Háblame, Donut

Habla conmigo, Churro

No tengas miedo, Churro. Todo está bien. Ahora gritan un poco más y luego se tranquilizan… creo

María cerró los ojos y abrazó con fuerza a su mejor amigo. No debía asustarse, ya no. Era toda una mayor. Al menos eso decía la abuela Carmen. Si ya tenía cinco años, entonces ya era grande. Para todos, de hecho, ya lo era. Hasta dejó de llorar cuando le ponían vacunas, porque le daba vergüenza. Solo con Churro podía ser como antes: pequeña. A él, su oso de peluche patoso y simpático que le regaló mamá el día que nació, se lo podía contar todo. Y él nunca corría a chivarse, como hacía Inés, su mejor amiga, con la seño. Solo miraba en silencio con sus ojos redondos y escuchaba. Pero María sabía que lo entendía todo. Y cuando tenía miedo, como ahora, solo tenía que acurrucarse a su lado y hasta sentía que la tranquilizaba. Churro era cálido y familiar, suave y tan suyo. Mamá y papá también eran su familia, sí, pero cuando se gritaban así se volvían pinchosos, como los rosales de los cuentos, pensaba María, y el piso se llenaba de zarzas enormes y nadie podía acercarse a nadie. Por mucho que gritaran, ya ni se oían.

¿Por qué se enfadaban tanto los adultos? Ella no lo entendía. ¿No deberían resolverlo hablando? Así lo decía siempre la abuela Carmen. Quizás no eran enfados pequeños, sino enfados enormes de personas grandes. Y esos tenían que dar mucho más miedo. Si cuando ella y Inés discutían en la guardería luego ni apetecía helado, solo llorar, ¿cómo serían unos enfados de mayores? Debían dar verdadero pavor.

María abrió despacio los ojos y escuchó. Silencio. Eso significaba que mamá lloraba en el baño y papá estaba enfadado en la cocina y era su turno. Se levantó del suelo junto al cabecero de la cama, donde había estado escondida, y suspiró. Su cuarto era precioso, con la camita blanca y la colcha rosa, un armario lleno de vestidos, juguetes por todos lados Mamá había preguntado qué quería, de qué color soñar. Allí dentro podía respirar, y ahora, con el silencio, casi tenía paz. Pero Churro la miraba muy serio, así que María sollozó.

Ya lo sé, ¡ya voy! Quédate aquí, yo puedo sola.

Dejó a Churro cuidadosamente sobre la almohada y se adentró por el pasillo. Primero a por mamá, que era lo más difícil. La puerta del baño cerrada, como siempre. María llamó suave.

¿Mamá?

¿Sí?

¿Puedo entrar contigo?

La puerta se abrió. Mamá se sentaba triste en el borde de la bañera.

¿Qué pasa? ¿Quieres ir al baño?

No, quiero estar contigo. María respiró hondo y pasó al baño. No le gustaba nada lo que venía después. Mamá siempre la apretaba fuerte, llorando y prometiendo que todo estaría bien, y acababan las dos sollozando. No porque le diera pena mamá, sino porque sabía que no, que ya no lo estaría nunca. Lo bueno duraba poco, como decía Inés.

María se secó los ojos y miró a su madre.

¿Pero para qué?

¿El qué, cariño?

¿Para qué gritáis tanto? Si no os queréis, igual deberíais estar cada uno lejos, ¿no? Así me dijo la abuela Carmen cuando me peleé con Inés. Si estás lejos, ya ni discutes.

Alicia se quedó helada mirando a su hija. Hasta ese día, María no había dicho nunca ni media palabra sobre las discusiones. Alicia pensaba que pasaban desapercibidas para su niña. ¿Qué podía entender tan pequeña?

María, ¿por qué dices eso? Yo a papá le quiero

No es verdad, mamá.

¡María!

Si lo quisieras no gritarías así. A mí nunca me gritas, ¿verdad?

Alicia titubeó. ¿Cómo explicar que querer no siempre es fácil? Que el gritar no es igual a odiar ¿o sí? Tan simple y tan difícil de responder: ¿por qué?

Deberías pensar en lo que haces. María acarició las mejillas mojadas de mamá, sacudiendo las lágrimas.

¿Eso también lo dice la abuela Carmen? Alicia logró sonreír entre sollozos.

¡Sí! Y tiene razón. Inés y yo hicimos las paces, y discutimos menos. Solo cuando mi amiga se chiva con la señorita Cecilia.

Qué mayor eres ya murmuró mamá abrazándola.

No, mamá, soy pequeña todavía. Si fuera mayor María se apartó y susurró, ya no tendría tanto miedo.

¿A qué tienes miedo? preguntó Alicia frunciendo el ceño.

¿Y si la próxima vez que os peleéis os vais los dos? ¿Dónde? Donde no se escucha nada, allá donde está tranquilo. No podemos estar siempre donde es malo, ¿verdad? ¿A ti te duele, mamá?

Me duele Espera, ¿te asusta que te dejemos sola? ¿Eso es?

