Encontré la ocasión perfecta para hacer mi propuesta. Un relato.

Querido diario,

Hoy me ha llegado una excusa para proponerte algo que llevo rondando la cabeza desde hacía tiempo. Primero, agradezco de corazón el apoyo de todos: los likes, los comentarios que me hacen sentir escuchado, las suscripciones y, sobre todo, las generosas donaciones. Gracias a vosotros y a mis cinco gatitos, que siempre están maullando por un buen trozo de jamón, he podido seguir adelante. Compartid mis relatos en vuestros contactos, que también me alegra como a un niño con una pelota nueva.

¿Tu hija quería un perro de raza? me preguntó la vecina del piso de al lado, Carmen, mientras colgaba la ropa en el tendedero del patio.

Claro que sí, pero el bolsillo está apretado; vivimos sin un dueño que nos respalde respondí, intentando disimular la ironía. Carmen sonrió y, como quien ofrece un caramelo sin haberlo comprado, soltó: Te lo dejo sin costo, vamos.

Como si el destino hubiera tirado una moneda al aire, Paloma, mi hija, acababa de salir del instituto cuando escuchó la conversación y se lanzó a los brazos de la idea.

¡Mamá, vamos! ¡Es gratis! Yo lo paseo y prometo sacar sobres de cinco en los exámenes, ¡te lo juro! exclamó con esa energía que sólo una adolescente puede tener.

¡Ay, Antonio, menudillo! refunfuñó mi hermana, Marina, mientras barajaba los platos de la cocina. Me dejas con la niña enredada y tú te vas a lanzar al mundo.

Yo, Antonio, intenté calmarla: Marina, primero mírame, luego juzga. Soy buen hombre, trabajador, decente en todos los puntos, pero soltero.

¡Por favor! ¿Qué vas a observar de mí? Ya pasé los años de escuela, tú apenas estás en primaria le soltó, más irritada que una mosca en la sopa.

Al menos ahora estamos a mano, mira, tú eres apenas más alta que yo, pero más débil dije acercándome y abrazándola. Mira, Paloma, ¡qué más fuerte soy que tu madre!

¡Y menos lista! ¡Con la hija me aprietas! se defendió Marina, apenas escapándose de mi abrazo.

Yo sólo digo que me falta alguien como tú, lista y dulce sonrió con una sonrisa que no alcanzó a ocultar su sarcasmo.

Basta ya, ¿nos vamos por el perrito o no? preguntó Paloma con voz temblorosa.

¿Dónde lo compras? Aquí tienes un cachorrito gratis, con manchas y con una historia que contar. ¿Te lo muestro? mi tono se volvió misterioso y ella se aferró a mi mano. ¡Mamá, lo prometiste!

Vi la duda en los ojos de la vecina y me lancé a la acción:

¿Quieres que arranque el coche? Está justo al lado, no te vas a arrepentir.

Marina, mirando de reojo al vecino, suspiró y le habló a Paloma:

Vale, dicen que es una perrita pequeña, pero si encuentras tres a la vez, te lo dejo gratis

Durante el trayecto, Paloma no paraba de preguntar:

¿Es un perro juguetón? ¿Cómo se llama? ¿Tío Antonio, ya llegamos?

Al fin llegamos a una vieja casona en el barrio de Lavapiés.

Esta era la vivienda de mi difunta madre; la alquilé y salió todo patas arriba. Perdón por el desorden, ayer descubrí el caos cuando entré a cobrar la renta

El interior era una auténtica zona de guerra: bolsas de harina derramadas, cajas vacías de galletas, latas apestosas con etiquetas retorcidas. Allí, apretados hombro con hombro, estaban un gato gris de ojos amarillos y un cachorro desaliñado.

Parecían sucios y harapientos, pero aún conservaban una dignidad obstinada frente al destino que sus anteriores dueños les habían impuesto.

Mira lo que encontré dije, entre risas nerviosas. Llevaba un mes sin visitar a los inquilinos, volvía por la renta y encontré este espectáculo.

Los vecinos nos contaron que dos chicas que vivían allí se marcharon en silencio hacía dos semanas sin pagar nada. El gato y el cachorro fueron abandonados por inutilidad.

Se habían quedado encerrados, sin comida ni agua, en aquella habitación; y aun así, lograron sobrevivir.

¿Cómo lo hicieron? preguntó Paloma, horrorizada.

Había rastros de su lucha por la vida por toda la casa. El cachorro, hambriento, y el gato se devoraron lo que hallaron: galletas, caramelos, luego fideos, cereales y hasta la última lata de atún con su lengua de plástico. Incluso abriron un frasco de leche condensada, pero sin derramarlo todo¡casi inundan el piso!

Sabía a quién llamar. Paloma, compasiva, quiso alimentar a los animales con la ración que yo llevaba en la mochila. Las lágrimas de Marina brotaron sin pudor.

Marina, siempre supe que eres buena, y ahora lo confirmo le susurré, mientras Paloma acariciaba al perro y al gato recién saciados. ¿Te casas conmigo? Nunca me he casado porque nunca encontré a alguien como tú. Tengo coche, dos pisos; habrá sitio para Paloma cuando la entreguemos al matrimonio. Alquilaremos el otro, pero con inquilinos decentes, no como esos deshonestos. ¿Aceptas? Podremos tener hijos, vivir felices, y ya tendremos un perro y un gato en casa, como en una familia bien plantada.

¡Mamá, acepta! gritó Paloma, sin comprender bien la propuesta de tío Antonio.

Yo, con una sonrisa, respondí:

Mira, todos están de acuerdo, decide.

¿Estás de broma, Antonio? se sonrojó Marina, sorprendido.

El vecino, Antonio, resultó ser un hombre apuesto y generoso, que no había tirado a la calle a los animales. Nunca pensé que alguien me propondría matrimonio, pero la idea me hizo latir el corazón como una canción de copla.

Déjame pensarlo, no estoy bromeando, ¡qué tentador! exclamó Marina, ruborizada.

Mira, mientras tanto me quedo con el gato y ustedes con el perrito, como lo pidieron. Mañana volveré con Murciélago (el gato) y Barba (el perro) para que los pongáis en orden dije al cachorro, que ladró conforme a mi tono.

Así, Antonio logró convencer a Marina de casarse con él. Un mes después, organizamos la boda en el portal del edificio; la comida se preparó en casa de Marina, mientras las mesas quedaron en la terraza de Antonio, más espaciosa en su caverna de soltero.

Murciélago y Barba se convirtieron en los fieles guardianes de la familia; los animales siempre perciben a las personas buenas y se aferran a ellas.

Un año después, Marina y Antonio fueron bendecidos con gemelos, Sonia y Alejandro. Murciélago y Barba, ahora adultos, vigilan a los niños como si fueran su propia prole. Cada miembro de la gran familia ha encontrado su papel.

Y lo mejor de todo es que, en este hogar amplio y unido, la felicidad abunda tanto para los niños como para los animalitos. ¡Qué gozo tener un gato y un perrito bajo el mismo techo!

Así termina mi día, lleno de gratitud y de la certeza de que, a veces, los giros del destino aparecen cuando menos los esperascomo una oferta gratis que cambia la vida. Hasta mañana.

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Encontré la ocasión perfecta para hacer mi propuesta. Un relato.