En mi experiencia como docente tuve un caso muy especial: en mi clase asistía un niño llamado Nico, que nació con numerosas patologías, como retraso en el desarrollo, problemas cardíacos y, además, labio leporino con fisura palatina.

Hace ya muchos años, durante mis primeros años en la docencia en Madrid, recuerdo especialmente a un niño de mi clase que se llamaba Nicolás, aunque todos le llamábamos Nico. El pequeño vino al mundo con varias dificultades: tenía un desarrollo más lento, problemas de corazón y, además, nació con labio leporino y una fisura en el paladar. Durante sus primeros cuatro años apenas se entendía lo que decía, y no fue hasta los seis, tras muchísimas sesiones con logopedas y especialistas, que su habla empezó a aclararse un poco. Eso sí, hablaba con pronunciación nasal y con un tono ronco muy peculiar, pero al menos ya le podíamos comprender.

Fue justo en el año de su graduación de infantil, en primavera, cerca del Día de la Madre. Pensamos en que Nico recitara uno de los poemas para la función; queríamos que tuviera esa oportunidad porque, a pesar de su temor y de su cicatriz en el labio, era esencial que él, igual que el resto, se enfrentara al mundo y pudiera creer en sí mismo. Nada se consigue creciendo en un invernadero, la vida pide arrojo. Y además, él mismo ansiaba esa experiencia; siempre imitaba a sus compañeros al ensayar los versos, moviendo los labios en silencio.

Le tocó a Nico un fragmento del poema dedicado a las madres. Su madre, Carmen, se llenó de alegría al saber que sería él quien lo recitaría; jamás lo esperaba. Incluso Nico dudó que confiaran en él, porque sabía que era diferente.

Madre e hijo se entregaron con un tesón admirable. Cada tarde, como un ritual, repasaban los versos una y otra vez, delante del espejo, en voz baja y alta, ante los abuelos, turno tras turno. Y llegó el esperado día de la actuación.

Cuando llegaba el turno de Nico, lo vi asustado, aunque no titubeó en salir al escenario. Me dijo que recitaría solo para su madre, porque todo el esfuerzo era por ella. Salió al escenario, bien vestido con una pajarita azul y su mejor chaqueta, y empezó a decir los versos claramente. Pero a mitad del poema, quizás por los nervios o el cansancio, comenzó a trabarse y tropezó con una de las palabras difíciles.

El verso decía:
“Desde la escalera respondió Lucas: ¿Mamá es piloto? ¿Y qué pasa? Mira a Nico, por ejemplo, ¡su madre es…”
Se esforzó unos segundos, tratando de recordar, y al final soltó:
“¡Mi madre es… con-di-cio-na-do-ra!”

Algunos murmullos y risas apagadas recorrieron la sala. Nico se puso rojo como un tomate, bajó la vista y, enfurruñado, metió las manos en los bolsillos. Pero no dejó el poema.

En la siguiente estrofa, donde tocaba que dos compañeros también nombraran las profesiones de sus madres, un niño desde el fondo gritó:
“¡Todas son acondicionadoras!”
Las risas estallaron alto y fuerte. Nico, sobrepasado por la vergüenza, dio media vuelta y escapó del escenario.

Salí tras él y lo alcancé por el pasillo, pegado a la pared y secándose las lágrimas alborotadas con la manga de su chaqueta. Me agaché y, junto a su diminuta y colorada oreja, le susurré que aquella interrupción no había estado bien, que había sido una broma tonta. Le pregunté suave si quería intentarlo de nuevo, solo para su madre y para mí, y esta vez usando la palabra correcta: “policía”. Le prometí que estaría a su lado, que le tomaría la mano y, si se bloqueaba, le ayudaría enseguida.

Al principio resopló, negó con la cabeza, pero luego lo pensó y me confesó, medio temblando, que sí quería: “Por mamá. Pero tengo miedo”, añadió. Le aseguré que no estaría solo en ningún momento.

Le pedí a la cuidadora que le secara las lágrimas y lo retocara un poco, mientras yo regresaba al salón. Terminado el siguiente número, pedí la palabra ante todos los presentes, con el corazón encogido por los nervios.

Recuerdo mis palabras casi intactas, aunque ya hayan pasado trece años.

– Nico tiene seis años dije, y una gran parte de su corta vida la ha pasado entrando y saliendo de hospitales y balnearios. Ha tenido más operaciones que cumpleaños, y durante mucho tiempo apenas pudo hablar. Pero este año, tras mucho coraje y trabajo, ha aprendido. Hoy, para él, estar aquí leyendo un poema es más importante que para cualquiera de nosotros. Y lo quiere hacer solo para su madre, para que lo escuche ella. Por favor, ayúdenle, escúchenle con atención, es lo único que necesita.

La sala se quedó muda. Fui tras el telón, tomé a Nico de la mano y le animé a salir. Caminó despacio, incómodo, mirando el suelo, con su boca peculiar y sus mejillas aún húmedas. Se quedó de pie, luchando por decir algo.

– ¡Vamos, Nico! gritó su madre.
– ¡Vamos, Nico! repitió el niño bromista del fondo, esta vez con cariño.

Me arrodillé a su lado, agarrándole bien fuerte la mano.
– Adelante, Nico le susurré , por mamá.

Nico llenó los pulmones, empezó el poema desde el principio. Al llegar al verso donde había tropezado, apretó la mano, se puso rojo, pero prosiguió:
– “Mira a Nico, por ejemplo, ¡su madre es po-li-cí-a! Y las madres de Tomás y de Vera, las dos son in-ge-nie-ras.”

Y entonces levantó la mirada, desafiante, ante todos.

Jamás la pequeña sala de nuestro colegio había visto semejante ovación. Aplaudían todos: padres, niños, maestras, hasta la cocinera. Algunos incluso se pusieron en pie. Ya no hicieron falta más versos; el aplauso justificaba todo el esfuerzo.

Al terminar el acto, la profesora de música se me acercó y con un gesto entre divertida y severa, me dijo:
Te mereces un tirón de orejas por haber puesto en riesgo la función, pero los ganadores no se discuten. Y vosotros, tú y Nico, hoy habéis ganado.

En aquel momento no pude evitar llorar todo lo contenido en el día. La profesora me sentó y me consoló con un aplauso en el hombro.

¿Por qué lo recuerdo ahora, tanto tiempo después? Porque hace poco me crucé con Carmen, la madre de Nico, que me reconoció enseguida. Me contó que Nico, este año, había entrado en la Universidad Autónoma de Madrid, con beca, y aprobó todos los exámenes a la primera. ¿Y sabéis qué facultad eligió? Filología.

Y me dejó un mensaje de él: “Si no hubiera sido por aquel momento, quizá no habría dejado de sentirme un inválido.”

¿Y qué es lo más importante de esta historia? La perseverancia, sin duda, la fuerza interior… lo esencial es que de aquel niño limitado surgió un joven plenamente capaz, y eso fue posible gracias a quienes le rodearon y creyeron en él.

Ojalá que nunca se nos olvide ser pacientes y compasivos.

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MagistrUm
En mi experiencia como docente tuve un caso muy especial: en mi clase asistía un niño llamado Nico, que nació con numerosas patologías, como retraso en el desarrollo, problemas cardíacos y, además, labio leporino con fisura palatina.