Inés, ¡no te imaginas! Resulta que Pablo y yo hemos decidido que el verano que viene volvemos a Benidorm el padrastro lucía una sonrisa tan absurda como un reloj derretido en la casa de Dalí. Dice que quiere ese hotel frente al mar otra vez. ¿Qué hago yo si el hijo de uno es de verdad como familia?
Había dicho hijo de verdad, de un modo tan natural que todo parecía siempre exactamente igual y, sin embargo, grotescamente distinto.
Me alegro por vosotros respondió Inés, evocando los veranos anteriores al torbellino de Pablo. Hijo de verdad… Siempre decías que éramos una familia, que da igual si uno es de sangre o no.
Eso decía. Que ella era su hija y ya está, con apellido prestado o sin él.
Ya estamos otra vez… ¡Inés! Sabes que eres mi hija, eso no se discute. Te quiero como si fueras de sangre. Pero, claro, Pablo…
Sin saberlo, confirmaba que sí, que había una diferencia. Y enorme.
Pablo, el hijo. Yo imagino que, a lo sumo, soy la vecina de al lado.
Pero Inés, ¿qué dices? Eres como de la familia.
¿Como? ¿Y alguna vez quisiste llevarme a mí al mar? En estos quince años llamándote papá, ¿alguna vez?
Pues no. Javier se llenaba la boca diciendo que entre ella y Pablo no había distinción, pero Inés, escuchando lo que Javier hacía por su hijo, lo veía: esa distancia era un abismo.
No podía, Inés. Antes no era tan fácil, con el dinero cuesta, no eras una niña y tú entiendes lo que cuesta una quincena en un hotel de cinco estrellas… Carísimo.
Ya, claro. Gastos, entiendo. Y, sin embargo, a Pablo, al que conociste hace apenas seis meses, ya le quieres meter en una hipoteca para que tenga dónde llevar a su esposa. ¿Eso no es un gasto importante si se trata del hijo real, no?
Pero si no hay ninguna hipoteca, ¿quién te ha dicho eso?
Voces amigas.
Pues diles a esos amigos que no difundan tonterías.
A Inés se le asomó una sonrisa irreverente.
¿Seguro que no?
¡Que no, hombre! Mira, ¿adivinas dónde vamos este sábado Pablo y yo? y sin esperar respuesta. ¡A los karts! En la universidad él corrió alguna carrera, y yo, bueno, acompaño.
Karts repitió Inés, las palabras parecían hechas de goma de borrar. Qué emocionante.
Y tanto…
¿Puedo ir? las palabras salieron sin aviso ni marcha atrás.
Javier se puso a tartamudear, incómodo:
Eh… Inés… Vas a estar aburrida. De verdad. Es como… de chicos. Pablo y yo tenemos que hablar de nuestras cosas, de padre e hijo.
Qué doloroso, como cuando sueñas que te caes y no puedes despertar
Es decir, a ti te interesa pero yo solo estorbo, ¿no?
No es eso… Javier se removía en la silla como si flotara. Es solo que llevamos toda la vida sin vernos y ahora queremos aprovechar. Ir los dos, tú entiendes, ¿verdad?
Entiendes esa palabra era el remate cruel, como si así quedara todo solucionado. Se esperaba de ella que entendiera que lo suyo era menos, que su lugar era detrás de la verja.
La verdad es que Pablo caía bien. Crecido sin padre, una madre callada como la niebla que nunca mencionó nada, y asombrosamente hábil y bueno, tan perfecto que parecía soñado.
Sí, papá, estuve echando una mano en el albergue. Arreglando jaulas de perros.
Papá, ¿sabes que tengo matrícula de honor?
Papá, mira, arreglé el móvil.
No era hijo; era una estampa. El hijo perfecto.
Aquella tarde, cuando Javier marchó tras tomar café, Inés hojeó fotos antiguas… La boda de Javier y su madre (la madre, que hacía cinco años que se disolvió como la espuma, dejándole a ella y a Javier solos). Un verano en Galicia. Y esa en que Inés terminaba el instituto
Nada volvería a ser igual.
***
Inés, ¿duermes? Javier apareció a las ocho de la mañana como un pensamiento excéntrico. Tengo algo urgente.
¿Urgente con ese café de las ocho?
Inés se apartó el flequillo con una diadema, encendió la cafetera.
Lo de la hipoteca para Pablo.
Así que era verdad… suspiró ella.
Lo siento, pero sí Es cierto.
Me mentiste.
No quería preocuparte. Pero ahora necesito consejo. Creo que hay que darse prisa. Se casa, tarde o temprano. Cuando uno es joven necesita su espacio. ¿Sabes cómo me vi yo…?
Pues mételo en una hipoteca gruñó Inés, sin ganas de hablar más de ese Pablo con tanta suerte.
Sí, sí, pero sabes que con mi historial no me dan crédito. Y Pablo merece que el padre que no tuvo le compre un piso.
¿Y a qué vienes?
¿Me ayudarías? ¿Si te lo pido?
