Una fiesta familiar: entrada libre
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Vaya por Dios… Amparo levantó con cuidado un trozo de la antigua jarra de Talavera y, sin atreverse a tirarlo, lo depositó en el alféizar. Tía Lucía, perdóname murmuró ya al aire vacío.
El piso olía a champú, a cava y, por alguna razón, a naranjas, aunque nadie había pelado naranjas la noche anterior. Sobre la alfombra, detrás del sofá, yacía una corona de plástico cubierta de purpurina. En el cajón bajo la mesa de centro apareció un pañuelo de seda anudado con el lema “Despedida de soltera inolvidable”.
Y bajo el radiador yacía, solitaria y tímida, una guanteleta rosa de goma con un lazo deslucido. Parecía estar intentando huir de la velada anterior, aunque se había quedado atascada.
Amparo, con una bata arrugada y un cinturón deshilachado, recorría la sala con una bolsa de basura en la mano. Cada paso era acompañado por el susurro de caramelos aplastados entre los pies.
En el alféizar descansaba una copa con un poso seco de vino tinto. De un jarrón, en vez de flores, sobresalían tres pajitas con estrellitas brillantes. Por la pared colgaba una guirnalda de corazones de papel, de los cuales a uno le habían pegado un mordisco.
En la cocina aguardaba todo un frente de combate.
Sobre la mesa destacaba, solitario y triste, un resto de tarta de varios pisos. El merengue se derretía como un muñeco de nieve bajo el sol; a los lados de la tarta, dos velas mal plantadas: un tres y un ocho, aunque la fiesta no era un cumpleaños, sino simplemente “una reunión de chicas”.
En el fregadero temblaban copas marcadas de carmín. A su lado, platillos humedecidos con rastros resecos de hummus. En una silla, una baraja de cartas de videncia esparcida: la mitad boca arriba, la otra boca abajo, como tras una profecía frustrada…
***
Amparo levantó una carta casi sin pensarlo: el rey de diamantes la miraba con aire de cansada superioridad. Anoche, con ellas, habían repartido futuros matrimonios, viajes y romances con extranjeros sobre aquel tapete. Hablaban en voz baja, para acabar luego riendo a carcajadas mientras brindaban con cava.
La mujer se inclinó a recoger una lentejuela y, al tirar de algo blando bajo el sofá, descubrió una media de encaje ajena con la goma rota, trofeo de unas danzas sobre el taburete. Amparo meneó la cabeza y se fue al dormitorio, buscando silencio.
Allí reinaba, aparentemente, el orden. Salvo por tres almohadas en el suelo y el edredón retorcido con forma de caracol gigante. Al estirar su almohada, apareció una hoja doblada de papel rosa.
El corazón le dio un pinchazo incómodo.
¿Otra nota extraviada de algún “Javier del bar” para una amiga de Leticia? Pero la letra era familiar: grande, inclinada, con las “o” redondeadas en pequeños globos por Leticia.
“¡Eres la mejor anfitriona del mundo! Lety”.
Amparo se quedó mirando el signo de exclamación, que parecía titilar. Sonrió de medio lado. “La mejor anfitriona”… con la jarra de tía Lucía rota y brillantina en la ducha, haciendo de cada ducha matinal una verbena de luces.
Cuántas veces me prometí a mí misma… nunca más… murmuró, sentándose al borde de la cama.
***
Algo blando le hizo un desagradable chasquido bajo el pie.
Se sobresaltó, apartó la zapatilla y vio, perfectamente colocado, un mandarino brillante y entero. Atado con una gomita, llevaba una notita: “para que la vida sea dulce”.
Anoche, seguramente, bromeaban sobre aquel brindis. Ahora, el mando parecía una mofa.
El móvil vibró sobre la mesilla. En la pantalla: “Leticia (nuestra tormenta)”.
Cómo no… dijo Amparo al cuarto vacío y, tras aclararse la garganta, atendió. ¿Sí?
