Esta situación es más típica que el bocadillo de jamón en la merienda. Me casé a los 25 años, toda ilusionada. Un año después, nació mi hija. En fin, que todo parecía ir sobre ruedas. Pero, mira tú, al cabo de un tiempo a mi marido le dio por llamarme vaga. Según él, estaba de baja por maternidad sin hacer gran cosa, luego ganaba poco dinero (¡como si me lo quedara todo para mí!), y eso que solo cobraba un poco menos que él.
Dicen que después de casarse, lo único que ves es la sombra de la suegra sobre su niño. Debería haber sospechado desde el principio, pero yo iba de enamorada despistada.
Mi marido siempre andaba con la matraca de que su madre era un ejemplo: que si trabajaba en la huerta, que si llevaba las cuentas de la casa, dos hijos, y siempre perfecta. Y yo, ¿qué? A mí también me tocaba currar turnos y jornada completa, ¿eh?
Hice lo imposible por ser como la suegra. Le eché muchas horas en su casa, en el invernadero, fregué más suelos que una limpiadora. Cuando mi hija empezó el cole, hacía los deberes con ella. Pero los quebraderos de cabeza no paraban de crecer. En el trabajo tenía más tareas que días la semana y el sueldo, pues bueno, era lo que era. Incluso eché horas extra. Tocaba aguantar. Seguía dependiendo económicamente de él. Él se reía de mí y yo ponía cara de póker. No quería dar el paso del divorcio y fastidiar la infancia de mi hija.
Pero ya sabemos: cuanto más permites, más se suben a la chepa. Le intenté explicar a mi querido marido que llegaba agotada del trabajo y no podía hacer más. Y va él y me dice que, si eso, él aportaría a la casa solo lo mismo que yo, y el resto lo guardaría para él. Porque eso era lo justo. Nuestra relación se sostenía por un hilo muy fino… hasta que se rompió.
Me di cuenta de que aquello no podía continuar. Ya estaba harta de sus pullas, sus moralejas y, sobre todo, la omnipresente Mamá. El colmo fue cuando soltó que, si no encontraba un trabajo de verdad, se iría a vivir con su madre. Ahí me quedé dándole vueltas a la idea. Me costó TRES AÑOS, pero al final le hice la maleta y lo mandé de vuelta con su Mamá del alma. Encontré trabajo nuevo, bastante mejor pagado, por cierto, gracias a una amiga. No pienso contar ni la mitad de lo que aguanté entonces. ¡Pero me divorcié! Tocó repartir los bienes y un bonito intercambio de pisos (y de palabras). Nos peleamos, claro.
Ahora vivo tranquila, con mi hija y feliz, que no se diga. Tengo mi propio piso, mi trabajo favorito. ¿Es lo más increíble del universo? Quizá no, pero tengo justo lo que necesito. Solo mi familia no para de intentar emparejarme. Hay quien todavía me ve como la pobre divorciada. Como si solo pudiese ser feliz con un hombre pegado a la chepa. ¿Que por qué lo iba a querer? Si ya tuve uno y mira cómo salió… Debería sacarme un cartel y pegarlo en la frente: Joven, guapa, cero interés en citas. Soy feliz con mi hija. No pienso cargar con otro matrimonio. Mi ex ahora vive feliz… con su madre, claro.Y a veces, los domingos por la tarde, mientras mi hija y yo hacemos tortitas y reímos por cualquier tontería, pienso en todo lo que creí perder y en todo lo que gané. Ya no miro atrás, ni echo de menos la perfección que nunca existió. Me miro al espejo, despeinada, manchada de harina, y me sonrío con complicidad. Descubrí que la felicidad no es un estado, es una decisión. Y yo, al fin, tomé la mía.






