Silencio de Nochevieja

Silencio de Nochevieja

Noviembre se presentó gris, mojado, y, como siempre, melancólico. Los días se arrastraban sin prisa y sin chispa. Claudia solo notó que había llegado diciembre por la invasión de anuncios de cava, jamón ibérico y cajas de polvorones.

Madrid, como cada año, se rindió a la fiebre prenavideña: los escaparates resplandecían con luces y guirnaldas. Las personas, cargando bolsas de regalos, se movían entre los adoquines como si estuvieran compitiendo en una carrera de obstáculos. Todo el mundo tenía prisa, preocupación y mil planes en la cabeza.

Claudia, en cambio, no esperaba nada y no corría a ningún sitio. Solo aguardaba a que aquel circo se extinguiera.

Cuarenta años. Ya está. El divorcio, firmado hacía tres meses, no había dejado una herida sino una extraña y cómoda anestesia. No había hijos, así que nada de negociaciones ni grandes dramas. Simplemente dos rutas que cruzaron en paralelo unos años y que ahora, por fin, continuaban lejos la una de la otra.

¡Feliz Año Nuevo! gritaban sus compañeros de oficina, lanzándole guiños que parecían un poco desafiar a la realidad.

Claudia respondía con una sonrisa educada sin apenas rastro de alegría. A lo largo del día se repetía como si fuera un mantra: No es nada especial. Diciembre solo le da paso a enero, miércoles se convierte en jueves. Ni pizca de motivo para fiesta.

Tenía unos planes para la noche de Nochevieja tan claros como el agua: ducha rápida, ponerse el pijama más viejo, preparar una infusión de manzanilla y meterse en la cama a las diez, como cualquier otra noche.

Nada de langostinos, ni Campanadas, ni una botella de cava que se quedaría huérfana en la nevera hasta el año siguiente.

***

Y llegó el esperado 31.

El cielo, como siempre tan guasón, decidió gastar su propia broma: lluvias heladas y pesadas, mezcladas con esa masa sucia de nieve entre las aceras. El cielo opresivo, gris y aburrido, hacía que hasta las bombillas de la Gran Vía parecieran cansadas. El clima ideal para esconderse bajo las mantas.

A las nueve y media, como había prometido, Claudia ya estaba tumbada en la cama, tapada hasta la barbilla. Se oía de fondo algo parecido a música en el piso de al lado. Cerró los ojos y se obligó a dormirse.

Hasta que un ruido abrupto la sacó de golpe del letargo.

Alguien aporreaba la puerta con tal insistencia que parecía urgente, vamos, como si dependiera el destino del planeta. Claudia se sentó en la cama, mascullando alguna burrada sobre vecinos borrachos y maleducados. Miró el reloj:

23:45

Se levantó, pero no fue hacia la puerta. Seguro que algún despistado buscaba otra planta o piso. Ya se iría solo. Sin embargo, se acercó a la ventana, por alguna absurda curiosidad, y se quedó petrificada.

Madrid parecía haber cambiado de dimensión: ni lluvia, ni nieve cochambrosa, ni asfalto triste.

Fuera, enormes copos blancos como los de la infancia, de esos que parecen pelusas caían lentamente, iluminados por la farola, cubriendo la calle de un manto inmaculado.

En pocas horas, el mundo se había vuelto un cuento.

***

De nuevo la puerta. Ahora, los golpes eran más suaves pero igual de persistentes.

Aún embobada por la estampa del exterior, Claudia fue a abrir. No le interesaba quién estuviese allí, sino ese instante de estar viva. Giró la llave y abrió.

Y allí

***

Allí estaba su vecino.

Gabriel, del piso justo de enfrente. Un hombre de edad indefinida, siempre despeinado y con ojillos de pillo. Vestía una chaqueta de tweed algo desgastada y llevaba el bufanda enrollada de cualquier manera como si se lo acabara de poner para bajar a comprar churros.

En una mano sostenía una maletita de cuero viejo, y en la otra un bote de cristal repleto de un líquido rojo que parecía delicioso.

Perdone, ¿le molesto? dijo con esa voz rasgada de los fumadores de antaño. Es que me ha parecido notar una cosa silencio de Nochevieja. Es el silencio más raro que existe, y no he podido ignorarlo.

Claudia se quedó seria, mirándolo como si viera un fantasma, y luego echó un vistazo a la calle, donde los copos bailaban bajo la farola.

Gabriel, ¿qué qué necesita? logró preguntar finalmente, sintiéndose extrañamente desorientada.