¡Ampiiii! ruido de fondo, como si la fiesta aún continuara en otro lugar. ¡Eres lo más! ¡Las chicas están encantadas! Aquí sigue Vero-la-manicurista, y recordamos cómo asustaste al ‘espíritu del armario’.
Risas y voces a lo lejos. “¡Dile a Amparo que sólo quiero parir en su casa!”, gritó alguien, y, de nuevo, el bullicio.
Gracias, Amparo añadió Leticia en voz baja. Tú… bueno, ya sabes. Siempre es como en casa.
Amparo miraba el mandarino en la zapatilla.
Ajá dijo. Como en casa…
Venga, no te molesto más. ¡Descansa, reina de los canapés! y la línea devolvió el silencio.
***
Amparo se quitó las gafas y las depositó junto a la nota de Leticia. En el reflejo del armario vio a una mujer de cincuenta años, rostro cansado, pero con unos ojos verdes jóvenes y el moño deshecho, del que asomaba… una brillante. Una única, indomable, rizada.
El teléfono vibró de nuevo, con el tono de videollamada de “Elena” su hija.
Amparo suspiró, se pasó la mano por el pelo, pero la brillante siguió allí.
¿Sí, hija? aceptó la llamada y la cara de Elena apareció, despelmada y con el café humeante.
¡Mamá! Elena entornó los ojos. Ya lo decía yo. ¿Otra vez purpurina en la gata?
En mí, corrige replicó Amparo. La gata sigue escondida desde los bailes del tarot. Tal vez está otra vez en el cesto de la ropa…
Y le contó a su hija los pormenores.
Mamá Elena sonrió, aunque con una seriedad repentina. ¿Te oyes? La gata escondida, la Talavera en pedacitos, naranjas en las zapatillas… ¿De verdad no puedes decirle “no” a Leticia?
Amparo sintió el roce dulce-amargo de la ternura mezclada con fastidio en las palabras de su hija.
Es que… le cuesta mucho estar sola, contestó, casi de forma automática. Tú lo sabes.
¿Y a ti? interrumpió suave Elena. ¿Alguna vez descansas de verdad, o siempre eres la que acoge?
Amparo miró de reojo el guante rosa bajo el radiador, la nota y la casa vacía, repleta de risas ajenas.
No lo sé, admitió sin rodeos. Creo que también me escondí, con la gata.
Elena rió, bajito.
Te quiero, mamá. Pero piénsalo. Tal vez la próxima vez sólo merendemos tú y yo. Sin tarot ni purpurina.
La pantalla parpadeó y luego volvió. Un segundo de pausa, como un silencio incómodo.
Ya veremos dijo Amparo.
Pero, por primera vez, ese “ya veremos” no era un “por supuesto, Leticia”, sino el principio de algo distinto.
***
Recordaba aún cómo fue la primera vez que Leticia irrumpió en casa de Amparo “porque sí”, a comienzos de aquella primavera de aire helado, cuando sobre el alféizar ya estiraban cuello los primeros brotes.
¡Ampari, abre, que vengo en son de paz! su voz sonó en el ojo de la puerta antes incluso de llamar. ¡Y con empanada!
Amparo abrió y dejó paso: Leticia, oliendo a colonia de vainilla y a frío, portaba una bandeja enorme con algo dorado.
Empanada de espinacas, como las de mi abuela, ¿te acuerdas? y sin descalzarse apenas, ya se había encaminado a la cocina. ¡Madre mía, qué recibidor tienes! No es un piso, ¡es portada de revista!
Amparo sonrió, azorada, ajustando su bufanda doblada con precisión sobre el gancho de la entrada. Aquellos dos dormitorios en una de esas colmenas castizas de Mostoles eran su pequeño orgullo. Cortinas a juego con el papel, un sofá con la manta tejida por su madre, cocina blanca y madera, alféizares repletos de macetas.
