La trampa de los celos
Sofía estaba sentada en su cama, desplazando distraídamente el dedo por la pantalla de su móvil antiguo, como si la red social le mostrase imágenes de un mundo difuso y líquido. De repente, la puerta del cuarto flotó abierta y entró su hermana mayor, Julia, llevando de la mano una bolsa que parecía llenarse y vaciarse sola de ropa, como si la gravedad no aplicase.
Sin despegar la vista de su móvil, Sofía murmuró con la seguridad de quien anuncia la hora:
Julia, necesito un móvil nuevo.
Su voz sonó monótona, como si pidiera pan en la panadería de la esquina de un pueblo de La Mancha, donde el tiempo se escapa entre siesta y siesta. Julia, absorta en recoger unas camisetas que resbalaban de la cama como peces, esbozó una sonrisa cansada y respondió:
Pídeselo a mamá.
Sofía bufó, alzando por fin la vista. Un eco de irritación soñolienta brilló fugazmente en sus ojos.
No va a darme ni un euro soltó. Dice que quiero demasiadas cosas.
Julia guardó la última prenda en su bolsa, se irguió y contempló el rostro de su hermana como una estatua romana que hubiera bajado de su pedestal para emitir un veredicto suavemente cruel:
Y razón no le falta dijo con calma. Si quieres algo, gánatelo tú. Yo no estaré siempre cerca para sacarte de líos.
Las palabras retumbaron como campanadas en la siesta. Sofía se incorporó de golpe, el rostro se encendió como las farolas de Sevilla en Feria:
¡Sólo tengo diecinueve años y, por cierto, ¡estudio! ¿Por qué tengo que trabajar también? ¡Estoy acostumbrada a que me ayuden, es lo normal!
Julia suspiró pesadamente. No discutió. Dejó la bolsa flotando a su lado, como un globo de feria, y recordó en voz baja:
En un mes me caso. Hacen falta muchos euros para la boda. Deberías alegrarte por mí; tendré mi propia familia.
Cogió la bolsa y se deslizó hacia la puerta, que se cerró sola tras de ella, susurrando con eco premonitorio. Sofía permaneció sentada en la cama, abrazando su móvil viejo. Una sonrisa incrédula y altanera se dibujó en sus labios. Susurró al techo de la habitación, que parecía bailar suavemente:
Eso ya lo veremos
En su mente comenzaron a entretejerse planes nebulosos y persistentes, como hilos de niebla sobre las calles empedradas de Toledo.
Desde pequeña, Sofía había sentido que sus deseos eran norma. Sus padres la adoraban, le llamaban la alegría inesperada y la consentían como si en cada anochecer peligrase el mundo. Lo que pedía, aparecía. No se preguntaba nunca por los sentimientos ajenos; intuía que el universo debía estar pendiente de ella. Julia se resignó hace mucho a ser el ángel invisible que despeja siempre su camino: los trabajos de instituto hechos a escondidas, las ayudas en la universidad, el dinero entregado de sus propios ahorros con la misma naturalidad con que se sirve un vaso de agua en la sobremesa. Así fue hasta que en la vida de Julia surgió Guillermo.
Guillermo tenía ese aire serio de los personajes de las novelas antiguas: atractivo, con humor fino y reglas propias. Julia veía en él una promesa de hogar, la seguridad de la risa compartida bajo sábados lluviosos y el sueño de una vida distinta. Pero todo cuento tiene su sombra: Guillermo era terriblemente celoso. Sus celos no eran gritos, sino matices en la voz, preguntas de terciopelo y miradas largas e implacables.
Julia aprendió a ignorar esas señales. Creyó que el tiempo las suavizaría, que eran parte de su amorío, como las olas del Cantábrico que siempre vuelven, pero nunca igual.
Los días rodaban entre preparativos: registro civil en el ayuntamiento de Salamanca, convite reservado en un antiguo mesón, invitaciones enviadas. Julia vivía flotando en un dulce delirio prenupcial, eligiendo su vestido, soñando con flores, dibujando mapas para una fiesta que prometía sol de primavera.
Todavía no sabía que lo más difícil estaba por irrumpir
**********
Sofía estuvo rato acariciando el móvilfrío, casi pegajosohasta decidir llamar a Guillermo. Navegaba entre las brumas de la duda y el deseo. Apretó con fuerza el botón de llamada. Su corazón bailaba una jota, pero su voz sonó cordial:
Guillermo, hola, soy Sofía. Ya sé que Julia está ocupada, pero la echo de menos. Hace siglos que no la veo.
