Iván ha frito unas patatas, ha abierto un tarro de pepinillos. Hoy hace un año que perdió a su querida Elena. De repente, llamaron a la puerta.

Juan frió unas patatas, abrió un bote de pepinillos y se sentó a la mesa. Hoy se cumplía un año desde que Carmen ya no estaba. De pronto, alguien llamó a la puerta.

Has venido, sonrió Juan al ver en el umbral a su vecina, Aurora, y la invitó a pasar.

Sentados los dos, compartieron un silencio, recordando a Carmen. Juan, después de unos minutos, sacó un sobre de su bolsillo.

Aurora, este sobre me lo dio Carmen justo antes de marcharse explicó Juan, tendiéndoselo.

¿Pero eso no será para ti? dudó Aurora, mirando el sobre entre los dedos.

Léelo, ya lo entenderás respondió Juan bajito.

Aurora abrió el sobre, leyó la carta y soltó un suspiro que casi mueve las cortinas.

El yerno de Aurora, Lorenzo, había prometido venir a buscarla el sábado por la mañana. Le daba pena dejar la casa del pueblo, pero ya era finales de octubre. Cortaron el agua, ya tocaba volver a casa.

¡Aurooora! ¡Aurora Martín, estás en casa? llamó su vecino de siempre, Juan Domínguez, desde la valla.

Pasa, Juan, aún estoy aquí. Recogiendo los trastos, que mi yerno viene pasado mañana, a ver cuántas broncas me caen por cargar el coche de tarros de conserva. Si prácticamente no son míos los bultos, ¡es todo cosecha! Este año las manzanas han dado para empapelar todo el pueblo, y los pepinillos ni te cuento. Pero claro, ¿voy a dejarlo aquí? ¡Si todo lo hago para ellos, que para mí con unos tomates ya me vale!

¡No me digas nada, Aurora! Yo también recojo dentro de poco, aunque por ahora me quedo un poco más. Con lo bonito que está el otoño… Carmen lo adoraba. Mira, ¿te acuerdas de cómo celebrábamos el fin de temporada juntos? Cuando estaba Antonio, de chicos íbamos todos en comandita, los niños jugando, nosotros asando sardinas. Nuestro huerto parecía entonces que jamás crecería tanto. Ahora las zarzas se comen hasta el gallinero, pero antes, ni una sola mala hierba se atrevería a plantar cara.

Pues mira, justo hoy hace un año que se fue Carmen. Me gustaría recordarla. No me apetece hacerlo solo. ¿Te vienes? He hecho patatas fritas. Nos sentamos y la recordamos, que además tengo que hablar una cosilla contigo, Aurora.

Claro que sí, Juan. Anda, llévate unos pepinillos. Dame media hora, que tengo todo patas arriba.

Las familias vecinas habían compartido media vida: construyeron juntos las casas, plantaron los manzanos a la vez y celebraron cumpleaños de verano en el porche, siempre juntos. Verano era vida, y cada año la disfrutaban todos a una. Ahora, en agosto, los nietos de Aurora acuden a pasar todo el mes. Triste no le da tiempo a estar. Antonio, su marido, había fallecido hacía ya siete años, pero aún mantenía el vínculo de siempre con Juan y Carmen. O bueno, lo mantuvo, hasta que Carmen les dejó el otoño pasado. Aún presumía antes de adelgazar y lucía figura en la piscina. Después Bueno, nadie entiende del todo cómo pasan esas cosas.

Ese verano había sido raro. Juan no daba pie con bola; cavaba el huerto, pero la tierra quedaba sin plantar, porque Carmen ya no estaba. Se le oía manosear herramientas entre los trastos del cobertizo, refunfuñando. Aurora, este año, apenas recibió a los nietos. Que si colonias, que si la playa Para quién planta tantas cosas, ni ella lo sabía. Riega, arranca malas hierbas, todo por hacer.

Suspirando, Aurora se acabó de cambiar y fue a casa del vecino, que una promesa es una promesa.

Juan la esperaba con la mesa puesta: patatas fritas, tomates, el frasco de pepinillos de Aurora abierto en el centro.

