¡Que no quiero tu dinero! le soltó Sofía de malas, tirando los billetes arrugados al suelo.
En realidad, es tu dinero le contestó la dueña del piso con calma. Y lo que ha pasado no ha sido culpa mía. Por favor, no montes un espectáculo que vas a despertar a los vecinos.
Sofía la fulminó con la mirada, dio media vuelta y bajó las escaleras del portal casi a trompicones.
Nada más salir, notó un mareo y tuvo que sentarse en un banco para no caerse. Se tapó la cara y se le escaparon las lágrimas, en silencio casi total. No se perdonaba lo que había hecho:
Si llego a saber que esto iba a acabar así Jamás habría ido a esa boda.
*****
¡Sofi, me caso! le anunció su amiga Inés por teléfono, casi chillando de alegría. La boda es en un mes. Y después la ceremonia religiosa. ¿Vendrás?
¡Enhorabuena, de corazón, Inés! Me alegro muchísimo, pero Sofía suspiró pesado.
¡Venga, suéltalo ya!
Perdona, pero creo que no voy a poder ir. De verdad que me encantaría, pero
¿Cómo que no puedes venir? Inés se quedó completamente sorprendida. ¡Si hemos estado juntas desde primero de la E.S.O., hemos pasado de todo! ¿Y no vas a venir a mi boda? ¿Estás enfadada conmigo o qué?
Ni loca me enfadaría contigo. Lo que pasa es que la boda no será sólo un día, a eso voy.
Bueno, sí, serán unos tres días. Y seguro que puedes pedir un par libres en el trabajo
No es por el trabajo. Es por León, mi gato. No tengo con quién dejarlo y llevarlo contigo ya sabes que no se puede. Así que
¡Nada de excusas, Sofía! Sabes que tienes que estar. Mira, pídele a alguien que te lo cuide. Seguro que hay alguien de confianza o alguna residencia buena para gatos. Si no, te ayudo yo, lo que haga falta.
No sé, Inés
Tienes un mes para solucionarlo, ¿vale? No me falles, que quiero verte en el día más importante de mi vida.
A Sofía le costó un mundo decidirse. No podía dejar a su León solo ni dos días, él es sociable y odia la soledad. Al final, convencida por Inés y tras mirar mucho todas sus opciones, encontró en Internet a una mujer: doña Elisa Gutiérrez, con decenas de comentarios positivos y experiencia en clínica veterinaria. Parecía una opción segura para dejarle a su León.
Quedó con Elisa, vio el piso: tres habitaciones, una completamente dedicada a los gatos. Todo parecía limpio, bien organizado, y la dueña era amable.
Encima había otros gatos, así que no pensaba que León se sintiese solo. Hasta le habló Sofía antes de irse:
Venga, León, solo serán tres días. ¿Aguantas por mí, sí?
El gato se restregó en sus piernas, la miró a los ojos y quiso subirse a sus brazos, pero ya era hora de marcharse. Elisa sonrió:
De verdad, que va a estar de maravilla, no te preocupes.
Eso espero le dijo, dándole dos billetes de 20 euros. Por favor, si pasa algo, llámame enseguida.
Por supuesto.
*****
Los tres días pasaron volando.
Inés estaba feliz de tener a Sofía en la boda y, por supuesto, en la ceremonia de la iglesia. El novio le cayó bien. Parecía buena gente; un tipo formal, de esos que transmiten confianza.
Sofía pensaba en León cada día y todas las tardes llamaba a la señora Elisa:
Buenas tardes, ¿qué tal está León? ¿Se porta bien?
Muy bien, Sofía, le contestaba Elisa Come bien, va al arenero sin problema ¿Sigue todo igual, vienes a buscarlo dentro de los días previstos?
Sí, por supuesto, ¿por qué lo preguntas?
Nada, sólo quería asegurarme. Hay veces que los dueños avisan a última hora para retrasar la recogida y así puedo organizarme.
Tranquila, que yo no podría aguantar más de tres días lejos de mi gato.
El día que volvió a Madrid, Sofía fue del tirón a casa de Elisa.
Vale, te espero le oyó suspirar al teléfono.
