No eres esposa, eres criada. ¡No tienes hijos!
Madre, Isabel se quedará aquí. Estamos reformando el piso y no se puede vivir allí. Hay una habitación libre, ¿por qué tendría que quedar en el polvo? le dijo Juan, el marido de Isabel.
A él esa idea no le molestó en absoluto, cosa que no ocurría con su mujer ni con su madre. La suegra, Doña Carmen, no soportaba a la nuera.
Tengo que trabajar, no puedo quedarme susurró Isabel.
La esposa trabajaba a distancia, necesitaba silencio y tranquilidad. Juan pasaba todo el día en la oficina, y no era fácil compartir techo con la suegra. Isabel, acostumbrada a estar sola en casa, no quería que nadie le interfiriera.
Isabel miró a Doña Carmen sin saber qué decir. La suegra no quería que Isabel habitara su casa, pero evidentemente no había salida. Se sentaron a la mesa y comenzaron la cena.
Isabel, pásame tu ensalada de la huerta pidió Juan.
Juan, no comas esa mezcla. He preparado otra, es más sana protestó Doña Carmen.
El rostro de Isabel cambió. Juan era alérgico a los tomates; ¿cómo había podido la suegra olvidarlo? Cuando él era niño, Doña Carmen nunca le había prestado atención a esas cosas. No hay por qué ir al médico, le doy una pastilla y pasa, había dicho.
Tiene alergia. ¿Por qué has puesto tomates en la ensalada? preguntó Isabel.
¿Qué dices? Es solo un tomate, nada grave replicó la suegra.
Va a enfermarse.
Isabel, cálmate. No tiene alergia. Su propia madre lo conoce mejor que tú.
Yo soy su esposa, me ocupo de mi marido.
No eres esposa, eres criada. ¡No tienes hijos! Cuando los tengas, hablaremos.
Isabel se levantó de un salto y corrió al dormitorio. Cada vez que la suegra hablaba, le golpeaba en el punto sensible. Juan se apresuró a consolarla.
Juan, perdóname. Mejor iré a casa de mis padres o al despacho. No seguiré viviendo con tu madre.
Déjame hablar con ella. ¡Se callará!
No, ya lo hemos repasado mil veces. No vamos a arreglar nada bajo el mismo techo.
Tuvieron que alquilar un piso por un tiempo para evitar otro escándalo familiar. Por supuesto, Doña Carmen se quejó, pero no había más opciones. Isabel, sin embargo, se sentía agradecida de contar con un marido tan comprensivo y generoso.
Ahora, al evocar aquellos días, recuerdo cómo la distancia entre los corazones se abrió como una grieta en la pared recién pintada, y cómo la paciencia de Juan fue la única leña que mantuvo el fuego de la convivencia sin quemar todo a su paso.







