Sucede que tanto mi marido como yo estamos en casa, en pleno confinamiento. Nos hemos quedado sin dinero. Tenemos que hacer algo urgente: todavía falta una semana para cobrar y apenas nos queda nada en la cartera.
Por supuesto, intento no preocuparme demasiado; aún tenemos algo de comida en la nevera. Nos las arreglaremos digo en broma.
Entonces recordamos a uno de nuestros deudores. La cantidad que nos debía no era mucha, pero ahora nos vendría de maravilla.
Mientras yo preparo una infusión, mi marido ya ha encontrado su número de teléfono y le llama. Cuando finalmente contesta, mi marido empieza a hablarle con tono firme exigiendo el dinero cuanto antes. Pero, tras un minuto, noto un cambio radical en su voz; pasa a disculparse y a mostrar compasión.
Al colgar, me cuenta lo ocurrido: según el deudor, su madre acaba de fallecer. Como personas decentes que somos, acordamos esperar a que nos lo devuelva más adelante.
Varias semanas después, decidimos cocinar algo especial y, al volver a casa, nos acercamos a la frutería más cercana para comprar lo necesario. Cuando estamos a punto de irnos, para nuestra sorpresa, nos encontramos con la difunta madre del deudor tan viva como siempre. Me quedé boquiabierta.
Jamás había visto a mi marido tan enfadado. Subimos al coche y nos dirigimos directamente a casa del supuesto hijo de la difunta. Al llegar, no solo lo encontramos en evidente estado de embriaguez, sino que además se niega rotundamente a devolvernos el dinero.
Mi marido está ya a punto de recurrir a la fuerza, cuando, de repente, el hombre cede y confiesa que lo primero que se le ocurrió fue mentirnos para librarse del apuro. Acto seguido entra en su cuarto y regresa con el dinero. Desde ese día, nunca más lo hemos vuelto a ver.
Decidme, ¿cómo se puede seguir confiando en las personas después de algo así?






