Antonia llevaba semanas ingresada en la clínica materna de Salamanca, mucho antes del momento esperado para el nacimiento. Su embarazo, tan peculiar en las últimas etapas, flotaba en el aire como una canción vieja de la radio: los médicos, envueltos en batas que parecían hechas de papel de azúcar, preferían curarse en salud y evitar cualquier sobresalto. Además, no iba a tener solo un bebé, sino que ya desde el sueño, sabía intuitivamente que eran dos, dos hermanas llegadas del otro lado del espejo.
La invitaron a dejarse llevar por una cesárea planeada, suave como un paseo por el Retiro en primavera, pero Antonia insistía entre bostezos y suspiros que quería probar a la antigua, que sentía su fortaleza entre las baldosas frías del hospital. Los médicos torcieron la boina y aceptaron en silencio el reto, sabiendo que siempre podrían cambiar el rumbo y abrir la puerta de quirófano si era necesario.
Antonio, el marido, firmó con pluma azul un contrato peculiar, como esos que prometen la devolución del importe en pesetas si no quedas satisfecho: un parto acompañado. Así, la regla era que los desconocidos no pisaban el quirófano. Cuando la noche pareció alargarse como un pasillo sin fin y el trabajo de parto empezó, le avisaron y él llegó en veinte minutos, prendido todavía del aroma a café del bar de la esquina. Juntos, se adentraron en la planta prenatal, donde el tiempo se doblaba sobre sí mismo, y las sábanas olían a lavanda y algo antiguo.
No era la primera vez de Antonia, y conocía los gestos y murmullos que exigía el ritual. Se comportó decían las enfermeras entre sombras con una calma rara, de esas que sólo ves en cuadros de Velázquez, hasta que, a las cuatro de la madrugada, asomó a este lado de la realidad la primera niña.
La pequeña lanzó un grito inesperado, como el del gallo que canta antes de tiempo. La comadrona la besó en la frente y felicitó a Antonia por su primera hija. El padre, sin embargo, esbozó una sonrisa de cartón y enseguida se volvió hacia su esposa, con una mirada perdida, como si intentara encontrar el final de un laberinto.
Diez minutos después, la segunda niña brotó de la penumbra, y Antonia ya sonreía flotando entre el sueño y el delirio. Pero Antonio, su marido, rompió a llorar, como si la realidad le hubiera resbalado de entre los dedos. No eran lágrimas de emoción, sino de esa melancolía extraña que a veces se siente mirando el mar desde un pueblo pequeño.
Nos preocupaba en silencio, pero Antonia agitó la mano pálida y, con una sonrisa cansada, murmuró:
No os preocupéis, se le pasará dentro de una hora. Es siempre igual con nuestros cinco pares de gemelas y todas nuestras chicas… él esperaba al menos un niño esta vez, pero bueno, le gustan las niñas, así que todo irá bien.
Y así fue: al día siguiente, bajo la ventana de la clínica, vimos al padre rodeado por un pequeño ejército de hijas de ojos enormes, atando globos de colores y lanzando gritos de ¡te queremos, mamá! que danzaban en el aire entre los gatos y las gaviotas. Entendimos entonces que, en esa familia, hasta la nostalgia se pintaba de alegría, aunque al padre, por un instante breve, casi surrealista, le hubiéramos regalado un niño.