Le traigo un regalo le ofreció el bote. Es zumo de grosellas. Mi difunta esposa juraba que curaba cualquier tristeza. Y además alzó la maletita quería enseñarle algo. ¿Me deja entrar solo quince minutos? No quiero nada más. Justo hasta las campanadas.

Claudia se quedó en la puerta, dudando. Toda su coraza, esa que estaba construida con no pasa nada, comenzó a agrietarse. Primero la nieve de ensueño, ahora aquel vecino tan peculiar con su zumo y su tesoro misterioso. El mismo interés que había sepultado bajo toneladas de desencanto volvió a asomar.

Pase balbuceó ella, apartándose con timidez.

Gabriel entró, se sacudió los zapatos y ni se molestó en quitarse el abrigo. Dejó la maletita en medio del salón, iluminado solo con la luz que se filtraba por la ventana.

¿Aquí vive usted austera, eh? observó, sin rastro de crítica ni lástima. Solo constatación.

No pensaba celebrar nada aclaró Claudia, cortante.

Lo entiendo asintió Gabriel. Después de cambios como el suyo, parece que la fiesta debería estar prohibida. Todo el mundo feliz de la vida, y tú pues no. Ni ganas. Y encima uno piensa que está estropeado por no ponerse contento.

La exactitud de sus palabras la desconcertó todavía más.

Hasta entonces apenas habían intercambiado tres frases sobre el buzón o el tiempo.

¿De verdad?

Soy mayor, Claudia. He visto mucha gente y muchos diciembres grises. Créame: el invierno no es el final. Es justo el momento en el que el campo descansa para recuperar fuerzas. Las personas también podemos descansar pero no eternamente.

Abrió la maletita sin ceremonia. Y allí, sobre forro de terciopelo, no había joyas ni secretos, sino decenas de bolas de cristal. Todos diferentes. Una azul con polvo plateado imitando la Vía Láctea. Otra roja, con una mini rosa dorada dentro. Otra transparente, que al girarla, desvelaba una luz diminuta; una micro arcoíris.

¿Qué es esto? susurró Claudia, acercándose.

Mi colección Gabriel estaba orgulloso. No colecciono sellos ni monedas. Colecciono recuerdos. Cada bola es un instante feliz de mi vida. Mire, esta azul sacó una y la sostuvo en la palma es nuestro primer viaje a los Picos de Europa con mi mujer. Miramos las estrellas y nos prometimos no separarnos. Cumplimos. Esta roja se la mostró me la regaló en nuestro primer aniversario. Decía que el amor verdadero es como una rosa que nunca se marchita.

Claudia observó esas diminutas galaxias de vidrio, y el corazón que sentía congelado empezó a calentar. No eran simples adornos; eran historias, ternura y algo de magia.

¿Por qué me las enseña?

Porque está vacío aquí respondió sin rodeos Gabriel. Y quiero que sepa que la nada no es una condena. Es espacio libre. Donde se puede poner algo nuevo. Mire.

Sacó del bolsillo una bola sencilla, transparente y sin brillito ni dibujo.

Esta es para usted se la pasó. Su primera bola. El símbolo de esta noche. El símbolo de haber abierto la puerta cuando pensaba dormir. El de la nieve, el de que hasta en el silencio más gris puede aparecer un milagro.

Claudia la sujetó. Fría y pulida.

Por la calle empezaron a sonar las campanas y los vecinos gritaban ¡Feliz Año Nuevo! con entusiasmo sobreactuado.

Claudia miró a Gabriel. Sus ojos chispeaban, pero ahora le parecían profundos y sabios.

Gracias murmuró, y por primera vez en meses, le salió una sonrisa verdadera, tímida y todo.

No hay de qué le sonrió Gabriel también. Ahora tiene un comienzo. Lo demás usted verá qué recuerdo pondrá dentro. Quizás el café caliente de mañana. O quizás ese libro que terminará. O algo más grande. Quién sabe. El año solo acaba de empezar.

Guardó su colección, le deseó buenas noches y se marchó, dejándola con el silencio.

Pero el silencio ya no apretaba. Era otro, ligerito y lleno de esperanza.

Claudia se acercó a la ventana, bola transparente en mano. La nieve seguía cayendo, borrando huellas, tapando todo con pureza. Por primera vez en mucho tiempo, pensó no en lo que fue, sino en lo que podría ser.

Y entendió que sí, aquello sí era un milagro de Nochevieja.

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