“Qué acogedor”, decían todos al cruzar el umbral. Para Amparo, era más que palabras.
Pasa y ponte cómoda dijo sin pensar, tomando la empanada. Madre, pesa.
Como mi vida rió Leticia, pero sus ojos chispeaban. Mira Amparo, he pensado… Mi casa no es hogar: cocina minúscula, vecinos pesados, arriba y abajo con taladro y gritos. En cambio, aquí…
Giró sobre sí misma en la cocina-comedor de Amparo, con su mesa redonda y el ventanal:
¡Aquí se respira! abrió los brazos. ¡Estaría prohibido estar sola! ¿Hacemos una quedada pequeña? Nada formal. Te presento a dos amigas mías, majas, lo prometo.
El “prohibido estar sola” picó a Amparo como espina pequeña.
Recordó aquellas tardes solitarias en su sofá, tejiendo otra bufanda con la tele de fondo, mientras Elena estudiaba y los parientes sólo se acordaban por Navidad.
¿Una quedada? Bueno… venga. Justo tengo empanada guiñó, fingiendo ligereza.
Leticia arqueó las cejas, asombrada.
¿Entonces dices que sí? ¡Me había traído la empanada como soborno, pensaba rogarte! rió. Sábado, ¿vale? Sin excusa, mera… despedida de prueba.
Amparo metió la empanada en el horno. El sábado le parecía lejano, casi irreal.
Bien. Sábado. Haré algo más de picar.
¡Ampari, eres un tesoro! Leticia la abrazó, crujieron sus costillas. Por algo somos casi hermanas.
La palabra “casi” dejó un regusto agridulce, pero se la tragó con un mordisco de empanada.
***
Así empezó a forjarse la costumbre de “hacerlo en casa de Amparo”.
En Pascua, de nuevo culpa de Leticia, por supuesto.
¡Donde Amparo sí hay hogar! afirmaba a todo el mundo. Sus monas parecen de pastelería, los huevos de revista. ¡Y una gata regia vigilando todo!
La gata la rayada Chispa se parecía más a una portera cansada que a una emperatriz, pero Leticia prefería la versión épica.
Leticia llegó con tres amigas distintas.
Amparo, acostumbrada a cenas familiares apacibles, se sintió abrumada cuando su recibidor fue tomado por una pelirroja en chubasquero amarillo, una morena alta de cuero y una castaña diminuta y risueña.
Esta es Laura, esa Carmen, la otra Marina Leticia. Chicas, la famosa Amparo: hogar, café y pasteles.
Amparo, apresurada, les ofreció zapatillas y sitio para unos abrigos. Hacía inventario mental: sillas suficientes, dos monas, once huevos… ensaladas, gelatina para disimular seriedad.
No bastó. A la hora Leticia, en plena explicación sobre glaseados, ya escribía por móvil:
¡Ay, olvidé que Teresa y Julia están cerca! Les aviso. ¿Molesta si vienen? ¡Traen sus huevos!
Amparo se quedó muda, cuando el pitido del horno emergió. Al volver, el móvil ya descansaba sobre la mesa. Leticia sonreía radiante:
Ya vienen. Media horita.
***
La fiesta degeneró pronto en mercado de colores y voces.
Discutían sobre “masa de la abuela” y “horno de pueblo”, hasta que Laura agitó el bol de chocolate y… la lluvia de glaseado bautizó la blanca mantelería de Amparo.
¡Ups! Laura, sonrisa culpable. ¿Esto da suerte?
Leticia estalló, todas rieron. Amparo, con la servilleta apenas secando la mancha, suspiró ya estaba para quedarse.
No pasa nada dijo. Con lejía sale.
Y atrapó la mirada cálida de Leticia: no estaba salvando el mantel, sino, de algún modo, un pequeño mundo.
