La dicha ajena Ana andaba trajinando en su huerto; esta primavera se adelantó, aún no ha terminado …

La felicidad ajena

Carmen estaba removiendo la tierra de su pequeño huerto. Aquella primavera había llegado temprano a Castilla, era apenas finales de marzo, pero la nieve ya se había derretido por completo. Sabía que aún volverían los fríos, pero mientras el sol acariciaba la tierra, Carmen había salido y se dispuso a hacer algo útil: apuntalar la valla caída, reparar el cobertizo de la leña

Pensó que ese año tendría que comprar unas gallinas y un cerdito, además de un perro y un gato para hacerle compañía. Ya era suficiente de tanta soledad, se sonrió a sí misma, ya estaba bien.

Le entraron ganas de arar pronto el huerto, preparar los surcos y, al igual que en su infancia en Palencia, quitarse los zapatos y correr descalza sobre la tierra húmeda, hundiéndose hasta los tobillos en la tibia y mullida arena castellana.

Aún nos queda mucha vida murmuró Carmen en voz alta a nadie en particular.

Buenas tardes.

Se sobresaltó. Junto a la verja de entrada una muchacha adolescente la miraba tímida. Llevaba una gabardina gris que Carmen reconoció: eran las que repartían en el instituto de formación profesional del pueblo; los zapatitos un desastre, de mala calidad, y unas medias color carne.

No es tiempo aún para presumir con esas medias, pensó Carmen, está visto que la juventud no sabe abrigarse, se va a resfriar; los zapatos son pura bagatela, suela blanda y mala Así lo anotó para sí.

La muchacha se balanceaba nerviosa de pie a pie.

Buenas dijo Carmen, seca.

Perdone, ¿me permite pasar al baño?

Vaya, claro. Todo recto, y después a la derecha.

Carmen la observó intrigada mientras la adolescente corría hacia el servicio.

Gracias, me ha salvado dijo al volver. Estoy buscando una habitación. ¿No tendrá usted alguna en alquiler?

No lo pensaba repuso Carmen. ¿Y para qué la quieres?

Querría alquilar un cuarto; no quiero quedarme en la residencia. Allí solo piensan en beber, fumar y siempre hay chicos pululando.

¿Ah, sí? ¿Y cuánto podrías pagar?

Cinco euros… No tengo más.

Pasa, vamos dentro, mujer.

¿Podría usar de nuevo el baño, por favor?

Haz lo que necesites.

¿Cómo te llamas? le preguntó mientras la hacía entrar.

Marina Marina, sí, susurró como un ratón. Bueno Marina, entonces dime, ¿por qué has venido aquí realmente?

La muchacha titubeó, se recogía fuerzas.

Habla, anda. Si es para robar, ya te digo que por aquí no hay nada que merezca la pena. ¿Quién te mandó?

Nadie, vine por mí misma ¿Es usted Carmen Díaz Gómez?

Pues sí, soy yo.

No me reconoce ¿mamá? Soy yo, Marina, tu hija.

Carmen se quedó inmóvil, el rostro endurecido por los vientos y el frío sin que se le moviera un solo músculo.

Marina… musitó la mujer hija Marinita…

Sí, mamina, soy yo Jamás me quisieron dar tu dirección en el orfanato, ¿te imaginas? Decían que no estaba permitido, pero convencí a mi profesora, Mercedes Ruiz, que es un amor, e hicimos una solicitud. Averiguamos tu nombre completo, buscamos la dirección y aquí estoy.

Las lágrimas recorrían las mejillas de Carmen.

Marina, mi vida, mi hija…

¡Mamá, cuánto te he buscado! Escribía cartas y se reían de mí, decían que me habías regalado como una cosa vieja Pero yo te seguí esperando, mamá, te esperaba…

Carmen abrazó con torpeza a la joven que sollozaba; sus manos endurecidas por los años se aferraban al jersey grueso de Marina, su hija, su tesoro…

Allí permanecieron sin necesidad de palabras. Todo estaba dicho.

Más tarde, recordando los consejos de su abuela y la experiencia amarga de la vida, Carmen corrió a calentar agua, le preparó a su hija infusiones y la mimó hasta rozar la pesadez.

Marinita, hija, razón para vivir.