Siéntate, Auro, que mañana vienen mis hijos, pero hoy es día para recordar a Carmen juntos. Mira, he encontrado las fotos viejas. Mira a Antonio, plantando el cerezo contigo, y todos nosotros con cestas de setas a rebosar. Y aquí Carmen tapándose los ojos del humo de la barbacoa. Venga, brindemos por los nuestros. Por Carmen, por Antonio.

Un brindis breve, unos pepinillos crujientes, y entonces Juan sacó el sobre del bolsillo.

Aurora, prométeme que me escuchas antes de pensar nada. Carmen el año pasado se fue casi de un día para otro. En agosto nos fuimos juntos del pueblo, pero nunca perdió la alegría. Veíamos juntos nuestras películas favoritas, charlábamos, como si repasáramos una vida entera en semanas. Un día, de repente, me da este sobre.

Juan, prométeme que harás lo que te pida, es mi último deseo. No respondas, no me contradigas, que tú y yo sabemos lo que hay me dijo.

Y me da este sobre, escrito de su puño y letra, ¡como sabiendo que no iba a tirarlo jamás! Toma, léelo. Y Juan le pasa el sobre a Aurora.

Pero esto…

Lee, que ya entenderás.

Aurora desplegó el papel y leyó las palabras de Carmen, reconocibles al instante:

Juan, cariño, se ve que me tengo que marchar antes, qué le vamos a hacer. Pero la vida sigue, y tú tienes que vivirla por los dos. Te pido, mejor dicho, te heredo el deber de ser feliz. No quiere decir que tengas que olvidarme, ni mucho menos. Es que me costaría irme tranquila sabiendo que te quedas triste. No pienso vigilarte, pero no quiero verte apagado. No tengas miedo de ser feliz. A nosotros nos encantaba vivir, eso no puede cambiar. No quiero que te quedes solo. Que igual conoces a alguien, que no me disgusta, al contrario. Y si resulta que es Aurora, a mí siempre me pareció que os llevabais bien. Habla con ella, propónle compartir la vida; es lo mejor para todos. Nosotros nunca hemos renunciado a la alegría, ¡que no empiece ahora! Juan, vive, pese a todo. Firmado, Carmen.

Aurora la leyó dos veces y miró a Juan.

Yo le prometí hacer lo que quiso, como ella pidió. Tú decides, Aurora, si quieres pensarlo Juan titubeaba. Aurora, ¿y si le damos una oportunidad? Nos une una amistad de toda la vida, y eso vale su peso en oro. ¿Quién nos va a juzgar a nuestra edad? Vivir y alegrarse de cada día, eso es bendición, y resignarse es pecado. ¿Quieres ser mi mujer, Aurora? Te prometo que no te arrepientes.

Aurora se quedó sin palabras. Miró a Juan y, al final, soltó:

Bueno, Juan, lo pensaré. Le diré a mi yerno que algo se me ha complicado y que me quedo otra semana por aquí.

Y ahí quedó decidido, y Juan la acompañó de vuelta a casa.

Esa noche Aurora apenas pudo pegar ojo. No era una cosa fácil. Se le pasó la vida entera por delante. Y justo antes de amanecer, soñó con Antonio. Él, sonriendo, le decía: ¿Tú qué crees? Siempre se vive mejor entre dos. Cásate con Juan, mujer, que me alegro, y así sé que no estarás sola.

Al verano siguiente, Aurora y Juan quitaron la valla que separaba sus huertos. Ahora tenían el doble de nietos revoloteando. Juan construyó un columpio, y Aurora plantó de todo, suficiente para dar de comer a medio pueblo. Las nietas ayudaban a la abuela, que les asignó su propio parterre. Los hijos venían a pasar los fines de semana, contentos de saber que sus padres no estaban solos, que seguían cuidándose y disfrutando.

¿Habrá quien lo critique? Seguro. Pero Carmen y Antonio los miran desde allá arriba, sonrientes. El testamento de la felicidad cumplido. Y, pase lo que pase, la vida sigue.

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MagistrUm
Iván ha frito unas patatas, ha abierto un tarro de pepinillos. Hoy hace un año que perdió a su querida Elena. De repente, llamaron a la puerta.