Depende.
Mira, tengo ciento cincuenta mil euros. Eso cubre una entrada. Pero al banco no le valgo; a ti seguro que sí. Tú no tienes deudas. Ponemos a tu nombre, la hipoteca, la pago yo. Palabra.
La ilusión de no hay diferencias entre vosotros se hizo añicos definitivamente. Las hay. No le pediría a Pablo el sacrificio.
O sea, para Pablo el piso y para mí la deuda, ¿no?
Javier negó con una ofensa tan teatral como un cuadro de Velázquez de cabeza.
¡Qué cosas dices! Pago yo. Solo que figure a tu nombre. Piénsalo…
Verás, Javier, no pienso si endeudarme o no; pienso que ya no soy tu hija. Ahora tienes un hijo, sangres y papeles. Me conoces hace quince años, a él seis meses, pero solo importa lo que es de verdad.
¡Eso no es cierto! Javier se crispó Te quiero igual.
No, no igual.
Inés, eso no es justo. Es que Pablo es…
El telón. Ya no era su hija. Era, en el mejor de los sueños, funcional, cómoda, suficiente mientras no apareciese el auténtico.
Lo entiendo. No puedo hacerlo, Javier. Algún día querré comprarme mi propio piso. No me dan dos hipotecas.
Javier pareció recordar justo entonces que también ella estaba de alquiler, sin más casa que la propia espalda.
Es verdad, a ti también te hará falta… se miró el reloj. Pero mientras no compras, puedes ayudarme. Solo un par de años.
No. No pondré mi nombre.
Y tampoco esperaba que Javier lo comprendiera.
Bueno dijo él, resignado. Si no puedes ayudarme como hija… ya veré cómo lo hago.
Si alguna vez creyó Javier que ella era su hija, no importaba ya. Ahora Inés veía a Javier solo en álbumes digitales.
Una noche, soñando que navegaba entre recuerdos y redes sociales, apareció la foto.
En Barajas, Javier y Pablo. Ambos con chaquetas claras, Javier la mano en el hombro de Pablo, y abajo la frase: Volando con mi padre a Dubái. La familia es lo primero.
Familia.
Dejó el móvil sobre la mesa.
Recordó de pronto una escena de su niñez, mucho antes de Javier. Ella tenía cinco años. Por aquel entonces vivían en un piso modesto; su muñeca, la que le regaló la abuela, se rompió. Lloró y su padre el biológico, el del bigote y el olor a vino dijo: Inés, ¿por qué lloras por una tontería? No me molestes.
Nunca se le podía molestar. Solo existía el vino. En realidad, Inés ninca tuvo padre, y pensó que Javier podría ocupar ese lugar
No tardó Javier en intentarlo de nuevo.
Inés, he pensado que tenemos que arreglar lo de tu desconfianza…
¿Qué desconfianza, Javier? Te dije ya que no.
No entiendes la situación. Pablo no tuvo padre, ya sabes, hay que compensar ese vacío, ahora necesita piso… De ti no pido nada, solo que firmes, te aseguro que no gastarás un euro.
¿Quién tapará mis vacíos?
Eso a Javier le enfadó de veras.
¡Inés, ya basta! No quiero discusiones. Te quiero, en serio. Pero Pablo Pablo es mi familia verdadera. Cuando tú tengas hijos lo entenderás. Os quiero de formas distintas, pero no sobra nadie.
Sobra. Como recurso, sí.
¡Inés, para ya! Lo exageras todo.
Medio año te ha bastado para cambiar, Javier dijo ella. No te pido que elijas. Ya está elegido. Dijiste la verdad: Pablo es de sangre. Yo jamás lo fui.
Pasaron seis meses. Javier no llamó. Jamás.
Y un día, cruzando su feed como si caminara en una playa de relojes blandos, vio otra foto.
Javier y Pablo, esta vez en la Sierra Nevada. Javier vestido de esquí, a la moda. Titular: ¡Enseñando a papá a hacer snowboard! Tarde, pero juntos todo se puede.
Inés la observó largo rato.
Volvió a su escritorio, lista para acabar el informe, cuando el móvil vibró. Número desconocido.
Hola, Inés. Soy Pablo. Papá me pasó tu número, pero no se atreve a llamarte. Quiere que sepas que ya ha encontrado otra solución para el piso, que está muy pendiente de ti. Y quiere invitarte para el puente de mayo. No me preguntes por qué, pero le haría mucha ilusión.
Escribió, borró, volvió a escribir su respuesta.
Hola, Pablo. Dile a Javier que me alegro mucho por él. Yo también pienso en él. Pero no voy a ir. Tengo otros planes para el puente. Me voy al mar.
No aclaró que los billetes los había comprado ella, que el mar no era Benidorm ni Estambul, sino Valencia. Y que viajaba con una amiga, no con un padre.
Inés pulsó enviar.
Y supo, por fin, que también se puede soñar y despertar en paz, aunque el padre no esté allí.