En el taxi de camino, le resonó ese suspiro. Algo iba mal se estaba imaginando lo peor, aunque quería tranquilizarse:
No seas paranoica No puede haber pasado nada raro. Si ella ha dicho que todo va bien
Pero la inquietud era muy real.
Tu gato se ha escapado le soltó Elisa nada más abrir.
¿¡Cómo!? ¿¡Qué ha pasado!?
Arriba estuvieron de obras y montaron un ruido infernal. Los gatos se asustaron mucho. Fui a pedirles que bajaran el volumen un par de días Justo al abrir la puerta, tu León salió disparado al portal. No me dio tiempo a nada.
¿¡Por qué no me has llamado!? le gritó Sofía, roja de rabia y de angustia ¿Por qué mentiste?
Pensé que lo encontraría. A veces pasa, con tantos gatos es complicado. Otras veces escapan y siempre han aparecido Puse anuncios en Internet, pero hasta ahora nada. Pero igual hay suerte, no pierdas la esperanza
¿Que no pierda la esperanza? ¡No lo puedo creer! Tú prometiste que estaría bien.
Si quieres, toma tu dinero.
¡Qué no quiero tu dinero! insistió Sofía, tirando otra vez los billetes al suelo.
Pero son tuyos dijo Elisa con calma. Y, de verdad, yo no tengo la culpa de lo que ha sucedido. No montes un escándalo, por favor.
Sofía la miró con rabia contenida, se fue y bajó las escaleras casi tambaleándose. Salió del portal y se sentó en un banco, sin poder ver nada por las lágrimas. No quería creer que esto le estuviera pasando. ¿Para qué fui a esa boda? ¿Por qué no me quedé con León?.
Se acordó de la primera vez que lo rescató. Volvía del trabajo una fría tarde de finales de diciembre, víspera de las vacaciones de Navidad que pensaba dedicar a sí misma, cuando un pequeño bollo pelirrojo se lanzó a sus pies desde un seto. Era tan pequeño que ni lo pensó: se lo llevó a casa.
Celebró la Nochevieja con León y desde entonces compartieron cada siesta, cada finde, cada cosa. Sin darse cuenta, ese renacuajo se había convertido en su familia.
Hija, mejor búscate novio que gatos callejeros le bromeó su madre cuando Sofía le contó lo de León.
Primero vino un gato, el chico tendrá que aguantarse con ser el segundo.
En el curro también la tildaron de loca por amar de esa forma a un gato, aunque seguro que en el fondo cada uno terminaría entendiendo lo que era tener un animal propio. Eso pensarían cuando les llegase el momento.
Desde León, la vida de Sofía cambió: la casa llena de pelos pero también de amor y calorcito. Cada tarde León, con sus enormes ojos, esperaba en la puerta y le daba cabezazos de cariño.
Dormía a su lado, ronroneando tan alto que parecía un camión. Y ahora nadie la esperaba, nadie le ronroneaba. Ya no estaba León.
Bueno, quería creer que estaba en algún lugar. Dónde, ni idea
¡Basta ya! dijo de repente, levantándose del banco. No me voy a quedar cruzada de brazos. Tengo que encontrarlo.
*****
¿Hola? ¿Es usted la dueña de un gato pelirrojo? Sofía casi gritó en el móvil cuando la llamó una voluntaria de una asociación de rescate. Una señora encontró un gato como el de la foto, te ha enviado la dirección por SMS, ¿puedes ir hoy?
¡Mil gracias!
Sofía agradecía de verdad a todos los que la ayudaban porque ella sola no habría podido con todo eso. Ya iba mes y medio desde que León había desaparecido. Ni una noche dormía tranquila; revisaba cada portal online de mascotas perdidas. En las fotos nunca estaba León.
Y por colmo, solo tenía fotos de cuando era un cachorro. Ahora era más grande y había cambiado mucho y, claro, cualquiera lo reconocía.
Bajó del taxi, tocó al portero, esperó. La señora la recibió.
Después de diez minutos salió, mirando en vano algún banco. No había, así que se quedó llorando de pie.
El gato de esa casa también era pelirrojo, mimoso, pero no era su León. La mujer lo abrazó y le dijo:
Me lo quedo yo, entonces. Y tú muchacha, suerte. Seguro que encuentras al tuyo, no pierdas la esperanza.
