Hoy es el último día de mi perro y llora en silencio sentado frente a mí.

Hoy es el último día de mi perro y llora suavemente desde el sofá, justo enfrente de mí. Siempre ha sido su sitio, aunque oficialmente era el mío. Pero hace unos nueve años, dejé de disputar con un pitbull de treinta kilos por los derechos del mobiliario y pasó a ser su territorio.

Se llama Fermín.

Le puse ese nombre porque jamás he logrado desprenderme del todo del Ejército ni siquiera cuando el Ejército ya me había dejado atrás.

Mañana a las diez de la mañana, vendrá a casa la Dra. García. Lo tendré en brazos mientras ella le ayuda a dormirse. Y entonces, la única criatura que de verdad me salvó la vida desaparecerá entre las brumas del sueño.

Fermín no irrumpió en mi existencia así como así.

Llegó la peor noche de mi vida.

Volví de Afganistán en 2014. Dos misiones. Treinta y un años. Por fuera, parecía estar bien. Por dentro, me desmoronaba como el yeso viejo de una casa de pueblo.

A principios de 2015, me había aislado. No dormía. Apenas probaba bocado. No respondía al teléfono. Pasaba las horas en este mismo sofá persianas bajadas, luces apagadas luchando por ahogar unos recuerdos ruidosos y tercos.

Mi familia lo intentó.

Mis amigos también.

Incluso el médico del centro militar.

A todos les cerré la puerta.

Una noche, oí rascar en la puerta de la terraza.

Paró. Luego volvió a empezar. Una y otra vez.

Durante dos horas.

Al final abrí. Y allí estaba él viejísimo, manchado, delgado y con una tristeza fatigada en la mirada, como si también hubiese atravesado su propia guerra.

No vaciló. Pasó a mi lado como si siempre hubiese vivido aquí, saltó al sofá, dio dos vueltas, se tumbó.

Me miró como diciendo:

Ya era hora.

No quería un perro.

No quería absolutamente nada.

Pero a Fermín no le importaban mis deseos.

Necesitaba comer así que fui al supermercado.
Necesitaba salir así que levanté la persiana y me atreví a pisar la luz del día.
Necesitaba veterinario así que busqué el número y acudí puntual a la cita.

Él no me salvó con gestos cinematográficos.

Me salvó con pequeñas necesidades, obstinadas y diarias.

Aquella fecha que yo había elegido para desaparecer llegó y pasó.

Yo estaba demasiado liado buscando qué pienso le sentaría mejor a un pitbull viejo de estómago delicado.

Así es como se cura uno en verdad.

No hay fuegos artificiales.

Hay responsabilidades.

Un perro que espera la cena.

Durante nueve años, ese bulto machado y de corazón enorme ha estado a mi lado.

En tres pisos distintos.

Dos trabajos.

Una mujer maravillosa que nos eligió a los dos.

Y el nacimiento de mi hija que ahora tiene cuatro años y está convencida de que Fermín es su propio guardia personal.

Duerme a los pies de nuestra cama.

Sigue a mi niña por el pasillo como si patrullara una fortaleza invisible.

Y cada noche vuelve al sofá, la cabeza sobre mi pierna, comprobando que sigo aquí.

Y sigo.

Gracias a él.

El mes pasado, el diagnóstico: un tumor agresivo. Imposible de operar. Semanas, no meses.

Así que vivimos diferente.

Paseos más lentos.

Chuches a escondidas.

Noches interminables en el sofá.

Mi mano sobre esa cabeza ancha y agotada que un día arañó mi puerta y se negó a irse.

Mi hija le deja sus peluches, «para que no esté solo cuando duerme». Él los acepta con paciencia, montando a su alrededor una especie de torre de castillos de felpa de la que no mueve ni un ápice.

Está cansado, lo veo en sus ojos.

Los mismos que, hace nueve años, decidieron que yo merecía ser salvado.

Mañana me tocará ser valiente por él.

Abrazarlo fuerte.

Decirle que es el mejor de los perros.

Darle las gracias.

Y dejarle descansar.

Me ha dado nueve años de lealtad, protección y amor sin condiciones.

Yo solo puedo ofrecerle paz.

Si alguna vez has querido a un pitbull

Si algún perro te ha salvado cuando creías no merecerlo

Lo comprendes.

Buenas noches, Fermín.

Mi viejo soldado manchado.

Gracias por arañar mi puerta.

Gracias por tener hambre.

Gracias por elegirme cuando yo aún no había podido elegirme.

El resto de mi vida, intentaré merecerlo.

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MagistrUm
Hoy es el último día de mi perro y llora en silencio sentado frente a mí.