Sí que había motivos para seguir adelante Dios se apiadó de mí, pensó Carmen, aún no está todo perdido.

El huerto, el cerdito, el abrigo de la niña Hay algo guardado para emergencias. Carmen se había resignado a morir sola, y ahí estaba su Marina

***

¡Mamá!

¿Qué pasa?

Mamá dijo la chica abrazando ya una rosca de María recién hecha. Mamá, ¡me he enamorado!

¿Ya?

Sí. Se llama Juan, mamá Quiere conocerte.

No sé

Por dentro Carmen pensaba: se acaba la felicidad, Dios da y retira.

Mamá, ¿qué ocurre? No llores, por favor. Solo hemos sido felices un rato, déjame disfrutar

No, mi vida, discúlpame por pensar así susurró Carmen.

La presentación fue bien. Juan, un chico de pueblo, trabajador y sensato, le cayó en gracia a Carmen. Para este sí que vale la pena entregar a la hija, pensó.

Las cosas no eran fáciles. Había familias que no comían y otras que alimentaban mejor a sus perros que a las personas.

Pero a Carmen, Marina y Juan no les faltaba el pan. Tras el cierre de la fábrica, Carmen se incorporó a una cooperativa y su destreza con la aguja vistió a su hija y yerno como de boutique.

Juan no paraba quieto: reconstruyó la valla, arregló el granero y el techo con sus hermanos, y la casa volvió a cantar, más aún desde que había regresado la alegría a Carmen con su hija guapa y lista en casa.

El corazón de Carmen, por fin, se desentumeció. Vivía ahora con ansias de recuperar las décadas perdidas, esperando dejar atrás la vergüenza y el pasado que solo de noche se atrevía a recordar. Había noches en que la angustia se le apoderaba, y algún lamento se le escapaba

Mamá, ¿qué te pasa? ¿Te duele algo?

Nada, mi niña, duerme Ven a la cama conmigo, si quieres.

Carmen se apartaba para dejarle espacio, y la abrazaba.

Eso es el amor de madre, pensaba, gracias Dios por permitirme sentirlo.

Pronto llegó la boda. Los jóvenes se quedaron en casa y Carmen florecía como un rosal. Incluso en la cooperativa todos notaban su cambio ya no podía reprimir la sonrisa.

Voy a tener un nieto susurró con nerviosismo a las otras mujeres durante el descanso. ¿Me lo creéis?

¡Antoñito ha nacido! exclamó tiempo después. Como mi madre, su bisabuela, estricta pero justa

Carmen nunca había tenido un bebé en brazos después de Marina. Temblaba de emoción al sostener al pequeño: ahí estaba, la felicidad auténtica.

Sus pensamientos giraban ahora solo en torno a Antoñito, que no se separaba de la abuela. Juan construyó una casa grande, con sitio también para Carmen. No concebían vida sin la mamá.

Los chicos prosperaron: Juan y sus hermanos formaron una pequeña empresa de construcción y abrieron un comercio en el pueblo. Vivían modestamente, pero bien.

Llegó otra bendición: una nieta, Lucía.

Carmen cosió vestidos y preparó trajes hermosos para la niña. Lucía era la alegría del hogar, y la risa infantil llenaba los muros sin descanso.

Pero algo empezó a arder en el pecho de Carmen. Más ardía cada día.

¿Mamá, qué te pasa? ¿Te duele? ¿Dónde?

Estoy bien, hija

***

Llegamos tarde, no se puede hacer nada dijo el médico.

No puede ser, doctor ¡es mi madre!

Lo siento. De veras.

***

Marina, ha llegado mi hora. Perdóname Ya me tocaba, hace tiempo que no esperaba nada. Pero llegaste tú, me diste vida

No digas eso, mamá.

Tengo algo que contarte, y debo hacerlo No soy tu madre biológica. Perdóname, Marina.

¡No quieras que te lo escuche decir más! Eres mi madre, y no quiero ni oír lo contrario ¿me entiendes?

Sí, hija. En mi mesita está mi diario. Perdóname, mi niña. Te quiero.

Y yo a ti, mamá Mamá

***

Marina, come algo

Ahora, Juan Ve tú.

Marina se quedaba en el cuarto materno, leyendo el cuaderno de su madre. Allí estaba la vida de Carmen, tal y como fue: sin piedad, deforme, a veces alegre.