Sí María se echó a llorar. Y solo me queda Churro. Si lo pierdo otra vez, como en el taxi, ¿qué hago? Entonces sí que me quedo sola. Le pregunté a la abuela Carmen y dice que ya es muy mayor para ser mamá

María, mi amor, ¡escúchame! Nunca te dejaré sola, ¿cómo crees…? ¡Eres mi niña!

¿Y qué? Cuando estáis así, ¿os acordáis de mí?

Sí, claro Alicia dudó, su hija tenía razón. En esos instantes, no recordaba a nadie, ni siquiera a sí misma. El enfado lo tapaba todo, laceraba el alma. ¿En qué momento se había vuelto así?

Alicia recordaba cómo conoció a Julián en la universidad, un lunes de mayo. Corriendo para un examen, chocó con un chico larguirucho y torpón, le rompió las gafas y solo alcanzó a disculparse de lejos antes de colarse en el aula. Luego, aprobó y al salir bailoteaba contenta, pensando en el verano y el mar.

El chico, medio ciego y sonriente, le dijo:

¡Eh, trenecito! ¿También vas corriendo ahora?

Así la llamaba, mi trenecito, sobre todo cuando se enfurruñaba.

Resoplas de risa decía, no puedo enfadarme contigo.

Incluso en el parto gritaban las matronas riendo, mientras él la animaba:

¡Vamos, Trenecito, empuja!

¿En qué momento dejó de llamarla así? ¿Cuándo empezó a enojarse de verdad? ¿Cuándo comenzaron las discusiones?

Mamá

¿Qué, cielo?

¿Os queréis todavía, o es que os habéis enfadado?

Alicia acariciaba los ricitos rubios de María, tan iguales a los de Julián. De embarazada soñaba con que la niña los heredase, no como los suyos, ralos y rebeldes.

Hasta su madre bromeaba: Lo importante es elegir bien al padre. Julián era el padre perfecto, entregado por completo a María. No a ella, Alicia; lo que dolía, pensó. ¿Celos de su hija? Absurdo, pero cierto.

Recordó cómo Julián, nada más entrar en casa, la dejaba a un lado y corría a abrazar a María: ¡Mi princesita! ¡Traigo chocolate!

Después, tras jugar con la niña, se ponía una película con los cascos, ignorándola a ella mientras recogía y preparaba la cena.

Y cuando María cayó enferma por primera vez, Julián gritó a Alicia, desesperado, sin saber qué hacer. ¿De qué sirve llorar? ¿Eso la cura? La cuerda dentro de Alicia, tan apretada, se rompió y dejó de llorar. Se sintió una madre inútil y dañada, aunque María se recuperó tiempo después.

María aguardaba la respuesta, aunque mamá estaba ensimismada. Era hora de ver a papá. Se escabulló hacia la puerta.

No llores más, ¿vale?

Alicia no contestó, repasando una vida llena de recuerdos: lo bueno, lo malo, el amor, la rutina, las palabras como piedras, los reproches, las risas. La boda. Las vacaciones juntos. Cómo Julián le cocinó aquel pastel horroroso, dulcísimo, para celebrar su primer trabajo tras la baja maternal.

Cuando compraron el piso también, celebrando con vino barato y una niña dormida en un colchón hinchable. Tendremos que encargar otra niña bromeó Julián, hasta tener para cada habitación. Pero no hubo más hijos; los médicos dijeron que todo iba bien, pero nunca llegó el segundo. Los problemas, sin embargo, sí.

Pequeñas discusiones, luego más grandes, rellenándolo todo de silencio y espinas. Alicia pensaba en la imagen de María, que veía zarzas y no palabras.

Se lavó la cara con agua fría. Bastante. Balanza: bueno, malo, ¿qué más? María tenía razón. No había opción, era reconciliarse o separarse. Tratando de imaginarse la vida sin Julián, sintió frío. Mejor, de momento, intentar dormir.

María marchó a la cocina y abrió la puerta. Papá estaba de espaldas mirando la ventana.

¿Papá?

¡Mariquilla! Pensé que estarías dormida

¡Si es muy pronto! Escaló a su regazo, le abrazó. Habéis gritado

Perdón.

¿Por qué?

Por gritar.

Eso. ¿Por qué?

No sé se nos fue de las manos.

¿Tú también estás enfadado con mamá? María le estudió con mucha seriedad. Debería haberles dicho algo antes. Cuando ella y Inés discutían, se lo contaban todo a la profesora y luego hacían las paces llorando un poco, pero seguía la amistad.

¿Mamá te dijo que estaba enfadada conmigo? Julián olió el aroma familiar de María, hundiendo la nariz en sus rizos.

No, yo lo veo. Si os queréis os abrazáis, y mamá sonríe. Si os enfadáis, gritáis. ¿A que sí?

Julián la miró y apartó. Eres toda una mayor.

Eso dice mamá también.

¿Y qué más?

Dice que te quiere. Y a mí.

María vio cómo cambiaba papá por dentro, como si alguien borrase las arrugas de la frente y volviese el Julián que sonreía. Ella se bajó de su regazo y se marchó.

