de que os vengáis los dos a vivir conmigo? Tengo espacio de sobra.
Lo dije de verdad. La idea de una familia de golpe me ilusionaba un poco hasta. Ya me veía enseñando al crío a montar en bici los domingos, yéndonos todos a la Warner juntos.
Pero Alba no compartió mi emoción. Empujó el plato y me miró en plan seria.
Tienes que entender una cosa Mateo no lo ha pasado nada bien. Su padre desapareció. Así, sin más, y no quiere saber nada de él. El niño preguntó durante meses, todos los días, si papá iba a volver. Estuvo fatal.
Se le quebró la voz, así que le cogí la mano y no dije nada más; sólo la escuché.
No quiero que vuelva a pasarlo mal. Si vamos en serio, tú tienes que estar para siempre, no para irte cuando te canses. Porque si te vas le harás mucho daño otra vez.
Asentí, mirándola fijamente.
No soy de los que desaparecen, Alba. Podemos hacerlo despacio. Quiero estar con vosotros, que Mateo me vea como parte de su vida, pero sólo si los dos queréis.
Por primera vez en la conversación, sonrió como aliviada.
Intenté resultar convincente, aunque por dentro me acojonaba bastante. Con niños nunca había tenido trato: mis primos eran bebés y mis colegas no tenían hijos. Tratar con Mateo era terreno virgen para mí.
Tranquila, seguro que nos entendemos. Pero difícil será si no vivimos juntos nunca dije, medio en broma, medio en serio.
Alba se quedó pensativa, mordiéndose el labiolo hace siempre que está dándole vueltas a todo.
Si quieres, empieza durmiendo en casa dos veces por semana. Así os vais acostumbrando, y más adelante, si todo va bien, nos vamos contigo. Pero con nosotros vive mi madre, Teresa. Aunque es un solete, de verdad me aseguró, como si hiciera falta.
Solté una carcajada mental. Me la imaginé la típica abuela mandona y cotilla, pero menuda sorpresa me llevé: Teresa era un encanto, todo facilidades. Estaba encantada de verme, siempre educada, jamás preguntó de más ni metió baza. Hasta animaba a Alba cada dos por tres: Hija, qué suerte tienes de haberte cruzado con este hombre tan formal. A mí me trataba como uno más, hasta me invitaba a merendar torrijas o flanes de huevo caseros. Con ellas, ningún problema.
Mateo, en cambio Ufff. Desde el primer día, clavadísimo a la puerta, los brazos cruzados, mudo y ceñudo. Ni un saludo, ni una palabra, nada.
Las primeras semanas fue resistencia pasiva: a mis intentos de entablar conversación, él se iba a su cuarto o apagaba la tele en mi cara. Poco a poco, fueron llegando las bromas pesadas: un día, mis zapatos llenos de vinagre; otro, mi camisa seccionada misteriosamente por la mitad (cuando nadie en casa tenía tijeras grandes); en otra ocasión, derramó un Colacao sobre mi portátily eso casi me cuesta el sueldo del mes. Ni una disculpa, sólo miradas de desafío.
Alba siempre excusando: “Le cuesta acostumbrarse, es un niño” Yo aguantaba, haciendo de tripas corazón. Intentaba entender ese miedo suyoigual que Alba me pidiópero la paciencia no es infinita. Más de una vez iba acumulando la rabia y, aunque me mordía la lengua, se me escapaba algún suspiro gordo.
Hasta que una noche, volviendo de cenar, se produjo el desastre. Yo estaba a punto de meterme a la cama, y Mateo entra corriendo. Ni hola, ni nada; sólo una mirada de satisfacción torcida y, antes de que pueda reaccionar, vacía una botella entera de lejía sobre mi cama.
El olor a cloro era insportable. Yo temblando, apretando los puños, aún conseguí mantener la voz baja.
¿Por qué has hecho esto? pregunté, medio incrédulo, medio harto.