Al anochecer, los alféizares eran tronos de huevos multicolores, en la pared colgaba una corona de servilletas, bajo la mesa… sandalias dispersas. Leticia, al brindar con moscatel, proclamó:
¡Oficial: en casa de Amparo siempre hay fiesta de verdad!
Todos aplaudieron. Amparo, ruborizada, sintió que ese “de verdad” resonaba fuerte, como si, en su cocina tranquila, hubiera palpitado algo importante.
***
Pero en la infancia era al revés. El “gran evento” tenía lugar en casa de Leticia.
Leticia era siempre la líder, chispeante, ruidosa, algo descarada y magnética.
El patio era suyo. Ella hacía “desfiles de moda” con la bata de su madre y fundaba clubes secretos bajo la escalera. Hasta las viejas la llamaban “nuestra artista”.
Amparo era discreta y pulcra. Puntual en casa, devolvía libros intactos a la biblioteca, lustraba los zapatos.
Ampari, la empollona decía la tía Lucía, hermana de su madre y madre de Leticia. Hazle compañía a Leticia, para que aprenda de ti.
En la adolescencia, cada una tomó su senda. Leticia volvió pronto con relatos de discotecas nocturnas; Amparo siguió su formación, luego trabajó en contabilidad y vivió en calma. Primas sólo por fiestas familiares.
Cuando falleció la tía Lucía, el duelo y los resentimientos del pasado se mezclaron en las sobremesas. Aquella noche, por primera vez en años, hablaron en la cocina hasta las tres, endulzando la amargura con té.
Con mamá se murió el hogar dijo Leticia mirando la taza. No sé cómo funciona todo esto sin ella.
Amparo, que ya hacía años que aprendía a vivir sin la suya, respondió:
Funciona diferente. No mejor ni peor. Sólo diferente.
A partir de entonces, se llamaron más: primero por asuntos prácticos, después sólo para saber cómo estaba la otra.
Sin darse cuenta, Leticia fue arrastrando a Amparo a su torbellino de vida.
¿Qué pasa, que teniendo sangre nos vamos a llevar en paralelo y ya? ¡No! Yo iré a verte, y tú a mí.
Curiosamente, Amparo casi no visitaba a Leticia. Siempre se interponía algo: el trabajo, Elena, el cansancio. Pero Leticia sí acudía a menudo.
***
La fórmula de “en casa de Amparo” se volvió norma universal:
Chicas, está claro, donde Amparo Leticia al teléfono. Mi cocina ni merece llamarse así. En la de Amparo caben una covacha y un sofá: ¡el paraíso de las blogueras!
¿Nochevieja? preguntaban.
¡En Amparo! Ella hace una ensaladilla propia de Michelín.
¿Semana Santa? “Amparo”.
¿Cumpleaños? “Por supuesto, en la de Amparo. Allí el pastel luce más”.
¿Noche casual con vino? “¿Dónde si no, si allí no falta picoteo rico?”
Al principio, Amparo se sentía halagada.
Su pequeña casa era punto de encuentro de almas. Disfrutaba eligiendo servilletas, ensayando recetas. Le complacía oír el “¡parece una portada de revista!” cuando las amigas entraban.
Pero poco a poco, todo se fue volviendo… denso. Había visitas sin intervención directa de Leticia.
Amparo, soy Laura, la de ayer. Iremos Irene y yo un ratito, que Irene tiene novedades. Leticia no puede, está en la peluquería. ¿Estás por casa?
Un día, sonó el timbre por tercera vez en una semana. Al abrir, encontró a alguien conocido.
Nieves. Amiga de Leticia desde hace siglos. Una vez, Nieves acusó injustamente a Amparo de chismes, montando un escándalo ante todos. Desde entonces, apenas se hablaban.
Eh… buenas Nieves, incómoda. Leticia dijo que la fiesta era aquí, y si podía llegar antes para ayudar…
Amparo, dominada por aquel viejo enfado, estuvo a punto de negar la entrada. Pero retrocedió y dijo:
Pasa. ¿Te apetece té?