Por primera vez, Sofía sintió envidia de alguien. Por eso se marchó enseguida. No quería contagiarle su tristeza.
En los meses siguientes la llamaron varias veces para que viese gatos como el suyo, pero ninguno lo era. Era lo más duro: correr ilusionada, entrar en una casa esperando que fuera él, y salir con el corazón más roto aún.
Hija, lo sé, le querías mucho le decía su madre por teléfono Pero tienes que seguir adelante. Si quieres, vente al pueblo, la gata de la vecina ha parido, creo que hay un rubio
Gracias, mamá, pero no quiero otro.
Pasaron seis meses y nada. Sofía entendió que la esperanza se había agotado. Solo le pedía a Dios una cosa: que León estuviera vivo, donde fuera. Aunque ya no estuviera con ella, pero que viviera.
*****
No tenía ni idea de cómo reconstruir su vida ahora. Se sentía culpable de haber dejado a León con una extraña por asistir a una boda. ¡Total, por una fiesta! Si se hubiera quedado en Madrid, León aún estaría con ella.
Y ahora ahora no sabía nada. Ni dónde ni cómo estaba su gato. Y la incertidumbre era lo peor.
Los fines de semana Sofía salía a pasear para no quedarse encerrada en un piso lleno de recuerdos. Recorrió media ciudad, preguntando incluso cerca de los cubos de basura. Sabía, muy dentro, que probablemente no le encontraría. Pero no podía dejar de intentar.
Un día, sin planearlo, acabó en las afueras, frente a un refugio de animales. Igual mamá tiene razón y debería adoptar otro gato, pensó. Pero enseguida se sintió fatal. ¿Y si un día León aparece? ¿Qué pensaría?
En ese momento, salió una voluntaria a la puerta.
¿Buscabas un animalito? Puedo enseñarte el refugio sin compromiso
Sofía dudó, pero aceptó.
Mira, este es Simón; allí está Valiente. ¿Verdad que son preciosos?
Sí muy bonitos susurró Sofía, pero por fin sintió un pequeño alivio allí, rodeada de animales.
Los gatos y perros del refugio la miraban con ojos llenos de esperanza. Sintió que esas miradas le curaban un poco el alma.
¿Y allá al fondo, quién está? señaló a una jaula apartada.
Ah, ahí vive nuestro ermitaño respondió la voluntaria. Un gato muy raro, no se deja tocar nunca. Llegó medio muerto hace seis meses ya está recuperado pero no confía en nadie.
A Sofía se le encogió el corazón.
¿Puedo verlo? Solo mirar
Vamos.
El gato pelirrojo, apartado, ni se giró al notar sus pasos. Parecía no querer que nadie se acercara.
Ese es, explicó la voluntaria. Siempre se da la vuelta cuando alguien entra.
Sofía casi no oía a la chica. Tenía los ojos fijos en el animal.
¿Era posible?
¿León? preguntó en voz bajísima León, ¿eres tú?
El gato giró la cabeza con desconcierto.
No puede ser, pensó.
¡León! gritó, esta vez con más fe. ¡Ay, mi León! ¿Me reconoces?
Él la miró, olfateó el aire. Dudó. ¿Es mi humana?. Algo, una chispa, se encendió en su recuerdo. Sí, era su voz, sus ojos, su olor. Sabía que era Sofía.
Pero no se movió aún. ¿Me dejó? ¿Vendrá a por mí otra vez?. Dudó un segundo largo y cuando la intuición felina le dijo que sí, corrió hacia los barrotes. Maulló, ronroneando fuerte.
La voluntaria abrió la jaula y León y Sofía se abrazaron, entre lágrimas. Los gatos miraban. Los perros miraban. Hasta las nubes y el sol miraban, y les sonreían desde arriba, porque eran esos momentos tan bonitos en los que el mundo casi brilla.
Salieron juntos del refugio y Sofía prometió volver para ayudarles.
León ronroneaba tan alto que parecía una turbina, y maullaba como si le contase a Sofía toda su historia: Me asusté tanto aquel día con los ruidos Corrí a buscarte y me atropelló un coche. Pero nunca te olvidé. ¿Me prometes que nunca más me dejarás?.
Sofía lo miró a los ojos y le acarició la cabeza.
No, León. No te volveré a dejar nunca.







