No podré ser tu madre ni podré quererte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte herido. Al fin y al …

No puedo llegar a ser tu madre ni tampoco podré amarte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte ofendido. Al fin y al cabo, aquí estarás mejor que en un centro de menores.

Hoy ha sido un día especialmente duro. He enterrado a mi hermana, Lucía. Aunque no era la más recta, al final era mi sangre. Hacía casi cinco años que no nos veíamos y, de pronto, esta tragedia.

Clara, mi esposa, me ha apoyado cuanto ha podido, procurando cargar con la mayor parte de las gestiones y los detalles.

Pero, pasada la ceremonia, aún quedaba otro asunto grave. De Lucía quedaba un niño pequeño. Y como suele pasar en estas ocasiones, toda la familia reunida hoy para despedir a Lucía puso en mis hombros la responsabilidad del futuro del chico.

¿Quién, si no su tío de sangre, iba a hacerse cargo? La decisión era un hecho: nadie lo cuestionó, todos dieron por sentado que yo debía quedármelo.

Clara entendía mi decisión y tampoco la rechazaba del todo, aunque en ella había un “pero”. Clara nunca quiso tener hijos. Ni propios, ni menos aún ajenos.

La decisión la había tomado hace muchos años. Se lo confesó sin rodeos antes de casarnos, y yo lo acepté con ligereza. Uno no se preocupa por los hijos teniendo apenas veinte años. No y no, viviremos para nosotros, decidimos juntos hace diez años.

Y ahora tenía que acoger en casa a un niño que ni era suyo ni deseaba. No había salida. Jamás habría permitido que el niño de Lucía acabase en un orfanato, y tampoco Clara habría planteado semejante cosa.

Ella sabía que nunca podría amar de verdad a ese niño, ni tampoco reemplazarle a su madre. El chaval, Pablo, era maduro y listo para su corta edad, así que Clara decidió ir de frente y decírselo muy claro.

Pablo, ¿dónde te gustaría vivir: con nosotros o en el centro de menores?

Quiero vivir en casa, solo.

Pero no te lo van a permitir, sólo tienes siete años. Hay que elegir.

Entonces, con mi tío Juan.

Bueno, vendrás con nosotros, pero tengo que decirte algo. No podré ser tu madre ni podré quererte, pero te cuidaré y no debes molestarte. Aquí estarás mejor que en un centro de menores.

Solventados, al menos en parte, los trámites, volvimos por fin a casa.

Clara pensaba que, tras esa conversación, ya podía dejar de fingir ser una tía afectuosa y aceptaba la convivencia en su justa medida. Darle de comer, lavar su ropa y ayudarle con los deberes no le costaba, pero entregar su corazón eso nunca.

El pequeño Pablo no olvidaba ni un momento que era el no querido. Sabía que debía portarse bien para que no lo mandaran al centro de menores.

Había que hacerle su propia habitación. Le dimos la más pequeña y Clara se involucró por completo en la reforma.

Elegir el papel de pared, los muebles, la decoración era algo que apasionaba a Clara. Se lanzó con ilusión al proyecto de la habitación. Pablo pudo elegir el papel, y el resto lo escogió ella. Nunca escatimó en euros; no era tacaña, simplemente nunca le gustaron los niños. Y la habitación quedó preciosa.

Pablo estaba feliz. Sólo lamentaba que su madre no viese el resultado, cómo ahora tenía su propio cuarto. Ay, si Clara pudiera quererle Pensaba mucho en ello cada noche.

Pablo sabía disfrutar de cada cosa, de cada detalle. Ir al circo, al zoo, al parque de atracciones expresaba la alegría con tanta sinceridad que hasta Clara empezó a disfrutar de aquellos paseos. Le gustaba sorprenderle y después observar su reacción.

En agosto teníamos planeado irnos a Málaga, y Pablo iba a quedarse esos diez días con una prima cercana.

Pero a última hora, Clara lo cambió todo. De repente le hizo mucha ilusión que el niño viera el mar. Yo me sorprendí, pero en el fondo me alegré: me había encariñado con Pablo.

Pablo era prácticamente feliz. Si al menos le quisieran Bueno, al menos vería el mar.

El viaje fue estupendo. El mar estaba cálido, la fruta dulce, el ambiente fantástico. Pero las vacaciones se acaban siempre.

Y volvieron los días corrientes: trabajo, casa, colegio. Pero algo había cambiado en nuestra pequeña familia, algún tipo de alegría secreta, una sensación de que la vida se movía hacia adelante, de esperanza.

Y sucedió el milagro. Clara volvió del mar embarazada. ¿Cómo era posible, después de tantos años evitando sorpresas?

Clara no sabía qué hacer. ¿Contárselo a su marido o tomar sola la decisión? Desde la llegada de Pablo ya no estaba segura de que yo siguiera convencido de no tener hijos. Yo disfrutaba con Pablo, incluso lo llevaba a los partidos de fútbol.

No, un esfuerzo ya había hecho Clara; no estaba para un segundo. Tomó una decisión difícil ella sola.

Sentada en la clínica, sonó el teléfono del colegio: Pablo se había puesto mal y lo llevaban en ambulancia con sospecha de apendicitis. Había que posponerlo todo.

Clara corrió al hospital. Pablo estaba pálido y temblando. Al verla, rompió a llorar.

Clara, por favor, no te vayas, tengo miedo. ¿Puedes ser mi mamá solo por hoy? Una vez y nunca más lo pediré.

El niño se aferró con fuerza a su mano, llorando desesperadamente. Nunca le había visto llorar, salvo el día del entierro, pero aquello era otra cosa.

Sin pensarlo, Clara apretó su manita sobre su mejilla.

Mi niño, aguanta un poquito más. Va a venir el médico y todo irá bien. Estoy aquí, contigo, y no me iré.

Dios mío, cuánto le quiso en ese instante. Ese niño de ojos brillantes era lo más importante que tenía.

Qué tontería lo de no tener hijos. Esa noche Clara me lo contó todo sobre el bebé en camino. Su decisión se tomó en aquel momento, al notar cómo Pablo le apretaba la mano, asustado por el dolor.

Han pasado diez años.

Hoy, Clara celebra una cifra redonda: cumple 45. Habrá invitados, felicitaciones. Pero ahora, con el café, le asaltan los recuerdos.

Qué rápido pasa el tiempo. Quedó atrás la juventud. Ahora es mujer, madre y esposa feliz con dos hijos maravillosos. Pablo tiene ya casi dieciocho, Sofía diez. Y no se arrepiente de nada.

Bueno, de casi nada. Hay una cosa que lamenta mucho: aquellas palabras sobre no amarle. Ojalá Pablo no las recuerde, que las olvidara para siempre.

Después de aquel día en el hospital, intentó decirle “te quiero” cada vez que pudo. Pero si Pablo recordaba aquellos primeros momentos, nunca se atrevió a preguntárselo.

Hoy reflexiono sobre cómo el amor puede crecer donde nunca pensamos que podría brotar. Ese es mi mayor aprendizaje.

Rate article
MagistrUm
No podré ser tu madre ni podré quererte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte herido. Al fin y al …