Tenía el trapito de la cocina apretado, como quien agarra una cuerda tensa.
***
Su primer acto de rebelión fue casi infantil.
Si quieres fastidiar la fiesta, compra galletas malas se repitió una vez.
Solía comprar dulces gallegos en la panadería de la esquina, dorados, crujientes, irresistibles. Aquella vez, prefirió comprar las galletas más baratas del supermercado, esas que se desmigajan antes de caer en la taza.
Que sepan que en casa de Amparo no todo es de pastelería pensó, mientras las servía.
La fiesta fue igual de animada. Las amigas de Leticia, entre risas y bullicio, devoraron las galletas malas junto a noticias alegres, queso, aceitunas y la especialidad de Leticia: tomates rellenos al horno.
En medio de la noche, Marina colgó su extravagante collar de plástico en el pomo de la puerta, olvidándolo al salir. Por la mañana, Amparo lo encontró ondeando sobre su impoluta puerta blanca. A punto de guardarlo en la bolsa de “objetos perdidos” volvió a sonar el timbre.
¡Amparo! Leticia entró con ímpetu. ¡Ah! vio el collar y rió. Hasta tus pomos están de fiesta.
Amparo quiso protestar no es fiesta, es desorden, pero la alegría de Leticia desactivó su desdén.
Una fiesta…
La fiesta no pensaba marcharse…
***
El “especial” fue aquel aquelarre que Leticia bautizó como “noche de adivinación”.
Hoy miramos al futuro anunció en el chat donde añadió a Amparo. Ampari, tú eres la pitonisa. Tu casa hasta el agua del grifo sabe de misterios.
Amparo se rió imaginando el “oráculo” de su viejo hervidor.
Laura llegó con cartas del tarot, una vela enorme y un pequeño espejo de madera tallada.
Hoy no es simple tertulia dijo solemne. Hoy hay sesión espiritista.
Amparo se rio, nerviosa.
¿Espíritus? Anda ya, aquí sólo ronda el fantasma del cocido.
¡No será para tanto! Leticia la pinchó. Relájate. Si es por jugar.
Apagaron las luces y encendieron la vela. Sombras doradas cruzaron la habitación. Chispa, la gata, asustada, se encaramó al alféizar.
Laura desplegó las cartas y acomodó el espejito para que las caras se reflejaran.
Preguntemos al universo susurró.
Amparo, en el borde del sofá, sintió que el juego era para las demás. Las preguntas sobre parejas, dinero o mudanzas no tenían que ver con ella.
Y de repente, en una jugarreta cómplice, la luz parpadeó y, de pronto, se cortó.
Ay alguien gritó.
¡Es una señal! dijo Laura, y el grito fue general.
Amparo buscó el móvil para alumbrar y, en ese instante, algo corrió bajo sus pies: Chispa, desbordada por los sustos y los flashes, cruzó la sala y se escondió en el armario, cerrando la puerta a zarpazos.
Eso sí que es señal de que hay overbooking de espíritus Amparo se mostró irónica.
Al cabo de minutos, volvió la luz: el vecino había trasteado el diferencial. Pero Chispa no saldría del armario hasta el día siguiente; sólo se oía su “mrr…” entre ropa doblada.
Cuando al fin asomó, polvorienta y agraviada, Amparo la acarició.
¿Nos escondemos juntas, Chispa?
La gata sólo resopló y volvió a la cocina, donde todavía brillaban algunas lentejuelas olvidadas.
***
Amparo tardó en atreverse.
Al principio, se quedaba sentada frente al móvil, mirando el mensaje en blanco el cursor parpadeante como un tic nervioso.
Escribió: “Leti, la próxima hacedla en tu casa”. Borró enseguida.
