Cuando mi marido presentó la demanda de divorcio, cogí a mis niños y me fui a vivir con mis padres a Segovia. No era capaz de apañármelas solita: tenía que trabajar y cuidar de los críos, que no era poca cosa. En aquel momento, la mayor, Carmen, tenía tres añitos y el pequeño, Gonzalo, apenas dos.
Pedí una hipoteca y, hala, a empezar de cero como quien dice. Al principio, solo saludaba a los vecinos por el rellano, sin mucha confianza.
Hasta que, cosas del destino, me crucé con un hombre llamémosle Javier. También tenía un hijo, Diego. A veces lo veía acompañado de una mujer y, claro, yo tan inocente, pensé que estaría casado. Y si te digo la verdad, me hacía tilín, pero no estaba yo para líos con hombres comprometidos.
Un día, Javier vino a arreglarme un grifo. Yo, al agradecérselo, le invité a un café. En mitad del cotilleo, me enteré de que la chica que venía con él era la niñera, no la esposa. Resulta que llevaba una racha nefasta con las cuidadoras, que ninguna le duraba, y que su mujer había fallecido el año pasado. Familia, solo tenía a su hijo.
Así nos fuimos conociendo. Charlábamos, nos llamábamos de vez en cuando y dábamos paseos con los críos por el parque de la alameda. Hasta que un día Javier apareció a mi puerta cuando estaban mis padres en casa:
¿Qué tal, vecina? ¿Me podrías echar una mano con Diego? Han cerrado la guardería por un brote de gripe y tengo que salir pitando al trabajo. La niñera, para variar, está mala.
Claro, hombre, no te preocupes contesté.
Me plantó en la mano una bolsa llena de cosas, tres tuppers y una lista detalladísima con instrucciones para cuidar de Diego. Me advirtió que me llamaría, pero jamás imaginé que iba a hacerlo cada media hora, exigiéndome el parte completo: ¿qué ha comido?, ¿cómo va vestido?, ¿cuánto habéis paseado?, ¿no estaría el chaval destemplado…?
Cuando volvió a por el niño, montó en cólera porque Diego llevaba una camisa roja en vez de la azul como ponía en su Santa Biblia de Instrucciones. Y, en lugar de darme las gracias, me cayó una retahíla de quejas. Antes de irse, remató:
Te lo traigo mañana otra vez, ¿vale?
Yo, tonta de mí, nunca le decía que no, ni aunque estuviera tapada de trabajo. Pero mira tú por dónde, un día acabé hospitalizada. Javier llamó a mi puerta, yo sin poder contestar, y cuando por fin le expliqué por teléfono que estaba ingresada, me colgó de malas maneras.
Al cabo de un tiempo, él se ofreció a cuidar de mis niños, pero le dije que no porque tenía que trabajar. Se acabaron las llamadas, los paseos y hasta el buenos días en el portal. Entonces me di cuenta: yo creyendo que era ese hombre especial… y no era más que un caradura utilizándome como niñera de saldo.
En fin, espero que algún día aparezca un hombre que me cambie el mundo por completo, y por supuesto, que sepa poner una lavadora.