Un silencio extendido, como la carretera vacía que se pierde entre los olivares de Andalucía. Entonces, la voz de Guillermo, cortante:
¿No estaba contigo?
Sofía cerró los ojos, degustando el gusto dulce-amargo de su pequeña victoria.
Hace semanas que no la veo insistió, con una inocencia falsa. ¿Por qué tendría que estar conmigo?
Porque no duerme en casa a menudo la voz de Guillermo tenía bordes de cristal. Siempre dice que va contigo.
¡Uy! hizo una pausa teatral. No sé qué decirte Te llamo luego, ¿vale? Adiós.
Colgó. Una vibración placentera le recorría. El escenario se poblaba en su cabeza: Guillermo, con ojos de fuego, incapaz de escuchar razones, lanzando a Julia fuera de su casa, la puerta sonando a fin de capítulo.
Y Julia, ¿dónde iría? A la hermana, por supuesto. Vendría vacilante, entre lágrimas, buscando consuelo. Sofía le daría té, palabras reconfortantes, y, en ese espacio de fragilidad, recordaría su deseoel móvil nuevo. Julia no podría negarse.
Se recostó, acariciando el móvil con dedos satisfechos. Ahora sólo quedaba esperar a que el guión del sueño siguiera su curso
*******************
Julia flotó en casa luego de una reunión con la confitera: el pastel nupcial era la última maravilla que podía perderse en el trasiego onírico de su vida. Compró los pasteles favoritos de Guillermo, ilusionada pensando en compartirlos al anochecer. Pero al girar la llave, la realidad zigzagueó: allí estaban sus maletas, apiladas como restos de naufragio en el recibidor, y el rostro de Guillermo, contorsionado en una máscara de ira barroca.
¿Qué haces? ¿Por qué has hecho las maletas? preguntó Julia, aturdida, aún soñando.
Lárgate de mi piso gruñó él, empujando una de las maletas, que rodó hasta el armario como una peonza. No aguanto a las personas como tú.
¿Qué he hecho? ¿He ido a ver a mi hermana? ¡No entiendo nada!
No estabas con ella susurró Guillermo, apretando los puños. Sofía me ha llamado, me ha dicho que te echa mucho de menos y que hace una semana que no te ve. ¿Dónde has estado entonces?
El mundo de Julia giró extraño. No encontraba ni pies ni cabeza a las palabras. ¿Sofía había dicho semejante cosa? ¿No sería un malentendido, una broma cruel?
Pero la mirada de Guillermo, fría y cortante, era la de un juez inamovible. Ni una grieta para la duda.
Creo que ahora Sofía se arrepiente de haberte llamado dijo él en voz baja. Recoge tus cosas y vete. ¿O necesitas ayuda?
Julia sólo alcanzó a sujetar una maleta mientras el resentimiento, el dolor y la incomprensión la lanzaban al pasillo. Guillermo le arrancó las llaves de la mano de un tirón; la puerta, al cerrarse, sonó a final irreversible.
Las escaleras parecían una carretera infinita bajo sus pies fríos. Julia lloró en silencio. Todo se esfumaba de golpe: sueños y promesas bajo los cielos de Castilla. Ni una explicación, ni un perdón. Sólo la violencia de una puerta y un portazo en el alma.
Como si flotara, marcó el número de su hermana.
¿Has hablado con Guillermo? preguntó apenas oyó la voz.
¿Para qué iba a hablar con tu novio? la voz de Sofía sonaba ahora demasiado alegre, un poco forzada. ¿Os habéis peleado, verdad? No te preocupes, yo sí estoy siempre.
Julia colgó. Así, sin palabras. Ni siquiera intentó secar las lágrimas. La ciudad que la había recibido, de golpe, se volvía extranjero territorio. Agarró la maleta y echó a andar, como Penélope deshilando el pesar.
No había casa donde volver, ningún amigo cercano. El trabajo, apenas una rutina. Hacía tiempo que sólo existían los planes de boda. Sofía ya era adulta; Julia debía dejar de ser la salvación de los demás, dejar de resolver problemas ajenos como si fueran los propios, dejar atrás caprichos y chantajes dulces.
Durmió en un hotel un lugar sin historia, vacío. Allí su mundo parecía disolverse más lento, como un trozo de caramelo en el fondo de un vaso de leche fría.