Probó otras variantes:
“Leti, ya no puedo más…”
“Leticia, ¿te parece si paramos las fiestas aquí un tiempo?”
“Leticia, estoy cansada de recibir a tantos.”
Todo le sonaba seco o blando. Oía la voz de Leticia: “Ampari, tú eres buena”, “No te cuesta nada”…
Inspiró, dejó el móvil y fue hasta el espejo. La bombilla centelleaba, lanzando sombras. Cogió el peine, pero en vez de arreglarse, elevó la cabeza y dijo al reflejo:
Leti, la próxima fiesta en tu casa.
La voz tembló; ella se corrigió:
Sin explicaciones la voz de Elena resonó en su cabeza. Tienes derecho.
Amparo se irguió, como lista para salir a escena.
Leticia repitió, mirándose. Me alegro de nuestras reuniones. Pero estoy agotada de tantas fiestas aquí. La próxima, en tu casa.
En ese punto aparecía su tono justificativo.
Nada de “pero” se frenó. No soy fiscal ni despacho de excusas.
Regresó al móvil y escribió:
“Leti, estoy agotada. La próxima celebradla en tu casa, ¿vale? Necesito descansar de tanta visita”.
El dedo sobre “enviar”. El pecho apretado de miedo a perder, a herir. ¿Y si responde: “Ya sabía yo que eres una sosa”?
Pulsó y dejó el móvil.
Ahora, a hablarlo en persona susurró.
Ensayó frente al espejo, una y otra vez:
Leti, es mi casa. Me pesa que siempre haya gente…
Leti, te quiero, pero no tengo por qué ser escenario de todos…
Leti, hablemos de límites.
Cada vez que decía “límites”, la voz era más fina, la garganta se cerraba. En el espejo no veía una anfitriona fiera, sino una mujer aprendiendo a decir “no”, palabra extranjera entre los dientes.
Pero en el tercer o quinto intento, algo cambió: no fue rabia ni cansancio, sino resolución. No era estruendosa, pero sí tenaz.
Muy bien, le dijo a la imagen de la mañana. Vamos. No a casa, sino a la suya.
***
Amparo fue a casa de Leticia sin avisar.
“Si ella puede plantarse en la mía con una empanada y amigas, sin preguntar si estoy… yo puedo ir. No como anfitriona, sino como testigo.”
El edificio era un bloque antiguo de Chamberí: techos altos, yeso descascarillado en la escalera, buzones repletos de propaganda. De joven, Amparo sentía fascinación por las casas antiguas. Ahora… olía a humedad y tabaco.
Sin ascensor. Subiendo la ancha escalera, se detenía en cada escalón carcomido. En el tercero le recibió el olor: mezcla de ambientador barato y cocido estancado.
La puerta de Leticia, inconfundible: corona torcida de laurel artificial y un letrerito de madera: “Aquí vive el milagro”. Antes era curioso; ahora, algo desolador.
Llamó… silencio. Pulsó el timbre, estridente. Al cabo, pasos y una voz ronca:
¿Quién es?
Yo dijo Amparo. Amparo.
Tras largo forcejeo de cerrojos, se abrió.
Leticia asomó, parapetada tras la puerta. Chándal deslucido, un calcetín de lana puesto y el otro en la mano. El pelo en moño caído, ojos hinchados.
¿Ampari? sorprendida. ¿Sin avisar?
¿Y tú me avisas cuando llegas? contestó, tranquila.
Leticia parpadeó, pero se apartó para dejarla pasar.
El piso golpeaba a la vista… pero no por los muebles, sino por la soledad palpable.
Sin felpudo, ni perchero de bienvenida. Una fregona apoyada en la pared, zapatos desperdigados, una mancha seca en el suelo.
Amparo avanzó, y el corazón se le encogió.
En la sala, un sofá antaño verde, ahora gris en los bordes, sepultado bajo ropa hecha un ovillo: vestidos, vaqueros, camisetas. Por el suelo, botellas vacías de vino, latas de bebida energética, una revista rota. El portátil abierto en un taburete, junto a un cenicero repleto.