Me voy con Churro, que si no, se asusta solo. Se fue de puntillas por el pasillo.

Julián se quedó quieto. ¿Cuándo empezaron a discutir así? ¿Cuándo se alejaron tanto? ¿En qué momento ella dejó de reírse y empezó a ser tan fría? El problema no era solo el cansancio, el trabajo, las rutinas Era esa muralla de palabras duras, de dolor, de no saber pedir perdón a tiempo.

Recordó el consejo de su madre: Coge la responsabilidad, eso lo valora una mujer. Pregúntate cómo ha llegado hasta aquí. Y nunca dejes las manos libres de tu mujer, ni siquiera una hora al día. Como antes.

Julián sonrió y murmuró: Gracias, mamá.

Por la noche, María no podía dormir. Una mano sujetaba a Churro, la otra abrazaba el cuello de su madre. Alicia por fin dormía, el rostro cansado y triste. María acarició la arruga entre sus cejas, que antes no estaba, y deseó que desapareciera. Volvió a cerrar los ojos con fuerza, soñando que mañana sería un buen día de verdad, no solo palabras.

Por la mañana, Alicia se despertó con sobresalto, mirando el reloj de gato de la habitación de María. Iban con retraso al cole. Con suerte, ese día no tenía nada urgente en el trabajo. Oyó un tintineo en la cocina y arqueó una ceja. Julián seguía en casa. Se levantó sin hacer ruido y entró en la cocina: Julián estaba preparando café en la cafetera italiana.

Hola saludó él, ojeroso y con los ojos rojos de no haber dormido.

Alicia iba a contestar cuando se dio cuenta de lo que había sobre la mesa: un pastel, cubierto de rosas hechas de crema, como solo Julián podía haber intentado hacer. ¿Había estado la noche entera cocinando? Incluso había encontrado las boquillas de repostería que hacía meses que ella no hallaba.

Levantó la mirada cuando Julián se acercó.

Perdóname, Alicia. Por todo. Soy el peor marido del mundo y lo sé. Te fallé, no te cuidé, te he exigido cosas injustas. Tú y María sois lo mejor que tengo. Sin ti, ni ella estaría aquí. Sé que hay cosas que no se pueden cambiar, pero ¿pensarías, aunque sea, en perdonarme?

Alicia se quedó observándolo: ¿era real todo aquello? Finalmente, se acercó y le tapó la boca con la mano.

Los dos tenemos culpa. Déjame pensar. En todo. Mucho.

¿Vas a tardar mucho?

Unos siete meses más, me parece.

Julián la miró sin entender del todo.

¿Por qué me miras así? Alicia sonrió por fin. Ya lo has entendido.

En ese momento, María entró en la cocina con Churro apretado contra el pecho y los ojos pegados de sueño.

¿Ya no os vais a pelear?

Los padres se miraron.

¡Guau! ¿Pastel para desayunar? ¿Se puede?

Hoy se puede todo. Julián abrazó a Alicia y susurró: Te quiero. Dame una oportunidad.

Tú a mí también le contestó ella, bajito, girándose hacia su hija. Pero a las niñas sin lavar, el pastel les da dolor de tripa.

¡Ahora me lavo! María sentó a Churro en la silla. Dos trozos, por favor, uno para mí y otro para él.

Los osos no comen pastel.

¡Para eso estoy yo, para ayudarle!

Años después, Alicia caminaría por el Retiro empujando un carrito, apurada para recoger a María del colegio. El pequeño Hugo, en el carrito, se despertaría a destiempo y protestaría bajito. Julián la abrazaría por la espalda, cálido y propio.

Déjame a mí. Levantaría a Hugo en brazos y sonreiría; ella iría a buscar a María.

Con los años, hubo de todo. Más discusiones, reconciliaciones, meses separados entre la abuela Carmen y la abuela Pilar, el perdón inesperado, la muerte de la abuela y el nacimiento de Hugo, su primer diente, sus primeras palabras (¡Papá!), la primera vez de María con el moño blanco en la escuela. Acabó su primer día sin mirar atrás.

¡Mamá!

¡Mariquilla! Alicia la alzó. ¿Cómo todo?

¡Mejor que nadie! Don Manuel, mi profe, dice que solo dos niñas son perfectas: ¡Inés y yo!

¡Bravo! sonrió Alicia.

¿Y papá? ¿Y Hugo?

En el parque, esperándonos.

Eso está bien. ¿Y Churro?

¡Cómo íbamos a salir sin él! rió Alicia. Está en el carrito.

María suspiró. Le había cedido su oso favorito al hermano pequeño, como debe hacerse en las familias, aunque ella seguía echándole de menos. Pero eso se lo podía decir a mamá.

Mientras sus padres paseaban por el parque discutiendo algo entre risas, María se inclinó sobre el carrito y murmuró a Churro:

¿Crees que ahora todo está bien?

Churro solo la miraba en silencio con sus redondos ojos, pero María, en ese sueño extraño, estaba segura de que le había respondido.

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