Quiero dormir con mamá. Aquí ya no se puede, así que fuera. Lárgate, tú no pintas nada en nuestra casa. Y me soltó eso, tan tranquilo.
Palabras como puñales. Sentí que me hervía la sangre. Fui hacia la silla, cogí el cinturón, hice el amago sólo un chasquido seco al doblarlo, como cuando tu padre te advertía en los ochenta.
Lo siguiente fue el grito de Mateo llamando a su madre y corriendo a abrazarse a sus piernas. Alba entró corriendo, me miró como si estuviera viendo al demonio y protegió a su hijo como una leona.
¡Pero Juan, cómo se te ocurre! ¡Es un niño! gritó, fuera de sí. ¡Nada más volver a hacerle algo, te denuncio! ¡Ya está bien!
Yo apretaba y aflojaba el cinturón, entre rabia y resignación. ¿De verdad es una travesura? ¿La ropa, la cama, mi portátil? ¿Nada le parece nunca bastante?
Así se cría un niño tirano mascullé, tragando saliva y metiendo el cinturón en el pantalón. Jamás le hubiera pegado, aunque ganas no me faltaban.
Luego, sin más, empecé a echar mis cosas en la bolsa. Ya no podía más.
Y encima el malo soy yo. El día que te mezcle la lejía en el batido, no me vengas a llorar dije, sin mirarla.
Alba me miraba, descolocada. No se lo esperaba.
¿Te vas? ¿Y lo nuestro?
Agarré la bolsa.
¿Lo nuestro? ¿No lo ves? Tu hijo hace lo que le da la gana para echarme, y tú se lo permites. Yo he intentado tener paciencia, hablar, adaptarme. Nada vale. Él no quiere a nadie más a tu lado, y punto. Y tú simplemente, se lo compras todo la corté, casi sin poder mirarla.
Mateo, escondido tras su madre, me desafió con la mirada. Ni una pizca de arrepentimiento.
Alba intentó pararme, pero ya no quedaban palabras. Salí al pasillo, recogí mis cosas y me crucé con Teresa, la madre.
Lo siento, Teresa. Pero no va a funcionar.
Ella suspiró, casi aliviada.
Te entiendo. A mí también me cuesta con el nieto Que se apañe mi hija me dijo, con la voz cansada pero comprensiva.
Yo bajé por la escalera y salí a la calle. La noche estaba fresca, las farolas pintaban todo de dorado, y el frío apenas me rozaba. Fuera, todo seguía intacto, pero yo tenía el alma hecha trizas.
Sabía que hacía bien marchándome. El niño cargaba demasiadas heridas, sí; pero ¿quién marca la frontera entre el dolor y la tiranía? Yo intenté todo, pero si una madre antepone siempre al hijo aunque se esté portando fatal, no tienes nada que hacer.
Me quedé clavado en un paso de cebra del barrio de Chamberí, repasando cómo habíamos empezado. Esa cita, las risas, las ganas de una vida juntos. Todo, al final, se vino abajo, no por una gran pelea, sino por una suma de pequeñas heridas. Si Alba hubiese frenado alguna vez a Mateo igual hubiéramos tenido otra oportunidad.
Pues nada, que no estaba escrito me repetí, cruzando la plaza.
No servía de mucho, pero intentas convencerte de que aún te espera algo mejor. Porque el corazón, por mucho que le expliques, no entiende de razones y sigue suspirando por ella, por esa sonrisa, por esos momentos de los dos solos.
Me metí en el Parque del Oeste, con las hojas susurrando y los faroles dando calorcillo a la noche. Caminé, dejando que Madrid me arropara un poco. Sabía que todo era cuestión de tiempo. Tiempo para volver a aprender a estar solo, a olvidar ese sueño de familia. Dolía, pero es lo que toca.
Saqué el móvil y marqué a Javi. A ver si mañana nos tomamos unas cañas y el mundo parece menos cenizo. La vida sigue, aunque por ahora cueste creérselo.