*******************
Al día siguiente Julia fue a la oficina, con los ojos hinchados pero firmemente decidida. Directa al despacho del jefe Don Manuel Gutiérrez, hombre de traje sobrio, con barba gris y gafas de concha. Iba a pedir la baja. Nada la ataba ya a Salamanca.
Manuel la miró con ese detenimiento grave de quienes leen manuscritos medievales:
¿Qué ocurre, Julia? Te noto distinta.
Quiero presentar mi carta de dimisión.
Él se recostó, entrelazó los dedos y dejó que el silencio llenara la estancia.
No seas impetuosa. Eres valiosa para nosotros, y tengo una propuesta: se ha abierto un puesto en la sucursal de Santiago de Compostela. Mejor sueldo, posibilidades de ascenso y podrías vivir allí, en una casa de empresa. Piénsalo. Es la oportunidad de comenzar de cero.
Julia se quedó en blanco. Santiago, tan lejos y tan blanca. Retomar la vida desde otro folio.
De pronto, decidió confesarlo:
Manuel, también tengo que decirle que estoy embarazada. Pronto tendré que coger la baja.
Silencio, denso como la niebla gallega. El jefe sonrió.
¡Enhorabuena! Eso es un motivo de alegría. Volverás con energías renovadas, y aquí te esperaremos. Piénsalo en serio.
La losa que llevaba encima se levantó un palmo.
Acepto el traslado dijo al final.
Esa noche, en la habitación de hotel, Julia buscó billetes de AVE. Su dedo dudó ante la palabra Confirmar compra. No le había contado nada a Guillermo del bebé; ahora ya ni sentido tenía. Él no lo hubiera creído, o tal vez sí pero daba igual. Confirmó la compra. Un billete de solo ida. Atravesar la llanura bajo cielos nuevos. Empezar de nuevo.
La noche se expandió, silenciosa, con la promesa de una vida diferente al otro lado del mapa, donde todo era por escribir.
***********************
Pasaron tres años desde esa discusión con aire de destino. Guillermo esperó el regreso de Julia: una vuelta suplicante, una reconciliación melodramática. Pero el teléfono nunca sonó.
Un conocido común, en una soñolienta sobremesa de bar, le dijo, como quien nombra el viento:
Se ha ido a Santiago, creo. Un puestazo.
Guillermo asintió en silencio. Dentro, sentía que una puerta se cerraba para siempre.
Mientras tanto, Sofía aparecía a veces en su portal, llamando con urgencia, pidiendo el número de su hermana que la había bloqueado.
Estoy sola en la ciudad, y necesito ayuda…
Guillermo ya no podía mirarla igual. Detectaba en ella la falsedad como quien encuentra un sabor amargo en un trozo de fruta.
Al final, le dijo simple y claro:
No vengas más. Aprende a solucionar tus propios problemas.
Sofía resopló, se giró y se fue, cerrando la puerta con un estruendo hueco, como si el viento lo hubiera hecho.
Pasaron los meses. Un día, el trabajo llevó a Guillermo hasta Santiago. Por la tarde, vagó por el Parque de la Alameda, cuyos castaños parecían mecerse entre niebla y oro de otoño.
Allí la vio: Julia, con rasgos más serenos, acompañada por una niña de rizos dorados y un hombre de gesto sencillo y amable. Julia reía mientras lanzaba hojas al aire con la niña y, cuando el hombre posó la mano en su hombro, ella le miró con esa complicidad secreta que es imposible fingir.
Guillermo sintió cómo una tristeza cálida le envolvía, como si las hojas a sus pies se convirtieran en cartas no enviadas de un invierno antiguo. No era celos ni enfado, sino un pesar sereno y clarividente: Julia había encontrado la felicidad que él no supo construir para ella. El nuevo hombre le brindaba esa serenidad firme, sin tormentas, que ella siempre mereció.
Julia echó a andar cogida de la mano de su hija entre el murmullo crujiente de las hojas y el sol de la tarde en la ciudad vieja. Guillermo la vio alejarse, comprendiendo que, a veces, el mayor acto de amor es dejar marchar el fantasma de lo que pudo ser.
Se quedó un rato más bajo un castaño, mirando cómo la brisa jugaba con las hojas, y pensó con voz baja y clara:
Ojalá seas feliz. Aunque sea lejos de mí.