Su madre Antonina, severa pero justa; su padre, caído en la guerra. Carmen de joven fue flor del campo, se enamoró de un hombre poco recomendable, vivió deprisa, fuerte y alocada. Todo se lo llevó el abismo: el amante terminó en prisión, y Carmen quedó sola en el mundo. Perdió un embarazo por ayudar en una fuga, y la soledad fue su compañera

Le quedó solo la casa materna, y algo de ganas para seguir.

Los médicos no daban esperanzas. Carmen fue a la iglesia, pidió perdón y paz, y entonces llegó la inesperada alegría: Marina. No pudo soltar el milagro, aunque dudó siempre de si merecía ser madre. ¿Y si la niña descubría la verdad?

Pero con el tiempo, Carmen dejó de temer, se permitió vivir personificando, por fin, la madre que nunca había sido.

Perdóname, pequeña, por robarte de tu madre verdadera. Esta es mi felicidad robada

Mamá lloraba Marina, mi querida mamá, espero que me escuches.

Yo supe la verdad desde el principio: me dijeron en el registro que había un error en los datos. Busqué a mi madre biológica por curiosidad. Me rechazó, no quiso saber de mí; ya no era su problema.

Me ofreció dinero, temía que alguien nos viera juntas. Me fui Y enfermé, ¿recuerdas? Tenía fiebre y tú me cuidaste. Bendigo el día que Dios me trajo a ti. Tú eres mi madre.

Quizá no fue error, sino destino. Allá arriba saben lo que hacen.

¿Cómo vivir sin ti otra vez, mamá?

Marina, cariño

Déjale llorar, Juan, que acaba de enterrar a su madre

***

Abuela, ¿la abuela Carmen era buena?

Mucho, cielo.

¿Y era guapa?

La más guapa de todas, Anabel.

¿Y quién la llamó así?

No sé, tal vez su padre o su madre.

¿El abuelo o la abuela tuya?

Sí, mi abuelo o mi abuela.

¿Y a mí me llamaste como a tu abuela, como ella?

Sí, y también tu padre. Amaba mucho a su abuela.

¿Y ella me puede ver?

Claro que te ve. Y siempre te protege.

Yo te quiero mucho, bisabuela Carmen la niña deja una corona de margaritas en la tumba de su bisabuela.

Y yo a ti, pequeña susurra el viento entre los chopos, y nosotros también, repite la brisaEl viento movió suavemente las margaritas mientras la niña, de rodillas, seguía hablando con la sencillez de quien no teme al misterio.

¿Crees que puede oírme, mamá?

Sin duda, mi amor. Carmen siempre escuchó con el corazón.

Las nubes se apartaron y un rayo de sol cayó, tímido, sobre la tumba. Marina respiró hondo y se venció, por fin, a la certeza de que la felicidad nunca es ajena ni robada. Es regalo que se te posa en el hombro, inesperado y tierno, cuando una niña te llama mamá y tú respondes, aunque no haya sangre, solo elección y coraje.

Tomó la mano de su hija y, juntas, emprendieron el regreso al pueblo. El camino era el mismo de todos los días, pero hoy los álamos parecían más altos y el aire, renovado.

¿Sabes una cosa, mamá? Cuando sea mayor, quiero tener un jardín como el de la abuela, y muchas gallinas, y un perro, y hacer pan contigo

Marina sonrió, y por primera vez desde el adiós, comprendió lo que Carmen había sentido el día de su llegada: ese temblor silencioso de saberte elegida por el amor. La vida, a pesar de todo, seguía brotando entre los surcos, renaciendo cada primavera y allí, entre los juegos de Anabel y los sueños que cosía, el huerto volvía a llenarse de risas.

No había perdido a su madre. Había aprendido, simplemente, a buscarla en los rostros de quienes la amaban.

Y mientras la niña tiraba de ella, exclamando que corriese porque las gallinas ¡podían estar poniendo un huevo de oro!, Marina supo que la felicidad, como la tierra de Castilla, nunca se va del todo: siempre florece, un poco más allá del invierno.

Rate article
MagistrUm
La dicha ajena Ana andaba trajinando en su huerto; esta primavera se adelantó, aún no ha terminado …