Durante mis años universitarios, fui muy amigo de Lucía. Sin embargo, el rumbo de la vida nos llevó a ciudades distintas: yo me mudé a Madrid junto a mi mujer y, por mucho timpο, no supe más de Lucía. Gracias a la llegada de internet, logramos retomar el contacto y volvimos a escribirnos con frecuencia. En el transcurso de esas conversaciones, Lucía terminó por contarme la historia de su yerno.
Lucía tenía una hija que se llamaba Jimena; su marido la abandonó al poco tiempo de nacer Jimena. Así que Lucía crió sola a su hija, volcando en ella todo su amor y esfuerzo, siempre procurando ofrecerle a Jimena una vida mejor de la que ella misma había tenido. Cuando su hija terminó la universidad y empezó a trabajar en un hospital público, conoció a un chico llamado Diego. Aunque no le impresionó demasiado de primeras, ya que Diego no tenía estudios universitarios y era bastante sencillo, resultó ser un tipo muy agradable y afable. Al principio, Lucía lo miraba con recelo, pensando que su hija, tan inteligente y bien formada, merecía a alguien distinto.
Lucía tenía la esperanza de que, tarde o temprano, Jimena se daría cuenta por sí misma y optaría por dejar a Diego. Pero, para su sorpresa, al cabo de un mes la pareja decidió casarse con una ceremonia sencilla, lo que enfadó profundamente a Lucía. Seguía pensando que Jimena, tarde o temprano, se cansaría de la vida matrimonial y terminaría dejando a Diego. Por ello, Lucía decidió no acudir a la boda, alegando que estaba enferma, y nunca demostró mucho interés en la vida o familia de su yerno.
Con el tiempo, Jimena y Diego visitaban a Lucía con frecuencia. Mi amiga les preparaba comidas sencillas y, mientras su hija apenas probaba bocado, Diego comía con mucho apetito. Lucía no se esmeraba demasiado y solía servirles sobras, filetes demasiado hechos, pan del día anterior o guisos poco atractivos. Aun así, Diego comía todo agradecido e incluso se lo agradecía efusivamente. Aquella gratitud sincera llegó a conmover a Lucía; sin embargo, sus dudas sobre Diego no desaparecieron al instante.
Una noche, mientras Jimena veía la tele y Diego cenaba, él felicitó a Lucía por el guiso que había preparado. Ella, divertida por su entusiasmo, le comentó que era un plato común que muchas veces dan en las guarderías. Diego, con total sinceridad, le explicó que en la suya rara vez servían algo comestible. Mi amiga se quedó sobrecogida ante aquellas palabras y, de repente, sintió una oleada de culpa y vergüenza por haber sentido un rechazo tan infundado hasta entonces hacia su yerno.
Desde entonces, la actitud de Lucía cambió y comenzó a esmerarse en la cocina, procurando preparar siempre sus mejores platos para Diego, valorando de veras la bondad que tenía aquel hombre en el fondo. Aquella frase bastó para que Lucía cambiara sus sentimientos hacia él y se forjara un vínculo que sobrevivió, pese a todas sus reservas iniciales.