Dos tazas bajo la mesa, una volcada, su contenido seco manchando el linóleo. La otra, al borde de la alfombra, con restos de café y ceniza.
“El café borracho”, pensó Amparo, recordando así las tazas olvidadas cuando algo más urgente ocupa el alma.
En el alféizar, lejos de flores, sólo vasitos de plástico, una bolsa de patatas vacía y un limón seco junto al radiador.
Amparo sintió un vuelco.
No era solo desorden era… una vida desparramada, invisible a ojos ajenos.
***
No mires así Leticia, cortante. No he tenido tiempo de limpiar… ya sabes.
¿De qué? preguntó Amparo, en voz baja.
De la muerte de mamá. Del trabajo. De todo esto… señaló con una mano las botellas vacías. De la vida, vamos.
Leticia fue a la cocina más un nicho que estancia: mesa y silla, nevera antigua, fregadero con platos incrustados de restos, sartén con patata negruzca. Una bolsa de basura hecha un nudo, sin sacar.
Pensaba llamarte Leticia preparó un té en un hervidor viejo. Pero… no sé.
Amparo, de pie con el bolso apretado, evocó las imágenes recientes su cocina, su mantel, las risas… Y este lado paralelamente opuesto, donde no quedaba ni rastro de fiesta.
Entendió, de golpe, que para Leticia su casa era algo más que práctico: era el único refugio lejos de lo propio.
¿Has venido… para qué? Leticia. ¿A inspeccionar?
He venido por algo Amparo. Pero sí, también a observar.
***
Yo… Leticia se hundió en la silla. Creí que aún estarías enfadada.
Los ojos le brillaban, no de risa, sino por contener las lágrimas.
Estoy enfadada admitió Amparo. Harta de hospitales en casa. Ayer fue la gota.
Dejó su bolso en la mesa, sin apartar ni envases ni bolsas.
Pero… su voz temblaba. Quiero entender por qué.
Leticia se frotó la cara, la máscara de maquillaje emborronada.
¿Entender qué?
¿Por qué aquí… Amparo señaló. …y no en casa?
Leticia rió, áspera.
Porque tu casa es hogar… y la mía, un atrezo barato.
Respiró hondo y como si rompiera una presa, soltó:
No siento que esto sea mío, desde mamá, desde todo aquello. Son sólo paredes. La ropa está, pero el hogar no. ¿Sabes?
Amparo se quedó callada. Recordó los primeros meses tras la muerte de su madre, hasta que puso cortinas nuevas y cambió la disposición.
Y en tu casa… todo a su sitio, la manta, la gata, el orden. Pero tú… tú sí tienes la receta.
Leticia rompió a llorar.
En tu casa, no tengo miedo. Ni soledad.
Amparo sintió correr algo caliente y blando por dentro compasión, identificación.
Y pensé… Leticia rio, nerviosa. Que te encantaba ese bullicio… Porque lo organizabas bien.
Unió las manos, fuerte.
Creía de verdad que te hacía ilusión que la casa estuviera viva. Que no estabas sola. No quise… ver esto señaló el caos. Sólo quería la parte que me recordaba a ‘antes de mamá’.
Amparo tragó saliva.
¿Y entonces… preguntó bajo. no veías que mi casa se convertía en extensión de tu caos?
Leticia cubrió la cara.
Me da pavor la soledad. De verdad. Por las noches me sale la voz de mamá: todo está mal hecho, todo mal. Por eso pongo música, lleno mi agenda, huyo a tu casa… porque allí sentí que estaba de nuevo en casa.
Amparo se sentó enfrente. Las frases ensayadas habían perdido colmillo: quedaba sólo el fondo.
Leticia con firmeza, pero ternura, me duele que te sientas sola, y me honra que mi casa sea tu refugio. Pero…
Las manos afirmadas para no temblar.
