Sin un golpe de suerte, la felicidad no existiría: — ¡Pero cómo has podido dejarte liar así, hija!…

Sin suerte no habría felicidad

¡¿Pero cómo has podido dejarte engañar, insensata?! ¡¿Quién te va a querer ahora con un bebé en camino?! ¿Y cómo vas a criarlo? ¡Que sepas que no pienso ayudarte! ¡Te he criado yo, no pienso cargar ahora también con tus problemas! ¡Vete de mi casa, recoge tus cosas y que no te vuelva a ver por aquí!

Carmen escuchaba los gritos de su tía con la mirada fija en el suelo. Su última esperanza de que la dejaran quedarse hasta encontrar trabajo desaparecía ante ella.

Si mi madre siguiera viva
A su padre nunca lo conoció, y su madre murió atropellada por un conductor borracho cuando ella sólo tenía cinco años. Las autoridades iban a llevarla a un orfanato, cuando apareció una pariente lejana un primo tercero de su madre, que se hizo cargo de ella porque tenía casa y nómina suficiente para los trámites.

Vivían en las afueras de un pueblo de Castilla-La Mancha, donde los veranos abrasan y el invierno es frío y húmedo. Nunca pasó hambre y siempre llevó ropa limpia y sencilla; desde pequeña ayudaba con las tareas de la casa y el corral en una vivienda con patio y animales nunca falta faena. Quizá le faltó la ternura materna, pero ¿quién podía hacer nada?

Carmen era buena estudiante. Tras el instituto, entró en la facultad de magisterio. Los años de universidad pasaron volando y ahora, con el título en la mano, regresaba a su pueblo de siempre. Pero esta vez, el corazón le pesaba como nunca.

¡Lárgate ya, no quiero verte más!
Tía Asunción, por favor
¡He dicho que te vayas!
Cogió su maleta y salió bajo el sol seco de la tarde. ¿Cómo había acabado aquí? Humillada, rechazada, y con su embarazo apenas a la vista había reconocido la verdad, no supo mentir.

Necesitaba encontrar refugio. Caminaba, agobiada entre pensamientos, cuando una voz la paró:
¿Te apetece agua, hija?

Era una mujer de unos cincuenta años, con aspecto fuerte y mirada avispada.
Pasa, mientras vengas en paz.
Le ofreció una jarra fresca. Carmen se sentó en un banco y bebió con ansia.

¿Puedo quedarme un rato? Hay una ola de calor
Siéntate, muchacha. ¿De dónde eres? Traes equipaje.
Acabo de acabar la carrera, busco trabajo en alguna escuela. Pero no tengo dónde vivir. ¿Sabe de alguien que alquile?
La mujer, que se llamaba Aurora, la miraba de arriba abajo. Estaba limpia, aunque los ojos y las ojeras delataban cansancio.

Puedes quedarte en casa. No te pediré mucho dinero, solo quiero que pagues al día. Si te parece bien, te enseño la habitación.
Agradecida por la compañía y un ingreso extra en ese pueblo tan recóndito, Aurora le mostró un cuarto sencillo, con ventana al huerto. Cama, armario viejo y una mesa lo imprescindible.

Las siguientes jornadas, Carmen se acomodó y empezó a trabajar donde la llamaban. Pronto se hizo amiga de Aurora, ayudándole en la casa. Cada noche, compartían infusiones bajo la parra y charlaban sobre la vida.

El embarazo iba bien. Carmen había contado lo de Javier, su novio de la universidad, hijo de unos profesores ricos que huyó al enterarse de la noticia. Se guardó el dinero que él le dejósabía que lo necesitaría.

Hiciste bien en no hacerle daño al pequeño gruñó Aurora. Ese niño inocente te dará alegrías.

En febrero llegaron las contracciones. Aurora llevó a Carmen al hospital público. Allí nació un niño fuerte al que llamó Mateo. En la sala, Carmen escuchó hablar de una bebé que la madre acababa de abandonar al nacer.

¿Alguien puede darle de comer? Está muy débil preguntó la enfermera.
Carmen la tomó en brazos. Era diminuta y tan blanca como la leche.
Te voy a llamar Alba, susurró.

Cuando el capitán Álvaro Gómez, padre biológico de la niña, apareció, todo cambió. El día que les dieron el alta, les esperaba un utilitario decorado con globos azules y rosas. El militar ayudó a Carmen a subir, entregándole dos paquetes: uno azul, otro rosa.

El pueblo habló durante meses de la boda que vino después. El capitán, cautivado por la bondad de la joven, pidió su mano. Y así fue como Carmen, con Mateo en brazos y Alba adoptada, estrenó una vida nueva.

¿Quién iba a imaginar que una tarde de calor y una jarra de agua fresca cambiarían el destino de todos? Así es la vida: a veces te regala páginas que jamás pensaste encontrar.

Hoy sé, escribiendo estas líneas, que por mucho que ocupe la tristeza, la suerte puede aparecer en los giros más humildes. Y que sólo ayudando y aceptando lo que la vida depara, se puede ser realmente feliz.

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MagistrUm
Sin un golpe de suerte, la felicidad no existiría: — ¡Pero cómo has podido dejarte liar así, hija!…