No puedo seguir siendo la única almohada de tus huidas.
Leticia agachó la cabeza. Amparo suspiró.
Propongo… otra manera dijo.
***
¿Otra manera? Leticia, sonándose la nariz.
Por ejemplo, Amparo ojeó el caos. No todas las fiestas “en Amparo”.
Miró la taza con café reseco, el sofá sepultado, la bolsa de basura.
Empezar con que un hogar no es sólo alegría. Sino el sitio donde no se siente uno culpable de existir.
Leticia rió, llorosa.
Hace ya tiempo que me siento culpable admitió.
Pues arreglémoslo aquí Amparo se alzó. Si seguimos trayendo todas tus fiestas a la mía, aquí seguirá el vacío. Y a mí… me pesa.
Se apoyó en el respaldo de la silla, mirándola.
Quedadas, por turnos. Una vez tú, otra yo. Nada de multitudes. Pequeños grupos. Y sólo una vez al mes.
¿Pretendes que traiga gente aquí? Leticia extendió la mano.
Pretendo dejar de usar mi casa como único lugar de fiesta dijo. Y transformar la tuya.
La miró suave.
Y empezar poco a poco. No con la gente, sino con nosotras.
Leticia frunció el ceño.
¿Cómo?
Amparo remangó las mangas.
Que vamos a tirar basura, lavar esas tazas, limpiar la mesa… y hacer tortitas. Para dos. Sin “las chicas”, sin lentejuelas, ni sesiones de adivinación. Tú y yo.
¿Tortitas? Leticia sollozó, pero con una chispa ya familiar. Mejor me salen las gachas.
Pues serán gachas.
***
Se pusieron a ello.
Al principio, torpes. Amparo, con bolsa limpia, sacó la llena y la dejó a la puerta. Leticia recuperó las tazas del suelo. Amparo puso el agua y halló una esponja.
A mí tampoco me enseñó nadie a tener el sofá limpio añadió Amparo. Lo aprendí de mamá. Y de la vida. Tú simplemente elegiste otro modo de sobrevivir.
Leticia lavaba, callada, como un examen.
En la cocina olía a aceite. Al ver a Leticia cocinando, Amparo vislumbró a la niña del patio, la de los desfiles, ahora rodeada de paredes despintadas y patatas resecas.
Ya sentadas con las primeras gachas humeantes, sonó el timbre.
¿Y ahora? Leticia, alerta.
Amparo miró por la mirilla y sonrió.
De las nuestras dijo.
En la puerta: Elena, mochila, bolsa en mano.
El olor me ha guiado se excusó. Te escribí y no contestabas, mamá.
Leticia, cohibida, se acomodó el pelo.
Pasa invitó Amparo. Ensayamos el nuevo método.
Elena observó el piso, la mesa, Leticia, su madre. Un destello de sorpresa y luego de aprobación.
Vaya, dijo. Ahora tía Leticia también tiene purpurina.
¿Purpurina? Leticia no entendió.
Mira arriba Elena rió.
Allí, prendida en la lámpara, relucía una estrellita plateada viajera, quizás traída en la ropa de Leticia desde casa de Amparo.
Amparo rio de veras.
Ahora tenemos ambas dijo. No sólo yo.
Siempre que sea… consensuado ironizó Elena, guiñando un ojo.
Amparo sintió expandirse algo importante en su interior. Seguía un poco molesta, seguía temiendo nuevas “reuniones”, pero ahora tenía elección. Y Leticia también.
Las tres, en la pequeña cocina, compartían gachas recién hechas y reían cuando Leticia se manchó de harina.
Y esa risa ya no era de fiesta invadida: era la primera, pequeña pero auténtica celebración, sin “reinas del canapé” ni “mejor anfitriona del mundo”. Sólo Amparo, Leticia y Elena, unidas.



